Capítulo 6 #3
—Por eso —continúa— ahora se debe informar de la existencia de cualquier centinela infectado a los extinguidores.
Dicha habilidad se suele manifestar entre los ocho y los doce años, aunque también puede aparecer en niños mucho más pequeños.
Los padres son los responsables de entregarlos a la Tempestad de Nuevo Manhattan, donde se valorará su salud mental por medio de rigurosas pruebas para determinar si tienen la capacidad de soportar la locura.
»Por desgracia, muy pocos consiguen superar la primera ronda de pruebas y, por la seguridad de todos, hay que… ocuparse de ellos.
Baja la cabeza y junta las manos, como si dedicara un instante para honrar a esos niños perdidos.
Me muevo nerviosa en mi asiento.
Tenía siete años cuando me encontraba en el parque con mi niñera y una tormenta nos pilló por sorpresa.
Estaba en los columpios y ella me empezó a gritar que me bajara, para que pudiéramos ponernos a cubierto en uno de los refugios cercanos.
No la oí al principio porque me había quedado con la mirada perdida en las nubes que se arremolinaban mientras me empezaba a embargar esa sensación.
No la entendía. Solo sabía que algo había cambiado.
Al final, salté del columpio y crucé corriendo el espacio abierto hacia ella. Gritó, estirando los brazos hacia mí, cuando me quedé atrapada dentro del arco de plasma que me envolvió. Me tropecé y caí al suelo de cara.
Recuerdo sus gritos salvajes y desesperados.
Pero… no estaba muerta.
Levanté la mirada hacia ella y tardé un segundo en darme cuenta de que seguía viva. Cruzamos la mirada y entonces un terror mucho mayor le barrió el rostro.
—Poet —dijo con un grito ahogado—. Ven aquí. —No me hizo falta que dijera nada más. Me levanté y corrí hacia ella. Levantó las manos y gritó—: ¡Quieta!
No la entendí hasta que se puso a hacer gestos como una loca en mi dirección. Bajé la mirada y vi todas esas chispas de color púrpura bailando sobre mí. Cuando volví a levantar la mirada, movía despacio la cabeza.
—No se lo puedes decir a nadie —susurró.
Vuelvo a prestar atención a la profesora McCarthy, que sigue hablando de la general.
No se lo dije a nadie, desde luego, y, antes de que mi niñera nos dejara, estoy segura de que ella tampoco. No sé por qué no me entregó, pero cada día doy las gracias por ello.
—Durante los años que la general Sol vagó por las Cloacas aprendió dos cosas. Primero, cómo resistir la infección con técnicas que desarrolló y que ha intentado enseñar a otros, sin éxito.
»Y que la civilización más allá de Nuevo Manhattan está extinta. Lo único que queda ahí fuera son kilómetros de tierra muerta, ciudades abandonadas y los solitarios que deambulan por ellas.
La profesora sigue hablando hasta que de pronto se abre una puerta en la base de las escaleras. Un grupo de hombres y mujeres de negro con máscaras entra despacio en la sala.
La profesora se calla y deja caer los brazos. Se adivina cierto enfado en su gesto, pero asiente y se retira hacia atrás, cediendo el sitio a los líderes estudiantiles de la Sociedad.
Comprendo que está a punto de ser la primera iniciación para algunos.
Las ocho figuras se aproximan al centro de la sala y se ponen en fila. Resisto el impulso de agacharme y esconderme. Lo más probable es que con eso solo consiguiera llamar su atención, y este momento es inevitable.
Están todos de pie con las manos a la espalda, valorándonos despacio con esas miradas sombrías. Me pregunto en qué están pensando. ¿Cómo deciden quiénes son los primeros?
Entonces se separan, cada uno reclamando un aspirante.
Parecen más víctimas que otra cosa.
Uno agarra a Edward y lo levanta. Busca a Trinity en la sala, y ella tiende la mano hacia él.
—¡Ten cuidado! —le grita.
Otro se acerca a Domino y yo contengo el aliento cuando la arrastran del brazo hacia la misma puerta por la que han entrado.
Entre los otros seis aspirantes se incluyen dos miembros de Aria, uno de Tera, uno de Asale y dos de Fiama, que creo reconocer vagamente.
Un instante después, regresa uno de los enmascarados. Se detiene enfrente de Rook, que lo observa mientras se reclina en la silla, la viva imagen de la tranquilidad. Me descubro imaginándolo jurar lealtad a Fiama, pero borro la imagen de mi cabeza. Es casi imposible que logre pasar la iniciación.
El hombre enmascarado agacha la barbilla y, despacio, Rook se levanta y extiende las manos como diciendo: «Vale, me has pillado».
Entonces, el hombre con la máscara se da la vuelta y se marcha con fuertes pisadas. Rook espera un instante antes de tomar aire y comienza a seguirlo. Miro con atención cuando vuelve la cabeza y hacemos contacto visual. Se me desboca el corazón.
Entrecierra los ojos antes de apartar la mirada.
Rook desaparece y yo suelto de forma entrecortada todo el aire contenido en mi pecho.
Miro a Trinity, que está pálida de preocupación.
—¿Crees que lo conseguirá? —pregunta.
«Espero que no», pienso para mí.
Tardo un segundo en darme cuenta de que se refiera a Edward, no a Rook.
—Por supuesto —la tranquilizo.
Contemplo la puerta mientras se cierra y una parte de mí se pregunta si volveremos a ver a alguno de nuevo.