Capítulo 2 #2
Eran cosas que había en abundancia durante la Era del Calentamiento, cuando los seres humanos trataban el planeta como si su única razón de ser fuera servirlos, hasta que las inundaciones y los fenómenos climáticos extremos acabaron con casi toda la humanidad.
Después de servirme el café, Cara se retira deprisa a la cocina y yo como en silencio con mis padres.
Mi padre desliza las páginas en su tablet, sin duda poniéndose al día de las noticias.
—Los malditos huecos provocaron disturbios anoche —murmura para sí—. Por tercera vez este mes. Puede que haya que reclutar más patrulleros.
La casa Fiama es la responsable de la seguridad de Nuevo Manhattan dentro de nuestras fronteras y gestiona las fuerzas policiales internas de la ciudad, conocidas sin más como «la patrulla».
Mi padre cree que el mayor enemigo de la Sociedad es el «miedo».
Miedo a aquellos que se niegan a obedecer nuestras leyes, que solo piensan en ellos mismos en lugar de en un bien mayor.
Antes de que mi padre asumiera el cargo de sucesor hace nueve años, los constantes disturbios y saqueos casi convierten la ciudad en un polvorín.
Pero él triunfó donde su predecesor fracasó, poniendo en marcha montones de medidas de seguridad, como toques de queda estrictos, un mayor número de patrulleros a pie y cámaras de seguridad en cada esquina.
A medida que mi padre va leyendo las noticias, se le arruga más el entrecejo. Murmura algo sobre que Cameron Jenkins no deja de darle la lata, mientras se toma el café con mala cara.
—¿Todo preparado? ¿Estás emocionada? —me pregunta mi madre, Sariah Graves.
Lleva el pelo negro en un semirrecogido alto y adornado con una sola banda gruesa de color índigo, mientras que el resto de su melena cae en una cascada de rizos.
El kohl le enmarca los ojos oscuros, un colorete burdeos le tiñe la piel morena, y luce con gran naturalidad el vestido naranja suelto y las sandalias doradas. Está impresionante, como de costumbre.
—Claro —digo mientras le doy un sorbo al café solo.
Claro que estoy emocionada. Y nerviosa. Y aterrorizada. Lanza un dardo a una lista de emociones y seguro que en la que caiga es una de las que estoy sintiendo ahora mismo. Me muero de ganas de disfrutar de las fiestas y las amistades. De la diversión e incluso del trabajo duro.
Entonces, mi padre levanta la vista de la pantalla y resisto el impulso de encogerme de miedo. Grady Graves es un hombre aterrador, cuya sola mirada hace que se me revuelvan las tripas de puro temor.
—¿Qué tal si muestras un poco más de entusiasmo? —pregunta.
Tiene el pelo ondulado oscuro retirado de la cara angular y pálida, por lo que puedo ver bien esos ojos de un verde intenso. Él no sigue esas tonterías de las «tendencias capilares». Lo ha dicho él, no yo.
Lleva una camisa blanca impoluta y pantalones de vestir grises con raya. Su puesto de sucesor comporta una serie interminable de deberes y tareas, que lo mantienen ocupado y estresado al menos el noventa por ciento del tiempo.
«Tal vez si se me permitiera convertirme en quiebratormentas…».
Solo lo pienso. No me atrevo a decirlo.
Así que muestro una sonrisa amplia que hace que entrecierre los ojos.
Mantiene la mirada clavada en mí mientras estira el brazo para coger el tenedor y pinchar un trozo de salchicha del plato.
—Poet —dice, y conozco bien ese tono.
El tono que usa cuando me va a decir lo decepcionado que está conmigo. O a recordarme lo que se espera de mí. Como si pudiera olvidarlo.
Mastica la carne, manteniendo el contacto visual, mientras espero hasta que me toque hablar a mí.
—Me gradué como el mejor de mi clase —dice al fin, repitiendo ese mantra por, como mínimo, enésima vez—. Era el líder estudiantil de la casa Fiama. Siguen conservando mis premios académicos en el vestíbulo principal de la academia.
Tomo aire despacio, como para darme fuerzas.
—Sí —respondo, aunque en realidad no es una respuesta en absoluto.
—Espero que hagas honor al apellido Graves —continúa—. Solo tienes tres años. Tres años. Y luego te casarás con Knox y te unirás a las otras esposas de la Sociedad. Sin hijo varón, depende de ti continuar nuestro linaje familiar.
Aprieto los dientes cuando se me queda mirando. Tenía un hijo. Alguien más que podía continuar con el orgulloso linaje Graves. Mi hermano, Raine, contaba con veintidós años cuando una banda itinerante de solitarios lo asesinó hace tres años, mientras se encargaba de una de las torres de tormenta.
Los solitarios viven en una zona de parajes inhóspitos y marismas inhabitables conocida como las Cloacas.
Tienen prohibido entrar en la ciudad, aunque a menudo intentan traspasar nuestras fronteras para robar suministros y sembrar la discordia.
Además de protegernos de la centella, los quiebratormentas y el resto de la guardia de las tormentas también se encargan de evitar que los solitarios entren en Nuevo Manhattan.
Mi hermano era un quiebratormentas, aunque, en sentido estricto, Raine era mi primo. Su madre, la hermana de mi padre, se enamoró de un solitario que luego la mató, y mis padres tuvieron que encargarse de criar a su hijo. No obstante, era mi hermano a todos los efectos.
Me gustaría pensar que la renuencia de mi padre a dejar que me una a la guardia de las tormentas es porque está preocupado de que corra la misma suerte que Raine. Puede que sea en parte por eso, pero sé que tiene mucho más que ver con controlarme.