Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Aria es la casa responsable de la salud de nuestra gente, tanto mental como física.

También tienen la tarea de garantizar la sostenibilidad de nuestra población, ya que como consecuencia de la Era del Calentamiento nos quedamos con espacio y recursos limitados.

Por eso, deben mantener el delicado equilibrio entre asegurarse de que todo el mundo tiene suficiente para vivir y que la tasa de natalidad no sobrepase la cifra que la ciudad puede acoger de forma razonable.

Eso supone que a menudo Fiama debe trabajar en equipo con Aria, ya que ambas casas son responsables de mantener la seguridad de todos, cada una a su modo.

El resultado es una lucha de poder que provoca un montón de conflictos entre ellas.

Mi padre detesta a la sucesora de Aria, Surreal Beaufort, una mujer aterradora con una melena oscura con mechas blancas.

A veces creo que su contienda va más allá del trabajo y se ha convertido en algo personal.

En la esquina más alejada veo un grupito de adolescentes que nos contempla con cierto recelo. Aunque lucen el mismo uniforme negro y plateado de Amery, no son tan refinados ni están tan emocionados. En su pelo no hay ni rastro de mechas púrpura y todos parecen estar muy nerviosos. Subs.

En términos estrictos, cualquiera de Nuevo Manhattan puede asistir a Amery; no obstante, El Escudo solo cubre la matrícula de los chavales de la Sociedad. Sin embargo, las familias de subalternos a menudo regentan negocios rentables y aspiran a más.

Hay dos vías principales para unirse a una casa y convertirse en miembro de la Sociedad. La primera es que te invite un sucesor. La otra es enviar a tu hijo a Amery, con la esperanza de que se le permita llegar a hacer el juramento de lealtad.

Capto la mirada de una chica de piel morena y pelo largo y negro que cae en suaves ondas sobre sus hombros. La saludo de forma breve con la mano, con la esperanza de poder tranquilizarla un poco. Tarda un segundo en entender que me dirijo a ella y me dedica una tímida sonrisa.

—Poet —me dice la señora Robins abrazándome—. Os echaremos muchísimo de menos a las dos.

—No estaremos muy lejos —digo, abrazándola con más fuerza mientras se me forma un nudo en la garganta.

—Lo sé, pero no será lo mismo, ¿a que no?

Ha sido como una madre para mí cuando la mía no fue capaz de darme lo que necesitaba. No es lo mismo que tener a mis padres aquí, pero supongo que es lo más parecido.

Después de otra ronda de despedidas, los padres se suben a la góndola para volver a casa.

Un poco después, aparecen nuestras amigas Silver y Hazel.

Silver no puede tener un nombre más apropiado, con su larga melena plateada —«Silver» en inglés significa «plata»— salpicada de un púrpura intenso, mientras que Hazel luce un montón de rizos de un color lila pálido.

Nos saludamos con un montón de chillidos de emoción y parloteamos sobre nuestras clases y optativas, sobre las futuras fiestas y las noches de marcha.

Diviso a Knox, rondando cerca de la pared, con el brazo alrededor de Winter Jenkins y con una postura lánguida. Como si fuera incapaz de mantenerse de pie por sus propios medios.

Recuerdo que mi padre se ha quejado del padre de Winter en el desayuno. Cameron Jenkins lleva intentando socavar la autoridad de mi padre desde que asumió el puesto de sucesor, ya que él mismo aspira a él.

Cuando Knox me ve, se separa de Winter y se acerca dando grandes zancadas, recorriéndome el cuerpo con la mirada. Nunca entiendo lo que ve cuando me mira.

Cuando éramos más pequeños, fuimos amigos. Incluso nos gustábamos. Me halagaba diciéndome lo lista y guapa que era, y que se moría de ganas de casarse conmigo.

Por lo visto, no debí ser tan guapa, porque es evidente que no estuve a la altura. Teníamos diecisiete cuando nos acostamos por primera vez, una decisión de la que me he arrepentido siempre.

Como una ingenua, creí que tal vez me fuera fiel si cedía a sus necesidades. Al día siguiente se acostó con otra, y desde entonces no lo he tocado a él ni a nadie más.

—Poet —dice, agarrándome de la muñeca.

Me pongo tensa, pero, si se ha dado cuenta, no parece importarle.

Hay otra cosa que odio de Knox. No me quiere, pero aun así desea que todos sepan que soy suya. A pesar de mis aparentes defectos, sigo siendo la hija de uno de los hombres más poderosos de Nuevo Manhattan. Todo el futuro de Knox depende de mí, y, aunque eso aporta cierto valor, no vale gran cosa.

Me arrastra hacia su círculo de amigos, con el brazo sobre mis hombros, apoyándose contra mí como si solo sirviera para sostenerlo, tanto literal como de forma metafórica. Tomo aliento para calmarme.

—¡Knox! —exclama Lacey, echándose la larga melena rubia sobre un hombro—. ¿Te sentarás conmigo en la cena esta noche?

Hace un mohín, avivando la rabia que ya me quema en el pecho. No soy más que un puto chiste para todo el mundo, no mucho mejor que mi madre, obligada a soportar las faltas de mi padre con una sonrisa incómoda grabada en el rostro.

—Claro que sí, nena —responde y la señala formando una especie de pistola con el índice y el pulgar.

La bilis me sube por la garganta por un montón de razones.

Lacey sonríe y luego me lanza una miradita de desprecio. Me recuerdo que no puede evitar actuar de ese modo. A la mayoría de las chicas se les enseña a creer que es mejor ser como mi madre y estar protegida por un hombre poderoso. Acordarme de eso solo apacigua un poco mi rabia.

En algún lugar sobre nuestras cabezas suena una campana y una puerta se abre. Busco a Trinity, Silver y Hazel entre la gente, pero parece que no nos han seguido. Y no es de extrañar.

Estoy atrapada bajo el codo de Knox mientras nos empuja por un ancho túnel. Giramos varias veces antes de salir al gran salón de Amery.

He visto fotos, pero no estaba para nada preparada para la grandeza de todo este lugar.

Los suelos son de madera pulida con incrustaciones de diseños florales y geométricos, en las paredes hay ventanas de arco decoradas con marcos metálicos dorados y plateados.

Por si eso fuera poco, cuatro enormes lámparas de araña cuelgan de un techo abovedado revestido de espejos.

No tengo tiempo de admirar todo a fondo porque una voz estridente grita: «¡Atención todo el mundo! A formar una fila, por favor. ¡Todo el mundo!».

Varios hombres y mujeres con uniforme de profesor nos gritan mientras nos colocamos sobre las líneas marcadas en el suelo. Su atuendo se parece al nuestro, con abrigos y pantalones ajustados negros, botas negras altas y anchos lazos en la cintura, pero con detalles dorados en lugar de plateados.

Son necesarios varios minutos y algunos empujones para formar cuatro grupos.

Yo estoy con la casa Fiama, entre Knox y Trinity, de cara al centro de la estancia. Enfrente, la casa Aria evalúa nuestras filas, y los profesores pasan despacio, mirándonos con atención, tal vez decidiendo quién sobrevivirá a los próximos tres años y quién… no.

Un vistazo a mi izquierda me muestra que los chavales subs se han colocado de forma aleatoria en cada casa.

Justo entonces se abren las puertas en el extremo de la sala.

Un murmullo débil va extendiéndose entre la multitud en lo que entra un trío de quiebratormentas.

Visten su equipo táctico, que incluye pantalones negros ajustados y camiseta sin mangas sobre la que se superpone un arnés púrpura metálico, diseñado para destacar los músculos de sus cuerpos esculpidos.

Los dos hombres y la mujer también llevan unas modernas gafas de tecnología avanzada sobre la frente, que les sirven para protegerse los ojos de los destellos de centella. Se acercan al centro del salón al tiempo que todos se van callando.

Son guapos e intimidantes. Intrépidos. Despacio, recorren el pasillo con esas botas militares metálicas de color púrpura y me descubro poniéndome recta y conteniendo el aliento.

No me importa lo que quiera mi padre; es por esto por lo que he venido a la academia.

Con mi capacidad para soportar la centella, puedo ayudar a proteger mi ciudad, a mi familia y a mis amigos.

Eso lo único que siempre he querido hacer.

Y, tal vez si puedo demostrar que soy útil y que se me da bien hacerlo, me liberaré un poco del férreo control de mi padre.

Cuando pasan, reconozco a Henry, el novio de mi hermano. Exnovio. No lo he visto desde el funeral, cuando lloró tantísimo que casi se lo tuvieron que llevar.

Parece mayor. Más duro.

También luce una barba que le sienta bien en esa piel oscura, y se ha rapado los rizos negros casi al cero. No puedo evitar sonreír por dentro. A Raine le hubiera encantado este nuevo Henry.

Cruzamos la mirada durante un instante y aprieta los labios antes de hacer como que no me conoce. Nunca tuvimos una relación muy estrecha, pero su rechazo me provoca una sensación intensa de nostalgia en el pecho.

Cuando el trío se va del salón, todos nos ponemos a hablar de golpe, emocionados.

Los quiebratormentas siempre ejercen una especie de atracción magnética.