Stevan (Atrapada y rendida nº 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Con un poco de suerte, saldría de allí con la ropa intacta.

Unos veinte minutos después seguía en la barra —para evidente desesperación de la camarera—, aunque por fin tenía una copa en la mano, cuando Malek apareció a mi lado como si se hubiera materializado de la nada.

—El Pakhan está raro hoy —anunció.

Si hubiera sido de los que se sobresaltan, habría derramado sobre el suelo ya pegajoso la copa que tanto me había costado conseguir.

En su lugar, parpadeé.

—Eres la segunda persona que me dice eso en menos de media hora.

—Porque está pasando algo, desde luego. Y el Pakhan no es el único que está raro.

Malek dedicó dos segundos de atención a la camarera temblorosa, alargó la mano por encima de la barra para coger una botella de whisky y la abrió con los dientes.

Como un puto animal.

—Vladimir está aquí —dijo.

—Vladimir es el subjefe de la división de San Francisco. Y, a pesar de las apariencias, esta es una reunión de jefes de división.

—Esto es una pérdida de tiempo. Bastaría con una llamada.

Mejor aún, podríamos hacerlo todo por internet.

Estamos en el siglo XXI, joder. —Inclinó la botella y se tragó una cantidad ridícula de whisky de golpe—.

Al Pakhan lo que le gusta es ir enseñando la polla, y necesita público.

Mira la media docena de esposas que colecciona.

Además, Vladimir solo está aquí por el otro.

—¿El Pakhan?

—Vladimir.

Miré a mi alrededor, ahora con curiosidad.

Vladimir estaba con un grupo al fondo de la sala, con su habitual expresión severa y cara de preferir estar en cualquier otro lugar del mundo.

—¿Valentin no ha venido otra vez? —pregunté.

Valentin dirigía la división de San Francisco de la Bratva, con su hermano mayor, Vladimir, como mano derecha. Valentin se había ausentado de las dos reuniones anteriores, celebradas en los últimos meses, sin ninguna explicación que yo conociera.

Y ahora Vladimir estaba allí en su lugar.

No parecía nada contento.

¿Sospechoso? Tal vez.

De todas formas, me encogí de hombros.

El paradero de Valentin no era mi problema.

El Pakhan estaba allí para lidiar con sus propios hombres.

Si a él no le preocupaba que el jefe de una división desapareciera de las reuniones y que el hermano de ese hombre se presentara en su lugar, yo no tenía la menor intención de meterme en la forma en que decidiera gestionarlo.

Llegaría a lamentar esa indiferencia. Si me hubiera molestado en atar cabos en lugar de descartar las pistas como simples coincidencias, la verdad habría resultado obvia.

Las preguntas del Pakhan sobre Maya. Sus aficiones. Su relación con su familia.

La presencia de Vladimir, claramente contra su voluntad.

La presencia de tantos otros jefes de división a los que, en circunstancias normales, nadie habría esperado ver avisando con tan poca antelación, porque vivían al otro lado del mundo, algunos tan lejos que llegar a Moscú en doce horas ya habría sido todo un desafío de por sí.

Y, lo más importante: podría haber dejado de imaginar venenos en las manos de una camarera aterrorizada y distracciones en mi suite del hotel. Podría haberle dedicado al hombre al que servía más de dos segundos de atención real, en lugar de burlarme mentalmente de su ridículo trono.

Puede que me hubiera dado cuenta.

Había estado estudiando a los hombres que tenía delante en lugar de escuchar sus informes. Comparándolos. Sopesando posibilidades. Apenas prestaba atención a las cifras que ya conocía y despachaba a un subordinado tras otro, como si buscara algo concreto.

O a alguien.

No reconocí la expresión de sus ojos hasta después de haber dado mi propio informe. Estaba distraído, impaciente por que acabara la farsa y deseando retomar mi velada.

Entonces el Pakhan me miró.

Y sus ojos oscuros se iluminaron con una satisfacción inconfundible.

Con triunfo, incluso.

—¿Cuántos años tienes, hijo? —preguntó sin dejar de sostenerme la mirada.

Antes de que pudiera responder, hizo un gesto con la mano para desechar su propia pregunta.

—¿Treinta y seis? ¿Treinta y siete? Da igual. Tu edad exacta no importa. Lo que importa es que eres un hombre hecho y derecho. Leal. Y mantienes en marcha el negocio de tu parte del mundo.

Muchos de los jefes de división que había en esa sala tenían tanta experiencia como yo, o más. No había elogiado a uno solo por su lealtad ni por su competencia.

Me quedé callado.

Siguió mirándome, calculando algo, mientras el ruido de la sala se iba apagando poco a poco.

—¿Ya has elegido mujer? —preguntó al fin.

De nuevo, no me dio ocasión de responder. Hizo un gesto con la mano y desechó su propia pregunta.

—Da igual. Si ya tienes una, nos deshacemos de ella, por supuesto. O puedes conservarla como pieza extra, si es lo que prefieres. La cantidad nunca es un problema.

Se rio y señaló con un gesto a las dos mujeres que estaban de pie detrás de él.

Las dos llevaban vestidos largos y ajustados, y la misma expresión vacía. Una era morena; la otra, rubia, pero su desdicha las hacía parecer casi hermanas.

—¿Una pieza extra? —repetí, sin tener ni puta idea de qué estaba hablando.

El Pakhan me estudió como si una sola mirada pudiera contarle todo sobre mis años de servicio y, sobre todo, todo lo que había decidido que sería mi futuro.

La codicia le brillaba en los ojos.

Luego sonrió.

Y por fin lo entendí.

Sus preguntas sobre Maya no habían sido simple curiosidad. Había querido saber si una mujer de otra familia criminal podía seguir unida a los suyos después de mezclarse con un hombre de la Bratva.

A Vladimir, junto con docenas de otros jefes de división que normalmente habrían quedado excusados de asistir por la distancia, lo habían convocado por una razón.

Todos nosotros, reunidos bajo un mismo techo. Los hombres responsables de las operaciones criminales de docenas de ciudades, estados y países.

No nos habían llevado allí solo para informar de beneficios y problemas.

Nos estaban evaluando.

Estaba calculando dónde resultaría más ventajosa una alianza.

Nuestro negocio ya funcionaba bastante bien por sí solo. No faltaban clientes para la droga, las armas ni cualquier otra cosa que pudiéramos vender.

¿Pero dos organizaciones rivales uniendo fuerzas en un mismo territorio?

Más recursos. Nuevas rutas. Más poder de negociación.

Eso sí que era una perspectiva tentadora.

Seis meses antes, una oportunidad así le había caído al Pakhan prácticamente del cielo. Inesperada, sí. Y rentable de cojones.

Todo por un secuestro chapucero pensado para saldar una cuenta relativamente insignificante. El plan había salido mal y, de algún modo, las consecuencias habían salido espectacularmente bien.

Si un secuestro chapucero podía lograr todo eso, ¿qué podría sacar de algo más grande?

¿Algo mejor?

¿Algo permanente?

El cálculo se le leía en la cara cuando se rio y dijo:

—Ay, Stevan. Los planes que tengo para ti…

Veinte años de servicio.

Veinte putos años en la Bratva, y todos los beneficios que le había dado a la organización valían ahora menos que lo que pudiera ofrecer como marido de alguien.

O peor.

Puede que mis años de lealtad fueran precisamente la razón por la que me había elegido. Dos décadas demostrando mi competencia para que el Pakhan decidiera que también podía exigirme el resto de mi vida.

Quería más.

Un momento antes creía que controlaba mi futuro.

Al siguiente, habían enganchado otra cadena al collar que llevaba al cuello.

Y ni siquiera me habían dado la oportunidad de protestar.