Capítulo 1 #2
Trago saliva mientras las nubes se arremolinan en enormes nimbos de lila e índigo, salpicados de puntos de luz.
Muy pronto estallarán en una sacudida de fuerza galvánica conocida como «centella», rayos irregulares de energía que se propagan en todas las direcciones y a veces destrozan nuestras barreras protectoras, matando a cualquiera que encuentren a su paso.
Se aproxima una tormenta imperial, y a toda velocidad.
A medida que el viento arrecia, me estremezco.
Soy capaz de sentir las tormentas.
Hay otros dos tipos, menos habituales: las tormentas esmeralda, que traen aguaceros torrenciales, y las tormentas de sangre, en las que llueve a mares un fuego letal.
Pero las tormentas imperiales suponen una amenaza constante, siempre a punto de estallar.
Ya noto cómo me aumenta la temperatura del cuerpo, y sigo rascándome las manos y los brazos. Mis exhalaciones se vuelven más cortas mientras trato de controlar la respiración.
Es como si me deshilachara. Como si tuviera la piel tan tensa que se me empezara a agrietar.
Es mi maldición. Una carga. Toda una prueba para mi cordura.
Y, al mismo tiempo, también lo anhelo.
Sé que no debería. Sé que me convierte en un monstruo.
Pero es una adicción que acabará por destrozarme.
Cada vez respiro más rápido y con más intensidad, mi pulso acelerándose mientras la tormenta del exterior me retumba en los oídos. Todo el mundo en el salón sigue charlando y bebiendo, tan tranquilos.
Estoy casi segura de que soy la única a la que le afecta de esta manera.
Cuando las nubes de color amatista se empiezan a arremolinar, todos corren a refugiarse, buscando la relativa seguridad que les da su hogar.
La única protección real con la que contamos es la general Nyxia Sol y su ejército de quiebratormentas, que hacen todo lo que pueden para salvaguardar la ciudad.
Pero incluso sus métodos pueden fallar, y las tormentas son a menudo impredecibles.
CRAS.
Una ventana se hace añicos, y todo el mundo grita cuando nos cubre el resplandor luminiscente de la luz de neón. Un pequeño arco de plasma rebota desde el suelo, formando una cúpula transparente como una pompa de jabón, y repleta de chispas irregulares de energía.
Dura solo un instante antes de desaparecer de golpe.
El viento sopla con fuerza en el salón, lanzando por los aires las servilletas y revolviendo el pelo y la ropa de los allí presentes.
La gente salta, derramando las bebidas mientras buscan dónde ponerse a cubierto, tratando de escapar de la granizada de cristales, piedras afiladas y trozos de escombro.
Me veo lanzada hacia un lado con el brazo de Trinity todavía enganchado al mío. Nos estrellamos contra una pared y siento un fuerte crac en el codo que se irradia hasta el hombro. Mientras nos empujan de un lado a otro, busco a Knox por inercia. ¿Cómo de cerca estaba de la ventana?
Un instante después lo veo en el otro extremo de la sala, sacudiéndose esquirlas de la camiseta y del pelo.
Me da un vuelco el corazón con una sensación contradictoria, porque no entiendo cómo me siento. No quiero casarme con él, pero tampoco me gustaría que muriera de esta manera.
Creo.
Tardo un segundo en asimilar los gritos.
Alguien no ha tenido tanta suerte.
A través del muro de cuerpos rígidos, veo a alguien en el suelo, con la piel carbonizada. Emite pequeñas volutas blancas de humo.
Alguien no empezará mañana en la Academia Amery.
Con el estómago revuelto, suelto un suspiro trémulo cuando las nubes destellan, cada vez con más puntos de luz.
Si no me doy prisa, me lo voy a perder.
La sala se sume en el caos cuando la gente trata de acercarse hasta el cuerpo y, al mismo tiempo, alejarse de él. Me abro paso a empujones entre la multitud, deslizándome entre los huecos, hasta que llego a la puerta.
Miro atrás. No debería marcharme en un momento así, pero alguien se encargará. Contamos con barredoras para este tipo de incidentes y ya hay demasiada gente en medio.
Después de escabullirme, subo varias plantas y abro la puerta del ático de mis padres, solo para encontrármelo vacío. Deben haber salido a cenar con los amigos a uno de sus restaurantes pijos favoritos. Así al menos no tengo que explicar por qué he vuelto a casa tan pronto.
Voy directa a mi cuarto, que sigue decorado como cuando tenía diez años, con almohadones, sábanas blancas y un dosel, todos con volantes. Al menos regalé los animales de peluche, aunque me quedé con mi oso favorito, Teddy, para sentarlo en la cómoda para que vele por mí.
Acabo de cumplir diecinueve, pero me hace sentir segura.
Cierro la puerta del cuarto cuando entro y me quito los zapatos antes de cruzar de puntillas la lujosa alfombra blanca. Incluso en mi propia casa, siempre trato de pasar desapercibida.
Me aferro al marco de la ventana y me centro en ese punto del horizonte donde sé que la general Sol estará esperando.
El viento ruge, sacudiendo los cimientos. Diviso una figura corriendo por la plaza que hay abajo, a lo lejos, y presiono la mano contra el cristal, urgiéndole a que se dé prisa en ponerse a cubierto.
Un instante después, otro estallido ilumina el cielo.
Irradia líneas de energía que se unen cuando chocan contra la acera y rebotan formando el característico arco de plasma.
Se propaga, envolviendo la figura en una granizada de centella antes de que se desplome y acabe con la cara en la acera, muerta.
Suelto un sollozo ahogado antes de levantar la mirada para ver a la general Sol bañada por una luz amatista.
Está en lo alto de la Ciudadela, con su larga melena al viento.
Hay demasiada distancia como para distinguir los detalles, pero sé que lleva su uniforme habitual. Cuero negro ajustado de la cabeza a los pies, con unos botones diminutos a ambos lados de las botas y tiras entrecruzadas ajustándole la espalda.
Su silueta oscura revela que está con los brazos extendidos y con la cara hacia arriba, como si se estuviera ofreciendo al cielo. Ráfagas de centella se estrellan contra sus brazos estirados y crepitan contra su cuerpo, iluminando durante un momento ese mechón brillante de su melena.
Es la única centinela de la centella oficial de Nuevo Manhattan. Siglos de evolución en un mundo asolado por violentas fuerzas electromagnéticas han inmunizado a gente como ella contra sus efectos letales.
Hubo un tiempo que en nuestro territorio vivieron más centinelas, pero su conexión con la centella los llevó a la locura y a la violencia. Resultaron demasiado peligrosos como para seguir existiendo.
Sin la general Sol estaríamos perdidos.
En cuanto el tiempo cambia, se apresura a su puesto en lo alto para reunir toda la energía de la tormenta y alimentar así los generadores de la ciudad.
Otro estallido cruza el cielo, pero la general está preparada. La observo mientras recoge otro rayo y luego toca las decenas de nodos luminosos que la rodean, formando un círculo. Las luces se encienden en una parte lejana de la ciudad que no disfruta del lujo de contar con electricidad constante.
Aquí, en una de las torres de la casa Fiama, tenemos electricidad en todo momento, hasta que se agotan los generadores. Pero nunca pasa demasiado tiempo antes de que llegue la próxima tormenta.
Abro la ventana, preparándome para que me azote una ráfaga de viento.
Me revuelve el pelo cuando me asomo, echando un vistazo hacia abajo, hacia las ventanas iluminadas del apartamento de los Arden, pero aquí estoy a salvo, oculta entre las sombras. Saco el brazo y estiro la mano y los dedos hacia el cielo.
Miro hacia arriba, esperando, anhelante. El viento me quema las mejillas y hace que me lloren los ojos, pero tengo que ser paciente.
Y entonces llega.
Otro destello luminoso lanza una ráfaga de centella que se precipita hacia mí, casi como si fuera a cámara lenta.
Me golpea en la palma y trato de respirar hondo cuando absorbo la carga con el cuerpo. Un arco de plasma transparente me envuelve mientras la centella crepita en mi brazo, me rodea los hombros, el pecho, las caderas y las piernas.
Cierro los ojos con fuerza cuando la electricidad me atraviesa el cuerpo, calentándome los órganos, quemándome las venas, abrasándome los nervios. Se me retuerce la mente y me castañean los dientes, los pensamientos agolpándose mientras espero, soportando el dolor a pura fuerza de voluntad.
Nunca sé cuánto dura. A veces parecen horas. A veces, años.
Pero solo pasan uno o dos minutos antes de que pueda abrir los ojos. Me palpitan los huesos y la piel. Me duelen las raíces del pelo y la parte de atrás de los dientes.
La burbuja ha desaparecido, pero yo sigo temblando mientras contemplo las chispas de color púrpura que bailan sobre mi ropa y mi piel.
Me acerco al espejo con las piernas temblorosas para poder disfrutar del efecto.
Es como si me rodearan luciérnagas danzantes.
Como si fuera un hada de otro mundo. No es magia, pero lo parece.
Me giro a derecha e izquierda, y sigo contemplando cómo las chispas me bailan en los brazos y titilan en el pelo. Al cabo de un rato, vuelvo a respirar con normalidad. Dejo de temblar a medida que el efecto pasa de los latidos resonantes a la euforia que anhelo. Ahora mismo estoy flotando.
Pero, cada vez que lo hago, me arrebata una pequeña parte de mí.
No puedo explicarlo, pero siento que poco a poco va destruyendo algo fundamental.
Está mal aceptar algo así.
Aunque resistirse a ello sería como si decidiera dejar de respirar.
Me gustaría poder compartirlo con alguien. Pero no puedo.
De hecho, no estaré lista para que me vea nadie hasta que pasen algunas horas, así que me pongo cómoda junto a la ventana, observando los destellos cada pocos segundos.
Mientras espero, miro hacia afuera para contemplar a nuestra líder y su asombrosa fuerza.
Lo cierto es que la general Nyxia Sol no es la única centinela de la centella viva en Nuevo Manhattan.
Pero ese es un secreto del que nadie puede enterarse jamás.