Stevan (Atrapada y rendida nº 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

◆Stevan◆

Veinticuatro horas después de la reunión estaba de vuelta en suelo estadounidense, con un coche esperándome en la acera y la sangre todavía hirviéndome.

Rabia. Indignación. Y, sobre todo, la certeza exasperante de que no podía hacer una mierda al respecto.

En un mes tenía que casarme, me gustara o no.

Y no podía hacer una puta cosa para impedirlo.

La elección debería ser tuya también. Como si eso lo convirtiera en un favor.

El único problema que había conseguido resolver era el horario. Había retrasado cuatro horas mi vuelo a Londres, lo que me dejaba tiempo para una parada en la ciudad antes de volver al JFK, y Malek ya la había elegido.

—Tienes que ver a Devon —había dicho en algún punto sobre el Atlántico, con la cara de un hombre que planea un crimen—. En persona. Por tu salud.

Cincuenta minutos de tráfico después, Aleksei abrió la puerta de casa de Devon. Todos sus dos metros diez. Tenía la expresión de un hombre que había hecho las paces con algo terrible y sostenía una bandeja de cupcakes rosas.

—Parpadea dos veces si necesitas que te rescatemos —dijo Malek.

—Cómete el cupcake —dijo Aleksei.

Había oído la descripción. No me preparó para aquello. Al lado de esto, un salón de baile abarrotado de lunáticos armados resultaba sobrio.

Devon lo había llamado rosa. Era como llamar húmedo al Atlántico.

Las paredes eran rosas. El suelo de mármol desaparecía bajo una alfombra lo bastante gruesa para esconder un cadáver.

Del techo de la entrada colgaba una lámpara de araña de cristal rosa del tamaño de un coche pequeño, y los cojines del sofá más cercano tenían, lo juro por Dios, cojines más pequeños estampados encima.

—No exagerabas —le dije a Devon—. Habría preferido que lo hicieras.

—Me gustaría presentar una reclamación en nombre de mis retinas —dijo Malek.

—No lo hagas —dijo Devon desde el pasillo.

Se acercó a nosotros vestido de negro desde el cuello de la camisa hasta las botas, con los tatuajes que le trepaban por el cuello y el aspecto letal de siempre. Sostenía una taza rosa con un unicornio.

—No he dicho nada —dije.

—Estás a punto de hacerlo.

—Yo sí estoy a punto —dijo Malek—. Stevan solo está en shock.

—¡Stevan!

Maya apareció derrapando por la esquina con calcetines de peluche y una tiara, porque cómo no, y me abrazó antes de que pudiera decidir si lo permitía o no.

—Las manos, Maya —dijo Devon—. Va armado.

—En esta casa todos vamos armados, Devon. Estoy abrazando a un amigo. —Me soltó y me miró de arriba abajo—. Tienes cara de que se te ha muerto alguien.

—Alguien está a punto de casarse —dijo Devon—. El Pakhan lo quiere casado. Treinta días.

Se le cayó la sonrisa como una piedra.

—¿Que qué?

—Que elija a una mujer —dije—. De una organización de mi elección. En treinta días. La elección es mía, en eso fue muy claro.

—Eso no es una elección, es un menú. —Miró a Devon, luego otra vez a mí, y por un segundo la tiara dejó de tener gracia—. Sé lo que es ser la mercancía con la que negocian. Lo siento mucho.

No supe qué responder a eso. No estaba seguro de que nadie lo supiera nunca cuando alguien lo decía de verdad.

Así que miré a mi alrededor.

—Nadie me había avisado de la fase dos.

—La fase uno era el calentamiento —dijo Maya, abarcando el horror con un gesto del brazo—. Ahora estamos en la Era Rosa.

—Hay fases —le dijo Devon al techo.

—Cuatro —dijo ella—. No preguntes por la cuatro.

—La cuatro es el garaje.

Malek hizo un ruido de hombre al que estrangula la alegría.

—Dime que hay un coche rosa.

—No hay ningún coche rosa.

—Todavía —dijo Maya.

Devon cerró los ojos. Ella le quitó la taza de la mano, la sustituyó por un cupcake y él se lo comió. Sin protestar. Con fideos de azúcar enganchados en la barba.

Nunca lo había visto hacer algo así. Ni una sola vez en todos los años que llevaba conociéndolo.

Acabamos en el salón, en un sofá que era o un mueble o un diagnóstico médico, y Malek sirvió whisky en las tazas que fue encontrando. La de Devon tenía un unicornio. La mía, un flamenco. Decidí no buscarle significado.

Malek miró con los ojos entornados la cadera de Devon.

—Esas empuñaduras antes eran rosas.

—Nunca fueron rosas.

—Me lo dijo Aleksei.

—Aleksei —dijo Devon— está jugando con fuego.

—Cómete el cupcake —gritó Aleksei desde la puerta.

Malek inclinó la taza hacia mí.

—Pero hablando en serio. Mikhail lleva una temporada acaparándolo todo. Kazimir lo ha estado observando, y Kazimir no reparte apoyos si no ve un motivo. Me encantaría saber qué opina de esto.

—¿Eso es una advertencia o un cotilleo?

—Una observación.

Lo archivé mentalmente y no dije nada.

Maya se volvió de nuevo hacia mí.

—Oye, si quieres saber cosas de las familias italianas, yo sé muchas. Casi todas malas.

—No.

—La oferta sigue en pie.

—Tomo nota.

Devon no le quitó ojo en ningún momento. No es que sonriera, exactamente. Pero aquel ceño fruncido suyo de siempre se había largado a otra parte y no había vuelto.

—Nueva York está más tranquila —me dijo en voz baja, mientras Maya discutía con Malek si la purpurina contaba como color—. La tranquilidad es buena para el negocio. Menos funerales.

Esos números ya los había hecho meses atrás, de cabeza. Un alto el fuego. Más rutas. Menos sangre. Eran las mismas cuentas que habría echado en cualquier acuerdo.

Lo que no había hecho era ver esos números caerle encima a un hombre con esa cara.

A Devon no lo habían vendido. Lo habían atrapado y después se había quedado.

Si quitaba la parte en la que alguien me había dado la orden, casi podía ver que aquello no tenía por qué ser lo peor que le pasara a una persona.

Pero esa parte no podía quitarla. De eso se trataba precisamente, joder.

Cuando llegó la hora de irnos, Maya le plantó a Malek en los brazos una caja rosa de cupcakes, y a mí otra. Devon nos acompañó a la puerta.

—Lo que sea que te haya dicho —me dijo—, asegúrate de que siga siendo tuyo.

—Ese es el plan.

—¿Lo es?

—Pregúntamelo dentro de un mes.

En el coche, Malek se comió tres cupcakes en silencio y me ofreció el cuarto. Lo rechacé.

Mikhail no me había pedido una esposa. Me había pedido un resultado.

Una familia. Una firma. Influencia con nombre y apellido.

Lo que significaba que la verdadera pregunta no era con quién me casaría, sino quién salía ganando cuando lo hiciera y qué más había ido acumulando él mientras todos andaban pendientes del trono.

No tenía ningún plan.

Tenía un mes menos un día, siete horas de vuelo y una lista de preguntas que no me gustaban nada.

Serviría para empezar.