26. Christopher #3
Aviento el sobre al suelo y me tapo la boca. Respiro profundo dos veces para tragar el vómito de vuelta.
—¿Vas a venir con nosotros? Kelly se está frustrando de tanto esperar para abrir sus regalos. —Daniel gira los ojos con exasperación.
Kelly siempre fue la que nos despertaba tempranísimo cuando éramos niños.
Yo siempre bajaba corriendo las escaleras y revisaba primero si los mince pies habían desaparecido de la repisa de la chimenea.
Pero Kelly corría hacia los regalos bajo el árbol, desenvolviéndolos con fuerza bruta, determinada a descubrir si se había portado bien y le habían traído lo que le había escrito a Santa.
Me levanto, agarro el vaso vacío, y lentamente me dirijo a la cocina.
—Al fin. —dice Kelly, inclinándose sobre el horno para revisar el pavo, una jeringa de cocina en mano.
—Dios. Apenas son las siete y media. —digo, frotándome los ojos con los nudillos.
—He estado esperando desde las seis de la mañana a que ustedes cabrones se levantaran. —ella dice, cerrando la puerta del horno y apuntándonos con la jeringa como si fuera un arma.
Quiero decir algo, pero Daniel me lanza una mirada de complicidad y lo pienso mejor. Con ella no se juega cuando se trata del día de Navidad y las tradiciones.
Para cuando he preparado y me he tomado otra mimosa y me he devorado un par de los paquetitos de salmón que quedaron en la barra, empiezo a sentirme más humano y listo para enfrentar el día.
—¿Abrimos los regalos entonces? —digo, sabiendo que esto calmará las emociones de Kelly.
No tengo que pedírselo dos veces. Kelly ya está en la sala y debajo del árbol de Navidad adornado con esferas negras y doradas, agarrando sus regalos, antes de que Daniel y yo podamos llegar. Nos avienta un regalo a cada uno mientras se sienta en el sofá y abre su primer regalo.
—Gracias, bebé. —dice Kelly, levantando el reloj Cartier para que yo lo vea antes de ponérselo en el brazo. Me siento en el sofá junto a ella mientras empieza a abrir el regalo que le compré.
Daniel y yo esperamos para abrir los nuestros, sabiendo los roles que jugamos en esta tradición anual.
—¡Ay, Dios mío! —Kelly grita, abriendo la caja para revelar el collar y aretes de diamante en forma de corazón que apenas había podido costear, con la ayuda de los cien mil dólares que todavía tenía en el banco desde junio.
—Bebé, ¿me lo puedes poner? —pregunta, haciéndole señas a Daniel, que está parado junto a la chimenea. Daniel me lanza una mirada mientras se acerca a Kelly.
—Dios, hermano. ¿Tenías que opacarme? —dice con una sonrisa burlona.
Realmente no quiere que le responda esa pregunta.
Kelly le entrega el collar a Daniel y se levanta el pelo. Daniel batalla con el broche antes de finalmente cerrarlo. Kelly deja que su pelo castaño caiga de vuelta sobre su camiseta de duende, luego se levanta y va al espejo.
—Se ve hermoso, gracias. —Regresa y me abraza.
—No te acostumbres, el próximo año van a ser pedazos de carbón. —me río.
—Vete a la mierda. —Kelly me empuja y caigo más atrás en el sofá.
Agarro mi regalo y lo abro, revelando un suéter azul marino de Ralph Lauren con la bandera americana bordada cuidadosamente. Me lo pongo sobre mi pijama verde de mini-renos.
—Pensamos que era apropiado, ahora que un americano tiene tu corazón. —dice Daniel, pateándome la espinilla con su pie.
—¿Has sabido de él? —pregunta Kelly, abriendo otro de sus regalos.
—Sí, me mandó mensaje hace una hora, lo cual me recuerda. Tengo que buscar ese sobre. —digo, levantándome y regresando al cuarto del bebé.
Recojo mi celular y el sobre junto a la cuna. Vuelvo a la sala y lo abro mientras Daniel y Kelly se lanzan a abrir sus regalos más pequeños.
Mi mandíbula se abre en un estado de incredulidad cuando leo lo que dice el papel adentro.
—¿Qué es? —pregunta Kelly. Se lo paso.
—No mames. —dice y se lo pasa a Daniel. Sus ojos también se abren mientras lee la página como el abogado que es y voltea la hoja.
—Más está bien que te apures. —dice, devolviéndomelo.
Alexander no estaba bromeando cuando dijo que diría que no a este regalo si dije que no al anillo de Tiffany. Se siente como demasiado. Además, estar aquí es nuestra tradición anual, y no veo a mi hermana ni la mitad de lo que me gustaría, incluso si eso significa tener que tolerar a nuestra madre.
—Pero no puedo. Significaría perderme la comida de Navidad con ustedes. —Cada centímetro de mi cuerpo quiere correr de vuelta a mi cuarto, hacer mi maleta y subirme a un taxi ahora mismo—. ¿Qué diría mamá?
—A la mierda mamá. Ve con él. De hecho, llámale ahorita. A ver si puede conseguir dos boletos más. —Kelly alcanza mi celular, pero la detengo.
—Sí, claro. Como si los fuera a llevar a ustedes dos.
Marco a Alexander, pero me manda al buzón de voz y cuelgo.
Leo el papel una vez más y me doy cuenta de que probablemente está en el aire en este momento.
Opto por mandarle un mensaje, agradeciéndole por el regalo, diciéndole que acepto y que lo veo en veinticuatro horas, antes de que Kelly y Daniel me animen a empacar.
Terminar el año en Filipinas.
¿Qué es mi vida?