Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

M ierda. Mierda. Mierda.

Noto una losa en el pecho mientras sigo las instrucciones de la mensajera y voy hacia el despacho de la decana. Me miro los pies, oigo el ruido sordo de las botas de piel contra las baldosas del pasillo. Pero es como si mi cuerpo no fuera mío.

Ni siquiera me sale ponerme nerviosa.

De hecho, casi no siento nada de nada.

Parece que tardo toda una vida y al mismo tiempo un solo instante en llegar frente a un conjunto de puertas talladas muy ornamentadas. La de la izquierda está un poco entornada y me lo tomo como una invitación para entrar.

En el interior, descubro una habitación decorada con lujosas alfombras de color crema y paredes revestidas de seda blanca. Armarios y mesas de madera color marfil completan el espacio, así como una mesa que sirve de recepción, donde hay mujer sentada tecleando.

Cuando entro, levanta la mirada y parpadea:

—¿Puedo ayudarte? —pregunta con tono seco.

—Vengo a ver… a la decana Withers. —Se me quiebra la voz cuando distingo la línea de preocupación entre sus ojos—. Soy Poet Graves.

Me ruborizo al ver que me dedica una mirada compasiva.

—Ah. Por supuesto.

Se aparta del escritorio, rodando con la silla hacia atrás.

Todo el mundo en el despacho me mira sin disimulo. Sé que más tarde me dará vergüenza, pero ahora mismo su escrutinio pasa a un segundo plano mientras me centro en lo que me espera. Es una prórroga agridulce.

En el borde de la mesa de recepción hay una tablet con una invitación para que aquellos interesados en la formación de la guardia de las tormentas se matriculen en el programa de cadetes. Llevo una semana dudando si hacerlo, preocupada por si mi padre se entera.

Siento la tentación de coger el lápiz óptico, pero él está al otro lado de una de esas puertas, y no me cabe la menor duda de que ya está más enfadado conmigo de lo que lo ha estado en toda la vida.

—Por aquí —dice la recepcionista, haciéndome señas.

Vuelvo a mirar la tablet y luego la sigo por un pasillo hasta otra puerta fastuosa. Llama a la puerta con unos ligeros golpecitos antes de abrirla.

La decana está sentada en otra mesa de madera de color blanco crema, solo que es tres veces más grande que cualquiera de la zona de recepción. Los laterales y el fondo están cubiertos de frescos, y la parte superior está decorada con una impresionante variedad de flores de acuarela.

Enfrente de ella hay un par de sillas en las que se sientan dos personas.

Mis padres.

—Hola —digo—. Mamá, papá, ¿qué estáis haciendo aquí? —Fuerzo el tono, como si en realidad no supiera a lo que han venido.

No cuela.

Mis padres intercambian una mirada elocuente antes de que mi padre se vuelva hacia la decana Withers. Ella apoya las palmas en la mesa y se levanta.

—Lo siento, todavía no hemos tenido la oportunidad de presentarnos de forma oficial —me dice—. Tu padre me ha hablado mucho de ti.

Parpadeo. ¿Ah, sí?

Esa duda me basta para borrar la neblina que me cubre la mente y centrarme de nuevo.

—Sin embargo, hoy tienes asuntos más urgentes que tratar. Espero que nos podamos llegar a conocer mejor en algún momento.

Bordea la mesa y le tiende la mano a mi madre.

—Sariah, me ha encantado verte.

Mi madre asiente con frialdad y le permite a la decana que le estreche la mano, pero no hay ninguna calidez en el gesto. La decana Withers aprieta los labios ante el obvio rechazo de mi madre. Eso me descoloca. Nunca he visto que mi madre sea maleducada con nadie.

—Grady —dice la decana a mi padre—. Lamento que no podamos seguir hablando, pero me tengo que ir. Utilizad mi despacho todo el tiempo que necesitéis.

Mi padre le dedica una sonrisa cálida y le toma la mano antes de darle un beso en el dorso.

—Siempre es un placer, Selena.

Se ruboriza un poco antes de retirar la mano.

No me sorprende. Ya he visto antes a este hombre encantador. Ese es el sucesor de la casa Fiama. No es mi padre. Capto el destello de irritación en el gesto de mi madre. ¿Qué narices está pasando aquí?

—Poet —se dirige a mí la decana con un movimiento de la barbilla, y luego se marcha del despacho.

—¿Os conocéis? —pregunto, intentando ganar tiempo.

—Somos amigos desde hace muchísimos años —responde mi padre de forma evasiva, y otra vez me fijo en el morro torcido de mi madre.

¿La decana Withers es una de las… aventuras de mi padre? Pero no iba a ser tan descarado enfrente de su esposa, ¿no?

La puerta se cierra tras la decana, dejándome a solas con mis padres. Crece la opresión que siento en el pecho. Es una sensación a la que estoy muy acostumbrada. Pavor.

Cuando me vuelvo hacia mi padre, toda falsa afabilidad ha desaparecido. Ahora tengo ante mí al hombre que conozco y temo.

—Poet —dice con esa voz. La que conozco tan bien—. ¿Te importaría explicarme lo que ocurrió anoche?

Lo dice con tanta calma que hasta asusta, pero no paso por alto la vena que le late en la sien. Me tiembla todo el cuerpo, así que entrelazo las manos frente a mí y espero que no lo note.

Abro la boca, luego la cierro. Todo el mundo quiere que le dé una explicación, pero no la tengo. Tan solo actué por instinto. Me parecía lo correcto.

—No puedo —digo, y él aprieta la mandíbula.

—¿Tienes idea de lo que has hecho? —Hay un cambio en su voz. Se vuelve más fría y amenazante. Escalofriante—. ¿Sabes lo estúpido que parezco ahora? Los tiburones me están acechando, esperando a que dé un paso en falso, y entonces mi hija, mi única hija, entra en Amery y ¡me pone en ridículo!

Va levantando la voz hasta que grita con tanta fuerza que estoy segura de que sus palabras llegan más allá de estas paredes. Es una imponente columna de furia, con la cara enrojecida y la mirada salvaje. Aprieta un puño a su lado y me pregunto si tiene previsto usarlo.

Doy un paso atrás. Es algo instintivo, pero todos nos percatamos de ello.

No sé qué decir para calmarlo. Una disculpa no servirá de nada. Lo que hice es imperdonable, lo sé. Tiene razón, lo he humillado. Disfruté de un breve momento de satisfacción al desafiarlo, pero fui demasiado lejos.

Al contrario que con Knox, esto no se trata solo de él. Soy su hija y, por lo tanto, una extensión de su liderazgo. Anoche no solo traicioné a mi padre, traicioné a toda la casa Fiama.

—¡Respóndeme! —grita—. ¿Por qué lo hiciste?

Siento que se me empiezan a llenar los ojos de lágrimas mientras sacudo la cabeza. No voy a llorar.

—Lo siento —susurro—. Lo arreglaré. Todavía me quedan pruebas. Lo arreglaré. Lo prometo.

—Trey está fuera de sí —dice mi padre—. Amenaza con terminar nuestra alianza y prometer a Knox con la hija de Jenkins —continúa, sin dejar de gritar sobre nuestro matrimonio y los Arden.

Sobre todo lo que puede perder si Knox se casa con otra.

Noto cómo me encojo bajo el peso de su ira.

Puede que mi padre sea el sucesor de la casa Fiama, pero solo si tiene el apoyo de los cargos más altos de la Sociedad.

Tal vez haya muchas personas que ahora mismo creen que él es la mejor opción para garantizar la seguridad de la ciudad.

Sin embargo, eso no significa que no haya otros que anhelen su poder.

Que crean que pueden hacer el trabajo, incluso mejor que él.

Jenkins. O, lo que es lo mismo, Winter, mi compañera de cuarto y mi némesis. Alguien que lo daría todo por ocupar mi lugar. No se hace una idea de lo mucho que desearía que lo hiciera.

Sacudo la cabeza y me centro en mi padre.

Asiento, tratando de absorber cada palabra surgida de su ira.

Desvío la atención a mi madre, que está con la espalda recta y mirándonos primero a mi padre y luego a mí.

Cruzamos la mirada durante un instante y capto un destello de angustia y desesperanza en su rostro.

Sé que lamenta todo esto, pero nunca ha hecho nada para tratar de evitarlo.

Y no tiene sentido esperar que lo haga. ¿Qué podría hacer ella?

—Poet, ¿me estás escuchando? —grita mi padre, y asiento al momento.

Estoy escuchando. Siento cómo se me graba cada palabra en la piel.

—Lo arreglaré —vuelvo a prometer—. Te juro que lo arreglaré. No pasará nada.

Mi padre resopla con fuerza. Le brillan los ojos de rabia y se le ha caído un rizo de pelo oscuro sobre los ojos. Se lo retira y me clava la mirada como si estuviera diseccionándome.

—Más te vale que lo arregles —dice en voz baja—. Ayúdame…

Levanto la mano.

—Juraré lealtad a Fiama. Tienes mi palabra.

Por fin deja caer los hombros.

—Confío en ti —dice, y yo asiento, de nuevo conteniendo las ganas de llorar.

—Ya lo sé —respondo—. Lo sé. No te decepcionaré.

—Sin tu hermano…

—No, por favor —susurro cuando la primera lágrima se desliza por mi mejilla.

Ahora mismo no puedo soportar que me hablen de Raine. Él juró lealtad a Fiama sin dudarlo. Hizo todo lo que se esperaba de él y luego nos lo arrebataron. No es justo.

Mi padre aprieta la mandíbula y le brillan los ojos antes de soltar un largo suspiro.

—Vale. Espero que lo único para lo que me vuelvan a llamar de Amery es para que asista a tu juramento de lealtad a Fiama dentro de dos meses.

—Por supuesto —digo.

Asiente y se dirige a mi madre, que se levanta de la silla y se alisa la parte delantera del vestido. ¿Para qué ha venido siquiera, si no tenía previsto decir ni una palabra?

—Te echo de menos —le digo, y se apresura a abrazarme.

La rodeo con los brazos y hundo la cara en el hueco de su hombro. Respiro hondo, inhalando el aroma de su perfume mientras ella me acaricia la nuca.

—¿Se porta la gente bien contigo? ¿Estás bien? —pregunta.

Me parece una pregunta con trampa, pero no me atrevo a agobiarla con la verdad.

—Sí, todo va bien —miento y noto que se relaja.

Nos abrazamos otro par de segundos más antes de que mi padre carraspee.

—Sariah, deberíamos irnos. Hemos quedado para comer con la general en veinte minutos.

Mi madre se aparta y se seca el rabillo del ojo. Me toma la mano y busca mi mirada antes de dedicarme una sonrisa lastimera.

—Cuídate mucho —dice, dándose la vuelta y saliendo deprisa por la puerta.

Cuando se ha ido, levanto los ojos hacia mi padre, que me escudriña con la mirada.

—No la cagues. Si lo haces, no te van a gustar las consecuencias —dice mientras se da la vuelta y se marcha también.

Cuando se cierran las puertas, cuento hasta cincuenta antes de reunir las fuerzas necesarias para moverme.

Me tiemblan las manos y se me escapan sollozos entrecortados.

Los diversos dolores y heridas que tengo en el cuerpo palpitan por el eco de la conversación y noto cómo poco a poco me va aplastando el peso del estrés.

Mi único consuelo es que hoy no parece que vaya a haber tormenta.

Cuando estoy segura de que mis padres se han debido ir, echo un vistazo a la sala, preguntándome por qué me han dejado sola en el despacho de la decana. Pero una lucecita roja empotrada en el techo me recuerda que estoy siendo observada.

Cuando vuelvo a la zona de recepción, varios pares de ojos se posan sobre mí.

La mujer que me ha ayudado antes me dedica una mirada empática.

Está claro que han oído todo. No pertenecen a la Sociedad, así que asumo que lo único que ven cuando me miran es a una niña rica mimada, y no les falta razón. Eso es justo lo que soy.

Cuando me negué a matar a alguien para proteger la ciudad, dejé aún más clara mi ineptitud.

¿Por qué soy la única que no pudo hacerlo? ¿Acaso soy… débil?

No obstante, el gesto de la recepcionista es amable y por eso casi me echo a llorar.

Con los puños apretados, paso por las mesas y vuelvo a desviar una vez más la mirada hacia la tablet con el registro para la guardia de las tormentas. Me detengo enfrente con los dedos temblando.

Hoy he decepcionado a mi familia. A toda mi casa. Mi padre tiene todo el derecho a estar enfadado conmigo.

Pero una vocecita egoísta me susurra en la cabeza que mi familia nunca ha hecho demasiado por mí. Me han pegado e intimidado hasta someterme. Obligado a casarme con un hombre que odio.

Pero también he tenido un techo sobre mi cabeza y el estómago lleno durante toda la vida. Pienso en Rook. Podría haber sido una solitaria, teniendo que dedicarme a juntar restos para apenas sobrevivir.

Lo inteligente sería salir de aquí, jurar lealtad a Fiama, graduarme en lo que mi padre ha elegido por mí y luego casarme con Knox.

Puedo forzarme a hacer al menos una de esas cosas, pero hay algo con lo que nunca podría vivir.

Mi padre ya está furioso, ¿qué más da otra transgresión?

Cojo el lápiz óptico del soporte, agarrándolo con tal fuerza que los nudillos se me quedan blancos. Siento los ojos de la recepcionista sobre mí cuando toco la pantalla. Contemplo las líneas vacías y los nombres que ya están en la lista. A la mayoría no los conozco.

Salvo uno.

Rook Athira

Su letra, artística de una forma extraña, llena el espacio tres filas más arriba y yo no sé por qué eso me hace decidirme.

Antes de poderlo pensar mejor, garabateo mi nombre en la siguiente línea en blanco.

En realidad, ¿qué amenaza podría hacer mi padre que no haya hecho ya?