Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

M e despierto agotada y nerviosa. Anoche no se desató finalmente la tormenta, lo que me dejó desesperada por una dosis de centella que nunca llegó a tocar el aire.

Me duelen todos y cada uno de los músculos del cuerpo como si hubieran estado en tensión durante horas.

Tal vez haya sido así. No dormí mucho cuando regresé a la habitación en algún momento en medio de la noche.

Entre el picor por la tormenta y la adrenalina en el cuerpo, apenas pude quedarme quieta.

Di vueltas y vueltas, mientras Winter y Lacey roncaban bajito en sus respectivos rincones.

Seguía pensando en lo que había hecho. Me había sometido a la prueba de Aria a propósito para cabrear a mi padre.

Le va a dar un parraque. Cielos, me pregunto si hay alguna posibilidad de que no se entere. Supongo que eso es hacerse ilusiones.

Me doy una palmadita en la cara y gruño.

Mi nerviosismo se agrava al ver que la cama de Trinity sigue vacía.

Echo un vistazo al corte de mi costado, que me vendé anoche con un kit de primeros auxilios que encontré en el baño.

Por suerte, era superficial, pero tengo el cuerpo lleno de moratones provocados por las cuerdas.

Luego me doy una ducha rápida, y me cambio antes de ir a la cafetería y llenar la bandeja, tratando de evitar las miraditas de todos.

Estoy segura de que no me estoy imaginando cómo todo el mundo me mira y cuchichea tapándose la boca con las manos, lo que me da a entender que la noticia ya está por todos los pasillos de Amery.

Maldigo en silencio. Sabía que no iba a poder mantener el secreto durante mucho tiempo, pero esperaba contar al menos con uno o dos días antes de que los demás se enteraran. Me pregunto si mi padre ya lo sabe.

Todos los móviles suenan a la vez con el juramento diario de El Escudo y permanecemos en silencio, escuchando esa voz femenina y neutra que nos recuerda nuestro deber hacia Nuevo Manhattan y nuestras casas.

Me ruborizo ante el mordaz recordatorio de lo que hice anoche, mientras siento los ojos de todos clavados en mí.

Cuando se termina, sigo mirando la bandeja, tratando de no llorar.

No me merezco el lujo de las lágrimas. Yo solita me he hecho esto.

Luego busco un sitio para sentarme. Decido que no me apetece la compañía de nadie, encuentro una silla libre y dejo caer la bandeja en la mesa. Agarro el tenedor y pincho sin ganas un poco de comida, cuando una mano me agarra de la muñeca.

Me quedo paralizada al ver a Knox, que me observa con una expresión seria que no puede significar nada bueno.

—Tenemos que hablar —dice, levantándome de la silla y arrastrándome entre la multitud—. Ahora.

—¡Knox! —grito al tiempo que doy un traspié.

Me está apretando con tanta fuerza que hago un gesto de dolor. Salimos de la cafetería y Knox mira a izquierda y derecha antes de llevarnos a un pasillo estrecho y empujarme contra la pared.

—¿Qué hiciste anoche? —pregunta, inclinándose sobre mí y pegándose a mi cara, haciendo que se me desboque el corazón—. ¿No te das cuenta de que me has hecho quedar como un estúpido?

Aprieto la mandíbula al percatarme de que no está preocupado por mí; solo está preocupado por sí mismo.

No tengo ninguna explicación que darle. E, incluso si la tuviera, las palabras se me atragantan. No puedo dejar de pensar en cómo me agarra. O en la falta de espacio entre los dos y en la pared firme a mi espalda. Me empieza a costar respirar, deslizo la mirada sobre él buscando cómo escapar.

—Poet —dice, acercándose tanto como para que huela el hedor a salchicha y huevos y café de su aliento—. Más te vale explicarte.

Abro la boca, esperando decir algo, lo que sea, para tranquilizarlo. Pero sigo con un nudo en la garganta. Knox por fin debe haberse dado cuenta de lo que me está afectando su actitud, porque da un paso atrás y pone los ojos en blanco.

—Hiciste la torre de fuego.

—Así es —digo, comedida.

—¿Por qué cojones lo hiciste?

—No podía matar a un hombre —respondo, recuperando la voz ahora que por fin tengo espacio para respirar.

Todavía tengo el corazón a mil por hora, pero estoy demasiado acostumbrada a esa sensación y la ignoro.

Parpadea y se pone recto, apoyándose con un golpe en la otra pared.

—Que no podías matarlo —dice con desgana, como si fuera la mayor tontería que ha oído en la vida—. Es un puto criminal. ¿A quién le importa?

—¡A mí! —replico—. ¡Así no funciona la justicia!

—Baja la voz —dice mirando al pasillo, donde hay un par de estudiantes que se han parado, sin duda alguna para intentar poner la oreja—. ¡Largaos de aquí, joder! —les grita y se marchan pitando antes de que Knox vuelva a encararse conmigo.

—No pasa nada —digo, agachándome para escabullirme por debajo de él e ignorando la opresión que siento en el pecho al saber que, por lo visto, Knox no tiene reparo en matar a otro ser humano. De verdad que algún día será el líder ideal para la casa Fiama—. Lo solucionaré con las próximas pruebas.

Knox respira hondo y se pellizca el puente de la nariz. Noto la vena latiendo en su frente y siento una especie de sombría satisfacción al saber que soy yo la culpable.

—Eso, si te lo permiten —dice, y un destello de algo parecido a la desesperación le cruza el gesto.

—Lo harán. Dijeron que teníamos que pasar dos pruebas de tres. Hay más gente que ha cambiado de opinión después de la primera prueba. —Mi voz es casi un susurro.

—Todo nuestro futuro depende de esto, Poet. No me puedo casar con un miembro de Aria, y desde luego que no puedo dirigir la casa Fiama con una como esposa.

No es nuestro futuro, es el suyo.

Asiento en silencio mientras se pasa una mano por el pelo.

—Creí que estarías bien yendo por tu cuenta, pero a partir de ahora no te quiero perder de vista —añade—. Te acompañaré a clase y me esperarás para que te recoja. Comerás conmigo y solo estarás sola cuando duermas. ¿Entendido?

No. No, no, no. Abro la boca para protestar, pero se lanza hacia mí, poniendo un brazo a cada lado, atrapándome.

—En serio, Poet. Podrías mandarlo todo a la mierda.

Suena otra campana en el pasillo, llegamos tarde a clase.

—Knox, me tengo que ir —digo con voz temblorosa.

Intento deslizarme bajo su brazo, cuya mano apoya en la pared, con el cuerpo apretado contra él.

Contengo el aliento, tratando de crear algo de distancia.

No quiero tocarlo, y desde luego que no quiero que me siga a todas partes.

Ese no era el plan. Se suponía que esto iba a ser una especie de descanso. Alejarme un poco de él y de mi padre.

Aprieta la mandíbula y un destello de rabia le cruza los ojos.

En momentos así, me recuerda tanto a mi padre que hasta me cuesta respirar.

Consigo apartarme, me recoloco el bolso en el hombro, consulto la aplicación de la academia para ver dónde está mi clase y me marcho sin decir nada más.

Un instante después, oigo que Knox me sigue de cerca.

—No necesito una niñera —digo, mirando aún la pantalla—. No me puedo meter en problemas durante la clase.

Resopla con ironía y me sigue hasta el laboratorio, donde tengo mi primera clase de Biología esta mañana. Llegamos a la puerta entreabierta y me vuelvo hacia él.

—Estoy aquí, ¿vale? Ya lo ves, cero problemas.

Entrecierra los ojos al tiempo que la voz de barítono del profesor se cuela por la puerta.

—Espera aquí después de clase hasta que venga a por ti —dice Knox.

—Ni pensarlo. Iré directa a mi cuarto. No me vas a seguir a todas partes.

—Poet…

La puerta del aula se abre de golpe y un profesor aparece en la puerta con el escudo de la casa Asale en el pecho.

Es más alto que Knox, y el uniforme de Amery se le ajusta a su fuerte constitución.

El pelo oscuro le cae sobre los ojos y se podría decir que es guapo en el sentido clásico de la palabra si no tuviera esa expresión tan cruel en el rostro.

—¿Se supone que vienen a esta clase o tienen previsto quedarse ahí plantados e interrumpir toda la lección? —pregunta.

—Solo ella —dice Knox señalándome.

—¿Y dónde se supone que tiene que ir usted? —le pregunta el profesor a Knox, mirándolo con desdén.

Knox alza los hombros.

—A otra clase.

—Entonces le sugiero que se marche ya, dado que ya llega tarde.

Knox pone los ojos en blanco y se dirige a mí:

—Espera. Aquí —repite antes de marcharse.

El profesor vacila un instante antes de hacerse a un lado e indicarme que entre.

—Lo siento —murmuro al pasar.

Todos me miran cuando el profesor coge el libro de asistencia de la mesa.

—¿Supongo que es Poet Graves? —me pregunta con ese mismo tono condescendiente.

—Sí, señor —digo.

—No tolero que se llegue tarde a mis clases —responde—. Ser la hija de un sucesor no le confiere ningún privilegio especial en esta aula.

—Lo siento —repito—. No volverá a suceder.

—Ya veremos. Ahora, tome asiento. Hay uno libre al fondo.

El aula está dividida en una serie de mesas, cada una con dos banquetas. Están todas ocupadas excepto la última de la esquina. Aprieto las manos en la correa del bolso cuando mi mirada se cruza con la de Rook. Como no podía ser de otra forma, él es el único sin compañero.

Asiento y me acerco hasta allí, me deslizo en la banqueta y evito con sumo cuidado hacer contacto visual.

Rook resopla cuando abro el bolso, saco la tablet y miro al frente.

Mientras tanto, todo el mundo me observa, algunos con mayor disimulo que otros.

Cuando termina una historia, otra puede esperar cerca.

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¿Es porque he llegado tarde? ¿Porque me han oído discutir con Knox en el pasillo? ¿Porque me ha tocado sentarme con un solitario? ¿O porque elegí Aria anoche? No debería haber tantos motivos para que sea el centro de atención.

—Ahora que estamos todos —dice el profesor—, tal vez podamos empezar. Otra vez.

Voy a matar a Knox por esto. Aunque hacerme llegar tarde es el menor de sus crímenes.

—Como iba diciendo, soy el doctor Sellers —comienza a decir con arrogancia mientras recita un montón de títulos y galardones con acrónimos que no he escuchado en mi vida.