Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Rook desvía la mirada hacia mí y trago saliva, porque es aterrador.

Tiene la mandíbula en tensión y en sus ojos hay un brillo amenazador.

Inclina la cabeza un poco. Me recuerda a un documental de naturaleza que vimos en el colegio sobre los enormes felinos que en otros tiempos vagaban por las llanuras subsaharianas.

—Por favor —digo tan bajo que no estoy segura de que lo haya oído.

Pero Rook afloja las manos y suelta un bufido, empujando a Knox contra su asiento con tanta fuerza que se mueve toda la fila. Entonces Rook se hace crujir el cuello y vuelve a pasar por encima de los asientos, mientras la gente se aparta de su camino de un salto.

Vuelve a dejarse caer en la silla con un movimiento suave justo cuando la puerta se abre y entra la profesora.

Es alta, su larga melena castaña se balancea mientras se acerca al estrado que hay en el centro.

Se detiene, nos estudia como si supiera que acaba de pasar algo, sobre todo por la cantidad de estudiantes que se apresuran por regresar a su sitio.

Knox se agarra de la garganta y sigue jadeando en busca de oxígeno. Ya puedo ver cómo se le está amoratando esa piel pálida.

—¿Estás bien? —pregunto mientras sacude la cabeza, y sigue meciéndose adelante y atrás.

Se le escapan las lágrimas y me gustaría decir que Knox ha aprendido la lección, pero sé que ahora todavía se meterá mucho más con Rook. Si hay algo que Knox no tolera es la humillación pública.

—¡Estudiantes! —grita la profesora mientras yo intercambio una mirada cautelosa con Trinity, que me pone una mano en la muñeca para asegurarse de que estoy bien—. ¡Silencio! Todo el mundo a su sitio. ¡Silencio!

Hacen falta unos veinte segundos para que la clase se tranquilice. Durante ese margen de tiempo, aparece Edward y se desliza en un asiento libre que hay cerca del fondo. Parece cansado, con los ojos sin brillo y ojeras marcadas. La mínima compasión que casi siento por Knox desaparece enseguida.

—Bienvenidos a la Academia Amery —dice a través de un pequeño micrófono enganchado en el cuello, que propaga sus palabras por un altavoz.

Se empuja las gafas por el puente de la nariz, lo que me lleva a fijarme en sus mejillas.

Su tez es de un tono caoba claro, cálida como la madera pulida, aunque una leve rojez sugiere que puede que esté tan nerviosa como nosotros en su primer día—.

Soy la profesora McCarthy y estoy encantada de daros la bienvenida a la primera clase de Historia.

Escucho un par de susurros quejumbrosos, sobre todo de Jackson y Sal. Knox no está prestando atención. Está con los ojos clavados en la nuca de Rook y sigue masajeándose la garganta, con una mirada gélida.

—Empezaremos con lo básico —dice ahora la profesora McCarthy.

Coge un mando a distancia y le da a un botón para atenuar las luces. Con otro botón se ilumina la pantalla que hay al frente.

»La Era del Calentamiento terminó en el año 2587, después de una guerra de un siglo, en la que las últimas superpotencias del mundo se enfrentaron por el agua, la tierra y los alimentos, lo que condujo a su caída final y a su casi extinción.

Hoy sabemos que el agua es nuestro activo más valioso y preciado.

Que debemos contener el aumento de la población antes de que sobrepase nuestros recursos.

»No olvidéis nunca que la Tierra estuvo una vez cubierta de las ruinas de imperios que creyeron que eran eternos, así que no damos nada por sentado. Gracias a la Sociedad y al orden que mantenemos, la nuestra será una nación que perdurará.

Va pasando una serie de diapositivas en la pantalla, explicando el fin de la Era del Calentamiento y los años siguientes, cuando el mundo estaba asolado por fuego y vientos huracanados.

Cómo un grupo de supervivientes se encontró con otro en la orilla de Nuevo Manhattan y, con los restos del mundo antiguo, empezaron a construir el último bastión de la civilización humana.

—¿Puede decirme alguien de donde viene la general Sol? —pregunta McCarthy.

Alguien levanta la mano. Es la chica sub de ayer.

—Era una hueca —dice—. Una cazatesoros.

McCarthy le dedica una sonrisa de satisfacción.

—Muy bien…

—Domino —dice, y varias personas de la clase ríen con disimulo—. Domino Parsons. —Una carcajada provoca más risitas maliciosas mientras a ella le muda la expresión de la cara—. La mayoría me llama Dom —añade en bajito al tiempo que McCarthy da unas palmadas pidiendo silencio.

Miro a Domino, deseando poder hacer algo, pero cualquier cosa que diga solo empeorará las cosas. Ella se gira y cruzamos la mirada, solo que esta vez no sonríe. Vuelve a mirar al frente y susurra algo a la chica que está a su lado.

La profesora McCarthy sigue hablando y ahora ahonda en la historia de la general Sol, quien, en mi opinión, siempre ha sido la persona más interesante de las tres que forman El Escudo.

Ambos cancilleres crecieron dentro de la Sociedad, Marks en la casa Aria y Orsen en la casa Asale, y obtuvieron sus puestos por votación de los sucesores y de otros miembros de alto rango de la Sociedad.

Pero la general tiene un pasado mucho más fascinante.

—La general Sol abandonó Nuevo Manhattan cuando solo tenía dieciséis años y deambuló por las Cloacas durante casi diez —dice la profesora con evidente admiración—.

Aunque el territorio tras nuestras fronteras es sumamente peligroso por las tormentas y la falta de protección, sobrevivió gracias a la inmunidad que había desarrollado.

Contemplo a la gente de la sala, buscando una pista que indique que esas palabras le afectan a alguien más. Si hay alguien como yo, ocultándose a plena vista.

—Cuando regresó, creó un método seguro para capturar la energía galvánica, sirviéndose de ella misma como conducto. Aunque antes de aquello ya contábamos con formas de acumular la energía, ninguna era demasiado estable ni eficaz. Y, así, Nuevo Manhattan comenzó a florecer de verdad.

»Esos años también son la época en la que los primeros centinelas de la centella aparecieron en Nuevo Manhattan.

Claro está, todos sabemos lo peligroso que es estar en contacto con las tormentas —continúa McCarthy—.

Pocos tienen la capacidad mental para soportar la locura que arrastra a los infectados a cometer actos de maldad tarde o temprano.

En la década que siguió al regreso de la general Sol, los infectados fueron responsables de más muertes que incluso las acaecidas durante la guerra con los solitarios.

Ahora poso la mirada sobre Rook y su nuca. Se sienta del todo inmóvil, como si estuviera o bien dormido, o bien absorbiendo cada palabra. Juro que se estremece un poco cuando McCarthy mira en su dirección.