Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 2 #3
5%

Capítulo 2 #3

Cuando Raine murió, dejó un enorme vacío en nuestra familia que nunca se ha cerrado del todo. Observo a mi madre, que sigue con el rostro impasible. Despacio, se vuelve hacia mí, me posa con delicadeza la mano en la muñeca y la aprieta.

—Tu padre solo quiere lo mejor para ti —dice, y se me encoge el corazón.

No esperaba que diese la cara por mí, pero no por ello me decepciona menos que nunca lo haga.

—Papá, si tan solo pudiera… —comienzo a decir, pero alza la mano para pedir silencio, anticipándose a mi pregunta.

—Poet —dice, con un tono de advertencia en la voz que hace que me quede callada.

Me pongo una tostada en el plato y coloco ambas manos debajo de los muslos para tratar de ocultar cuánto me tiemblan. Pero él se da cuenta de todo y entorna los ojos mientras se le curvan los labios con desdén.

Respiro hondo y me obligo a comer otra vez, intentando fingir que no me da miedo. Sin embargo, cada bocado es como masticar cartón mojado. No hay nada que mi padre odie más que la debilidad, y yo siempre me siento débil cuando estoy con él.

Ninguno de los tres habla.

Durante varios minutos, el único sonido que hay en el salón es el del tenedor de mi padre arañando el plato y el de los suaves sorbos que da mi madre al café.

Yo mastico deprisa, recordándome que, si me mato a trabajar y soy una buena aspirante a la casa Fiama, tal vez le pueda demostrar que estoy destinada a ser una quiebratormentas.

Solo los miembros de la Sociedad pueden formar parte de la guardia de las tormentas, así que, en teoría, no puede evitar que me inscriba en la formación de cadetes. Únicamente tengo que encontrar la forma de ocultárselo hasta que sea demasiado tarde como para que pueda hacer nada al respecto.

No es un plan brillante, pero es el único que tengo de momento.

Asiente hacia mí, satisfecho, y luego vuelve a la pantalla de su tablet.

Mordisqueo un trozo de fruta mientras echo un vistazo por la ventana, distraída.

Desde esta altura, las vistas alcanzan kilómetros.

Los canales que rodean nuestra isla se extienden sobre el terreno llano, donde un laberinto de pasarelas eleva cientos de negocios y casas de los trabajadores del sector servicios, llamados «subalternos» o «subs», quienes gestionan muchas de las tiendas de la ciudad y ocupan diversos puestos como mecánicos, criadas, cocineros y patrulleros de rangos inferiores.

Consulto el reloj y me excuso para levantarme de la mesa.

—Trinity llegará enseguida para recogerme —digo.

Mi madre me mira con esos ojos oscuros y enormes, que ahora brillan por las lágrimas que amenazan con aflorar. Mis padres afirman que están demasiado ocupados como para venir a acompañarme hoy a la academia, y trato de no permitir que eso me afecte.

—Te echaré tanto de menos —dice, tomando mi mano—. Prométeme que nos llamarás. Y que nos visitarás de vez en cuando.

—Claro, mamá. Por supuesto. —Me inclino para besar su mejilla, captando ese familiar aroma a miel y menta.

Coloco la silla en su sitio y asiento hacia mi padre.

—Señor —digo mientras él me mira otra vez.

—Antes de que te vayas, recuerda que cuento contigo —dice—. Y espero que tu reputación siga intacta hasta la boda. No quiero que circule ni un solo rumor sobre ti. —Frunzo el ceño mientras intento adivinar lo que quiere decir—. Poet —dice mi padre—, te reservarás para Knox.

¿Reservarme? Casi me atraganto con la lengua cuando comprendo de lo que habla.

—¿Perdona? Es él el que va por ahí follándose a todo bich…

Un estruendo ahoga mis palabras cuando mi padre golpea la mesa con tanta fuerza que hasta hace tintinear las ventanas.

Me estremezco y mi madre da un respingo al tiempo que el corazón se me acelera en el pecho.

Una taza se cae y se hace añicos contra el suelo con un estallido que resuena en la habitación como la amenaza que es.

Veo esas manos en mis pesadillas.

Oigo el sonido de sus pasos en la oscuridad.

—Esa boca —suelta mi padre con tal furia que hasta se le cae un mechón de pelo oscuro sobre los ojos.

Aprieto los puños, me clavo las uñas en las palmas y asiento despacio.

—¿Entendido? —pregunta.

No, ni de puta coña.

Cuando era más joven idolatraba a Knox. Me parecía guapísimo y no me podía creer la suerte que tenía. Pero, a medida que fue creciendo, se volvió arrogante y egoísta, y perdió todo mi respeto. Puede que ocurriera cuando descubrió lo mucho que le encanta su polla.

Pero me trago la indignación y digo:

—Sí.

Aprecio un destello de satisfacción en los ojos de mi padre y no hay ni una sola parte de mi ser que no quiera acercarme y meterle un puñetazo. Miro a mi madre, que contempla nuestra escena con los ojos bien abiertos de preocupación. También la culpo por eso. Si tan solo le plantara cara…

Llaman a la puerta y agradezco en silencio que Trinity llegue justo a tiempo.

—Entonces pásalo bien —dice mi padre, recostándose de nuevo y cruzando la pierna sobre la rodilla—. Pero no demasiado.

—Sí, señor —contesto y me marcho, recordándome a mí misma que dentro de nada no estaré bajo su escrutinio constante.

Dentro de nada no estaré aquí.

Dentro de nada me libraré de él.

O eso espero.

Porque hay algo que me dice que mi padre siempre encontrará la manera de controlarme, por muy lejos que me vaya.