Capítulo 4
L a decana y el canciller tardan un par de segundos en recuperarse de la sorpresa. El resto nos podemos permitir mirar boquiabiertos la espalda del solitario mientras él mantiene la mirada fija al frente, esperando una respuesta.
Marks es el primero que asiente, hace una mueca y luego intercambia una mirada cargada de intención con la decana.
—Desde luego —dice la decana Withers, dirigiéndose al fin al recién llegado—. Esto es muy… Tendremos que… —Se alisa varios mechones de pelo cobrizo y se tira del dobladillo de la chaqueta, tratando de calmarse.
Supongo que es el tipo de mujer que odia mostrar algún signo de debilidad.
—Por favor, ponte a un lado —dice, haciendo un gesto con la mano al solitario—. Te prepararé todo el papeleo cuando acabemos de asignar las habitaciones.
El solitario se queda quieto, se le tensan los hombros, casi como si intentara desafiar las instrucciones de la decana.
Por cómo frunce los labios, me pregunto si ella está pensando lo mismo.
Pero entonces el solitario inclina la cabeza y se aparta a un lado del salón, dándose la vuelta despacio para volver a mirar a todos de nuevo antes de cruzar esos brazos extraordinarios sobre el pecho.
La decana Withers carraspea y vuelve a intercambiar otra miradita con el canciller Marks antes de dirigirse a todos nosotros:
—Podréis ver qué habitación se os ha asignado en las pantallas que hay al fondo del salón —dice señalando una serie de monitores—. Vuestras pertenencias ya estarán esperándoos. —Tras un par de comentarios más, nos deja marcharnos y la sala estalla en una charla animada.
Mientras tanto, el solitario se queda quieto, observando en silencio. Veo que la decana y el canciller se acercan a él y deliberan un momento antes de que los tres se den la vuelta para marcharse, seguro que para rellenar el «papeleo» que ha mencionado la decana.
Cuando el solitario se dispone a seguirlos, echa un vistazo por encima de su fuerte hombro y nuestras miradas se cruzan durante un instante.
Parpadea con esos ojos castaños y un escalofrío me recorre la espada.
¿De verdad le dejarán quedarse? Desde luego es un riesgo para todos los que estamos aquí.
Tal vez la decana le dé un apretón de manos amable y lo anime a volver a casa… Dondequiera que sea eso.
—¡Poet! —Trinity me tira de la mano, arrastrándome a la otra punta de la estancia para ver con quién compartiremos habitación.
Damos un gritito y nos abrazamos cuando comprobamos que nos ha tocado juntas, aunque nuestro entusiasmo se desvanece al ver otros dos nombres en la lista.
Winter y Lacey completan nuestro feliz cuarteto.
Fantástico. A Silver y a Hazel les ha tocado otra habitación, pero al menos estarán juntas.
Edward va a compartir habitación con Knox y sus dos mejores amigos: Jackson y Sal.
Hace una mueca y le ofrezco un «lo siento», pero le quita importancia con un gesto de la mano.
No creo que a Edward le caigan mal en general, pero entiendo que trata de serme leal a mí y a mis sentimientos. Trin es muy afortunada por tenerlo.
Dos escaleras se curvan en direcciones opuestas en el punto más lejano de la sala, y Trinity, Edward y yo tomamos la de la izquierda.
Los pasillos de Amery están decorados como el gran salón, con resplandecientes suelos de madera y paredes profusamente decoradas, revestidas de seda brocada y con molduras doradas.
Candelabros de vitral y estatuas de mármol bordean el camino que tomamos para dirigirnos a otra escalera.
Trinity se despide de Edward antes de que nos desviemos hacia el ala de las chicas.
En sentido estricto, también es el ala de la casa Fiama, pero todavía no somos miembros de pleno derecho de la Sociedad, solo los hijos de los que han jurado lealtad a la casa.
En Nuevo Manhattan no hay nada que guste más que una buena ceremonia, y no se nos dará la bienvenida de forma oficial hasta que pasemos nuestra iniciación y juremos lealtad en los próximos meses.
Echo un vistazo hacia atrás y veo un grupo de subalternos, en el que está la chica a la que he sonreído antes, siguiéndonos antes de entrar en una habitación que hay al otro lado del pasillo.
Entonces nos metemos en una estancia enorme con cuatro camas, con un montón de almohadas decoradas con encaje y cubiertas de lujosas sábanas blancas, cada una en una esquina.
Las paredes están revestidas de seda brocada blanca y hay una lámpara de araña de cristal en el medio, lo más probable que recuperada de una casa o un hotel elegante.
Al lado de cada cama veo una cómoda blanca y un armario, y a los pies, un escritorio, baldas y una silla. Las cajas que hemos traído de casa nos esperan en un montón bien ordenado en nuestras respectivas esquinas, y los grandes ventanales dan al vivero de Central Park y a las Cloacas, a lo lejos.
A la izquierda de la academia se alza otra torre alta, la Ciudadela, que alberga la sede del gobierno de El Escudo en las plantas superiores, así como la Tempestad, el centro de operaciones militares de la guardia de las tormentas, en la mitad inferior.
Si bien Amery es todo curvas retorcidas y formas caprichosas, la Ciudadela es todo líneas rectas y funcionalidad.
Un montón de cables salen del tejado y de la plataforma en la que la general Sol canaliza la electricidad hacia la ciudad.
Arrugo la frente al contemplar cómo se van agolpando las nubes en el cielo, arremolinándose.
Entre la llegada del solitario y la emoción de nuestra bienvenida había logrado olvidarme del picor de las manos, pero ahora es constante, me queman los dedos y las extremidades.
Unirme a la guardia de las tormentas supondría poder esconderme a plena vista. No tendría que suprimir mi necesidad de absorber la energía de las tormentas. Como quiebratormentas, se esperaría de mí que fuera capaz de canalizar pequeñas corrientes de centella.
En casa podía encerrarme en el cuarto y asomarme por la ventana, pero ahora estaré rodeada de gente los próximos ocho meses.
No le puedo contar a Trinity mi secreto. Si lo supiera, estaría obligada a entregarme. Sé que no lo haría, pero así es más seguro para ambas.
He escuchado rumores sobre una familia que vivía debajo de nosotros y que ocultó las habilidades del hijo. Los padres fueron encarcelados y más tarde ejecutados por engañar a todo el mundo e infringir la ley. No tengo claro lo que pasó con el niño, y no tengo claro que quiera saberlo.
Sé que esto me convierte en una persona horrible, pero siento más miedo que culpa por guardar el secreto.
Alguien me da un golpe en el hombro desde atrás, obligándome a dar un paso para no perder el equilibrio.
Winter me lanza una mirada asesina antes de acercarse a la esquina donde están sus cajas.
Luego entra Lacey, moviendo la melena de un lado a otro, como si tratara de aliviar un tirón del cuello.
No me puedo creer que me hayan tocado ellas.
—Vamos —dice Trinity, acompañándome a mi rincón—. Pasa de ellas.
Me deja ante mi cama, equipada con las sábanas oficiales de Amery. Con el tiempo, decoraremos y haremos de ese lugar algo nuestro, pero hoy es una hoja en blanco. Una oportunidad de empezar de cero.
Me pican tanto las palmas de las manos que me presiono el pecho con ellas, intentando controlar la respiración.
Inhalar, exhalar. Me concentro en tratar de respirar con normalidad.
—¿Poet? —dice la suave voz de Trinity—. ¿Estás bien?
Asiento y empiezo a desempaquetar. Cualquier cosa que me distraiga.
Abro los cajones y coloco la ropa ordenada en su sitio. Cuando aparece Teddy, me aseguro de que nadie esté mirando y lo meto en el último cajón para ocultarlo. No es lo mismo que tenerlo velando por mí, pero por lo menos sé que está aquí.
—Vamos a comer algo —le dice Winter a Lacey.
Se ha puesto la versión más informal del uniforme de la academia: una túnica gris sin mangas y de cuello alto, que le cae hasta las caderas, y unas gruesas mallas negras con bandas plateadas en los lados.
Las dos chicas salen de la habitación, no sin antes lanzarme otra miradita. Puedo oír esas risitas mezquinas que van soltando por el pasillo.
Mientras me cambio para ponerme el uniforme informal, las nubes son cada vez más densas, y yo aguanto el picor que noto en la nuca. Me echo un vistazo en el espejo y aprieto el colgante de la máscara con el puño, tratando de centrarme en algo que no sea la incomodidad que siento.
—¿Poet? —pregunta de nuevo Trinity, esta vez más bajo—. ¿Qué te pasa?
Respiro hondo y luego me vuelvo para mirarla, forzando una sonrisa.
—Nada. Vamos a ver qué hay de comer.
Está sentada en el borde de la cama, abrazando un cojín en el pecho. No sé cómo, pero su zona ya está desordenada, con toda la ropa tirada por ahí. Su cuarto siempre ha sido un desastre y, ahora que compartimos espacio, puede que sea por eso por lo que acabemos discutiendo.
Advierto la preocupación en su mirada.
—¿Estás segura?
Otra punzada de picor me sube por los brazos, y me rasco los codos, con la mayor naturalidad posible.
—Claro —digo—. Vamos a buscar a Edward.
Vacila otro instante y luego se levanta y cruza la habitación. Me envuelve con los brazos y me abraza con fuerza. Tardo un segundo en devolverle el abrazo.
—¿A qué viene esto? —pregunto. Se aparta y sonríe.
—Estoy tan feliz de que hagamos esto juntas. Te quiero, Poe.
Noto las lágrimas a punto de derramarse. Llevo esperando este momento durante muchísimo tiempo. Alejarme de mi padre. Estar aquí con mis amigos mientras sigo mi sueño de unirme a la guardia de las tormentas.
—No sé lo que haría sin ti —susurro mientras le tomo la mano y se la aprieto.
Trinity sonríe y da un saltito.
—Nos lo vamos a pasar como nunca.
—Sin lugar a dudas —prometo—. Vamos.
Al salir de la habitación, vuelvo a echar un vistazo por la ventana. Siento un hormigueo en el cuero cabelludo y algo que me oprime en el pecho. No sé durante cuánto tiempo podré ocultar esto, pero no tengo elección.
Me va la vida en ello.