Capítulo 2
◆Bianca◆
No fui capaz de decir una sola palabra.
Lo cual fue una suerte. Mi compostura pendía de un hilo y, si hubiera abierto la boca en ese momento, probablemente le habría escupido a la cara por puro estupor.
O le habría clavado en ella uno de mis cuchillos.
En lugar de eso, me quedé mirando a mi padre, un hombre que se había pasado la vida entera siendo cualquier cosa menos un padre para mí, mientras intentaba convencerme de que lo había oído mal.
Estar demasiado atónita para moverme tenía otra ventaja: me evitaba olvidar la cadena de mando y lanzarme directa a su garganta.
Debería haberlo visto venir.
Lo que me hacía hervir la sangre era que una orden que había esperado toda mi vida hubiera logrado pillarme con la guardia baja.
Con odio. Con asco. Con indignación.
Y, por encima de todo, con negación.
Mis padres nunca se habían molestado en disimular la decepción que les había provocado mi nacimiento.
Más concretamente, mi sexo.
El mundo del hampa lo dirigían los hombres, igual que todo lo demás. Un hombre a la cabeza de un imperio quería un hijo que lo heredara.
¿Y qué se suponía que debía hacer un hombre en la posición de mi padre cuando le tocaba una hija en lugar del hijo con el que siempre había soñado, y una esposa que había fracasado en su supuesto deber de darle más hijos?
Entregarme en matrimonio al hombre que ocuparía la vacante que yo había creado al nacer mujer. Por supuesto. Él heredaría la silla de mi padre y el poder que venía con ella. No sería hijo de Gian por sangre, pero al parecer cualquier hombre valía más que una hija.
Porque, Dios santo, ¿de qué podía servir una hija en este mundo?
Me quedé inmóvil en la silla, con la furia ardiéndome bajo la piel. Mi padre no hizo el menor esfuerzo por ocultar cuánto estaba disfrutando de mi pérdida de control. Tampoco habría podido, ni aunque lo hubiera intentado.
—Como siempre has sabido que este día llegaría tarde o temprano, pasaré por alto tu sorpresa —dijo con ese tono pretencioso que tanto odiaba—.
Ha llegado más tarde de lo que me habría gustado, lo admito, pero solo porque, como sabes, tu marido algún día será capo. Había que elegirlo con mucho cuidado.
Empezó a enumerar las cualidades imprescindibles de un futuro capo. Dinero a raudales. Un linaje excelente. Aliados indispensables. Un negocio estable. Mano firme. En otras palabras, todo lo que él creía tener. Su voz se fue diluyendo poco a poco hasta convertirse en ruido de fondo.
En una cosa tenía razón.
Siempre había sabido que ese día llegaría.
Llevaba años luchando contra ello. Había trabajado hasta volverme indispensable para su negocio.
Me había exprimido más allá de todos mis límites para convertirme en su mejor luchadora y, más aún, en su underboss: la segunda al mando de una de las mayores organizaciones criminales del mundo, a los veintiún años.
Nada de eso cambiaba que, para él, yo fuera prescindible.
Mis logros, mis habilidades, mis victorias: nada de eso importaba. Que una mujer hubiera conseguido tanto, y encima su propia hija, probablemente solo lo había cabreado más.
Las señales habían estado ahí. El evidente disgusto de mi padre con mi existencia, por un lado.
La ridícula insistencia de mi madre en que asistiera a cenas y fiestas atestadas de mafiosos con edad suficiente para ser mi padre, por otro.
No dejaba de exigirme que sonriera como la señorita obediente que ella había intentado hacer de mí, y no como el monstruo sanguinario que había tenido que ser.
El monstruo que mi padre me había permitido ser, aunque solo fuera para mantenerme distraída y lejos de los problemas.
Y todo se había vuelto aún más precario seis meses antes.
Y todo era culpa de Maya.
Maya Bianchi —la ahijada de mi padre, mi mejor amiga y la única familia de verdad que tenía— había sido secuestrada por Devon Rurik, cabeza de la división de Nueva York de la Bratva y uno de los rivales más peligrosos de la Cosa Nostra.
Se la habían llevado en mi lugar. Un golpe de mala suerte espectacular, del que todavía me culpaba.
Que se enamorara de Devon, en cambio, sí lo vi venir. El hombre era un puto sueño.
Y lo mismo su decisión de mandar a la mierda a su miserable y controladora familia y mudarse con su mafioso ruso. Llevaban años tratándola como una moneda de cambio. ¿Por qué iba a quedarse?
Pero que mi padre viera cómo una de sus preciadas monedas de cambio se alejaba hacia la puesta de sol de la mano de un mafioso, y encima de un mafioso ruso…
Bueno. Esa fue la guinda del pastel.
Y como mi vida era, por lo visto, un culebrón espectacularmente penoso, después de perder a manos de un rival una de sus monedas de cambio más valiosas, mi padre había vuelto hacia mí esos ojillos codiciosos de cerdo.
Pretendía usarme en lugar de Maya, casarme con el mafioso prometedor que él eligiera y llamarlo negocios.
El giro de guion más obvio y cutre imaginable. Casi me dio lástima.
Lo que no conseguía entender era por qué lo hacía ahora.
Seis meses atrás, cuando Maya se negó a aceptar u obedecer las órdenes de su familia, especialmente las de mi padre, me había preparado para lo peor.
Después de seis meses esperando y preparándome, casi me había olvidado de la boda que pendía sobre mi cabeza. Me había volcado en el entrenamiento: mi única afición y, de lejos, mi favorita.
Como una idiota, había dejado que aquellas semanas sin incidentes me convencieran de que mi padre había reconocido por fin mi valor.
Puede que no como hija, pero al menos como su segunda al mando.
Seguro que entendía lo que la organización podía perder si me casaba con un desconocido, al margen de su familia o su nacionalidad.
Por lo visto, no.
Y, sin embargo, ahí estaba, dando la orden por fin.
No era el matrimonio lo que me sorprendía.
Era el momento elegido.
¿Por qué ahora? ¿Y por qué no seis meses antes? ¿A qué, exactamente, había estado esperando?
O peor: ¿a quién?
Y he encontrado al novio perfecto para ti, había dicho.
Como si me hubiera leído los pensamientos, Gian sonrió. Arrogante y cruel como siempre, disfrutando sin disimulo de mi sorpresa.
—Como ya debes de saber, porque, aunque seas un desastre en todo lo demás, sigues siendo mi hija y, por tanto, cualquier cosa menos estúpida —empezó, sin apartar los ojos de los míos—, una alianza que implique a nuestra familia, y en especial al futuro cabeza de nuestra organización,
es de una importancia enorme.
A tu novio tenían que aprobarlo las Famiglie. Y, naturalmente, lo he elegido yo.
Quería saber quién era ese supuesto novio. Supuesto, porque antes muerta que casarme con un hombre elegido por mi padre. Pero no fue el asco, ni la rabia, ni la curiosidad enfermiza que me revolvían por dentro lo que acabó saliendo por mi boca.
En cambio, pregunté:
—Nunca te planteaste en serio dejar que una mujer se hiciera cargo de la organización. Ni siquiera tu propia hija.
El muy hijo de puta se rio como si acabara de contarle el chiste más divertido del mundo.
—Bianca, bambina, no seas ridícula —dijo, sin dejar de reírse entre dientes—.
¿En qué mundo crees que vivimos? Ya no eres una niña.
Sabes cómo funcionan las cosas en nuestro mundo y, sobre todo, en nuestra familia.
¿Una mujer en la cima de la cadena de mando?
Eso no solo es absurdo. Es imposible. Y eres demasiado mayor para seguir creyendo en cuentos de hadas.
En eso tenía razón.
Ni se imaginaba hasta qué punto la tenía.
Ni, sobre todo, cuándo me habían destrozado los cuentos de hadas. Y con ellos, la inocencia.
Gian arrancó con otro discurso: la Cosa Nostra solo podía dirigirla un hombre fuerte, de mano firme y con otra docena de cualidades supuestamente imprescindibles; alguien exactamente como él, por descontado.
Pese a las apariencias, dijo, ya no era un hombre joven.
Algún día, aunque él creyera que para eso faltaban muchos, muchos años, le llegaría la hora.
Y necesitaba poner orden en su casa y asegurar la sucesión mucho antes de que eso pasara.
¿Y su hija? ¿El trabajo de ella, su competencia, sus aptitudes?
Nada de eso importaba.
Porque: mujer.
Porque: vagina.
Les encantaba fingir que no la tenía mientras les servía como soldado. Pero, en el momento en que necesitaban recordarme cuál era mi lugar, era lo único de mí que contaba.
Era tan ridículo. Tan injusto. Y, al mismo tiempo, tan inevitable.
Pensé en todo aquello a lo que había sobrevivido y en aquello en lo que me había convertido en un mundo que nunca me había querido. Luego pensé en el futuro que mi padre había elegido.
Pensé en mi madre. En lo que me había enseñado, en la mujer en la que había intentado convertirme. Por primera vez, me pregunté si ella había tenido alguna vez elección o si simplemente me había transmitido las lecciones que a ella le habían grabado a fuego de niña.
Sé respetable. Baja la cabeza. Nunca, jamás, uses tu propia voz.
Olvida que la tienes.
Al imaginarme entregada en matrimonio para beneficio de dos hombres, comprendí por qué mi madre nunca había sido libre de verdad para ser madre. La habían criado para obedecer a quien fuera su dueño. Primero su padre. Después su marido.
De niña la había visto refugiarse en los rincones, detrás de las columnas, en su propio dormitorio, cada vez que mi padre llegaba a casa. Incluso con la cabeza baja, no le quitaba los ojos de la cara a mi padre y le medía el humor antes de atreverse a hacer nada.
A veces desaparecía durante días.
Cuando volvía, días o semanas después, parecía haber envejecido años. Se movía con cuidado, y la voz que podía atravesar una habitación entera cuando me regañaba apenas le salía más que un susurro.
Su cuerpo siempre iba cubierto por capa sobre capa de ropa. Solo la cara quedaba a la vista. Sin marcas. Perfecta. Incluso de aspecto joven. Y, aun así, el dolor le retorcía los rasgos cuando creía que nadie la miraba.
Me imaginé mi propia cara —una copia casi exacta de la suya— demacrada por el mismo dolor, los ojos apagados y sin vida.
Volví a verme la piel cubierta de moratones y cicatrices, esta vez para siempre. Mi cuerpo, antes una máquina de matar, roto y dolorido hasta que lo trataran como un simple objeto, nada más.
Me vi enseñando a una hija a hacerse pequeña. A silenciar su propia voz antes incluso de aprender a usarla. A bajar la cabeza y obedecer, por mucho que doliera.
Una niña con mis ojos y el pelo como el fuego, escondida detrás de las columnas. Su piel, un caleidoscopio de moratones. Sus ojos, apagados y sin vida. Un monstruo de pie a su lado, sujetando el otro extremo de la correa y alimentándose de su dolor.
Miré a mi padre. Sus ojos, casi negros, brillaban de arrogancia, codicia y ambición. Los míos también ardían, pero de rebeldía. De desesperación. De furia. De sed de sangre.
Mi madre nunca había tenido la menor oportunidad, y yo nunca había encajado en su molde. Puede que compartiéramos los mismos ojos y los mismos rasgos, todo lo que me convertía por fuera en una copia perfecta de ella, pero a mí me habían criado y moldeado para ser una copia perfecta de mi padre.
Al mirarlo, al ver su cuerpo encorvado por la edad y su cara marcada por los horrores que había presenciado —y en los que había disfrutado participando—, recordé de nuevo la cara de mi madre.
La única parte de su cuerpo que él nunca había marcado.
El dolor que la cruzaba cuando creía que nadie podía verla.
Y por fin vi lo pequeño que era.
Pese a toda la crueldad y la maldad que parecían emanar de él, mi padre era pequeño.
El monstruo que siempre había creído que era, el monstruo al que había temido más que a cualquier otro hombre, incluso más que al que me destrozó seis años atrás, no era más que un hombre.
El monstruo que había entre nosotros no era él.
Gian Fallaci era el hombre que era porque todas las puertas se le habían abierto. Porque había nacido varón, en una estirpe de hombres que ya le habían despejado el camino.
Su trono lo había estado esperando desde que nació.
Un niño, anunció el médico.
Nuestro heredero, dijeron sus padres.
Nuestro capo, declaró el resto del mundo.
Nunca tuvo que ganarse su lugar. Nunca tuvo que demostrar que lo merecía. Nunca tuvo que luchar por conservar su propio nombre.
No era más que un hombre que envejecía cómodamente en un trono que otro le había asegurado. Gobernaba un imperio y dictaba la vida de su mujer y de su hija sin haber luchado nunca por merecer ninguno de los dos privilegios.
El monstruo que había entre nosotros, me di cuenta, era yo.
Donde yo veía a un hombrecillo vulgar y asustado, él veía el peligro de aquello que su crueldad, sus humillaciones y su desatención habían ayudado a crear.
Me había mantenido útil y obediente a distancia, con una correa al cuello, mientras yo le llevaba la casa y el negocio. Ahora pretendía cobrarse el único deber que, a su juicio, importaba, y luego deshacerse de mí.
A pesar de todas nuestras diferencias, mi padre había aprendido a leerme casi tan bien como yo me había visto obligada a aprender a leerlo a él solo para sobrevivir. Me escupió las palabras.
—Harás lo que yo diga y te casarás con el hombre que he elegido para ti, Bianca. Te guste o no.
Parpadeé, salí de mis pensamientos y lo miré.
Me levanté de la silla, obligué a la rabia a replegarse detrás de la calma que llevaba años perfeccionando y lo miré directamente a los ojos.
Mi voz sonó baja. Inapelable.
—Antes muerta que rebajarme a ser el felpudo de nadie. Y menos aún el tuyo.
Luego salí de su despacho sin hacer caso de sus gritos furiosos ni de sus amenazas.
Temblaba de odio, pero por el momento había ganado esta batalla. La guerra no había hecho más que empezar.
Volví a la sala de entrenamiento para afinar mis habilidades y recordarme mi poder, quién era y de qué era capaz.
Y para recordarme que ningún hombre volvería a ser mi dueño.