27. Alexander
ALEXANDER
Ha sido doloroso ver a Christopher intentar surfear estos últimos tres días. Su progreso es más lento que el del resto de su grupo, que ya están montando las olas con soltura mientras él sigue aquí aprendiendo en la espuma blanca.
—¡Tú puedes! —grito desde la orilla.
La ola rompe justo cuando intenta pararse en la tabla de surf. Lo veo balancearse por un segundo, nada más que un segundo, antes de caer de panza al mar.
O tal vez no haya caído. No sé. Está ahí abajo, debajo del agua.
Christopher marcha de vuelta hacia mí, la tabla bajo el brazo. Se ve furioso. Avienta la tabla en la arena y se desploma sobre la toalla.
Me levanto de mi toalla y me acerco a él.
—No te rindas. Le vas a agarrar la onda pronto. —Me arrodillo detrás de él, frotándole los hombros. En serio. Va a hacer clic.
—Es fácil para ti decirlo, allá afuera haciendo trucos como si nada.
Su sonrisa es menos Mona Lisa y más Taylor Swift topándose con un ex. Toma el bloqueador solar para reaplicarse.
Lo es. Yo lo aprendí de inmediato. Pero no necesita saber eso. Además, es mucho más fácil empezar cuando tienes siete en vez de veintisiete. Menos miedo. Menos preocupación por lo que acecha debajo del agua.
—Yo no empecé así. Me tomó un buen rato llegar a ser así de bueno.
—A veces hay que retirarse cuando vas perdiendo. —Me lanza una mirada de pura irritación.
Aguantó más que Rob. Este lugar es uno de los pocos donde puedo pasar desapercibido. Solo yo, el océano y alguien que me ama.
—¿Nos vemos mañana? —pregunta el instructor de surf de Christopher, agarrando su tabla.
Se pone una sonrisa forzada.
—No, creo que ya estuvo, hermano.
—Bueno, si cambias de opinión, tienes clases cubiertas por el resto de la semana.
No va a cambiar de opinión. Para mi frustración.
Christopher agarra su libro y me deja ahí sin saber qué hacer conmigo mismo mientras él absorbe los rayos del sol. Mi cuerpo me duele de surfear todo el día, pero mi mente sigue inquieta. Siempre ha sido así. Siempre he necesitado una forma de canalizar mi TDAH. Patinar, tocar guitarra, correr.
Quedarme quieto me aterra. El savasana ayer fue un infierno. Todo giraba en mi mente.
Me culpé por saltarme la Navidad con mi familia. No podía quedarme y tener otra repetición de Thanksgiving. Luego pasé a mi miedo sobre los premios Grammy. ¿Qué pasa si sale mal?
—Sí es. Es Alexander Morgan —dice una adolescente con acento americano al acercarse a mí. Un grupo de chicas está justo detrás de ella, esperando. Sus ojos están grandes, llenos de emoción—. ¿Podemos tomarnos una foto? —Ya les está haciendo señas a sus amigas, reclutándolas.
Antes de que tenga oportunidad de negarme, de decir que no, de explicar que aprecio sinceramente el amor pero que necesito este momento de privacidad, su celular ya está afuera y transmitiendo en vivo.
—Miren a quién nos encontramos aquí en Filipinas. Alexander Morgan. —Su voz es diferente cuando está grabando.
Las chicas se juntan alrededor de mí mientras entro en modo estrella pop. Sonrío. Amplia. Cálida. Falsa.
Claramente nunca les enseñaron sobre el espacio personal.
—Hola. —Saludo y bajo mis lentes de sol de la parte superior de mi cabeza a mis ojos. El gesto es automático. Luego sacudo la arena pegada a mis abdominales como si eso importara—. ¿Qué tal?
—No puedo creer que estés aquí —agrega otra. Su emoción es genuina. Al menos eso.
Una tercera me mete el celular en la cara. Tan cerca que casi me toco la pantalla con la nariz.
—¿Puedes saludar a nuestra amiga Missy? Te ama. Es tu fan número uno.
—Hola Missy. Felices fiestas. —Mi sonrisa es más ancha que la del gato de Cheshire. Asesino. Perfecto. Ensayado.
Cada una de ellas me rodea como gaviotas peleándose por comida. Compitiendo. Intentando de acercarse más a mí que la otra.
—¿Vas a ir a la fiesta de Año Nuevo en El Lobo?
—¿Dónde te estás quedando?
—¿Vas a estar aquí mañana?
Sus preguntas son incesantes. No paran. Mi mandíbula se aprieta con cada pregunta adicional. Siento la tensión acumulándose en mi cuello, en mis hombros.
—Perdón, chicas, ya nos tenemos que ir —dice Christopher, apareciendo de repente. Empaca nuestras cosas rápidamente con movimientos eficientes, deliberados. Luego me jala del brazo—. Tenemos que irnos.
Más gente en la playa ha empezado a mirar. Se preguntarán por qué estas chicas están haciendo tanto alboroto. En minutos, habrá una multitud.
Escapamos rápidamente a la fila de motos donde nos estacionamos. Nos alejamos por la carretera hacia el hotel antes de que alguien más pueda molestarme.
—Bueno, al menos lograste durar tres días sin ser reconocido. —Hay un dejo de humor aquí, pero es agudo.
Christopher me entrega su casco mientras desata la tabla de surf que traje conmigo desde LA. La tabla está sujeta al porta equipaje de la moto.
Solo logro soltar un gruñido. Ni siquiera puedo formar palabras.
Estoy resentido de que me hayan quitado la playa, mi privacidad. Pero también estoy aliviado porque si hubiera pasado una hora más ahí, habría explotado de aburrimiento.
Afortunadamente, nadie aquí en el resort parece saber quién soy.
Ni idea. Estoy agradecido por eso. Esas grandes puertas de metal de la entrada pueden mantener alejados a los visitantes no deseados.
Nos abrimos paso lentamente por el resort, pasando las grandes villas y tres albercas infinitas, hacia nuestra villa al fondo.
—¿Qué se te antoja hacer mañana? —Aviento los cascos y mi bolsa en el sofá exterior. Saco las toallas de playa para dejarlas secar en los camastros junto a nuestra propia alberca privada. Nuestra. Me encanta esa palabra.
—Bueno, surfear queda descartado para mí. —Christopher recarga mi tabla contra la pared antes de agarrar su celular de sus shorts y desplomarse en el camastro vacío. Está ya enfocado en el teléfono, en el resto del mundo.
—¿Qué tal si tomamos la moto para dar una vuelta por la isla? —Necesito sacarlo de su cabeza. Necesito que me mire a mí.
—¿Por dónde? —Christopher ya está distraído. Sus ojos están en la pantalla. Los pings de las notificaciones llegan mientras se reconecta al Wi-Fi del hotel.
Me acerco y me trepo encima de él, quitándole el celular de las manos. Sus dedos protestan. Quiere resistirse.
—Hay una avenida de palmeras genial por la que podemos manejar, y al norte de la isla, hay una laguna secreta. Las luciérnagas salen de noche.
—¿En serio?
Las cejas de Christopher se levantan. Agarrándome de las caderas, me jala hacia él. Sus labios acarician los míos. Su lengua se desliza en mi boca.
Me empujo hacia atrás y jalo su mano.
—Ya cogimos aquí. Vamos a coger allá arriba. —Asiento hacia el mirador en lo alto del techo de palma, que da hacia el horizonte. Hacia el infinito. Hacia el cielo.
Lo arrastro escaleras arriba. Él me empuja contra la dispersión de cojines alrededor de la mesa del centro. El olor de la vela antimosquitos me golpea mientras respiro a Christopher. Su boca se entierra en mi cuello. Cada terminación nerviosa en mi cuerpo se enciende.
Recorro cada centímetro de su espalda con mis manos. Luego lo empujo hacia mi verga, zafándome de mis shorts cafés. Su boca encuentra mi miembro y lo toma entero. Su mano izquierda acuna mis bolas mientras su dedo estimula mi entrada. Mi verga se hincha mientras su cabeza rebota arriba y abajo.
Dios santo, sabe exactamente cómo darme placer.
—Quiero cogerte —gimo.
Sé que prefiere ser el activo. Lo sé. Pero espero que me deje. Que me confíe con eso.
Me mira desde abajo, su boca separándose de mi verga.
—Bueno, entonces más está bien que me comas el culo.
No tiene que pedírmelo dos veces. No siquiera una.
Estoy levantándome, empujando a Christopher hacia abajo mientras mis manos arrancan sus truzas rayadas.
Sus nalgas se destensan mientras deslizo mi lengua entre sus piernas para devorar su culo, para estimular su entrada.
Lentamente. Con cuidado. Yo controlo esto.
Acomoda la almohada debajo de su cabeza y suelta gemido tras gemido mientras mi lengua trabaja más profundo en su culo. Escupo en su entrada y la aflojo antes de penetrarlo.
—Déjame guiarla —dice Christopher.
Se desliza de mi cara y me jala hacia él.
Sus piernas apuntan al cielo mientras lentamente me guía adentro, haciendo una ligera mueca mientras suelta unas respiraciones cortas.
Espero. Le doy espacio. Tiempo. Me quedo suspendido momentáneamente, permitiendo que su culo se ajuste mientras mi verga se desliza más profundo.
Descansa sus piernas sobre mis hombros mientras lo penetro completamente.
Agarro velocidad como un carro en una pista de carreras.
Mis embestidas son cada vez más profundas.
El dolor en su cara cede ante el placer absoluto mientras siento mis bolas hincharse.
Su culo se siente tan bien envuelto alrededor de mi verga.
Quiero saborear este momento. Quiero que dure para siempre.
—Quiero que me cojas de verdad —dice, una pasión salvaje oscureciendo sus ojos avellana.
Su tono profundo y ronco es como un trapo rojo frente a un toro. Algo en mí se rompe. Lo volteo. Ahora él está encima. Lo reboto arriba y abajo mientras me recuesto en el sofá, empujando mis caderas hacia arriba para encontrar su culo. Una y otra vez.
Sus manos se aferran a mis hombros mientras mis embestidas se aceleran. Está cerca. Lo siento.
—Te gusta —digo mientras gime en éxtasis—. Quieres que te llene ese culo. Dime que lo quieres.
Mis bolas ya se están hinchando, listas para descargar. Estoy al borde.
—Dámelo —suplica mientras retira sus manos de mis hombros y acuna la parte trasera de mi cuello, jalándome hacia él. El sudor brilla en su piel.
Su beso apasionado me envuelve. Lo reboto arriba y abajo aún más rápido en mi regazo, hasta que estoy a punto de explotar.
—¡Mierda! —Mi verga detona dentro de él mientras mis caderas convulsionan. Carga tras carga sale disparada. Estoy en el paraíso.
Christopher no tarda en seguir mientras dispara su carga por todo mi cuerpo.