7. Alexander #3
—Aquí está su Coca Zero, señora. —El sobrecargo le pasa la bebida a Connie. El hielo tintinea y las burbujas chisporrotean mientras ella toma un sorbo.
—¿Has tenido oportunidad de escuchar el medley para la presentación del martes en los VMAs? —Paul cambia el tema, cargando la mezcla en el iPad.
—Le di una escuchada rápida en el camino hacia acá. La transición de My Anchor a Stolen Moments necesita trabajo. Es demasiado abrupta. Además, son solo tres minutos cuarenta y dos segundos. Pensé que nos habían asignado cuatro minutos y medio para la presentación.
Paul rasca la etiqueta de la botella de agua.
—Recortaron el tiempo de todas las presentaciones, para incluir más artistas en la alineación.
Genial. Me pregunto qué más no me está diciendo Paul.
La decepción, esa vieja amiga conocida, regresa tan rápido como había desaparecido.
Ahora estoy cansado y molesto.
—Pero tengo la canción número uno del país por décima semana consecutiva. ¿Por qué debo ser yo el que haga compromisos aquí?
—Lo sé. —Paul niega con la cabeza—. Insistimos, pero MTV no cede.
—Bueno, de cualquier forma, la transición aún necesita arreglarse. —La vista de la terminal me distrae mientras el avión se dirige a la pista.
—Pero... —Paul va a hablar, pero lo detengo.
—No, Paul. No hay peros. Haz que Freddy lo arregle. De hecho, ¿sabes qué? Yo mismo le mando un mensaje, ya que claramente tú eres incapaz de resolver las cosas. —Agarro mi celular y abro la app de mensajes—. ¿Dónde nos estamos quedando?
Sigo escribiendo mientras sostengo la mirada con Paul.
—Brewed nos consiguió habitaciones a todos en el hotel Essex junto a Central Park. Está justo a unas cuadras de la filmación. La disquera accedió a tenernos ahí por el resto del viaje, así que tendremos una sola base mientras estemos en la ciudad.
—¿Christopher también se va a quedar ahí?
Paul suelta un suspiro y se abrocha el cinturón de seguridad.
—No estoy seguro. —Su mirada se desvía hacia la ventana.
Algo está mal y claramente está tratando de ocultarlo. Christopher tiene que estar quedándose ahí también, seguramente.
La fuerza G me empuja mientras el avión despega de la pista, e intento calmar la duda persistente que crece en mi mente.
—Dime que no soy el único que piensa que es una locura estar grabando una canción navideña cuando hay treinta grados afuera —dice Freddy desde la consola de mezclas mientras yo me devoro la segunda rebanada de la pizza de pepperoni que Rob trajo.
—No puedo creer que esté haciendo esto. —Niego con la cabeza con desaprobación, poniéndome cómodo en el sofá verde detrás de Freddy. Una reproducción de la doceava toma del segundo verso retumba desde las bocinas empotradas en la pared de madera a cada lado de la consola de mezclas.
—¿Qué opinas? —Freddy baja la perilla de volumen y gira en su silla para verme de frente.
—¿Honestamente? —pregunto, sacándome el queso de los dientes.
Como si Freddy no supiera ya lo que pienso.
—Claro. —Una sonrisa irónica aparece en su cara.
—Está espantosa —me río—. Pero si eso es lo que quiere la disquera, pues ni modo.
—¿Pero estás conforme con la grabación? —pregunta. Sus hombros se tensan.
—Ah sí. Le pusiste bien al track —digo—. Es solo que no es mi taza de tequila, si sabes a lo que me refiero.
Los hombros de Freddy caen y rueda hacia mí en la silla, agarrando una rebanada de pizza.
—Y de todos modos, preferiría estar enfocándome en arreglar ese problema de la transición para la presentación del martes. —Me detengo y considero un pensamiento—. ¿Paul alguna vez mandó un correo al respecto, antes de mi mensaje de hace rato?
—No que yo recuerde. —Freddy le da una mordida a su rebanada.
Ese cabrón. Sabía que Freddy habría trabajado en ello si se lo hubieran pedido.
Empiezo a ver rojo y no tiene nada que ver con el color de estas paredes.
—¿Podemos tomar cinco? —pregunto, ya levantándome. Agarro una tercera rebanada de pizza y camino hacia la puerta.
Si no salgo ahorita mismo por un poco de aire fresco, voy a terminar matando a alguien.
—Ah, de hecho, se me sigue olvidando decirte. ¿Cómo es que tu coach de dialecto está en la ciudad?
—¿Coach de dialecto? —Las palabras de Freddy me detienen mientras muerdo la rebanada de pizza. Estoy demasiado cansado, demasiado enojado, para pensar con claridad en este momento.
—El que trajiste para que escuchara Stolen Moments cuando la grabamos en Londres. Se está quedando al final de mi pasillo en el Civilian. ¿Cómo se llamaba? ¿Christopher?
Casi me ahogo.
—¿Se está quedando en tu hotel? —pregunto, una vez que trago la comida.
—Sí. ¿No sabías? Pensé que tal vez estaba en la ciudad contigo por lo de la película o algo.
Mis piernas casi se me doblan y me estabilizo con la mano contra la pared. Después de casi once semanas separados, Christopher está a menos de tres kilómetros. Cada parte de mí quiere salir corriendo del estudio y directo a la habitación de su hotel.
—¿Qué querías que arreglara en la transición? —Freddy despliega las pistas del track en la pantalla detrás de él.
Pero nada de eso importa ahora.
Lo único que importa es ver a Christopher.