Capítulo 3
S algo de la torre A de la Sociedad Fiama detrás de Trinity y sus padres, Chad y Paris Robins. El señor Robins trabaja para El Escudo, en el área de seguridad del gobierno, mientras que la señora Robins es una esposa de la Sociedad, como mi madre.
Con ellos están Edward y su madre, Elena Chu. Su padre falleció cuando estábamos en el colegio y la señora Chu y su hijo viven de lo que les dejó y de la generosidad de El Escudo y de la Sociedad Fiama. Se espera que Edward cuide de ella cuando se gradúe en la academia.
Todo el mundo charla animado y yo me levanto el cuello del abrigo de lana negro oficial de Amery, tratando de olvidar, sin éxito, que soy la única aquí que está sola.
La dársena de góndolas más cercana está junto a la entrada de nuestro edificio.
Hay un breve trayecto hasta nuestro destino en el extremo norte del vivero de Central Park.
Podíamos haber tomado el metro, pero en los túneles siento claustrofobia.
Los espacios reducidos me recuerdan demasiado a cuando me escondía de la ira de mi padre.
En Nuevo Manhattan solo queda un puñado de vehículos eléctricos solares, que se utilizan para los servicios de emergencias, como camiones de bomberos, y barredoras.
Durante la Era del Calentamiento se construyeron demasiados coches, y sus tubos de escape contaminaron el aire hasta el punto de que se condensaba en el cielo y no se disipaba.
Con el tiempo, la capa se hizo tan gruesa y volátil que acabó transformándose en las nubes tormentosas que ahora asolan nuestro mundo.
La mayoría de las carreteras de la ciudad fueron convertidas en canales, y así la gente y los suministros se transportan por el agua, en embarcaciones propulsadas por humanos en vez de por motores.
En cuanto aprendimos a almacenar la energía inestable de las tormentas de plasma, la centella pasó a ser una nueva forma de energía limpia que garantiza que la atmósfera siga libre de sustancias tóxicas.
—Se me sigue haciendo raro pensar que todo esto solían ser calles —dice Trinity, como si me hubiera leído la mente, y se inclina sobre la barandilla de la dársena para echar un vistazo al profundo canal.
—Los canales siguen los antiguos valles formados por glaciares —dice Edward—. Por eso retienen el agua sin necesidad de un bombeo constante.
A Edward siempre le han fascinado la tecnología, la mecánica de las cosas y su funcionamiento. Suele darnos datos sobre cómo opera la ciudad. Le encantan los rompecabezas.
—Es… bastante guay —dice Trinity mientras yo le dedico una sonrisa.
Dos góndolas negras con dosel se arriman a la dársena, deslizándose en silencio por las cristalinas aguas azules. El gondolero agarra una vara larga que utiliza para dirigir el barco de fondo ancho.
Estas creaciones ornamentadas son el medio de transporte preferido de la Sociedad y se inspiran en una magnífica ciudad que existió durante la Era del Calentamiento.
De hecho, cuando los fundadores de Nuevo Manhattan comenzaron la reconstrucción, se fijaron mucho en su estilo y decoración para nuestro mundo.
Siempre me he preguntado si lo que querían era recuperar algo hermoso del pasado y traerlo a un lugar que había sido despojado de tanta belleza.
Saltamos al barco, los padres en uno y los adolescentes en otro. La mañana es fresca, pero no hace casi viento, solo una suave brisa que nos revuelve el pelo.
La góndola se pone en movimiento, deslizándose por los canales que se abren camino entre los distritos.
Pasamos por debajo de estrechos puentes y junto a edificios apilados sobre los restos de la ciudad vieja; el vidrio y el acero se alzan entre la piedra gastada, los balcones sobresalen donde una vez hubo ventanas que daban a la calle.
Algunas plantas están semisumergidas y las puertas oscurecidas solo se ven bajo la superficie del agua, mientras que, sobre ellas, la vida continúa como si no se hubiera perdido nada.
En esta zona parece que la ciudad tiene capas, reconstruida más que reparada, y cada tramo de canal es un recordatorio de lo que Nuevo Manhattan decidió conservar.
Veo pasar todo a mi lado y siento curiosidad por saber cuánto del antiguo mundo invisible aún permanece allí abajo.
Cuando nos acercamos a Amery, el olor de las fábricas que dejamos atrás nos persigue. El sector industrial queda bajo la jurisdicción de la casa Asale y domina el extremo norte de la isla, donde se hace todo de lo que dependemos.
No disfrutamos de todos los lujos de la Era del Calentamiento, pero, gracias a las innovaciones y la tecnología de la casa Asale en el uso de artículos recuperados y reciclados, tenemos medicinas, ordenadores, teléfonos, tablets, ropa, muebles, artículos del hogar y materiales de construcción.
Otros artículos son más difíciles de encontrar.
Minerales preciosos, por ejemplo. También hay una alta demanda de cuero.
El vivero de Central Park se gestiona con prudencia y la madera se dedica a la vivienda y a los recursos vitales.
Por eso, el papel es muy valioso, así que sobre todo utilizamos pantallas.
La mayor parte de nuestro entretenimiento (libros, música y películas) se conserva desde hace siglos.
Desde aquí, la Academia Amery parece como si un castillo y un rascacielos tuvieran un hijo, con grandes ventanales y entramado de hierro, torres altísimas y balcones recargados. Por lo visto, el arquitecto se inspiró en un libro de fantasía de la Era del Calentamiento que le encantaba.
La embarcación se va desplazando por la ciudad, pasando junto a decenas de personas que se dirigen a toda prisa a trabajar.
Un par de estudiantes que conocemos nos saludan con la mano mientras una ráfaga de viento frío se cuela por mi abrigo.
Me levanto el cuello y contemplo las altas agujas que se mecen al viento.
—Ostras, es feo como él solo —dice Trinity, y Edward y yo soltamos una risita.
No es bonito, desde luego, pero creo que desprende cierto encanto de genio atormentado.
—Se cuenta que el arquitecto se volvió majareta —añade Edward—. Las tormentas acabaron con él.
Aprieto los labios mientras me recorre un escalofrío.
Pierre Lourde fue un centinela que utilizó su habilidad de canalizar la centella para construir la academia, convirtiendo los montones de arena en cristal y fundiendo las vigas de hierro y acero para crear ángulos extraños que se adecuaran a su brillante, aunque desde luego poco convencional, construcción.
Pero la constante exposición a las tormentas lo trastornó, convirtiéndolo en un ser peligroso y salvaje. Se dice que se descontroló y asesinó a treinta personas inocentes antes de que lo redujeran y ejecutaran allí mismo.
Es por eso que mi «don» debe permanecer en secreto.
Estoy maldita. Marcada. A la gente como yo nos llaman «infectados».
Se supone que de nuestra existencia se debe informar de inmediato a los extinguidores, para que no nos convirtamos en un peligro para nosotros y para los demás.
La general Sol se ha sometido a un intenso entrenamiento mental para protegerse de ello.
Es la excepción que confirma la regla, y se la considera un riesgo necesario para que pueda protegernos de todas las tormentas letales.
Cada mañana me pregunto si será hoy el día en el que pierda la cabeza. ¿Le pilló a Pierre Lourde desprevenido? ¿Fue lento y gradual, o algo repentino? ¿Soy un peligro para todos los que me rodean? Me he planteado entregarme cientos de veces, pero soy una cobarde.
A mí no me parece que me esté volviendo loca, pero ¿sería capaz de notarlo?
Me cuesta pasar por alto lo dispersa que me siento tras haber sido consumida por una descarga de centella. Cómo mi mente se vuelve maleable y porosa, se me escapan los pensamientos y se pierden a la deriva.
La sensación nunca dura demasiado, pero sé que significa que soy peligrosa, un riesgo para todos a mi alrededor. Y vivo con la vergüenza desgarradora de saber que podría acabar con todo esto si confesara mis mentiras.
—Mira —digo, intentando cambiar de tema.
Sobre nosotros se alza un ancho arco que se extiende bajo la Academia Amery y sirve como punto de amarre para las balsas y góndolas que navegan por los canales. Ya hay un montón de personas apiñándose bajo la estructura.
Nuestro gondolero nos detiene con delicadeza y salgo de la embarcación, seguida de Trinity y Edward. Sus padres se nos unen un instante después.
—Qué bien sienta estar aquí —dice el señor Robins con un suspiro mientras se frota el pecho—. La lie bastante tras estos muros. Algunos de mis mejores años.
—Papááá —dice Trinity, y él le da una palmadita en el hombro y sonríe.
Entonces se dirige a mí:
—Cuidad la una de la otra, ¿vale? Este lugar puede ser bastante duro a veces, y uno se puede sentir muy solo.
—Claro que sí —digo a la vez que Trinity asiente.
Siempre nos hemos cuidado. Nada podrá cambiar eso.
Edward y Trinity intercambian un par de palabras de despedida más mientras yo escudriño el patio y veo algunas caras conocidas.
Y otras desconocidas también.
Es decir, estudiantes de las otras tres casas de Nuevo Manhattan.
Cuando los miembros fundadores de El Escudo crearon las casas hace trescientos años, lo hicieron para construir un mundo inmune a los errores del pasado.
Al hacer que cada miembro de la Sociedad fuera responsable del éxito y la prosperidad de la labor de la casa de su elección, se aseguraron de que nunca cayéramos presa de la codicia y la arrogancia que destrozaron la civilización en la Era del Calentamiento.
Entonces, los beneficios y la productividad definían cómo vivía la gente, pero ahora disfrutamos de un mundo en el que nuestras necesidades básicas están cubiertas y las casas Fiama, Aria, Asale y Tera trabajan en pos de un bien mayor.
Diviso a algunos estudiantes con el escudo de la casa Aria en la chaqueta, un corazón anatómico. Me miran con recelo.