Capítulo 2
A la mañana siguiente, estoy tumbada en la cama, mirándome las manos, dándoles la vuelta una y otra vez.
He vuelto a la normalidad, más o menos. La carga de la tormenta se ha reducido y ya no reluzco por la centella.
Puedo extinguir la energía, sofocando los puntos de luz con los dedos como si fueran ascuas de una hoguera, pero prefiero dejarlos, aferrarme a la dicha todo lo que pueda.
Si no, se desvanecen solos en un par de horas.
Las nubes se han despejado y una luz brillante se filtra por la ventana. Despacio, me incorporo, hago rotar los hombros con la sensación fantasma de la centella bailando bajo mi piel. Tardo un segundo en volver al presente, ya que sigo con la mente confusa y borrosa.
He descubierto que, si paso demasiado tiempo sin recibir una «descarga», me pongo ansiosa y me empieza a picar todo, como si tuviera la piel demasiado tensa, y no me queda otra opción que sucumbir a ello. Pero no me puede ver nadie, jamás, así que tengo que ser creativa.
Se me revuelve el estómago. Estar en la Academia Amery, rodeada de gente a todas horas del día, me complicará lo de ocultar mi secreto.
Sentada en el borde de la cama, echo un vistazo a mi habitación infantil, todavía más luminosa y recargada a la luz de la mañana. No sé por qué no he cambiado nunca la decoración. Puede que porque una parte de mí creyera que nunca tendría que crecer si seguía rodeada de mis objetos de niña pequeña.
Pero, cuando poso la mirada en el uniforme de la Academia Amery colgado en el armario abierto, entiendo que todo avanza, lo quiera o no. Hoy me embarcaré en el próximo capítulo de mi vida.
De todas formas, no es como si fuera a echar muchísimo de menos mi infancia.
Después de levantarme, me acerco a la ventana y contemplo la plaza que hay abajo. Quienquiera que fuera la persona que recibió la descarga anoche, ya la han retirado las barredoras tras la tormenta.
A veces recibimos un aviso y, otras veces, la tormenta surge de la nada.
Estamos bien protegidos, en los apartamentos de nuestra Sociedad, gracias a las torres de tormenta tripuladas situadas de forma estratégica en los tejados de nuestro barrio.
Sin embargo, ni siquiera eso es una garantía, como evidencia la fulminación en la fiesta ayer.
Hay más torres de tormenta que rodean el perímetro de la ciudad, cada una tripulada por un grupo de quiebratormentas con años de formación intensa a sus espaldas.
Cuando estalla una tormenta imperial, ayudan a desviar las centellas que la general Sol no logre utilizar para los generadores gracias a unas varitas especiales, que apartan la energía de la ciudad y la dirigen hacia las torres, las cuales la descargan en la tierra.
El móvil se ilumina con un mensaje temprano de El Escudo, el triunvirato formado por dos cancilleres y la general Sol.
En su emblema redondo se ve un escudo en el centro con cuatro cuadrantes diferentes, uno por cada casa, y rodeado por la fuente curvada y manuscrita del lema de Nuevo Manhattan: «Proteger. Preservar. Prosperar».
El control de todos los dispositivos de la ciudad se anula durante justo setenta y siete segundos, a las ocho y media exactas de cada día, cuando se nos recuerda la importancia de las cuatro casas y su papel a la hora de mantener la paz y la prosperidad en Nuevo Manhattan.
En teoría se supone que tenemos que dejar de hacer lo que estemos haciendo y concentrarnos en el mensaje, así que me siento y espero obediente a que termine, solo prestando atención en parte.
Cuando acaba, me vibra el móvil y veo una notificación del grupo de amigas en el que están Trinity, Silver Sato y Hazel Chopra.
Echo un vistazo a los mensajes; la mayoría van sobre quién se enrolló con quién anoche, hasta que veo uno que me paraliza el corazón.
Hazel qué surrealista que Bethany fuese fulminada
A medida que más mensajes de texto vuelan por la pantalla, agarro el móvil y me lo quedo mirando.
El recuerdo del cuerpo carbonizado en el suelo del apartamento de Knox me provoca un escalofrío.
Quiero sentirme mal por ella, pero a una parte vengativa de mí le está costando sentir remordimientos.
Crecimos juntas, y aun así no puedo recordar ni una sola vez en la que me dijera algo amable.
Leo por encima los otros mensajes, poco más que cháchara sobre Bethany y sus errores. Puede que no me importe que esté muerta, pero no me regocijaré con el dolor de otra persona. Es algo que a mi padre le encanta señalar como una de mis debilidades.
Suspiro y vuelvo a la lista principal de mensajes.
Hay varios de Knox, preguntándome a dónde me fui anoche y si quiero ir con él a Amery temprano. No me molesto en contestar.
En vez de eso, me dirijo al baño y me doy una ducha rápida antes de ponerme mi uniforme para el primer día de clase: pantalones de seda negros ajustados, botas altas negras con botoncitos en los lados y una chaqueta negra entallada con cuello alto y cintura acampanada.
En el pecho, un pequeño escudo de armas con una llama, que me señala como miembro de la casa Fiama.
Agarro la ancha cinta plateada de la percha y me la ciño por la cintura; luego meto mi pequeño cuchillo en la bota.
Es tanto para protegerme como para acordarme de mi hermano, que me enseñó a utilizarlo.
Me acerco al espejo que hay sobre el lavabo, contemplo mi rostro moreno claro y mi pelo azabache con sus mechones más claros.
Tenía dieciséis años cuando mi color negro natural comenzó a cambiar hacia esta intrigante mezcla de tonos.
Entonces, algo en mi interior me dijo que tenía que ocultarlo, así que también me he guardado el secreto solo para mí.
Como tanta gente se tiñe el pelo, me ha resultado muy sencillo.
Estoy convencida de que está relacionado con mi otro secreto, pero no entiendo muy bien cómo.
Con delicadeza, toco la delgada y apenas visible cicatriz que me cruza la mejilla, cortesía de mi padre. Tiene mal genio, sobre todo cuando está borracho. Tenía siete años cuando perdió las elecciones frente a Delta Aziz, y estaba ahogando su fracaso en whisky cuando me interpuse en su camino.
Hicieron falta tres años más para que mi padre por fin ganara su ansiado puesto de sucesor, y, aunque las heridas físicas se curaron y un equipo de doctores casi logró borrarlas por completo, las sigo sintiendo como heridas recientes en mi interior.
Nunca me volvió a pegar en la cara, pero siguió teniendo vía libre para el resto del cuerpo.
Me maquillo un poco, cubriendo las pruebas de mi pasado; me hago la raya negra y me pongo máscara para destacar los ojos verdes, otra herencia de mi padre.
Ya han enviado la mayor parte de mi ropa a mi habitación en la Academia Amery, y lo único que me queda por empaquetar es una caja con mis efectos personales.
Meto mi manta favorita, alguna prenda más, cremas, champú, otras cosas para el pelo y fotos mías con Trinity y mi familia. Me fijo en Teddy apoyado en la cómoda. No soy capaz de dejarlo atrás.
Deprisa, lo agarro y lo guardo oculto bajo una sudadera, y el nudo que siento en el pecho parece aflojarse de inmediato.
Lo último que hago es ponerme el collar que tengo en la mesita de noche.
Aparte de Teddy, es mi posesión más preciada; una delicada cadena de la que pende una diminuta máscara dorada con incrustaciones de amatista.
Fue un regalo de mi madre después de que mi padre casi me matara, como si una joya fuera a hacerme sentir mejor.
Aun así, me la he puesto cada día desde entonces.
Cojo la caja y la llevo al salón, con la intención de desayunar con mis padres y, mucho más importante, hacer un último intento desesperado de suplicar a mi padre que reconsidere mi futuro.
Las botas rechinan contra las resbaladizas losas de color azul celeste cuando me acerco a la puerta principal y dejo la caja en el suelo para que alguien de nuestro personal la recoja y la envíe a Amery.
No me puedo creer que sea mi último día en este lugar.
En este apartamento, decorado en plata y azul real, con paredes de seda azules y una decoración plateada, nunca me he sentido del todo como en mi hogar… , pero bueno.
Me dirijo al salón, amueblado con sofás de terciopelo y mesas de mármol, adornadas con mantas tejidas a mano por mi madre con trocitos de telas de colores.
Su diseño orgánico no pega nada con la solemnidad de la decoración, pero a ella su arte le hace feliz.
Cuando doblo la esquina, mis padres me miran desde la larga mesa de cristal que hay al fondo del ático.
—Poet —dice mi padre, mirándome de arriba abajo mientras me acerco. No sé si lo hace con orgullo o recelo. Quizá un poco de ambos—. Cómo me gusta verte con el negro y plateado de Amery.
Bajo la barbilla para asentir, con una pregunta silenciosa en la punta de la lengua. Durante años hemos discutido por mi deseo de convertirme en quiebratormentas, hasta que él puso punto final al debate con una amenaza en voz baja que me atormentó durante semanas.
Así que lo dejé. Durante un tiempo.
Voy a mi sitio habitual, junto a mi madre, y me acomodo en la silla tapizada blanca antes de que nuestra cocinera / criada salga de la cocina. Cara coloca un plato de quesos, embutidos y un pequeño cuenco de fruta frente a mí.
Los graneros e invernaderos de varias plantas de altura se hallan en el extremo sur de la isla, en una zona antes conocida como Wall Street.
La producción y distribución de alimentos la supervisa y controla con rigor la casa Tera, otra de las cuatro que constituyen las altas esferas de la Sociedad.
Gracias a un cuidado control de la temperatura y la humedad, nos proveen de productos animales, fruta y verduras originarios de lugares que ya no existen.