Capítulo 27
◆Bianca◆
No envié los archivos a todo el mundo. Me costó más contenerme de lo que estaba dispuesta a admitir.
Quería ver a Gian desenmascarado delante de todas las familias a las que había mentido alguna vez.
Tenía las retiradas de fondos trimestrales de Palermo, doce años de ellas, firmadas de puño y letra de mi padre.
Tenía el disco de Zúrich que quedaba, la mitad que Pietro no se había llevado.
Podría haber enviado el archivo entero por correo electrónico a todos los capos desde Nápoles hasta Newark y ver arder la casa de Gian antes del amanecer.
Stevan lo había dicho una vez, en la sala de operaciones, mientras el café se le enfriaba.
—Mándaselo a todos a la vez y Gian podrá tacharlo de falsificación antes de que nadie compruebe una firma. Primero dales pruebas a la gente adecuada.
Por una vez, resistí la tentación de ir a por todos al mismo tiempo.
Yuri también había rastreado la filtración que estaba detrás del ataque de Kent.
Al agente de tierra del vuelo privado le habían pagado para que enviara la hora de llegada y los datos de la pasajera a un número vinculado al coordinador de transporte de Pietro.
El pago seguía en la cuenta personal del agente; la transmisión aparecía en el registro de accesos del aeródromo.
Nunca había visto nuestro plan de ruta, porque no había ninguno en el expediente del vuelo.
Pietro se había guiado por el reloj y había interceptado los coches después de la salida.
Vetamos al agente y a su empresa para todos nuestros desplazamientos futuros.
Roman hizo pasar al siguiente mensajero por otro aeródromo, con otro operador, y nadie fuera de nuestro equipo supo qué contenía la carga.
Eso explicaba cómo había encontrado a Ines. No sustituía las pruebas que había robado, que importaban mucho más que saber a qué cuenta había llegado el soborno.
Antes de enseñarle nada a nadie, lo hice verificar otra vez.
El sustituto de Maffei en Palermo, un hombre seco y meticuloso llamado Aurelio Sanna que había sido su asistente durante diecinueve años, cruzó mis copias con el propio archivo de la institución un día en que la cámara estaba tranquila.
El contable de Devon hizo una segunda revisión en Nueva York a partir del material de Zúrich.
Sus cifras coincidían. Anoté los tres totales en una tarjeta para las reuniones que me esperaban.
Doscientos cuarenta millones, sacados a lo largo de doce años, la mayor parte ya gastada o enterrada en activos.
Ochenta y cinco millones, el agujero que la institución tendría que cubrir en noventa días si alguna auditoría honesta abría los libros.
Y la oferta de Pietro, los ciento diez que nunca fueron efectivo: cuarenta en la ceremonia, cincuenta en crédito y garantías, veinte en concesiones futuras.
Tres cifras, y cada una significaba algo distinto.
La Cosa Nostra no estaba en la ruina. Tenía tierras, puertos, sindicatos, mil negocios discretos que producían dinero constante cada semana.
Lo que no tenía era un recuento honesto de quién había estado sisando de la reserva, ni un capo que pudiera responder por los fondos desaparecidos.
Si confundía las cifras en una reunión, alguien lo notaría, y Gian usaría el error para desacreditar todo lo demás.
Elegí a cinco personas para la primera ronda: cuatro hombres y una mujer.
Cada uno tenía algo que perder. Don Ettore Bellandi, en Nápoles, cuya familia había contribuido a la reserva durante cuarenta años y a la que hacía poco le habían dicho que no podía financiar el ala del hospital que había prometido a su pueblo.
Carlo Ventresca, en Newark, que dirigía la banda más grande de la Costa Este y detestaba las sorpresas.
Dos tenientes de Palermo que habían firmado las autorizaciones trimestrales sin preguntar a dónde iba el dinero.
Y una mujer, Donata Ricci, que llevaba los libros de tres familias y cuyas cifras nadie se atrevía a cuestionar sin pruebas.
Me reuní con ellos por separado, en salas que elegí yo, con Yuri en la puerta y un segundo equipo cubriendo el edificio. A Nápoles fui en persona.
Bellandi me recibió en una villa sobre la bahía, en chaqueta de punto, rodeado de los juguetes de sus nietos. Tenía setenta y cuatro años y me conocía desde que llevaba faldón de bautizo. Escuchó cuarenta minutos de cifras sin interrumpir ni una vez. Cuando terminé, se quitó las gafas.
—Me enseñas esto porque quieres la silla de tu padre.
—No.
—¿Entonces por qué?
—Porque el dinero que desapareció es suyo. —Desplacé la tarjeta con las tres cifras por la mesa—. No de Gian. Suyo. Y porque dentro de noventa días alguien tendrá que explicar los ochenta y cinco a los hombres que los aportaron. Prefiero que lo oigan de mí antes que de un auditor.
—¿Y el matrimonio? ¿El ruso?
—Es mío. Lo elegí yo. No tiene nada que ver con esto.
No era del todo cierto, y él lo sabía. Su mirada bajó al anillo de mi mano y volvió a subir.
—Eres una chica muy dura —dijo.
—Aprendí de expertos.
Se rió, una sola vez, sin humor. Luego cogió la tarjeta y la leyó de nuevo.
—Tendré que ver los originales de Palermo.
—Los verá. Con Sanna presente y un abogado de su elección.
—¿Y si Gian lo niega?
—Entonces que explique las firmas.
Volé a casa con el silencio de Bellandi, que valía más que su promesa. Un hombre así no dice sí. Pide pruebas y se toma su tiempo para decidir.
A lo largo de los nueve días siguientes empezaron a llegar las primeras respuestas.
Fueron cautelosas y contradictorias. Ventresca, en Newark, llamó primero a Devon y después a mí, y dijo que no se movería contra un jefe basándose solo en papeles, pero que «pausaría» sus aportaciones a la reserva hasta que se hiciera una auditoría.
Donata Ricci contestó con una sola línea, Querré el vínculo con La Valeta, que era justo la pieza que ya no tenía.
De los dos tenientes de Palermo, uno dejó de responder al teléfono y el otro preguntó, con mucho cuidado, si podía testificar sin que se mencionara su nombre.
Nadie cambió de bando. Eso era lo que había aprendido de los viajes de Stevan y de ver cómo Mikhail distribuía los asientos: la mayoría de los hombres no declaran una nueva lealtad después de una sola reunión.
Protegen sus propios intereses y esperan.
La base de Gian no se desmoronó. Se agrietó por fracturas antiguas, pero la misma duda había llegado a varias familias.
Pietro se dio cuenta.
No era estúpido. Lo había aprendido durante el ataque de Kent, cuando Anton se rompió la clavícula. No negó las cifras, porque nadie se lo había preguntado. Fue a por la persona que las había presentado.
La primera señal fue un rumor. El jueves ya circulaba en tres idiomas.
A Bianca Fallaci, la hija fugada, amargada por un compromiso roto, la habían visto en Londres con libros de cuentas de Palermo falsificados.
Bianca Fallaci, que se había codeado con criminales rusos, les estaba vendiendo ahora los secretos de la familia.
Alguien había colado en un periódico de Roma una historia sobre una joven inestable que había agredido a su futuro marido a punta de pistola, una historia que omitía la parte en la que Pietro me había agarrado primero.
La leí de pie junto a la ventana de la sala de operaciones. Quien la hubiera escrito sabía exactamente qué dejar fuera.
—Es él —dijo Stevan, detrás de mí.
—Ha cogido lo que pasó y le ha quitado el por qué. —Dejé el periódico sobre la mesa—. Si contesto, parezco estar a la defensiva. Si no, el rumor cuaja. Cuenta con lo segundo.
—¿Qué quieres hacer?
—Nada. Todavía no. Los números son más limpios que el relato.
Mi voz sonó menos segura de lo que yo habría querido.
La llamada llegó el viernes, a las cuatro de la tarde, al teléfono privado que mi madre usaba para localizarme.
Mi madre no saludó. Dijo:
—Se han llevado a las mujeres de la cocina.
Me levanté de la silla antes de que terminara la frase.
—Mamma. Despacio.
—A tres de ellas. Esta mañana. Hombres de la casa de Pietro, en una furgoneta, con papeles que decían que las trasladaban por su seguridad.
—Su voz sonaba perfectamente controlada, y así supe lo asustada que estaba—.
Dijeron que era una cortesía. Me dijeron que al resto nos trasladarían el domingo, a una casa que Pietro tiene a las afueras de la ciudad, donde estaría más cómoda hasta que se resolviera el problema con mi hija.
—Saben lo de la llamada.
—Saben que alguien telefoneó. No saben quién. —Una respiración larga—. Tu padre está en Roma. No se lo han dicho, o se lo han dicho y ha preferido no impedirlo. No sabría decirte cuál de las dos cosas. No importa.
—¿Qué necesitas?
La oía pensar. Oía el cuarto de costura, su silencio.
—Dije que decidiría en una semana —dijo—. Han pasado ocho días. Lo decidí el cuarto día. No te lo dije porque antes quería organizar la salida de las demás. Lo he conseguido con cuatro. Tres ya están fuera, y la cuarta está escondida en la despensa. No puedo dejarlas.
—No tienes que hacerlo.
—Eso ya lo sé, Bianca. Te estoy diciendo que me iré. Mañana por la noche, si puedes organizarlo. Y quiero a las mujeres. A todas. ¿Me entiendes? —El almidón había vuelto a su voz, fino como un alambre—. No elegí quedarme veintiséis años en esa casa. Pero ahora elijo no marcharme sin ellas.
Levanté la vista. Stevan estaba en el umbral con el teléfono ya en la oreja, el nombre de Yuri en la pantalla. Lo había entendido por mi cara. Alzó una ceja: una pregunta y un ofrecimiento.
—Mañana por la noche —le dije a mi madre—. No hagas el equipaje. No se lo digas a nadie. Dile al florista que quieres lirios para el domingo y espera la entrega.
—Lirios.
—Sí.
—Odio los lirios.
—Lo sé —dije—. Por eso funcionará.
La línea se cortó. Me quedé allí de pie, con la palma bien plantada sobre la mesa, encima de la tarjeta con los tres números, y comprendí con qué me estaba amenazando Pietro. No podía obligarme a volver, así que había ido a por mi madre y a por las mujeres que ella se negaba a abandonar.
Stevan cruzó la habitación. Se detuvo a un brazo de distancia, como siempre.
—Dime qué necesitas —dijo.
—Todo —dije—. Para empezar.