Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

E l viento me silba en los oídos y se me sube el estómago a la garganta cuando me lanzo hacia el vacío, impulsándome hacia el otro lado.

La cuerda se me clava en la tripa cuando caigo con fuerza y me quema la mano mientras el viento me deja sin aire.

Me agarro a la cuerda de la que cuelgo y pataleo al aire mientras me balanceo.

Carcajadas. Las figuras enmascaradas en la cima de la Ciudadela se están riendo, porque ellos ya saben lo que yo acabo de comprender: la cuerda no es lo bastante larga. Me invade el pánico cuando llego al cénit de la trayectoria y vuelvo a balancearme hacia atrás.

Pero ¿qué Cielos es esto? ¿Qué es lo que quieren?

La cuerda vuelve deprisa hacia atrás, elevándome hasta una Stevie que se desternilla.

—¡Se te ve bien! —grita, sin duda pasándoselo en grande mientras yo estoy colgando en el aire, seguro que con pinta de idiota.

Entonces me acuerdo de la otra cuerda y del garfio.

Deprisa, la desenrollo y dejo caer el extremo. Es lo bastante larga y, cuando la cuerda de la que cuelgo me columpia de nuevo hacia la Ciudadela, lanzo el garfio con la esperanza de que se enganche en el borde del edificio.

Choca contra la piedra, rebota y casi me arranca la cuerda de las manos.

Lo intento un par de veces más, sin éxito. Es imposible.

Es entonces cuando me fijo en la luz parpadeante de la muñeca. Mientras me columpio hacia el lado más alejado, la luz se vuelve azul.

Un momento. ¿No voy por buen camino?

Otro balanceo y la luz se pone roja antes de volver al azul cuando me acerco de nuevo hacia Stevie. Roja en el punto más bajo del arco. Azul en los extremos.

No esperan que llegue al otro lado. Se supone que tengo que bajar.

Mierda. Mierda. Mierda.

Me dejo columpiar de nuevo mientras escucho las carcajadas a mi paso. Saben que me acabo de dar cuenta. Pero, si caigo, ¿qué pasa? ¿Me cogerá alguien?

Considero las opciones que tengo y miro hacia arriba. La viga. No hay ningún otro sitio donde utilizar el garfio. Tiene que ser eso.

Me dejo guiar por el instinto cuando lanzo el garfio hacia arriba. Se engancha en la viga y casi lloro de alivio. Ahora el otro extremo cuelga hacia abajo, varios metros por debajo de la cuerda que me sujeta. Me voy parando, perdiendo impulso al tiempo que el arco es cada vez más pequeño.

Se me está acabando el tiempo.

Agarro el extremo de la cuerda y me lo amarro a la cintura antes de coger el cuchillo que llevo en la bota. Entonces corto deprisa la primera cuerda. Intento no pensar demasiado en lo que va a pasar. ¿Cuánto me dolerá?

La primera cuerda se suelta y yo caigo en picado, soltando un grito desgarrador antes de que la segunda cuerda me detenga de un tirón. Chillo cuando se me clava en las costillas y ya estoy colgando otra vez, con el cuchillo, sin saber muy bien cómo, todavía en la mano.

Y ahora ¿qué?

Es entonces cuando diviso la red al fondo. Cielos. Tengo que dejarme caer.

—¡Diez segundos! —grita Stevie desde arriba, y su voz me llega con la brisa.

¿Soy capaz de hacerlo? No tengo elección. Deprisa, corto la cuerda; las fibras van cediendo despacio, hebra a hebra.

Me concentro, tratando de aclarar la mente.

La vacío de todo pensamiento.

Inhalo con fuerza justo cuando la cuerda se rompe.

Caigo en picado y un grito me desgarra la garganta. Me muevo demasiado rápido, y no siento los brazos ni las piernas. Me quema la garganta mientras desciendo más y más y más.

El viento me zarandea de lado a lado. Trato de frenarme, pero, como es obvio, nada de lo que hago sirve. Estoy a merced de la gravedad y la aceleración y las ráfagas de viento.

El suelo se acerca a toda velocidad hacia mí y me pregunto si no acabo de cometer un puto error inmenso.

¿Cómo de malo sería estar casada con Knox?

Me imagino nuestras vidas en algún punto de un futuro no muy lejano. Yo en casa sola, lo más probable que bebiendo para aliviar el dolor, preguntándome a quién se está follando esa noche…

PUM.

Choco contra la red con una sacudida. Duele como si hubiera aterrizado de cara en el asfalto.

Siento como una bofetada en la tripa, las caderas y los muslos. Me queman las manos, las muñecas se me enredan en la red.

«Gracias, Cielos».

Pero todavía no he acabado. Reboto, vuelo por los aires pataleando y girando.

Son necesarios un par de rebotes más hasta que por fin me detengo.

Me giro sobre la espalda y observo el cielo mientras otro destello de luz tiñe el mundo de color amatista.

No tengo claro que me pueda mover. Por el rabillo del ojo percibo un parpadeo verde, es mi pulsera que brilla con alegría.

Lo he conseguido. No sé cómo, lo he logrado.

Alguien sacude la red.

—¡Baja! —grita.

Con gran dificultad, me levanto y todos los músculos y articulaciones de mi cuerpo chillan de dolor.

Me da vueltas la cabeza y me miro las manos, deseando poder parar el movimiento. El suelo está a pocos centímetros. Así de cerca he estado de estrellarme.

Por fin, levanto la mirada para descubrir a un trío de enmascarados de la Sociedad. Se quitan el antifaz y me observan, entornando los ojos.

—Vamos —grita uno de ellos.

Agarro el cuchillo que está sobre la red y me arrastro. Por el rabillo del ojo veo algo que casi me hace vomitar el desayuno, el almuerzo y la cena. Un cuerpo destrozado. O lo que queda de él. Alguien que no cayó en la red.

Abro la boca para soltar un leve suspiro, mientras aparto la mirada y me arrastro hasta el borde.

Bajo de un salto y me retuerzo por el dolor de las rodillas y por lo que me quema el costado.

Tengo la tripa magullada y parece como si me hubieran machacado las costillas con un martillo.

Los dos hombres y la mujer me observan con ojos recelosos.

No soy una de ellos. Me han apuñalado, atacado, y luego me he tirado de un puto edificio para pasar su prueba, pero no pertenezco a la casa Aria.

—Hola —digo moviendo la mano, y al momento me siento ridícula.

Deprisa, escondo la mano en la espalda. El hombre de la izquierda señala con la barbilla una puerta donde hay más miembros de Aria haciendo guardia.

Es entonces cuando por fin lo entiendo todo.

Estoy en territorio enemigo. He cruzado sus líneas y no tengo forma de defenderme.

Puedo resistir en una lucha justa. Todos recibimos clases de defensa personal desde pequeños para protegernos de posibles ataques de los solitarios.

Mi hermano dio un paso más allá cuando hizo todo lo que estuvo en su mano para prepararme para cualquier situación que pudiera encontrarme en la vida.

Pero aquí me superan en número, y por mucho. Estoy rodeada de personas cuyo deber es perseguir a los que son como yo. Agarro el cuchillo con más fuerza mientras las nubes brillantes se arremolinan sobre nosotros, recordándome lo que soy.

Pero no puedo permitir que sientan mi miedo.

Con la cabeza alta, me acerco a la entrada.

Cuando llego a la puerta, tres hombres enormes me rodean, alzándose imponentes sobre mí, todos vestidos con camisetas de color rojo sangre que los distinguen como reclutas del E-scuadrón.

No dicen nada. Solo me observan. Me pican las manos al tiempo que las nubes se concentran sobre mi cabeza, recordándome lo que soy.

Un monstruo. Un bicho raro. Un peligro para todos.

Si lo supieran, estarían encantados de hacerme pedazos.

—Disculpad —digo, tratando de sonar segura de mí misma, pero me sale un poco agudo y falto de aire.

Calibro a la bestia que hay ante mí, levantando la cabeza para mirarlo a esos pequeños y redondos ojos azules.

Trago saliva, pero no engaño a nadie.

—Tapia, déjala pasar —dice una voz a mi lado. No me atrevo a mirar a quien ha venido a rescatarme.

Solo clavo los ojos en Tapia, como si no estuviera a punto de cagarme de miedo. Me odian y ni siquiera saben lo que soy.

Está impasible, un muro imperturbable con rasgos angulosos. Qué nombre más apropiado.

Inclina la cabeza y por fin se hace a un lado. Vacilo un instante antes de pasar a su lado, tratando de caminar con normalidad. En el pasillo hay más gente de Aria, todos mirándome con diversos grados de reacciones, desde curiosidad hasta hostilidad no disimulada.

Más camisetas rojo sangre. Más gente que me perseguiría hasta los confines de la tierra para darme caza.

Lo único que tengo claro es que ninguno me quiere aquí. Ni ahora, ni nunca.

Al menos, todo esto está desviando la atención de lo que me pican las manos por culpa de la tormenta.

La verdad es que se me había olvidado plantearme lo poco acogida que me sentiría aquí.

Mientras recorro el pasillo, su cólera me quema en la nuca. Siento su odio y su desconfianza. La absoluta seguridad de que, si intento jurar lealtad a Aria, me comerán viva.

Por fin llego al final del pasillo, y acabo en el mismo espacio enorme en el que empezamos. Noto el alivio en el pecho, aunque no sé por qué. No es como si estuviera aquí más a salvo.

Miro hacia atrás y descubro que todo el mundo sigue mirándome con resentimiento.

Todos saben quién es mi padre. Y yo soy una intrusa entre sus filas.

Casi puedo sentir la diana estampada en mi espalda, como si yo misma les hubiera dado el cubo de pintura roja.

¿Qué acabo de hacer?