Capítulo 5
S erpenteamos por los pasillos de mármol de color crema de la Academia Amery; pasamos junto a estatuas talladas, espejos pulidos y cuadros con marcos dorados, muchos de ellos rescatados de los antiguos museos.
Una fila de alumnos desciende por una ancha escalera de caracol: estudiantes de primero, como nosotros; de segundo, que se distinguen por las túnicas verdes adornadas con lazos; y de tercero, que van de rojo.
Trinity y yo intercambiamos una mirada recelosa cuando un grupo de enormes y fuertes chicos de tercero pasa a nuestro lado a toda velocidad, haciendo ruido y hablando a gritos.
Es un grupo de cadetes de la guardia de las tormentas.
Visten camisetas púrpura sin mangas, bien ajustadas, que dejan a la vista esos brazos fuertes y esas manos hábiles, cuerpos trabajados para el combate y para resistir la centella.
La centella se transmite mejor a través de la sangre y los músculos que a través de los huesos o la grasa. De ahí que los guardianes de las tormentas se esfuercen por estar lo más fibrosos y fuertes posible, y tal vez hasta lo llevan un poco demasiado lejos.
—Vaya, vaya —susurra Trinity, agarrándome del brazo.
Los hombres dejan a su paso una nube de aroma a colonia y a férrea confianza masculina.
—Trinity —digo, fingiendo asombro—. Que tienes novio.
Tengo claro que ama a Edward con todo su ser.
Sonríe y pestañea.
—Eso no significa que no pueda disfrutar de las vistas.
Justo entonces, ambas ladeamos la cabeza, contemplando el culo prietísimo de uno de los de tercero mientras baja por las escaleras.
—Y menudas vistas —digo, y las dos nos echamos a reír.
—¿Qué os hace tanta gracia? —pregunta Edward un instante después.
—Nada —dice Trinity, abrazándolo por el cuello—. Solo que te quiero.
Edward frunce el ceño, pero lleva las manos a su cintura y la besa. Cuando se separan pregunta:
—¿Tenéis hambre?
—La verdad es que no —digo, al tiempo que me vuelve a arder la piel de puro picor. Hago rotar los hombros mientras Trinity me mira con preocupación—. Pero creo que se supone que debemos aparecer por el comedor.
Nos unimos a la corriente de estudiantes y nos acercamos a un ancho arco que da paso a una cafetería inmensa, donde el delicioso olor de la comida casera flota en el aire.
Hay un pasillo en el centro, y la estancia está repleta de un montón de mesas largas blancas con pequeños taburetes fijados a intervalos regulares.
Para sorpresa de nadie, nos hemos dividido a propósito según las líneas de la Sociedad, con las casas Fiama, Aria, Asale y Tera ocupando cada una una esquina.
Las paredes están revestidas de azulejos blancos, donde rebotan las conversaciones hasta los techos altos.
En el extremo de la estancia cuelgan tres retratos enormes de cada uno de los miembros actuales del El Escudo —la general Sol, el canciller Marks y el canciller Colt Orsen—, como si nos estuvieran vigilando incluso sin estar presentes.
Solo he coincidido con el canciller Orsen un par de veces. Es un hombre estricto, con el pelo oscuro con un corte impecable y poco sentido del humor.
Nunca he conocido a la general Sol en persona, solamente la he visto de lejos, aunque mi padre se reúne con ella con frecuencia y él y mi madre han cenado alguna vez en su apartamento. No está casada ni tiene hijos, a pesar de que eso es lo que se espera en la Sociedad.
—Poet —dice Trinity—. Vamos a la cola.
Dejo de mirar los retratos y sigo a mi amiga hasta el mostrador de comida que está en el lado más alejado de la cafetería, donde nos encontramos con Silver y Hazel.
Pasamos por las mesas llenas de estudiantes con los uniformes verdes de segundo y rojos de tercero, así como otros con el uniforme púrpura de los cadetes de la guardia de las tormentas.
Algunos nos miran mal y otros sonríen con superioridad, como si disfrutaran de nuestra incertidumbre en este nuevo entorno.
En un rincón, diviso a un grupo de reclutas del E-scuadrón que visten prendas de color burdeos, aunque a mí me recuerda más a la sangre seca. Me estremezco y otra oleada repentina de picor me sube por el cuero cabelludo.
Extinguidores en formación.
Esa fuerza de élite la dirige la casa Aria, porque se considera a los centinelas infectados un problema de salud mental que debe controlarse y eliminarse por el bien de todos.
Por eso, una de sus responsabilidades principales es erradicar a los centinelas de la centella, algo que se toman muy en serio.
Sus métodos son secretos, pero afirman que solo tratan de proteger a los centinelas infectados de ellos mismos. Lo único que sabe todo el mundo es que, cuando un extinguidor va a por alguien, no se le vuelve a ver nunca más.
De ahí que tenga que hacer todo lo que esté en mi mano para mantenerme alejada de cualquiera que forme parte de Aria.
Por suerte, también he oído que son bastante reservados y queda patente en cómo están apiñados, con las cabezas cerca, provocándome un escalofrío.
—¿Qué tal vuestro cuarto? —le pregunto a Silver, que está cogiendo una bandeja metálica.
—Nos ha tocado con Jade y Apple —dice, mencionando a otras dos amigas de la Sociedad Fiama.
—Qué suerte —respondo mientras ambas vemos cómo Winter y Lacey se llevan la comida a la mesa.
—Pasa de ellas. Son solo abusonas asustadas.
Me encojo de hombros y vuelvo a centrarme en el mostrador para valorar las opciones.
Por lo general, se considera que la comida de Amery es de primera calidad.
Todos estamos acostumbrados a lo mejor. Me decido por un sándwich de queso brie y tomate, y un té helado.
Luego sigo a mis amigas hasta unos asientos vacíos.
—¡Poet! —grita una voz familiar mientras todas mis amigas se sientan en torno a una mesa—. ¡Poet!
Agarro la bandeja y respiro hondo, dándome la vuelta despacio.
Podría pasar de él, pero sé que vendría a buscarme en persona, lo que sería incluso más humillante.
—Será mejor que vaya.
Trinity me mira con compasión y Hazel estira el brazo para apretarme la muñeca. Nunca me echan en cara el comportamiento de Knox, algo que les agradezco infinito.
—Lo siento —digo mientras me marcho.
Dejo caer la bandeja en la mesa y le lanzo una mirada asesina a Knox, pero no parece que se entere ni que le importe. Jackson y Sal, sus dos mejores amigos, están sentados enfrente. Hablan sobre su cuarto y la academia, y, lo más importante, sobre su juramento de lealtad hacia la casa Fiama.
Jackson es un tío grande. Hombros anchos, pecho enorme, piel de un tono moreno medio y pelo muy corto. Es un gallito y un poco intimidante por su aspecto, pero en el fondo es un trozo de pan.
Sal es lo opuesto a Jackson, tanto que hasta hace gracia, con su piel pálida, su pelo caoba rebelde y su complexión desgarbada. Me cae peor. Es demasiado guapo; algo que utiliza para tratar a las chicas con muy poco respeto.
Knox coge el tenedor y lo clava enseguida en su pasta con queso y patatas fritas, amontonando todo para metérselo de un enorme bocado.
Un instante después, otro grupito de sus lameculos se amontona en torno a la mesa.
Verity McNichols se deja caer en el regazo de Sal y menea las caderas antes de pasarle el brazo por la nuca.
Se besan de una forma casi obscena, visiblemente con lengua, ajenos a todo a su alrededor.
Llevan como follamigos mes sí mes no desde hace un tiempo, pero ella me cae bien y me preocupa que Sal le vaya a romper el corazón.
O tal vez ella se lo rompa a él. En cierto modo, se lo merecería.
Cuando se separan, Verity se sienta y se inclina sobre la mesa, cruzando los brazos.
—Hola, Poet —dice con una sonrisa, mientras se le arruga la piel olivácea en torno a los ojos azules. Le caen dos trenzas negras por la espalda—. ¿Lo estás pasando bien?
—Podría decirse así —respondo, poniendo los ojos en blanco cuando Knox me pasa el brazo por el cuello y me arrima hacia él mientras disfruta de la admiración de sus «fans».
La bilis me sube por la garganta al verme atrapada contra su pecho. Me pongo tensa, pero no me aparto. Aprendí hace mucho que es mejor si le dejo marcar primero el territorio. Knox tiene la capacidad de concentración de un pececillo.
Winter se ha acercado, fulminándome con la mirada, y yo cierro los ojos, deseando poder verbalizar lo mucho que preferiría que fuera ella, en vez de a mí, a la que estuvieran agarrando con tan poca delicadeza.
Alguien lanza un bollo al aire y Knox se sacude para cogerlo, casi tirándome de la silla.
—Suéltame —gruño, dándole un codazo en las costillas—. Intento comer.
Knox pone los ojos en blanco, pero deja caer el brazo al tiempo que pincha una patata con el tenedor y se la mete en la boca.
—Relájate —dice, como si fuera culpa mía—. Hemos venido a pasárnoslo bien. Siempre estás nerviosa.
Entre la tormenta y mi desprecio infinito por Knox, estoy a punto de perder los nervios. Respiro hondo, tratando de centrarme y resistirme al deseo de rascarme los brazos y las piernas.
Mis padres también creen que siempre estoy nerviosa, así que me he pasado un montón de años con una psicóloga, aprendiendo a calmar mi corazón desbocado y mis extremidades inquietas.
Pero, claro, ella no se puede enterar nunca del verdadero origen de mi angustia, así que sus métodos solo son eficaces en parte.
Echo un vistazo a la cafetería, analizando ese ambiente de emoción mezclado con una pizca de temor.
Mis ojos se posan en Knox, de morros mientras se sigue metiendo más comida en la boca.
¿Por qué me parece como si le debiera una disculpa?
Se le da demasiado bien comportarse como un cretino y luego convencerme de que soy yo la que está equivocada.
Es entonces cuando me percato de un ligero alboroto cerca de la puerta; hay varias cabezas mirando hacia allí.