Veinte por ciento #2
El sabor metálico de la sangre aún me persistía en la boca. Era mediodía del día siguiente, pero me sentía como si no hubiera dormido en semanas. El mundo entero olía a pólvora, gasolina quemada y a la muerte, que parecía ir sentada en el asiento trasero del coche.
Jacques estaba completamente obsesionado.
Incluso después de todo lo que había pasado durante la madrugada. Habíamos sobrevivido a una persecución infernal que dejó cuerpos esparcidos por la carretera, y a la jodida motorista suicida que lanzó una Ducati Panigale V4 S contra nuestro parabrisas como si fuera una granada.
Ilustración
¿Quién coño destruye una Ducati Panigale V4 S así?
Pero ella seguía insistiendo en la misma mierda. Por desgracia, logró alcanzarme con un disparo.
—Esto se nos ha ido de las manos —dije por tercera vez, aferrándome al volante—. Desaparece unas semanas. Vete a cualquier isla tropical, píllatela bien y quédate tranquilo hasta que las cosas se calmen.
Jacques soltó una risa seca, sin pizca de humor. Tenía la comisura de la boca cortada y sangre seca en la barba. Sus ojos claros permanecían fijos en la carretera, fríos y calculadores.
—Van a venir a por mí, Hugo.
—Pues deja que se cansen.
—No funciona así.
Lo sé. Para gente como nosotros, nunca ha funcionado así.
El silencio dentro del coche se volvió sofocante. Detrás de nosotros, dos todoterrenos negros nos seguían de cerca con lo que quedaba de nuestros hombres. Muchos menos de los que éramos unas horas antes.
Cerré los ojos un segundo y la imagen volvió como un puñetazo: la moto roja que apareció de la nada, la mujer del casco negro que aceleró como una loca directamente hacia nosotros.
Por puro reflejo, logré desviarme en el último instante.
Aun así, el impacto fue brutal. Ethan murió a mi lado con media cara destrozada antes de que su cuerpo llegara siquiera a procesar que estaba muerto.
Apreté el volante con más fuerza.
Esa motorista no era del Primero. Por cómo actuó, su precisión y frialdad, era del SISU sin duda. Y aún no entendía por qué cojones nos llevaban cazando desde la madrugada.
El dolor en la cadera me palpitaba sin parar. Miré el vendaje improvisado. La tela ya estaba empapada de sangre. En su momento, el disparo no había parecido grave, pero la hemorragia no cesaba. Cada latido me recorría el cuerpo con un escalofrío.
—Te estás poniendo pálido —murmuró Jacques.
—Vete a la mierda.
Revisó el cargador de otra pistola con movimientos mecánicos.
—Que no te desmayes antes de sacarme de aquí.
Esbocé una sonrisa amarga.
El móvil desechable vibró. Era uno de los coches de atrás.
—Movimiento a las seis. Dos vehículos acercándose rápido —advirtió la voz por la radio.
Se me encogió el estómago. En el retrovisor, vi dos sedanes negros abriéndose paso entre el tráfico como depredadores.
—¡Acelera, Hugo! —gritó Jacques.
Pisé el acelerador a fondo. El motor rugió. Los edificios pasaron a ser manchas borrosas a los lados. Bocinas, gritos, neumáticos chirriando sobre el asfalto. Detrás de nosotros, los todoterrenos abrieron formación para darnos cobertura.
Comenzó el tiroteo.
El primer disparo destrozó la luneta trasera. El segundo arrancó el retrovisor del copiloto. El tercero perforó la carrocería junto a mi puerta.
Jacques bajó la ventanilla y devolvió el fuego. Los disparos se volvieron ensordecedores dentro del coche. Con un volantazo, giré hacia una calle lateral más estrecha. Casi habíamos llegado al punto de extracción cuando todo se torció.
Menos de cinco metros.
Eso era todo lo que faltaba.
Un coche apareció desde el cruce y nos embistió por el lado de Jacques. El impacto fue devastador. Oí metal aplastando metal. Salí despedido contra la puerta y el coche se caló durante un segundo agónico.
Entonces el infierno se abrió allí mismo para reclamarnos.
Disparos desde todos lados. Cristales estallando y Jacques gritando algo que no logré entender. Sentí una bala desgarrarme las costillas, luego otra en el hombro y otra en el abdomen. El dolor fue tan intenso que se me vació el aire de los pulmones.
Arrancaron violentamente la puerta de su lado y varios hombres lo sacaron a rastras con una pistola en la sien. Fuera, vi coches que se detenían pero no se acercaban. Miré al cielo y le rogué que no las abandonara, como yo había hecho la noche anterior.
Fue entonces cuando la vi.
Faína.
Estaba de pie en medio del caos. El pelo ondeándole al viento, los ojos llameantes, la pistola en la mano, disparando con precisión letal contra los hombres que me rodeaban, abatiéndolos a todos.
Estaba hermosa, una mujer letal en todos los sentidos, y era solo mía.
Estiré una mano temblorosa para alcanzar el arma que había caído al suelo.
—No... —murmuré con voz ronca.
Abrieron de golpe la puerta de mi lado. Solo tuve tiempo de girar la cara antes de que algo pesado me golpeara la cabeza con brutalidad.
El impacto me estalló dentro del cráneo.
Y todo se hundió en la oscuridad.
Abrí los ojos con dificultad. El mundo era un borrón de luces blancas que pasaban veloces sobre mi cabeza. Fluorescentes en un techo de hospital. Me llevaban a toda prisa por un pasillo.
Todo dolía. Cada respiración era una puñalada entre las costillas. Aún tenía el sabor metálico de la sangre en la boca.
—¡Déjenme pasar! ¡Es mi marido! —la voz de Elena surgió de la nada. Estaba desesperada, la voz ahogada por las lágrimas.
Intenté girar la cara. Sentí la piel pegajosa de sudor y, creo, de sangre. Estiré una mano con la poca fuerza que me quedaba y los dedos tocaron un cabello rubio y suave.
Elena.
Me sostuvo la mano con las dos suyas, apretando como si pudiera mantenerme vivo solo con eso.
Quería decirles que me alegraba de verlas. Que las quería más que a nada. Que el cruasán que había comprado era porque me había enterado de lo del bebé. Pero no me salía la voz. El cuerpo no me obedecía.
—Estoy embarazada... —sollozó Elena, inclinándose sobre mí mientras me llevaban—. Vamos a tener un hijo, amor. Se suponía que era una sorpresa...
Sentí lágrimas calientes corriéndome por la cara. No pude responder. Solo le apreté los dedos con todas mis fuerzas.
Del otro lado, la voz de Faína cortó el aire como una cuchilla:
—Tienen que apartarse... —Elena me soltó la mano de inmediato.
—Si vuelven a empujar a mi mujer, por Dios que les corto las manos antes de que crucen esas puertas.
La amenaza salió con tanta autoridad que todos los presentes vacilaron. Sonreí por dentro, orgulloso de mi chica.
Se acercó rápidamente desde el otro lado de la camilla y me tocó la cara, apoyando la frente contra la mía un segundo. Cuando abrí los ojos, vi que los suyos estaban enrojecidos, llenos de furia y desesperación.
—Te quiero —dijo con la voz quebrada—. Sal vivo de esta puta cirugía, Hugo, porque quiero matarte yo misma después.
Quería responder. Quería decirles que yo también las quería, que estaba orgulloso de que un hijo mío creciera dentro de Elena. Que ellas eran lo único bueno que había hecho en mi vida.
Pero la mano se me volvió pesada y sentí los dedos escurrirse de las manos de Elena.
Todo se oscureció de nuevo.
Flotaba entre la consciencia y la oscuridad. Voces distantes me llegaban como ecos bajo el agua.
—Pérdida masiva de sangre. Dos balas aún alojadas. Una ha perforado el pulmón izquierdo...
—¡La presión está cayendo! ¡Lo estamos perdiendo!
—Las probabilidades son muy bajas... menos del veinte por ciento de sobrevivir a la cirugía. Las dos mujeres de fuera están destrozadas. La rubia no para de llorar y la otra... parece que va a matar a alguien si él no sale de esta.
—Preparad para intubar. ¡Ya!
Sentí una paz extraña que me envolvía. La sensación de que estaba bien partir. Había vivido más de lo que merecía. Había recibido un amor que nunca imaginé posible. Dos mujeres increíbles y un hijo en camino.
«Perdóname…», pensé, ya sin fuerzas para hablar.
Elena, mi amor… vas a ser una madre increíble. Cuida de nuestro bebé.
Faína… mi loba rusa. Protegeos. Vivid por mí.
Os amo. Más que a mí mismo.
Gracias por haberme amado.
La oscuridad se hizo más profunda y cálida. Y, por primera vez, no tuve miedo de lo que estaba por venir.
Me iba con sus nombres en los labios y el corazón lleno del amor que me habían dado.