Capítulo 8
A l cabo de un momento, me acompañan a través de otra puerta que hay a mi izquierda, donde esperan más hombres y mujeres enmascarados.
Sin decir una sola palabra, alguien me agarra de la muñeca y me pone una gruesa pulsera de plástico.
Presionan un botón y se encienden unas luces rojas, que parpadean de una forma siniestra.
—La torre de fuego es una prueba de resistencia —dice—.
Imagínatelo como un juego de frío y caliente.
Debes llegar a un punto predeterminado en algún lugar cercano.
—Señala el dispositivo de mi muñeca—. Esto te dirá si te estás acercando o alejando de tu objetivo.
Rojo es caliente. Azul es frío. ¿Entendido?
Asiento despacio. Eso creo. Los integrantes de la casa Aria se enorgullecen de su forma física y esto parece el reto definitivo para poner a prueba esos límites.
—Tienes diez minutos —continúa Stevie—. Y no estarás sola.
—¿Qué quiere decir eso?
Esboza una sonrisa.
—Otros miembros de Aria estarán ahí para vigilarte y tratar de evitar que consigas tu objetivo.
—Evitarlo ¿cómo?
Se le ensancha la sonrisa.
—Pueden evitarlo como ellos consideren. No te lo podemos poner demasiado fácil. —Levanta un brazo y se da la vuelta—. Y hasta aquí el tiempo para las preguntas.
Se dirige hacia la puerta por la que hemos entrado.
—¿Cuenta atrás preparada? —pregunta a las figuras enmascaradas, que despacio se escabullen por la puerta y desaparecen hasta que solo quedamos Stevie y yo.
Da un golpecito en la esfera de su reloj.
—¿Todo listo? —pregunta, presionando un botón antes de que un número diez de color rojo luminoso aparezca en su pantalla.
La cuenta atrás ya ha comenzado, los segundos van transcurriendo. Sufro un momento de indecisión. ¿Qué he hecho?
—Preparada, lista… ¡Ya!
Me vibra la pulsera y emite un pitido antes de que la luz se ponga a parpadear más rápido.
La miro y luego miro a Stevie, que está de pie con los brazos cruzados.
—No te quedes ahí parada —dice—. Sal de aquí ya, joder.
Se hace a un lado y no quiero que me lo tenga que repetir. Vuelvo a entrar en la cripta donde Devon, Anan y otros miembros de la casa Fiama esperan de pie en la pared más alejada, observándome, con una expresión que refleja una preocupante combinación de rabia y desconcierto.
No tengo tiempo para tranquilizarlos diciéndoles que en realidad no me voy a unir a Aria. Que sería imposible por un millón de razones.
En vez de eso, salgo corriendo.
La luz de la pulsera pasa a ser roja cuando entro en el túnel. Giro a la izquierda y doy unos pasos antes de que la luz cambie a azul. Nop. Doy media vuelta y veo cómo destella en rojo.
Vale. No es tan complicado.
Durante un minuto más o menos, serpenteo por los túneles, ignorando todo a mi alrededor.
La pulsera me ilumina lo suficiente como para distinguir las paredes y las esquinas mientras voy y vengo, hasta que llego a una escalera que da directa a la superficie.
Más destellos cuando al subir llego a un ascensor con un solo botón iluminado.
Lo presiono y asciendo antes de volver a salir a un pasillo oscuro de Amery que no había visto antes.
El sudor se me acumula en el nacimiento del pelo y empiezo a respirar de forma entrecortada, jadeando. Tardo un segundo en percatarme de un movimiento entre las sombras. Es imposible distinguir a nadie más allá del brillante parpadeo de la luz. Ellos me pueden ver bien, pero yo no los veo a ellos.
El ruido de los pasos me dice que desde luego no estoy sola. Intento controlar la respiración, esperando que revelen su posición. Otro sonido a mi izquierda sugiere que hay más de una persona al acecho.
Doy dos pasos a la izquierda y la luz cambia a azul. Dos a la derecha y se pone en rojo. Pero ahí hay alguien. Puedo adivinar una sombra larga y luego… un destello metálico. Tiene un arma. Se me desboca el corazón mientras considero mis opciones. Doy dos pasos más y la luz sigue siendo roja.
Así que corro, con la esperanza de abrirme camino entre los dos atacantes.
Con las piernas y los brazos moviéndose sin parar, corro lo más rápido que puedo. Algo se mueve a mi derecha y suelto un grito justo cuando el dolor me quema en un costado.
Gruño y casi me tropiezo antes de ponerme la mano en las costillas. Al momento, siento la delatora viscosidad de la sangre. Alguien me ha apuñalado. Estoy tan impresionada que casi dejo de correr, pero el ruido de los pasos tras de mí me recuerda que estoy jodida si no sigo moviéndome.
Viro a la izquierda y la luz de la pulsera pasa a ser azul, rompiendo la oscuridad. Enseguida corrijo el rumbo, soltando un suspiro de alivio cuando vuelve al rojo. Un pasillo y luego otro antes de que la luz me lleve directa a una salida de emergencia.
Irrumpo por la pesada puerta, pero hay alguien esperándome.
Una figura esbelta, enmascarada, a los pies de la escalera, está bloqueándome el camino. Por lo menos sé que voy en la dirección correcta.
—Muchacha —se mofa la figura con una voz femenina—. Llegó la hora de dejar de correr.
Me acerco y amago. La mujer se tambalea a la izquierda mientras yo voy a la derecha.
No sé cómo, consigo rodearla, sintiendo una punzada en la herida de mi costado cuando me revuelvo para liberarme de su mano.
Doy dos pasos antes de que algo se me enganche en el tobillo y caiga al suelo.
Grito cuando choco con la rodilla contra la escalera metálica, y el dolor se extiende hasta el muslo y la cadera.
La mujer da un salto y cae encima de mí. La agarro de las muñecas, apretándolas, tratando de evitar que me arañe la cara. Forcejeamos y el borde de la escalera se me va clavando en la espalda, provocándome dolor en todo el cuerpo: las costillas, la rodilla, la columna.
Por suerte, la mujer es más baja que yo. Trato de aprovecharlo, girándonos hacia un lado, hasta que está atrapada debajo de mí. Caemos por un par de escalones y la espalda le roza por el borde mientras suelta un grito desgarrador.
Le suelto una de las muñecas y cojo impulso con el brazo para darle un puñetazo en la mejilla.
Da un alarido cuando su cabeza gira con violencia hacia un lado.
Aprovecho la oportunidad para levantarme de un salto y la pierna izquierda casi cede bajo mi peso. Por un instante dudo de si me la he roto mientras me estrello contra la barandilla, utilizándola de apoyo. Mi atacante sigue recuperándose del puñetazo y yo trato de recuperar el aliento.
Las dos nos quedamos quietas un momento, pero enseguida gira sobre sí misma para levantarse. Se le cae la máscara en un momento dado, y la mirada letal de sus ojos hace juego con la sangre que le corre por la cara.
—¡Zorra, te voy a matar! —me grita antes de abalanzarse sobre mí.
Giro de golpe y echo a correr escaleras arriba, con la luz roja parpadeando mientras subo y subo con la mujer pegada a mis talones. Logro superar un par de tramos antes de que me alcance y me coja de la cintura con los brazos, haciéndonos caer y estrellándonos en un rellano que hay entre plantas.
Se me clava la rejilla metálica en el estómago y en los muslos mientras pataleo con furia.
Me agarra de la coleta, tirándome del cuello hacia atrás.
Grito y me sacudo, intentando liberarme de ella, pero se inclina para rodearme el cuello con el brazo y me gruñe al oído.
Lanzo de golpe la cabeza hacia atrás y le doy en la nariz; el sonido visceral del hueso rompiéndose se mezcla con su alarido.
Me deshago de ella y me lanzo hacia arriba otra vez, corriendo.
Ahora llevo ventaja y sigo subiendo en círculos mientras sus gritos me persiguen. He ganado bastante terreno como para que no me pueda alcanzar si no paro de moverme, así que sigo subiendo. Por suerte, la luz roja no cesa de parpadear mientras serpenteo escaleras arriba y arriba.
A partir de un momento dado, mi atacante debe haber decidido que es el momento de dejarle al siguiente que se ocupe de mí, porque ya no oigo sus pasos persiguiéndome.
Me detengo, jadeando, y me llevo la mano al costado dolorido.
Necesito un segundo para respirar, pero tengo muy presente el reloj invisible que sigue avanzando inexorable en mi cabeza.
No me queda claro cuánto tiempo ha pasado, pero los diez minutos tienen que estar a punto de terminar.
Cuando recupero un poco el aliento, sigo subiendo. Me arde la herida del costado, aunque no parece que sangre demasiado. Noto un pinchazo doloroso en la rodilla con cada paso, y empiezo a sentir el cansancio en las piernas.
Por fin, me encuentro en otro rellano que da paso a una escalera más oscura y estrecha que conduce hacia las sombras. Pruebo la puerta de la izquierda, pero mi pulsera cambia a azul de inmediato. Hacia arriba, entonces.
No estoy segura de cuántas escaleras más seré capaz de subir.
Cuando se acaban, llego a otra puerta. Tiro de ella para abrirla y salgo al exterior.
Estoy en el tejado de la Academia Amery.
Las vistas son vertiginosas. Puedo ver las fábricas, los invernaderos y los graneros, los kilómetros de llanuras y las Cloacas, salvajes y extensas perdiéndose en el horizonte.
No me dan miedo las alturas, pero me tambaleo.
Sopla el viento con fuerza, golpeándome, y me arrimo a una pared para mantener el equilibrio.
La tormenta ha ido arreciando y, aunque por un momento me he olvidado del leve picor en las manos, distraída por la prueba, ahora siento un hormigueo por toda la piel.
Las nubes se arremolinan, destellando con puntos de luz de un púrpura radiante antes de descargar en la distancia.
Ojalá pudiera alcanzarlo y absorber toda esa energía.
Canalizar el agonizante dolor que desgarra todo mi cuerpo antes de sumirme en la dicha que siempre acaba llegando.
Me daría el valor que me hace falta ahora.
Pero esa no es una opción.
Otro destello de luz me permite ver un cuerpo que yace en el extremo del tejado, con volutas de humo saliendo de su piel carbonizada.
Como todo el mundo, siempre corro a buscar un lugar seguro cuando llega la tormenta porque cargo con el mismo miedo que nos plaga todos: que me caiga una descarga. Sin embargo, lo que me preocupa no es morir.
Me preocupa que vean que sobrevivo.
Una figura surge entre las sombras en el extremo de la azotea. Me preparo para otra batalla cuando una Stevie enmascarada se deja ver.
—No está mal, chavala —dice, cruzando esos fuertes brazos y ladeando la cabeza.
No tengo ninguna oportunidad para ganarle en un cuerpo a cuerpo, y casi suelto un sollozo. Ya está. He tomado una decisión estúpida para cabrear a mi padre y ahora voy a fracasar y me expulsarán de la Sociedad. Mi vida está acabada.
Stevie cruza con confianza la azotea sin una pizca de temor.
Se detiene cerca del borde a mi derecha y se asoma antes de hacerme un gesto para que me acerque.
Todavía aferrada a la pared, me obligo a soltar las manos doloridas y luego, con los brazos extendidos, me acerco despacio y con cuidado, como si estuviera haciendo equilibrio sobre un fino cable colgado sobre púas de hierro.
Y ni siquiera he alcanzado el borde todavía.
Cuando llego hasta Stevie, sacude la cabeza y me señala un poste cercano, con una larga viga de madera que va desde Amery hasta otro poste que hay en el otro extremo, en la Ciudadela.
En teoría, el otro edificio no está tan lejos, pero, para el caso, podría estar a miles de kilómetros.
Varias figuras se apiñan en el otro lado, ocultas por la oscuridad. Esperándome.
Hay un trozo de cuerda enganchado en medio de la viga y Stevie agarra el extremo y me lo tiende.
—Átatelo por la cintura y prepárate para saltar.
Hago lo que me pide, y entonces me tiende otro rollo de cuerda con un garfio en un extremo.
—¿Para qué es esto? —pregunto. Se encoge de hombros.
—Imagínatelo.
Miro la cuerda y luego a ella y después a la fila de gente en la distancia.
Debe estar de broma.
Stevie se quita la máscara y, por algún motivo, me hace sentir mejor. Como si no estuviera aquí sola.
—Todavía puedes abandonar —grita al viento—. Pero, si lo dejas ahora, se ha terminado.
Tiene razón, pero de todas formas no la creo. Por la expresión de su cara sé que me empujaría por el borde en cuanto me diera permiso para marcharme.
—Que no te dé vergüenza. Los críos de Fiama no suelen estar hechos para esto.
Su sonrisita arrogante revuelve algo en mi interior, un sentimiento que había enterrado hace mucho, después de que mi propio padre me arrebatara toda sensación de seguridad y libertad en mi vida.
Tomé una decisión precipitada cuando elegí Aria por encima de mi propia casa por una noche, pero, al estar ahí de pie con el mundo a mis pies, siento una sensación de libertad que no había experimentado nunca.
Me olvido de lo que me rodea. Me olvido de mi anhelo por absorber la energía que crepita en el aire y miro al otro lado del vacío.
Veo la cara de mi padre y recuerdo la reprimenda que me echó antes de mi partida. He intentado olvidar sus terribles palabras, pero vuelven con la fuerza de un puñetazo en la tripa.
«Te reservarás para Knox».
«Tres años. Y luego te casarás con Knox y te unirás a las otras esposas de la Sociedad».
Me he pasado toda la vida intentando complacerlo. Intentando amoldarme a la imagen de quien siempre ha querido que fuera. Elegir la prueba de Aria ha sido la primera vez que de verdad me rebelo y, joder, qué bien sienta.
Sacudo la cabeza para indicar que no voy a cambiar de opinión.
Stevie sonríe mientras el viento le revuelve el pelo, y un destello púrpura destaca el contorno de su nariz y mejillas.
—Entonces ¡a por ello! Ponte en la X. Y asegúrate de tirarte en línea recta.
Acepto la cuerda y arrastro los pies hasta el punto que me ha indicado.
Miro hacia abajo y el mundo se tambalea.
El viento me azota en la espalda y separo las piernas.
Agarro la cuerda que llevo atada a la cintura con una mano y me cuelgo el rollo de cuerda en el hombro, aún sin saber que se supone qué tengo que hacer con él.
—¡Adelante! —grita Stevie—. ¡Te queda un minuto!
Es mi momento.
El momento en que yo decido.
Podría elegir alejarme de todo.
Pero, sin una casa, no me puedo unir a la guardia de las tormentas, y eso es lo único que siempre he querido.
Contengo el aliento. Cuento hasta tres.
No miro abajo. No miro atrás.
Cojo carrerilla.
Me precipito hacia el borde.
Y salto.