Stevan (Atrapada y rendida nº 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

◆Stevan◆

Esto será bueno para el negocio, me dije.

Lo repetí varias veces, a ver si así conseguía no perder la puta cabeza.

La idea era absurda. Arcaica, incluso. Aun así, me obligué a evaluarla como cualquier otra propuesta de negocios, por muchas ganas que tuviera de decirle al responsable exactamente por dónde podía metérsela.

Una unión entre dos organizaciones criminales rivales podía ser un negocio excelente. Más territorio. Más rutas de transporte, más armas, más hombres.

El doble de poder.

No era una teoría que me hubiera sacado de la manga. Lo había visto funcionar y yo mismo había sacado provecho de ello.

Lo cual, naturalmente, solo me cabreaba más.

Cuando Devon secuestró a Maya Bianchi, vi venir la ironía mucho antes de que él la admitiera: el captor se había convertido en cautivo, y era Maya quien lo tenía atrapado. El cabrón se enamoró de ella. Perdidamente.

Cuando me enteré de que estaban juntos, lo primero que pensé no tuvo nada que ver con flores, con el amor verdadero ni con lo que cojones se supone que piensa uno en esos casos.

Pensé en el negocio.

Más rutas de transporte. Un alto el fuego en Nueva York que permitiera crecer a nuestras operaciones en lugar de desangrarnos en una interminable competición por ver quién meaba más lejos. Nuevas oportunidades de negociar, con menos traiciones y menos intentos de jodernos mutuamente.

Y no me malinterpretes. Me alegraba por Devon y Maya.

Devon era un buen amigo, un hombre de negocios inteligente y capaz de dirigir su división. A Maya no la conocía tan bien, pero me gustaba lo que había visto de ella. Dejando a un lado su gusto cuestionable y su obsesión con una decoración absolutamente ridícula, parecía buena persona.

Un poco desquiciada, quizá.

Cuerda, en general.

Que era más de lo que podía decir de Devon en los últimos meses, pero eso no venía al caso.

Me alegraba de que hubiera encontrado a su media naranja. De verdad. Pero yo estaba soltero, pensaba seguir así y había pasado toda mi vida adulta mirando el mundo con ojos de hombre de negocios.

Así que sí, lo primero que me vino a la cabeza fueron los beneficios.

El tenso alto el fuego entre nuestras divisiones de Nueva York era prueba suficiente: las alianzas entre rivales podían dar resultado.

Beneficio era beneficio. Y había muchísimo que ganar con un acuerdo así.

Incluso había pensado que quizá, algún día, me plantearía algo parecido para mí.

Algún día era la parte clave de la frase.

Mi objeción no eran las alianzas, ni tratar con rivales cuando los números cuadraban. Sí consideraba a la Bratva una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo —la más poderosa, a mi juicio—, pero eso no me volvía tan estúpido como para rechazar un acuerdo rentable.

No.

Lo que me hervía la sangre era que me hubieran quitado la decisión de las manos. Y mi futuro con ella.

Me habían ordenado elegir una organización con la que aliarme.

Casándome con una de sus hijas.

Sin mi consentimiento.

Y tenía un puto mes para hacerlo.

—Usa tus propios criterios, por supuesto —había dicho el Pakhan, encogiéndose de hombros, al final de nuestra conversación.

Llamarlo conversación era generoso. Había sido un decreto.

—Después de todo, la mujer será tuya. La elección también debería ser tuya.

Como si habláramos de un coche. O de una casa.

No de una mujer que iba a convertirse en mi esposa.

Una posesión que había que elegir por sus cualidades y su esperanza de vida.

Su durabilidad, se suponía.

Naturalmente.

Tres días antes, cuando subí a mi avión rumbo a Moscú tras recibir una convocatoria urgente, no le había dado mayor importancia. Convocaban a los jefes de división a reuniones constantemente, a menudo con muy poca antelación.

El Pakhan dirigía un imperio. Tener controladas sus divisiones era parte del trabajo.

Así que volé a Moscú sin la menor idea de la tormenta de mierda que me esperaba.

De hecho, tenía ganas de ver a Malek. Habíamos planeado pasarlo en grande a costa de Devon, escuchándolo quejarse de la mujer de la que se había enamorado, una mujer que parecía capaz de provocar un desastre nuevo cada dos días.

Y lo disfruté.

Aquella primera noche, Devon nos describió su nueva casa mientras Malek y yo luchábamos por no reírnos en su cara.

—Todo —nos dijo con un tono sinceramente ofendido por el concepto— es rosa, joder. Todo.

Naturalmente, su desgracia nos pareció hilarante.

Una noche tranquila. Fue todo lo que tuve.

No bastó, ni de lejos, para compensar lo que el Pakhan tenía planeado para el día siguiente. Ni para prepararme.

La reunión tuvo lugar en el salón de baile del Four Seasons Hotel Moscú.

Por lo visto, el Pakhan tenía un sentido del humor irónico. ¿Por qué no reunir a cientos de los criminales más buscados del mundo bajo uno de los techos más lujosos de Moscú?

No merecíamos menos, naturalmente.

Y según los rumores, la policía local celebraba una convención dos pisos más abajo. La puta guinda del pastel.

Fuera se ponía el sol. La luz bañaba el mármol impecable del suelo y le daba al salón un brillo casi etéreo. Cuatro enormes lámparas de araña colgaban del techo altísimo. Unos ventanales que iban del suelo al techo daban a la Plaza Roja y a la catedral de San Basilio.

Habría sido un lugar magnífico para recibir a un presidente. O a la realeza.

En cambio, estaba abarrotado de mafiosos de todas las formas, tamaños y temperamentos imaginables.

La mayoría iba de negro, de cuero o de ambas cosas, con las armas a la vista y ni rastro de sutileza. Hombres enormes y fuertemente armados se apiñaban en torno a cuatro mesas largas y devoraban la comida mientras bebían, reían y se gritaban unos por encima de otros.

De vez en cuando, los hombres de distritos rivales dejaban de gritar lo justo para empezar a pelearse.

Un puto circo.

Caro, eso había que reconocerlo.

En mi opinión, cualquier nave abandonada en las afueras de la ciudad habría servido igual de bien.

Pero nadie había pedido mi opinión.

En el centro de la sala, el Pakhan ocupaba una silla tan enorme y recargada que llamarla silla era una falta de honradez. Era un trono. O, como poco, un sillón empeñado en convertirse en uno.

Recibía los informes de sus subordinados mientras dos de sus esposas aguardaban de pie detrás de él y decenas de hombres se apiñaban a sus pies.

Una exhibición descarada de la autoridad que ejercía sobre nosotros, dolorosamente visible en reuniones como aquella.

Un solo hombre cuyo alcance cruzaba fronteras a través de cada subordinado presente en la sala.

Alto y corpulento, con una larga barba blanca que casi le llegaba al enorme pecho, una piel oscura que hacía que la barba pareciera aún más blanca y una cabeza calva y lisa, Mikhail Maksim seguía irradiando autoridad bien entrado en la cincuentena.

Aquel era nuestro rey.

Nuestro Pakhan.

—Algo raro está pasando.

Devon apareció a mi lado en la barra a primera hora de la noche; por lo visto había decidido que unirse a los hombres que se gritaban unos a otros por toda la sala era menos interesante que darme la lata mientras esperaba una copa.

Mantuve un ojo en la multitud y el otro en la camarera que había detrás de la barra. Le temblaban tanto las manos mientras intentaba servirme el whisky que empezaba a preguntarme si llegaría a caer algo dentro del vaso.

Alcé una ceja hacia Devon y esperé.

—El Pakhan está de mejor humor que de costumbre —dijo él, recostado contra la barra.

La camarera, una mujer de cabello rubio y ojos claros de unos veinte años, parecía arrepentirse de cada una de las decisiones que la habían llevado hasta aquel puesto. Y Devon, plantado a apenas dos pasos de ella con sus Glocks bien a la vista, no ayudaba precisamente.

—Prácticamente me interrogó sobre el «avance de mi relación» —continuó Devon, y consiguió que la frase sonara tan ridícula como era—. Luego me felicitó por mi «excelente elección». Y además sonó sincero.

Aquella debería haber sido mi primera señal de alarma.

Alcé ambas cejas. Detrás de Devon, la camarera logró por fin abrir la botella y después buscó un vaso con torpeza.

La observé sin molestarme en disimular mi atención.

Parecía muerta de miedo. Eso no significaba que fuera inofensiva.

Un momento sin vigilar, una pastilla en la copa, y podía acabar la noche indefenso.

O muerto.

—¿Qué más te dijo? —le pregunté a Devon.

—Quería saber de Maya. Sus aficiones. Si cuesta tanto mantenerla como a sus esposas. Cómo le va con los sicilianos.

—Parece interesado —dije, frunciendo el ceño por la información… y por la camarera, que con las prisas por llenarme el vaso estuvo a punto de derramar medio whisky sobre sí misma, sobre la barra y sobre la espalda de Devon.

—Exacto. —Devon no parecía darse cuenta del desastre que se estaba montando a su espalda—. El Pakhan no hace preguntas inútiles. Y desde luego no se interesa por las mujeres de sus hombres. Mucho menos lo demuestra.

No le faltaba razón.

No recordaba que Mikhail hubiera hecho preguntas de ese tipo en ninguna de nuestras reuniones anteriores.

Aun así, los comportamientos extraños no escaseaban en nuestro oficio. Todavía no pensaba alarmarme.

—Maya es italiana —dije encogiéndome de hombros, como si eso lo explicara todo.

Y, en cierto modo, lo explicaba.

La camarera consiguió por fin servirme la copa. Un pequeño milagro.

—Y encima es un bicho raro. Puede que solo tenga curiosidad por saber cómo te las has arreglado para seguir vivo.

Devon hizo una mueca.

Al parecer decidió que mi comentario sobre Maya merecía castigo, porque cogió el whisky que me había costado una eternidad conseguir y se marchó con él.

El muy cabrón.

Se lo fue bebiendo por el camino, con cara de que la sala no le impresionaba lo más mínimo.

Al menos aquel desastre en concreto consistía en criminales que se portaban como gilipollas, y no en un salón sepultado bajo alfombras rosas, cortinas rosas, muebles rosas y putas lámparas de araña rosas.

Me reí para mis adentros, pedí otro whisky y me dispuse a esperar otra eternidad mientras la pobre camarera seguía temblando y derramando licor sobre la barra, el suelo y ella misma.