Capítulo 5
◆Bianca◆
Después de casi doce horas de entrenamiento, con apenas un par de pausas, dejé caer las armas de las manos al suelo acolchado.
Un momento después, las seguí.
Tumbada boca arriba, cerré los ojos y me obligué a descansar. Solo un minuto. La sala de entrenamiento se había convertido prácticamente en mi segundo dormitorio y, con las puertas cerradas, con llave y atrancadas, por fin podía tener un momento para mí sola. Una a una, fui bajando las defensas.
No es que eso cambiara una mierda.
Habían pasado tres semanas desde el ultimátum de mi padre.
Tres semanas de discusiones, de objeciones y de luchar por mantener la voz firme en lugar de dejarle ver lo desesperada que estaba.
Le había echado a la cara todos los argumentos que tenía.
Me había mantenido tranquila y bajo control cuando lo único que quería era gritar.
Y el muy cabrón seguía sin dar su brazo a torcer.
Si Gian se salía con la suya, estaría casada antes de que acabara la semana. Con mi consentimiento o sin él.
Mientras yo dividía mi tiempo entre mi dormitorio y la sala de entrenamiento que había reclamado como propia, intentando sin éxito encontrar una salida, Gian había estado flotando por la casa, orgullosísimo de sí mismo.
Incluso había convocado una reunión con las otras cuatro familias para anunciar la maravillosa noticia.
Estaba segura de que nadie se había dado ni cuenta de que faltaba a la cena.
Todavía no sabía a quién había elegido. El hombre al que pretendía convertir primero en su sucesor y después en marido de su única hija.
Había tanteado a todos los candidatos evidentes y a varios nada evidentes, y a todos y cada uno de ellos les había entrado de repente una fascinación por sus propios zapatos.
Quienquiera que fuese, las Famiglie habían jurado por sus madres que me lo ocultarían, algo que me habría impresionado más si el secreto no hubiera tenido que ver con mi propia vida.
Pero había intentado imaginar qué ocurriría si cedía. Yo, casada. Señora de mi propia casa, al menos sobre el papel. Quizá un hijo y una hija algún día, versiones en miniatura de mí y del hombre al que se suponía que debía llamar marido.
Cada vez que intentaba imaginármelo, lo único que veía era dolor.
Esa casa nunca sería mía. Tampoco lo serían las decisiones que de verdad importaran dentro de ella. Incluso mis hijos serían suyos antes que míos. Quedaría reducida a un coño que podría usar cuando le apeteciera y, después, a un útero del que se esperaría que produjese sus herederos.
Y Dios me libre, joder, de insultar su preciada masculinidad pariendo una niña. Se lo tomaría como un desafío personal y no pararía hasta conseguir el hijo que quería.
Podía huir.
Lo había pensado más veces de las que podía contar. Hacer una maleta, armarme hasta los dientes y matar a cualquiera lo bastante estúpido para interponerse entre mi libertad y yo.
¿Pero adónde demonios iría?
No había un solo lugar en la tierra al que mi padre no pudiera llegar. Antes o después, me arrastrarían de vuelta a la jaula de la que había escapado.
Y fuera de esta casa no era solo la hija de Gian Fallaci. Era la mujer que había pasado años llevando a cabo sus operaciones. Si no me encontraban sus hombres, lo haría uno de las docenas de enemigos que me había hecho en su nombre.
Gian daba las órdenes. Yo era la que las planeaba y las ejecutaba, las pensadas para dejar fuera de juego a las organizaciones rivales y ampliar el alcance de la Cosa Nostra.
Solo en los últimos tres años le había hecho más daño a la competencia —no solo en Nueva York, sino en todo el mundo— que él en más de veinticinco años en la cima.
No era fanfarronería. Era la razón por la que huir resultaba tan jodidamente peligroso.
No podía dar la espalda a la vida que había construido dentro de su organización y esperar que todos los enemigos que me había hecho por el camino se olvidaran de mi cara.
Puede que ni siquiera consiguiera salir de la ciudad antes de que alguien me reconociera y decidiera que merecía la pena atraparme.
Huir no era un plan. Era una manera muy lenta de acabar atrapada.
Me quedé allí tumbada otro minuto, mirando el techo, hasta que el brazo izquierdo me recordó que seguía en su sitio y seguía furioso.
Once horas y cincuenta y pico de minutos de trabajo con cuchillo tienen ese efecto.
Días atrás había dejado de ordenarle que se callara y había empezado a negociar con él.
Después me levanté, desatranqué la puerta, me duché y fui a mi habitación.
Me ajusté otra vez la pistolera del muslo antes de salir del baño. Hoy la ocupaba una pistola. Los cuchillos eran para entrenar. La pistola, para todo lo demás.
Mi padre estaba sentado en el borde de mi cama.
Aquel no era su sitio. Lo noté igual que se notan los zapatos de un desconocido en el recibidor. Gian no visitaba mi cuarto. Me convocaba al suyo, y nunca se sentaba en muebles que no fueran los suyos.
—Te has perdido la cena —dijo.
—Tenía un compromiso previo con un saco de boxeo.
—Me estás evitando.
—He estado entrenando. Me dijiste que estuviera lista para mi boda. Me lo estoy tomando en serio.
Se le crispó la boca. Se lo tomó como una concesión, lo que me dijo más sobre las últimas tres semanas que cualquier otra cosa.
—Bien —dijo—. Porque está aquí.
No había oído ningún coche. No había oído a nadie en la casa, y yo siempre oía a todo el mundo en la casa.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Dos golpecitos, pacientes y educados, la llamada de un hombre que nunca había tenido que esperar ante una puerta.
—Adelante —dijo mi padre.
La colonia me llegó primero. Antes de que la puerta se abriera del todo, antes de ver un hombro o un zapato, antes de que ninguna parte de mi mente pudiera terminar de pensar no.
Mi cuerpo se detuvo. No los pies. Todo lo que había debajo.
Pietro entró.
—Bianca —lo dijo mi padre con el orgullo de quien presenta un coche nuevo—. Este es Pietro. Está al mando de la segunda familia más grande de la organización. Las Famiglie lo aprobaron por unanimidad y él ha accedido a darte su apellido. Es el hombre con el que te vas a casar.
Se me heló la sangre.
El sonido se escurrió de la habitación como si alguien me hubiera hundido bajo el agua. Se me acalambró la mano izquierda, una contracción dura que subía hasta el codo, y por una vez lo agradecí. El dolor era algo a lo que agarrarse.
Seis años.
Seis años organizando mi vida para que ninguna habitación nos tuviera dentro a los dos a la vez. De entrar en un sitio y mirar las salidas antes que las caras. De convertirme en algo que hacía sangrar a los demás para no volver a sangrar yo nunca más.
Y mi padre lo había acompañado hasta mi dormitorio como si fuera un paquete a domicilio.
No tenía ni idea. No podía tenerla. No con esa cara.
—Bianca —dijo Pietro, como si fuéramos viejos amigos—. Has crecido.
Dos palabras. Y dentro, seis años.
—Os dejo para que os vayáis conociendo.
Gian le apretó el hombro a Pietro al salir. En la puerta, se volvió a mirarme con algo parecido al afecto, que no sé por qué resultó peor que cualquier cosa que hubiera podido decirme.
La puerta se cerró con un clic.
No me moví.
—Esperaba que tuviéramos más tiempo antes de la boda —dijo Pietro, y se acercó a la ventana, relajado, sin prisa, como si estuviera inspeccionando la propiedad—. Tu padre dice que eres difícil.
—Mi padre dice muchas cosas.
—Voy a disfrutar con eso.
Salí de la habitación.
No corrí. Correr habría significado darle una victoria. Simplemente crucé el cuarto en cuatro pasos, abrí la puerta y salí al pasillo como una mujer que de pronto recuerda que tiene otro compromiso.
Lo oí detrás de mí. Sin prisa. Sabía que no tenía adónde ir.
Conseguí avanzar diez pasos por el pasillo enmoquetado, por delante de los retratos de familia que me habían visto crecer y que jamás me habían mirado con cariño.
Su mano se cerró en torno a mi muñeca izquierda.
Eligió la izquierda. Cómo no. La débil, la que todavía se me acalambraba cuando la forzaba demasiado.
Y el pasillo se plegó sobre sí mismo.
Ya no había moqueta, ni retratos, ni una subjefa de veintiún años con una pistola en el muslo. Durante un instante solo hubo el peso de una mano que apretaba, y el mismo olor en mis pulmones, y una niña que no recordaba dónde había dejado las manos.
Me había convertido en un arma para no volver a ser esa niña nunca más. Lo que no había previsto era que el arma y la niña vivieran en el mismo cuerpo al mismo tiempo.
—Mírame —dijo Pietro, desde algún lugar muy lejano.
Entonces algo dentro de mí se despertó.
Me giré hacia él en lugar de apartarme, cosa que no esperaba, y le estrellé el puño derecho en las costillas.
Gruñó. Bien. Era grande, y no era lento, y levantó un antebrazo a tiempo para desviar el segundo golpe que iba a la mandíbula, pero yo ya había amagado, así que no le sirvió de nada. El tercero le entró limpio en la boca.
Se tambaleó. La mano se le abrió.
Le di una patada entre las piernas con toda la fuerza que tenían estas piernas mías, cortas, ridículas y perfectas.
Se dobló, cayó sobre la moqueta con una rodilla y luego con las dos. Le corría sangre del labio. Levantó la cabeza, tomó aire para hablar…
Saqué la pistola.
Salió de la funda igual que los cuchillos salen de mi cinturón, sin que yo lo decidiera. El cañón se le metió entre los dientes antes de que terminara de coger aire.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Eso fue lo que debería haberme asustado. No tenía miedo. Me miraba con algo sereno y calculador, la mirada de un hombre que archiva algo para más adelante.
—Escúchame bien —dije.
Mi voz salió tranquila. Fría. Casi agradable.
—La próxima vez que me pongas una mano encima, primero te volaré los huevos. Luego te sacaré las tripas, trozo a trozo, y te colgaré del techo con ellas. Y lo haré sonriendo. ¿Me has entendido?
No asintió. No podía, con una pistola en la boca.
Pero tampoco apartó la mirada.
Saqué el cañón, lo limpié en su carísima camisa y le di otra patada entre las piernas, por si acaso.
—Levántate —dije, mientras él resollaba en la moqueta—. Y deja de ser un cobarde pichafloja.
Lo dejé allí tirado.
Fui hasta el final del pasillo, bajé las escaleras, atravesé la cocina y entré en la despensa, porque era la única habitación de la casa con cerradura y sin ventanas. Cerré la puerta, me apoyé en ella y me dejé caer hasta el suelo.
Entonces me empezaron a temblar las manos.
Levanté la izquierda y la vi temblar como si perteneciera a otra persona. Desde el fondo del pasillo me llegaba la voz de mi padre, jovial, subida de tono por la risa. Nadie venía. Nadie había oído nada.
Acababa de tener a Pietro en el suelo con una pistola en la boca, y mi padre se reía en la planta de abajo.
«No es miedo», me dije, mientras el aire me entraba a tirones cortos y desgarrados.
«Es adrenalina».
Lo repetí hasta que casi me lo creí.
Esa noche volví a la sala de entrenamiento, atranqué las puertas y metí una pistola debajo de la almohada. Me quedé tumbada con los ojos abiertos y las luces apagadas, escuchando la casa, contando los días que faltaban para el final de la semana.
Pietro no había tenido miedo.
No sabía por qué era precisamente eso lo que no podía dejar de ver.