Stevan (Atrapada y rendida nº 2)
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Capítulo 1
◆Bianca◆
Apreté el mango del cuchillo en la mano izquierda, cerré los ojos y respiré hondo. Imaginé el destello de la luz en la curva de la hoja y tracé el recorrido que haría hasta el blanco.
Nos imaginé al cuchillo y a mí como una sola cosa.
Un arma. Un propósito.
Una hoja se abría paso a través de lo que tuviera delante, creaba espacio donde no lo había y causaba el mayor daño posible por el camino.
Mi propio propósito no era tan distinto.
Me habían criado para cortar y herir. Para hacer sangrar. Para labrarme un sitio en un mundo que no me había dejado ninguno. Piel, músculo, cartílago: lo que se interpusiera en mi camino.
El cuchillo había sido afilado y pulido con un único propósito.
Cortar.
Y yo también.
Con los ojos aún cerrados y los brazos sueltos a los costados, escuché los latidos del corazón, que me retumbaban en los oídos. Pum-pum-pum. Constante. Repetitivo. Un ritmo para guiar mis movimientos.
Cuando por fin me moví, fue como una danza.
Mi mano derecha, más familiarizada con la coreografía de matar —porque morir no era una opción—, se movió primero. Dejé que marcara el paso.
Mi mano izquierda era más novata en el baile. Todavía vacilante, la siguió un segundo después.
Las dos hojas alcanzaron el blanco casi al mismo tiempo, con la misma fuerza y la misma precisión.
El impacto me subió por los brazos y me recorrió el resto del cuerpo. Abrí los ojos justo a tiempo para ver cómo la cabeza cortada del muñeco de entrenamiento golpeaba el suelo, rebotaba y rodaba hasta alejarse.
Mantuve la atención en el blanco sin olvidarme de la sala que me rodeaba. Noté que había alguien detrás de mí antes de oírlo.
Con el mismo movimiento fluido con el que había decapitado a mi primer blanco, me giré. Un parpadeo después tenía otros dos cuchillos apretados contra la garganta del siguiente.
Este blanco, sin embargo, era humano.
A Gustavo se le abrieron tanto los ojos que pensé que se le iban a salir del cráneo. El pobre desgraciado no podía ni parpadear. Noté cómo tragaba saliva contra las hojas, que a estas alturas bien podían pasar por extensiones de mis brazos.
Abrió la boca y luego, por lo visto, se lo pensó mejor.
Solo cuando estuve segura de que estaba a punto de mearse encima —y, más importante aún, de que había entendido la lección y no volvería a interrumpir mi entrenamiento en una buena temporada— aparté las hojas de su garganta.
Le di un momento para recuperarse antes de que intentara hablar otra vez. Me dio lástima el pobre, aunque no la suficiente para librarlo del susto. Mientras se recomponía, devolví los cuchillos a la funda del muslo.
Era nueva y todavía me estaba acostumbrando.
A la funda, quiero decir. No a Gustavo.
Aunque Gustavo también era una adquisición reciente. En cierto modo.
En cualquier caso, la funda. Pesaba distinto de las que solía llevar. Como con todo lo que tenía que ver con mis cuchillos, me acostumbraría con la práctica.
Como si quisiera protestar, la mano izquierda se me contrajo en un espasmo doloroso. Lo ignoré y cerré los dedos en un puño.
A mi mano izquierda aún le faltaba la precisión de la derecha. Los espasmos eran normales. Previsibles, incluso. Pero rendirme al dolor —o admitir que importaba— estaba descartado.
Quería las dos manos igual de hábiles. Igual de letales. No porque me sintiera insegura o necesitara más protección.
Pero si podía tumbar con una sola mano, y en menos de un minuto, a un hombre del doble de mi tamaño y al menos el triple de mi peso —y reducir ese tiempo a menos de la mitad según el arma que escogiera—, ¿por qué cojones no iba a entrenar la izquierda para hacer lo mismo?
Sinceramente, me cabreaba haber tardado tanto en que se me ocurriera.
Y que solo me hubiera puesto manos a la obra porque estaba aburrida de cojones.
Gustavo, ya recuperado de su experiencia cercana a la muerte y con una cara que se parecía más a la suya y menos a la de un tomate pasado, carraspeó con fuerza para llamar mi atención.
Satisfecha con la posición de la funda en lo alto del muslo derecho, lo miré y levanté una sola ceja.
Se le fue de nuevo todo el color de la cara. Dio un paso atrás para nada discreto.
—Scusa se ti interrompo, signorina Fallaci —dijo, con la voz todavía atrapada en algún punto entre la niñez y la edad adulta—. Ju sacciu ca la signorina dissi ca nun vulia essiri disturbata.
Su siciliano era tan cerrado y hablaba tan rápido que, a pesar de ser mi lengua materna, necesité un segundo para entenderlo.
—Si tanto lo sientes, ¿por qué me has interrumpido? —pregunté en italiano, en parte para averiguar si, como sospechaba, su acento empeoraba cuando se ponía nervioso.
Empeoraba. Por supuesto que empeoraba. Me entretuve los minutos siguientes viéndolo sudar y tartamudear en dos idiomas mientras yo intentaba seguirle el hilo.
Cuando el chico —y era un chico, prácticamente recién salido de los pañales, apenas capaz de impedir que los ojos se le fueran a mis piernas y a la funda con idéntico horror— pareció a punto de sufrir un ataque de nervios, me compadecí de él.
Un poco.
Estaba tan nervioso, era tan dolorosamente fácil de leer, que dudaba que durara mucho en este negocio.
Como hijo de lugartenientes de una organización criminal tan poderosa y con tanto alcance como la Cosa Nostra, y ahora miembro él también, debería haber aprendido algo de autocontrol.
Pero sus padres también eran unos cobardes, cosa que yo sabía de sobra.
Así que Gustavo, su voz temblorosa y —no lo olvidemos— su espectacular estupidez no eran ninguna sorpresa. Irritantes, sí. Sorprendentes, no.
Había nacido en la violencia. Peor aún: se notaba que una parte de él la ansiaba. Pero ponlo delante de alguien capaz de ganarle —y jamás admitiría que yo peleaba mejor que él, aunque los dos lo supiéramos— y temblaba como un flan. Su cuerpo reconocía lo que su boca se negaba a reconocer.
Lo cual era una pena, la verdad.
Un poco de honestidad podría salvarle la vida algún día.
Ahora mismo, su negativa a admitir lo que su cuerpo ya sabía era más peligrosa que cualquier adversario.
No era un buen luchador. Todavía no, y quizá nunca lo fuera.
Estaba a años luz del arma en la que yo me había pasado años convirtiéndome.
Si fuera capaz de admitirlo, podría entrar en una pelea sabiendo dónde era vulnerable, y tendría alguna posibilidad de compensarlo.
Meterse en una pelea sin conocer tus propias debilidades era prácticamente pedir que te sacaran en una bolsa para cadáveres.
Lo había aprendido por las malas.
Cegado por un poder que no se había ganado, Gustavo casi se había orinado encima después de unos segundos con mis cuchillas contra su cuello mal afeitado. A este ritmo, igual no pasaba de los veinte.
Y no sería ninguna lástima. Sería culpa suya y de nadie más.
Se lo tendría bien merecido, joder.
Porque, a la hora de la verdad, mejor él que yo.
Había aprendido muy pronto que las cosas que todos a mi alrededor llamaban mis desventajas —lo que, según ellos, me condenaba a muerte en un mundo donde monstruos y hombres eran la misma cosa— eran en realidad mis mejores armas.
La desgracia de haber nacido mujer y, por tanto, de tener una vagina —¡oh, qué horror!— significaba, al parecer, que mi partida de nacimiento bien podría haberme declarado inútil para todo lo que no fuera servir, parir y vivir a la sombra de otro.
Mi patético metro sesenta de altura dejaba claro que mi destino natural no era otro que el de felpudo. Algo que usar y tirar. Un blanco fácil. Pequeña y, además, cómodamente ligera.
Mis piernas cortas, mis brazos delgados, mi cara de niña y mis curvas confirmaban el veredicto al que habían llegado antes incluso de que yo naciera.
Es una niña, anunció el médico.
Qué desperdicio, dijeron mis padres.
Salvo por lo que tiene entre las piernas, añadió el resto del mundo.
Y mis padres estuvieron de acuerdo con esa parte.
Ser mujer en un mundo que trataba a las mujeres como seres inferiores significaba no valer nada más allá de lo que tenía entre las piernas.
Serlo en los bajos fondos del crimen, gobernados por animales que a veces respondían a nombres humanos, significaba convertirse en un simple medio para un fin.
Y se suponía que ese fin era mi muerte.
Mi fin estuvo a punto de llegar cuando todavía era una niña indefensa, demasiado pequeña para reconocer las armas que ya tenía a mi disposición. Justo aquello que después usaría para protegerme había estado a punto de destruirme.
A punto.
Hace seis años, me destrozaron el alma y me violaron el cuerpo.
Hace seis años, uno de los monstruos entre los que vivía convirtió mi vida en un infierno y me transformó en su juguetito personal.
Hace seis años aprendí en mis propias carnes lo que todos a mi alrededor habían creído siempre y yo había fingido no ver: que era, y siempre había sido, nada más que una mujer. Inferior. Una herramienta con un único propósito.
Hace seis años quise morir.
Hace seis años estuve a punto de hacerlo.
Entonces abrí los ojos y me di cuenta de que la armadura que siempre había deseado ya era mía. Las cualidades que habían atraído su atención y que casi me habían destruido también podían servirme de protección. Solo tenía que aprender a usarlas.
Así que ahora ya no solo deseaba la muerte a cualquiera que me mirara mal.
Se la daba.
Lo que ellos llamaban debilidad nunca lo había sido. Dejar que lo creyeran podía mantenerme con vida.
Frente a una montaña de hombre que me sacaba dos cabezas y pesaba varias veces lo que yo, ser pequeña significaba ser más rápida. Para cuando consiguiera darse la vuelta, yo ya le habría cortado la yugular.
Dos veces, si el primer corte no era lo bastante preciso.
Mis piernas eran cortas, sí. También eran puro músculo, entrenadas hasta la extenuación, capaces de impulsarme hacia delante sin la menor vacilación. Y mis brazos delgados no necesitaban mucho volumen para hacer lo que yo necesitaba que hicieran.
Mi cara delicada, de niña, hacía que los hombres se sintieran seguros en su propia masculinidad. Mis curvas generosas los distraían el tiempo justo para que la contradicción los matara.
Seis años después del ataque que casi me destruyó, me había convertido en su perdición. Con tacones y un vestido minúsculo, el pelo suelto y las curvas a la vista. Con la ropa más anodina imaginable. O cubierta de Kevlar de pies a cabeza, con un rifle de asalto al hombro.
La ropa no cambiaba absolutamente nada.
Hubo un tiempo en que me encogía de terror, con miedo al dolor que vendría después, y escondía bajo demasiadas capas de ropa los moratones que reflejaban la oscuridad que llevaba dentro.
Ahora recibía con los brazos abiertos cada etiqueta que usaban para menospreciarme.
Veían a una mujer y daban por hecho que era débil.
Y a mí me daba un placer enorme demostrarles lo contrario.
Gustavo podía ser arrogante y ciego a su propia cobardía, pero incluso él sabía cuándo tenía la batalla perdida. Por eso evitaba mirarme a los ojos. Por eso bajaba la cabeza cuando yo hablaba. Por eso las primeras palabras que salían de su boca eran una disculpa.
Admitir algo y aceptarlo eran dos cosas distintas.
Él no lo admitiría. Pero lo sabía.
Por ahora —o al menos por hoy—, a mí me bastaba con eso.
—Su padre la espera en el despacho —dijo Gustavo en inglés, con los ojos clavados en mis pies.
Por lo visto, ya había tenido suficiente de tartamudear en italiano y en siciliano. Una pena, en mi opinión. Estaba disfrutando de su pequeña crisis nerviosa.
Al contrario de lo que Gustavo esperaba —y, en serio, alguien tenía que enseñarle a ese crío a controlar las expresiones de la cara; cada pensamiento y cada sentimiento se le dibujaban en el rostro en el mismo puto segundo—, no salí corriendo como un cachorrito bien adiestrado al que llama su dueño.
Ni siquiera me di prisa.
En lugar de eso, revisé el móvil. Varias notificaciones, nada urgente.
Inspeccioné mis cuchillos nuevos —¡tan bonitos y brillantes!
— y ajusté la funda, igual de nueva, que se me clavaba en el muslo, la muy cabrona.
Por último, recogí las armas que había dejado desparramadas por el suelo de la sala de entrenamiento.
Al final, me miré en uno de los espejos que cubrían los trozos de pared que no estaban ocupados por estanterías y más estanterías de equipo y armas.
Me alisé la ropa, ignorando por el momento que la camiseta negra y las mallas estaban empapadas de sudor y se me pegaban a la piel.
Me recogí también el pelo, de un rojo tan intenso que parecía atrapar la luz de la sala, otra vez en la coleta.
Satisfecha, me dirigí a la puerta, dejé a Gustavo con la boca abierta y me tomé todo el tiempo del mundo para llegar al despacho de mi padre.
La puerta del despacho estaba abierta. Vi a mi padre paseándose de un lado a otro antes incluso de entrar.
Me vio en el umbral, con la cara roja. Demasiado impaciente para hablar, al parecer, señaló la silla frente a su escritorio. Cerró los puños mientras yo cruzaba la habitación. Despacio, por supuesto.
Resistí el impulso de poner los ojos en blanco ante aquel numerito innecesario. Lo había hecho esperar unos minutos, por el amor de Dios. ¿Y por qué iba a darme prisa? Tampoco era que la silla fuera a salir corriendo.
Esperé a que se sentara antes de ocupar mi sitio.
No por respeto.
Sino porque, antes que su hija, era uno de sus soldados. Y me comportaba como tal.
Mientras él luchaba por disimular su irritación —en serio, tanto él como Gustavo necesitaban clases urgentes para aprender a mantener una puta cara de póker—, yo lo estudiaba.
Mi padre medía apenas un metro sesenta, un detalle que nunca dejaba de hacerme gracia y que a él le fastidiaba incluso más que mi propia estatura.
¿Qué jefe mafioso quiere ser más bajo que casi todos sus hombres, la mayoría de los cuales pasan de sobra del metro ochenta?
Tenía la cara tan angulosa que solo un ciego habría podido encontrarlo atractivo.
Se la dominaba la nariz, larga y ancha; los ojos eran de un castaño tan oscuro que parecían negros, y el pelo corto, que en su día había sido tan intensamente pelirrojo como el mío, se le había vuelto gris.
Gian Fallaci, capo de la Cosa Nostra y mi querido padre, no era más que un hombre corriente, al menos para mí.
Y feo, encima.
Su traje de tres piezas hecho a medida se esforzaba al máximo por ocultar los kilos que le habían salido en la cintura. Por fin se sentó, plantó las manos en el escritorio y me clavó la mirada.
Siempre me había divertido que no supiera controlar sus gestos ni la mitad de bien que yo.
Que mi serenidad lo sacara de quicio era la guinda.
Y entonces, como si hubiera estado esperando el momento perfecto para arruinarme el día, estalló por fin.
—Tienes que casarte.
Por primera vez en seis años, sentí cómo mi autocontrol empezaba a resquebrajarse por la impresión. Mi expresión me traicionó.
Casi sonrió.
Luego continuó.
—Y ya te he encontrado el novio perfecto.