Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 1
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Storm Breaker (Stormbreaker 1)

Storm Breaker (Stormbreaker 1)

Por Nisha J. Tuli

© inepub.com

Capítulo 1

M i prometido huele a pies.

Knox me pasa un brazo por el cuello y me arrima hacia él, lo que me hace tropezar. Me apoyo con la palma en su pecho para evitar caerme, e inhalo otra bocanada de ese olor rancio.

Reconozco el hedor distintivo del estofado de calabaza hervida que se sirve en los mercados de los túneles bajo las calles de Nuevo Manhattan. Hoy ha debido visitar los bajos. Una ducha hubiera estado bien.

Knox no se percata de mi traspié mientras alza la copa y grita: «¡Por nuestra última noche de libertad!».

Le contesta un estridente coro de hurras antes de que eche la cabeza hacia atrás y dé un gran trago a su bebida.

El viento ruge en el exterior, y nosotros estamos a cincuenta pisos de altura, en un apartamento enorme que pertenece al padre de Knox, Trey Arden. El inmenso salón está bordeado de ventanales reforzados, que van de suelo a techo, y repleto de muebles recargados de color crema y mesas doradas.

Su madre solo admite líquidos transparentes, para que no se manche nada.

Nunca se me olvidará la fiesta que dio Knox cuando teníamos catorce años y en la que alguien tuvo la brillante idea de meter a hurtadillas una botella robada de ginebra de canela roja para compartir entre todos.

El tapón no estaba bien cerrado y…, bueno, creo que nunca había oído a la señora Arden gritar tan alto.

Los restos de aquel día hace tiempo que se limpiaron y ya solo quedan paredes revestidas de seda brocada color hueso y lámparas de araña de cristal colgando del techo, que nos envuelven en un tenue fulgor amarillo.

Todos los chavales de la Sociedad Fiama de nuestro año están aquí, vestidos con sus conjuntos más llamativos para salir de fiesta, lo que incluye minifaldas y camisetas con cortes, presumiendo de cuerpos jóvenes y fibrosos, y kilómetros de piel.

La secundaria ha terminado y ahora nos encaminamos hacia la universidad, listos para embarcarnos en el siguiente capítulo de nuestras vidas en cuanto nos presentemos en la Academia Amery mañana a primera hora.

Llevo esperando este día muchísimo tiempo.

En la otra punta del salón veo cómo mi mejor amiga, Trinity, da un gran trago a su bebida y se cuelga del cuello de su novio antes de darle un beso húmedo y baboso. Se besan con pasión, arrimando los cuerpos, alimentados por el calor del ambiente y un poco también por el estímulo líquido.

Siento una opresión en el pecho. No estoy celosa. Estoy encantada de que Trin haya encontrado a alguien que la quiera tanto como Edward. Le deseo todo lo mejor.

Pero cuando Bethany Fawkes se acerca sigilosa, arrimándose por el otro lado de Knox, vuelvo a mirar a Trinity y Edward, y no puedo evitar anhelar lo que ellos tienen.

Knox me estrecha con más fuerza antes de ponerme la copa en la cara:

—Dale un trago, Poet.

Contengo una arcada ante los fuertes efluvios del aguardiente ilegal que destilan los huecos, los ciudadanos de los bajos de Nuevo Manhattan. Una bebida a precio de risa y que pega fuerte. No, gracias. Prefiero bebidas que no sepan a disolvente.

Le aparto la mano al tiempo que se inclina y me presiona la boca abierta contra la sien, casi como si me estuviera comiendo el pelo. Ese aliento caliente y rancio me provoca un escalofrío en el cuero cabelludo. Y no en el buen sentido. Esos días acabaron hace mucho.

—Para —mascullo con brusquedad, mientras trato de zafarme de su llave.

Knox Arden. El donjuán oficial de Nuevo Manhattan. Mi prometido.

Definitivamente, no por elección propia.

Por fin, consigo escabullirme de su brazo, sacrificando la goma de la coleta. Es guapo en todos los sentidos de la palabra. Pómulos marcados. Mandíbula fuerte. Alto, delgado pero musculoso, y el pelo platino con mechas de un lila muy vivo.

Su camiseta blanca sin mangas se le ajusta al pecho y tiene la piel clara un poco enrojecida.

Las botas de cuero negro están bastante desgastadas, sin duda se las ha comprado a un cazatesoros.

Familias como la nuestra pueden acceder con facilidad a ropa nueva, pero da cierto prestigio darle un «rollo marginal» con piezas escasas y carísimas compradas de estraperlo.

—Poet —gimotea mientras me arreglo la coleta. Entonces me doy la vuelta para marcharme, con la espalda recta y la cabeza alta—. ¡Poet, vuelve! Estás muy rara.

Rara.

No está equivocado.

Cada vez que se avecina una tormenta, sin duda estoy rara.

—Puaj —dice Trinity, saliéndome al paso y entrelazando el brazo con el mío—. No me puedo creer que Bethany se frote contra él de esa manera. Todo el mundo sabe que os vais a casar cuando nos graduemos. —Baja la voz—. Incluso aunque tú no quieras, ella de eso no tiene ni idea.

Esas palabras se me clavan en el pecho cuando miramos a Knox.

Ahora Bethany lo abraza y él va subiendo la mano por su muslo desnudo mientras presiona la boca contra la mandíbula que ella le ofrece.

Lo rodean otras tres chicas, envolviéndolo como lánguidas piezas de seda.

Como si su mera presencia consiguiera que les flojearan las extremidades.

Trato de no echarles la culpa. En nuestra casa, la cercanía al hombre adecuado supone seguridad, y eso puede significarlo todo.

—¿Quieres que le parta la cara? —pregunta Trinity, tiñéndosele de rojo esas mejillas blancas y pecosas de la pura rabia que siente por mí.

Es menuda, de hecho le saco media cabeza, y eso que está subida a unos tacones altísimos.

Lleva un vestido blanco ajustado que se adapta a sus curvas y un brillante collar de amatista.

El flequillo le cubre los ojos y en su pelo destaca un intenso mechón púrpura, que contrasta con sus rizos de un naranja intenso.

En la Sociedad está muy de moda teñirse el pelo con un toque de púrpura en diferentes tonos.

La general Nyxia Sol fue la precursora de la tendencia al teñir su pelo negro azabache con un solo mechón de un púrpura vivo.

También es el mismo tono de los resplandores que surgen entre las nubes anunciando una tormenta imperial, que se llama así por el color con el que vestía la realeza en el antiguo mundo.

Yo tengo el pelo de un púrpura tan intenso que es casi negro, salpicado con mechones más claros, color amatista.

Solo que el mío es natural, un secreto que me guardo para mí.

—Qué va —digo, fijándome en Knox y en sus grupis—. Es él quien lo va buscando. Si hay que partirle la cara a alguien es a él.

—Pero…

Levanto la mano.

—No me importa. Que se lo quede.

Un bufido a mi espalda desvía nuestra atención hacia las zorras abusonas de Winter Jenkins y Lacey Turner, que lucen una sonrisita venenosa.

—Pobrecita Poet —dice Winter, jugueteando con un rizo de su larga melena castaña—.

No es capaz de conseguir que su hombre le preste atención solo a ella.

—Hace una especie de puchero con el labio inferior, a lo que Lacey suelta una risita—.

No te preocupes —añade Winter con un guiño—.

Cuando te cases, ya me encargaré yo de que siempre esté satisfecho.

—Me parece bien —contraataco—. La única forma que tienes de conseguir que alguien te llene ese agujero reseco y polvoriento es tirarte al marido de otra.

Trinity suelta un resoplido tan fuerte por la nariz que me sorprende que no se haya hecho daño. Se lleva la mano a la boca, tratando de contener la risa. No funciona.

Winter se queda boquiabierta, y Lacey, ojiplática.

—¡Cómo te atreves! —dice Winter entre dientes.

—Apártate de mi vista —le respondo.

Winter me mira con los ojos entornados, pero sé por experiencia que no tiene agallas para hacer nada.

Se pone recta, suelta un bufido y sigue mi consejo, tratando de marcharse con la mayor dignidad posible. Trinity me agarra del brazo, intentando recuperar el aliento. Creo que no se da cuenta de lo mucho que estoy temblando.

—¡Cielos, Poet! —dice con la respiración entrecortada—. No me puedo creer que le hayas dicho eso.

Me aliso la parte delantera de mi brillante crop top negro, tratando de ocultar que me tiemblan las manos. Esbozo una sonrisa que parece una mueca.

—La verdad es que sienta bastante bien.

—Eres tremenda —dice Trinity cuando volvemos a mirar a Knox.

Winter y Lacey han conseguido llegar hasta él, diluyendo así mi fugaz momento de satisfacción.

Edward aparece detrás de Trinity, sujetando otra copa, y se percata de hacia dónde miramos. El pelo liso y negro le cae sobre esos ojos oscuros rasgados. Me mira con compasión.

—Te mereces mucho más —dice, con tanta sinceridad que se me hace un nudo en la garganta.

Hago rotar los hombros, tratando de librarme de la neblina con la que me cubre la sombra constante de Knox.

—Bueno, es lo que me ha tocado.

Mi padre es el sucesor de la casa Fiama, pero el liderazgo pende de un hilo por las luchas internas entre nuestras familias más poderosas.

Cuando Knox y yo nacimos, formó una alianza con su padre para reforzar su ascenso al poder.

Eso allanó el camino hacia su mandato actual y, en consecuencia, nuestro matrimonio ha sido algo inevitable desde entonces.

Me he reconciliado con la idea, en la medida de lo posible.

Es mi deber hacia la ciudad. Como miembros de la Sociedad, nuestra unión también forma parte de un plan mayor para mantenernos a todos a salvo, garantizar la comida y protegernos tanto de las amenazas que nos rodean como de los errores del pasado.

Al menos pasaré tres años en la academia antes de que tenga que enfrentarme a ello.

Un destello de luz capta mi atención. Echo un vistazo por la ventana mientras el viento rachea con fuerza, moviendo un poco el suelo bajo nuestros pies. Me empiezan a picar las palmas de las manos y me las rasco, distraída.

En Nuevo Manhattan hay decenas de torres de apartamentos que pertenecen a la Sociedad y que se alzan hasta las nubes. Tienden a oscilar un poco cuando sopla el viento, pero nadie se inmuta.

Estamos acostumbrados.

Otro destello, y el cielo se enciende con un asombroso fulgor de luz ultravioleta.