Capítulo 7
E stoy en mitad de la noche, al principio de la siguiente semana, cuando alguien me alumbra con una linterna en la cara. Abro los ojos, luego los entrecierro, deslumbrada, y se me pone el corazón a mil.
—Vístete —dice una voz amortiguada.
Diviso a alguien vestido de negro, con la cara oculta por una máscara de cuero.
Supongo que me toca.
Me late el corazón tan rápido que me mareo al incorporarme. Echo un vistazo a la cama de Trinity y compruebo que ya está vacía.
Deprisa, me destapo y me voy al baño, pasando junto a Winter y Lacey, que siguen dormidas, para ponerme el uniforme informal. Salgo y me pongo la casaca, la abrocho y ciño el cinturón. En cuanto me calzo las botas, el misterioso enmascarado me agarra del brazo y me arrastra hacia la puerta.
En el exterior hay otras dos personas enmascaradas, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Síguenos —dice uno.
Se dan la vuelta y empiezan a andar. Hago lo que me piden mientras el que me ha despertado cierra el grupo.
Las luces del pasillo son tenues, apenas iluminan por donde piso.
Miro las esquinas con los ojos entornados y me empieza a picar la piel.
Se aproxima una tormenta y suelto un juramento, preocupada, porque podría distraerme.
De los estudiantes que sacaron de la clase de Historia la semana pasada, uno no regresó. Connor O’Tool, de la casa Fiama, no pasó la prueba y no hay ni rastro de él desde entonces. De momento, trato de no pensar en eso.
Mientras recorremos varios pasillos me fijo en el enmascarado que me sigue, pero no se inmuta. ¿Dónde está Trinity? Estoy segura de que me están haciendo ir sola para que sea todo más intimidante.
Está funcionando.
Llegamos al final del pasillo, y una de las figuras que va al frente abre una puerta a una escalera interna que se pierde en la oscuridad. Seguimos caminando con las botas resonando contra el acero. Bajamos más y más, y me doy cuenta de que nos dirigimos a los túneles.
Me empieza a invadir el pánico y trato de respirar con normalidad. Mi temor a los espacios reducidos también afectará mi capacidad para hacerlo lo mejor posible. Tomo aliento de nuevo, mientras las escaleras se van estrechando, pasando del metal a la piedra.
Nos recibe el olor de los túneles, a agua estancada y basura. Me apoyo en la pared, colocando con cuidado un pie tras el otro, ya que me preocupa tropezarme y quedar como una imbécil.
Vuelvo a mirar hacia atrás y la figura enmascarada sacude la cabeza a modo de aviso.
Me trago el nudo que tengo en la garganta y sigo recorriendo las entrañas de Nuevo Manhattan.
Por fin, llegamos al nivel más bajo y entramos en un túnel abovedado, inundado con un par de centímetros de agua sobre la que flotan objetos amorfos en los que trato de no pensar demasiado.
Nos adentramos más en el túnel, y espero no vomitar por la creciente sensación de que me están enterrando viva.
En teoría, hay salidas en cada esquina. Las escaleras llevan a la superficie, donde las trampillas dan a la calle.
Solo que la mayoría están oxidadas, y no tienen pinta de poder soportar mi peso.
«Tranquilízate».
Parpadeo una vez, y luego otra, tratando de acostumbrarme a la oscuridad. Veo un punto negro por el rabillo del ojo, que oscurece el entorno lo justo para desconcentrarme.
Doblamos un par de esquinas más y el agua estancada va desapareciendo, dejando a la vista ladrillos rotos y otros escombros.
Oigo el sonido de nuestros pasos y las gotas de agua que resuenan en la distancia.
Tras años viviendo con mi padre, tengo bien entrenado el oído para distinguir cualquier ruido que pueda significar peligro.
Por fin doblamos una última esquina y llegamos a un espacio circular donde hay una enorme y pesada puerta abierta: una cripta.
Me detengo y el pánico me sube hasta la garganta.
¿Tienen previsto encerrarme aquí?
Algo me da un golpecito en la espalda.
—Sigue moviéndote —gruñe la voz detrás de la máscara.
Suelto un suspiro trémulo y luego cruzo el umbral que conduce a una salita donde veo a varias personas enmascaradas más.
Hay cuatro de pie frente a mí. Tres hombres, con el pecho desnudo y pantalones negros, y una mujer con un mono sin mangas. Doy por hecho que son los cuatro líderes estudiantiles de las cuatro casas.
—Aspirante —dice una de las voces masculinas. Creo que es Devon, de Fiama—. Puedes elegir. ¿Para qué Sociedad quieres iniciarte?
Observo a los enmascarados que permanecen en silencio.
—Fiama —digo, con la esperanza de que nadie capte el temblor de mi voz.
Devon se hace a un lado, dejando a la vista una pequeña jaula donde un hombre delgado y enjuto se sienta con las piernas cruzadas en el suelo.
—Entonces, tu primera prueba es luchar cuerpo a cuerpo con este hombre que ha cometido crímenes atroces contra la Sociedad. Él ha aceptado luchar a muerte a cambio de una reducción de condena. Si ganas, pasarás a la siguiente ronda. Si pierdes, tu futuro se vuelve mucho más incierto.
Apenas asimilo sus palabras. Me he quedado con lo de «luchar a muerte».
No pueden esperar de verdad que mate a alguien, ¿no?
Me sudan las manos mientras estudio al hombre.
Me mira con un gesto impasible, como si luchar por su vida solo le despertara un interés pasajero.
No puedo asegurar si eso significa que no le doy miedo o que debería tenerle miedo.
Se me hinchan las fosas nasales de pura indignación.
—¿De verdad se le ha dado a elegir? ¿Qué es lo que ha hecho?
—Daño a inocentes —responde Devon, lo que en realidad solo me responde a medias—.
Cuando juramos lealtad a la casa Fiama nos comprometemos a garantizar que Nuevo Manhattan siga siendo seguro y esté bajo control.
Lo que hacemos es eliminar a aquellos que se niegan a cumplir nuestras leyes.
Los criminales no se merecen piedad; solo piensan en sí mismos y no en el bien común.
Me cuesta un instante procesar sus palabras. Entiendo que es el deber de Fiama mantener el orden de la ciudad, pero, desde luego, no así, ¿no?
El ambiente se carga de tensión y tengo la impresión de que se me escapa algo importante.
—¿A quién se le ocurriría una prueba así? —pregunto, de pronto furiosa a causa de la empatía hacia ese hombre.
Un silencio flota en el aire antes de que Devon se quite la máscara y un destello de incertidumbre le cruce el rostro.
—A ver… A tu padre, claro está.
Claro está. Todos los sucesores diseñan las pruebas de su casa y las cambian cada año para mantener cierto grado de secretismo. Claro que tenía que ser mi padre a quien se le ocurriera una prueba tan inhumana.
Sé que gobierna con mano de hierro. Que se le suele elogiar por lo segura que es la ciudad con él al cargo.
Su predecesor fracasó en esa tarea y las revueltas provocaron innumerables muertes.
Sé mejor que nadie qué clase de hombre es, pero tal vez nunca he comprendido del todo hasta qué punto llega su crueldad.
—No lo voy a hacer —digo, levantando la barbilla.
Me doy cuenta de que varias personas en la esquina se mueven incómodas en el sitio.
—Tienes que hacerlo —replica Devon.
—Has dicho que tenía elección. Elijo otra cosa.
Frunce el ceño.
—Bueno… En teoría la tienes, pero… eres la hija del sucesor.
Claro, tiene razón. ¿En qué estoy pensando?
Sacudo la cabeza y noto que las lágrimas se me agolpan en la garganta. Mi padre nunca me perdonaría si no jurara lealtad a la casa Fiama.
Pero ¿podría perdonarme a mí misma si matara a este hombre?
Criminal o no, sigue siendo un ser humano.
—No sé si puedo. Nunca he matado a un ser humano —susurro.
La incertidumbre de Devon se transforma en frialdad.
—No estás matando a un ser humano. Estás matando a un criminal. —Cambia de postura en el sitio y señala al hombre de la jaula—. ¿Quieres jurar lealtad a la casa Fiama? Entonces es el momento de madurar. Es el único modo de proteger todo lo que tenemos.
Esas palabras son como una ducha fría de realidad que me cala las venas.
Habla completamente en serio. Quieren que mate a alguien.
Incluso aunque mi padre no esté en la sala, siento su mano controladora. Me paso el dedo por la cicatriz de la mejilla mientras se me revuelven las tripas. Tengo náuseas.
Matar a un hombre o enfrentarme a la ira de mi padre.
Evoco el recuerdo de su puño dirigiéndose a mí, y luego aparto la imagen de mi cabeza.
Esta prueba es la elección de mi padre. Nunca sería mía. Dejo caer la mano.
—No. Elijo otra prueba.
Devon mira a los otros tres líderes estudiantiles, que se encogen de hombros.
—Entonces ¿cuál? —pregunta Devon.
Me planteo su pregunta. Ahora que he comenzado todo esto, no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.
Observo al hombre mientras la rabia que siento por mi padre me revuelve las entrañas.
Este hombre no es un ser irracional. Veo el alma en sus ojos.
No conozco su historia. No sé quién es. ¿Un subalterno?
¿Un hueco? ¿Tal vez de la Sociedad? No importa.
A los ojos de la ley, ahora solo es una cosa. Una carga.
La vergüenza que siento por todos los que estamos aquí, incluida yo, me tiñe las mejillas. Ninguno se ha planteado siquiera que su vida tuviera algún valor.
Los otros líderes se han quitado las máscaras y capto la mirada de Stevie. Ya me atraía su confianza y nada cabrearía más a mi padre que yo hiciera la prueba para la casa Aria.
Aprieto los puños a ambos lados del cuerpo.
—¿Cuál es la prueba para Aria?
—Pasar la torre de fuego —dice Stevie de inmediato.
No tengo ni idea de lo que habla.
—¿Qué es eso?
—No —dice Devon, levantando la mano—. Esto no es elige tu puta aventura. Eliges una casa. Eso es todo. Sin más preguntas ni más titubeos. ¿Fiama o Aria?
—Aria —respondo sin vacilar, de pronto convencida de que es la elección correcta.
Ni siquiera me planteo las repercusiones, ni hasta dónde podrían llegar las consecuencias.
Como es obvio, mi destino sigue siendo Fiama, ya lo arreglaré en la siguiente ronda.
Pienso en el primer día, cuando nos explicaron las normas de la iniciación.
Dijeron que tenías que pasar dos de las tres pruebas para entrar en la casa que eligieras, así que solo tengo que elegir Fiama en las otras pruebas.
Sé que ha ocurrido antes. Después de la primera prueba, la gente a veces cambia de idea sobre la casa a la que quiere jurar lealtad.
Las órdenes de El Escudo dictan que todo el mundo puede decidir cómo quiere vivir el resto de su vida.
Quieren que la gente esté segura de su elección. Así que puedo arreglar esto.
Abro los ojos cuando comprendo las consecuencias de mi decisión.
Si fracaso en esta prueba, estoy fuera. Así que hoy tengo que aprobar.
Y, claro, elegir Aria ahora supone enfrentarme a un reto mayor después, y que no puedo fallar en las próximas dos pruebas.
Tal vez me esté arriesgando a aceptar algo peor más adelante, pero debo correr ese riesgo.
Devon y Stevie intercambian una mirada elocuente.
—¿En serio? —pregunta Stevie.
—En serio. —Trato de sonar más segura de lo que me siento cuando respiro hondo y me pongo recta.
—¿Estás segura? —pregunta Devon, ofreciéndome la última oportunidad para cambiar de opinión.
—Poet —dice una voz a mi izquierda. Mi primo Anan se quita la máscara—. ¿Qué cojones estás haciendo?
Cuando la casa Fiama descubra que he elegido la prueba de Aria, habrá consecuencias.
Pero es también en este momento cuando me doy cuenta de lo atrapada que me siento.
Pertenezco a dos hombres que odio. Todas mis decisiones han sido tomadas por otros.
No me importa si no es la elección correcta, me niego a matar a un hombre.
Esta noche, estoy eligiendo lo que yo quiero.
Me vuelvo hacia Devon y asiento.
—Estoy segura.