11. Alexander
ALEXANDER
He estado temiendo este día durante toda la última semana.
No porque hoy sea mi cumpleaños número veinticuatro.
Y tampoco porque se cumpla el tercer aniversario de la muerte de Samuel, sino porque mi familia se ha decidido a viajar para verme.
Me sentí obligado a permitir esta visita después de rechazar todas y cada una de las solicitudes anteriores de mi equipo de cuidado.
No quiero enfrentarlos. Apenas puedo enfrentarme a mí mismo.
Las primeras dos semanas aquí fueron, por mucho, las peores de toda mi vida.
Las benzodiacepinas hicieron poco para reducir el torrente imparable de síntomas de abstinencia mientras me desintoxicaba: Los temblores incontrolables. Las náuseas violentas. Los sudores fríos que emapaban y arruinaban cada prenda de ropa que habían empacado para mí.
Durante las semanas tres y cuatro, los síntomas físicos mejoraron considerablemente, sólo para dar paso a una avalancha total de pesadillas.
La carga emocional de las sesiones diarias de terapia individual y grupal, EMDR, el trabajo del programa de doce pasos y el diario fueron tan pesados, tan llenos de todo mi trauma sin procesar y sin resolver, que frecuentemente me despertaba gritando en medio de la noche.
Una de mis condiciones innegociables al entrar al centro de tratamiento fue tener mi propia habitación.
Y afortunadamente, no me obligaron a compartir, a diferencia de la mayoría de las personas aquí.
Eso me ha permitido mantenerme apartado fuera de los grupos obligatorios.
Las miradas constantes de otros pacientes confirmaron que fue la decisión correcta, a pesar de las protestas del equipo de admisión.
El único otro paciente con el que realmente interactué, un actor británico internado por adicción a opioides, fue dado de alta hace diez días.
Desde entonces, prácticamente me he mantenido solo.
Mantener mi rutina de ejercicio ha sido la parte más fácil de toda esta estadía, porque es uno de los pocos lugares, aparte de mi habitación, que la mayoría de los demás no visitan.
Todos prefieren la alberca o el área común.
Los libros de la tienda, la única otra fuente de escape cuando mi mente neurodiversa está dispuesta a cooperar, ayudan a acelerar la lenta y constante erosión del tiempo mientras estoy atrapado aquí dentro.
Estar aislado de todos los dispositivos digitales ha sido tanto una bendición como una maldición. Estoy protegido del mundo exterior, pero paranoico sobre lo que todos están pensando de mí.
¿Qué tan grave fue el desastre después de los VMAs?
¿Tengo alguna carrera a la cual volver?
En una escala del uno al Kanye, ¿qué tan loco cree la gente que estoy?
La había cagado de tantas formas que me tomó tres días enteros compilar mi lista de nombres para el inventario moral del paso cuatro del programa.
Esa lista, catalogando a todos desde Lucy hasta mis padres y Aiden Matthews, ahora me devuelve la mirada desde el pequeño escritorio de madera en mi habitación.
Los sobres y el papel, proporcionados para escribir cartas y hacer enmiendas, descansan a un lado esperando.
Un golpe suave en mi puerta desvía mi atención.
—Están aquí, si estás listo. —La puerta se abre, y la cálida sonrisa de Lee me recibe.
Fue la tercera terapeuta con la que finalmente conecté y me quedé, después de rechazar rápidamente a las dos primeras.
Su largo cabello blanco, partido al medio, cae sobre su cárdigan marrón.
Sus lentes, sostenidos por una cadena alrededor de su cuello, descansan sobre la punta de su nariz.
No estoy listo.
No creo que alguna vez vaya a estar listo para enfrentar al mundo de nuevo.
Mi pecho se aprieta ante la idea de lo que me espera en esa sala comunal.
—Vamos, Alexander. —Se acerca a mí y me hace señas para que me levante de la silla—. Todo va a estar bien.
¿Cómo lo sabe? ¿Ya habló con ellos?
Tomo mi cuaderno y la sigo hasta la puerta. La preocupación se arrastra sobre mí como una nube de tormenta oscura.
Cuando entro a la sala de terapia grupal, el shock en los rostros de mis padres iguala exactamente el mío.
Me froto los ojos al verlos a ambos. Parecen haber envejecido diez años en estas cinco semanas.
Mi mamá parece un perchero, su blusa rosa y pantalones blancos prácticamente colgando de su delgado cuerpo.
El cabello de mi papá es ahora completamente gris.
No hay ni rastro de los mechones castaño oscuro que usualmente complementan su suéter marrón y sus mocasines.
Mi hermano, Harrison, asiente en mi dirección, negándose completamente a levantarse del sofá.
Lleva su atuendo habitual de sudadera negra holgada y pants grises, con los audífonos todavía bien puestos sobre las orejas.
Mis padres sí se levantan y caminan hacia mí.
Mi mamá me jala hacia ella y me abraza fuerte.
—Oh Al, mírate. —Agarra mis mejillas con sus manos, sus ojos estudiando cuidadosamente cada centímetro de mi cara—. Necesitas tomar algo de sol. Pareces un fantasma.
—Hola hijo. Feliz cumpleaños. —La mano de papá agarra mi hombro con una firmeza que duele.
Mi corazón duele por la frialdad de su tono, pero sé que eso oculta su verdadero dolor.
—Hola papá. —Mi mirada cae a mis pies.
La decepción y la vergüenza ya me están aplastando antes de siquiera empezar. Esto va a ser una hora larga.
Afortunadamente, Lee se posiciona en un sillón frente al que dejaron vacío para mí.
La seguridad que su presencia trae ayuda a calmar mi estómago mientras mis padres empujan a Harrison para poder sentarse.
Las cejas de mi mamá se fruncen, y él de mala gana se quita los audífonos y endereza la espalda.
—Bien. ¿Por dónde empezamos? —Lee se inclina hacia adelante, deslizando sus lentes sobre su rostro.
Un silencio mortal cae sobre la sala.
Los ojos de todos, incluyendo los míos, se dirigen hacia Lee. La pierna de mi papá rebota. Mi mamá juega con su anillo de bodas. Harrison jala los cordones de su sudadera mientras yo me como las uñas.
—Ah, ya veo. Es la primera vez que hacen algo así. —Lee observa a mi familia.
Mis padres asienten en acuerdo mientras Harrison suelta un suspiro de resignación. Yo opto por quedarme en silencio, completamente inmóvil. La terapia familiar no fue ofrecida la primera vez que estuve en rehabilitación.
—Creo que hoy es tu cumpleaños número veinticuatro —dice Lee, volteando hacia mí antes de mirar a los demás—. ¿Cómo lo celebran normalmente?
Logro contener una risita. La falta de regalos, o de cualquier otra cosa celebratoria en esta sala, es una indicación clara y evidente.
Era entendible cuando era más joven y vivían de quincena en quincena, pero ahora que el dinero no es un problema, ya no tienen esa excusa tan conveniente.
—Traje un pastel, pero no me dejaron pasarlo. —Mi mamá me dice —Perdón moviendo los labios mientras alcanza un pañuelo de la caja sobre la mesa—. Algo sobre adicción cruzada y el azúcar. —Sacude la cabeza con desaprobación.
—Está bien, déjame ver qué puedo hacer. —Lee toma su libreta de la mesa y anota algo con cuidado.
Cuando vuelve a mirarme, mis ojos se abren. Por favor, por favor sigue adelante.
—Alex, ¿tenías algo que querías compartir con todos?
Jugueteo con el cuaderno en mi regazo mientras lo abro lentamente. Las palabras que Lee me pidió que les dijera a mi familia, sobre todo lo que ha pasado —recientemente y en el pasado— están escritas cuidadosamente adentro.
Mi boca se seca ante la idea de compartirlo con ellos.
Me ha atormentado un millar de preguntas sobre lo que pasó el último mes. Pero una pregunta supera a todas las demás.
—¿Es tan malo allá afuera como creo que es? —Mis ojos se enfocan en mi mamá.
Ella desvía la mirada, hacia la ventana detrás de Lee, negándose completamente a responder. Alcanza un pañuelo de la caja en la mesa para secarse los ojos.
Mierda.
Un nudo se forma en mi estómago y paso los dedos por mi cabello.
Mis peores temores quedan prácticamente confirmados por su falta de respuesta.
—Enfoquémonos en lo que está dentro de esta sala, en vez de preocuparnos por lo que está afuera —dice Lee, tratando de regresarnos al tema—. Alexander, creo que preparaste algo que quieres decir. —Su mirada baja hacia mi cuaderno.
Pero ya es demasiado tarde.
Ya estoy en una espiral descendente total, y me hundo más rápido con cada pensamiento sucesivo que atraviesa mi cabeza.
El sello discográfico definitivamente me dejó ir.
Todos mis acuerdos de patrocinio habrán sido cancelados.
Y mis fans sin duda se están yendo en masa, quemando todo lo mío que tengan.
Una oleada de pánico inunda mi cuerpo completamente.
—No puedo.
Arranco las páginas del cuaderno, las aviento sobre la mesa, y salgo furioso hacia la puerta. Mis padres se levantan, pero Lee los insta a quedarse mientras yo desaparezco. Mis piernas ceden a mitad del pasillo, y colapso junto a la pared en el departamento.
Entierro la cabeza en mis manos. Las lágrimas fluyen incontrolablemente de mis ojos.
—Está bien, Alexander. Está bien. —Lee se agacha junto a mí para frotar mi espalda.
—No está bien... Se acabó todo... Mi vida se acabó.
Mis palabras son apenas audibles entre los sollozos y los mocos.
¿Cuál es el punto de escribir todas esas cartas, de hacer enmiendas, si toda mi vida ha sido destruida de todas formas?
Después de unos minutos, Lee retira su mano y agarra mi brazo.
—Ven. Vamos a levantarte.
—No puedo volver ahí. —Me limpio los ojos y la nariz con la manga de mi suéter.
La idea de verlos de nuevo ahora mismo, o de ver a cualquier persona que conozca, es suficiente para mandarme de vuelta al abismo.
—Lo sé. Vamos a llevarte a tu habitación. —Lee le asiente a un miembro del personal que pasa para que ayude a levantarme—. No te preocupes por tu familia, yo me encargo de ellos.