Stepanov (Lazos de sangre y pasión nº 7) Veinte por ciento
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Veinte por ciento

Hugo Furquim

Hacía más de un mes que Faína estaba en casa con nosotros y, aunque mi cabeza era un torbellino constante, hacía todo lo posible por dejar los problemas que Jacques me había causado fuera de la puerta del apartamento. Dentro, quería que solo estuviéramos los tres.

Ella no me preguntaba directamente por él. Pero dejaba claro, entre líneas, que seguía investigando. A veces, en mitad de la noche, cuando los tres estábamos en la cama, me tomaba la cara entre las manos y susurraba:

—Prométeme que tendrás cuidado, amor. Ya no es solo la Primera tras él. La SISU también se ha unido a la caza. Y esos no se andan con tonterías.

Solo podía asentir y besarla, intentando tragar el sabor amargo de la culpa que me subía por la garganta.

Desde que Amélie fue rescatada justo en sus narices, Jacques había desaparecido.

No llamaba, no enviaba mensajes, nada. Pero yo sabía que seguía en París.

Lo sentía en las tripas. Debía de creer que le tenían pinchado el teléfono, especialmente después de enterarse de que Faína estaba conmigo.

Estoy seguro de que si sospechara, aunque fuera por un segundo, que yo había tenido algo que ver, ya estaría muerto.

En este último mes, mis mujeres se habían comportado de forma extraña.

Elena andaba más cautelosa, casi como si fuera demasiado frágil.

Comía poco, dormía más de lo habitual y me miraba como si quisiera proteger algo.

Faína, por su parte, le cumplía todos los caprichos y se esforzaba por cocinar sus platos favoritos.

Me sorprendían con sexo ardiente a media tarde y cedían en discusiones tontas que normalmente les habría ganado a las dos. Cuando preguntaba qué pasaba, ambas sonreían y decían lo mismo:

—Todo está bien, amor. Cuando las cosas mejoren, queremos viajar un poco. Solo nosotros tres. Para descansar y alejarnos de toda esta tensión que llevas encima.

Fingía creerlas. Pero sabía que había algo más.

Hoy las dejé en casa. Iban a salir a comprar algo después del almuerzo.

Sonreí pensando en ellas mientras estaba en la oficina que teníamos en el centro comercial, intentando controlar el caos que la ausencia y la presencia fantasmal de Jacques causaban en el negocio.

Cuentas congeladas, socios nerviosos, rumores peligrosos campando a sus anchas.

Me pasé los dedos por el pelo, exhausto, cuando la puerta se abrió de golpe.

Jacques entró y cerró la puerta tras de sí con un chasquido seco.

Estaba irreconocible: sudadera gris oscuro con la capucha echada, gafas de sol y una gorra calada hasta las cejas. Parecía un tipo cualquiera intentando desesperadamente pasar desapercibido.

Me levanté despacio de la silla, notando cómo se me tensaba cada músculo del cuerpo.

—Jacques... joder, ¿te has vuelto loco presentándote así?

Se quitó las gafas de sol y me clavó la mirada. Tenía los ojos rojos, llenos de una furia fría que conocía muy bien.

—Vamos a matar a esos dos mañana —anunció, sin rodeos ni preámbulos.

Me quedé en silencio unos segundos, procesando las palabras.

—¿A qué dos? —pregunté, aunque ya tenía una terrible sospecha.

—A Tommáz Walker y a esa zorra de Amélie —escupió con voz baja y venenosa—. O lo que queda de ella. Vamos a aprovechar que han vuelto a París. He conseguido colar a alguien en su seguridad y mañana, cuando salgan hacia la fiesta de Maison Miller, atacaremos y me vengaré de los dos.

Se me revolvió el estómago. Apoyé las manos en la mesa para disimular el ligero temblor que me recorría el cuerpo.

—Jacques... desapareciste más de un mes. La SISU te está cazando, la Primera también. ¿Y ahora quieres montar un tiroteo en las calles de París y cargártelos a los dos? ¿Entiendes que esto es un suicidio?

Dio un paso adelante y golpeó la mesa con el dedo índice.

—Me humillaron, Hugo. Me quitaron lo que era mío. Ese crío en su vientre debería haber sido mío. Y tú... —Me clavó los ojos—. Vas a ayudarme como siempre. ¿O tienes algún problema con eso?

El aire se volvió pesado. Por un segundo, pensé en Elena y Faína. En las náuseas que Elena llevaba teniendo últimamente. En la mirada preocupada de Faína cada vez que salía de casa. Pensé en el futuro que querían, un futuro lejos de esta locura.

—No, claro que no, Jacques... —respondí, manteniendo la voz firme—. Ningún problema. Solo creo que necesitamos planificarlo mejor. No podemos ir a lo loco como quieres.

Jacques me observó durante largos segundos, como si intentara leerme el alma. Luego esbozó una sonrisa torcida, esa sonrisa peligrosa que había aprendido a odiar.

—Bien. Porque si caigo, Hugo... tú caes conmigo. Recuérdalo.

Se volvió a poner las gafas de sol y se caló más la capucha.

—Te enviaré los detalles esta noche. Estate preparado.

En cuanto se fue, caminé hasta la puerta y me apoyé en ella, pasándome la mano por la cara.

Joder... ¿qué voy a hacer ahora?

Elena y Faína estaban en casa, esperándome. Y tenía menos de 24 horas para decidir si iba a traicionar a Jacques de una vez por todas... o ayudar a matar a Tommáz y Amélie.

Respiré hondo, intentando calmar los latidos desbocados.

Necesitaba ir a casa, mirar a mis mujeres y decidir, de una vez por todas, hasta dónde estaba dispuesto a llegar para protegerlas.

Salí de la oficina al caer la noche, con la cabeza palpitándome.

La conversación con Jacques aún me resonaba en los oídos como una sentencia. Me subí al coche y, en lugar de ir directo a casa, hice un desvío. Paré en el pequeño bistró que Elena y Faína adoran, el que vende esos croissants de mantequilla perfectos, recién hechos.

La dependienta, una mujer de unos cincuenta años que ya me conocía de vista, sonrió al verme.

—¡Buenas noches, señor Furquim! ¿Lo de siempre? ¿Dos de almendra y dos de chocolate?

—Así es —respondí, forzando una sonrisa.

Mientras los empaquetaba, miró el reloj de la pared y luego me lanzó una mirada cómplice.

—Vaya, a estas horas todavía comprando croissants frescos… Son antojos de embarazada, ¿verdad? Tiene que serlo. Cuando mi hija esperaba a su primero, mi yerno aparecía aquí de la nada buscando dulces.

Me reí por cortesía, pero sus palabras fueron como si se me encendiera una bombilla. Me quedé inmóvil, con la bolsa de croissants suspendida en el aire.

Embarazada.

Hice cálculos mentales mientras ella hablaba.

Elena había tenido náuseas, estaba más sensible, dormía más…

y hacía tiempo que no la veía tomar las pastillas anticonceptivas.

Faína, no. A Faína le aterrorizaba quedarse embarazada y la había visto varias veces tomándose las píldoras a la hora exacta, casi religiosamente.

Pero Elena… Elena siempre había soñado con ser madre.

—Todo listo, cariño. Llévaselos mientras aún estén calientes —dijo la mujer, guiñándome un ojo.

Pagué, le di las gracias y salí del bistró con el paquete caliente entre las manos y el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. Una sonrisa idiota se me quedó pegada a la cara durante todo el camino a casa.

Íbamos a ser padres. Elena estaba embarazada e íbamos a tener un hijo.

Llegué a casa casi corriendo, ansioso por sorprenderlas, abrazarlas y por fin escuchar de sus labios la noticia que me habían estado ocultando. Abrí la puerta aún sonriendo cuando el móvil me sonó en el bolsillo.

Era Jacques.

Respondí, notando cómo el peso volvía a caerme sobre los hombros.

—Ahora, Hugo. Reúnete conmigo en Pierre Charron. Vamos a organizarnos para mañana.

Miré hacia el interior del apartamento y vi a Faína acercándose con gesto preocupado.

—¡Allí estaré! —Y colgué.

Guardé el móvil en el bolsillo, tomé el rostro de Faína entre las manos y la besé con toda el alma. Fue un beso profundo y desesperado, como si quisiera grabar su sabor en mí para siempre.

—Te quiero —murmuré contra sus labios—. Te quiero con todo mi corazón.

Elena apareció desde la cocina con las manos llenas de harina, probablemente preparando alguna masa para la cena. Le brillaron los ojos al verme. La atraje también al abrazo, estrechando a las dos contra mi pecho con fuerza, aspirando su aroma.

—Os quiero más que a mí mismo —dije con la voz ronca. Le entregué la bolsa de croissants a Elena—. Os he traído vuestros favoritos.

No esperé respuesta ni preguntas de ninguna de las dos. Me di la vuelta y me marché, cerrando la puerta tras de mí antes de que pudieran ver el dolor en mi rostro.

Me subí al coche con el pecho oprimido. Conduje hasta el lugar que Jacques me había indicado, con un sabor amargo en la boca.

—Por mucho que quisiera traicionarlo… no puedo.

Había estado a mi lado desde que éramos críos. Me sacó de las calles, me dio un propósito, me convirtió en el hombre que soy hoy. Incluso con toda la locura, toda la violencia y toda la mierda que ha hecho… Jacques es mi hermano. Mi único hermano de verdad.

Aparqué el coche en un callejón oscuro. Y lo vi salir de las sombras, aún con la sudadera y la capucha puestas.

—¿Listo? —preguntó, dándome una palmada en el hombro.

Asentí, tragando con dificultad.

Mientras conducíamos, miré por la ventanilla las luces de París desfilando ante nosotros.

Pensé en Elena y en la posibilidad de que nuestro hijo estuviera creciendo dentro de ella.

Pensé en Faína, fuerte, leal, feroz, dispuesta a hacer cualquier cosa por nosotros.

Mi mente se llenó de recuerdos de la vida que estaba construyendo con ellas: lo único verdaderamente bueno que he tenido en mi vida.

Estoy agradecido. Inmensamente agradecido por todo lo que he tenido hasta ahora.

Por cada noche a su lado, por cada risa, por cada caricia.

Aunque este camino me lleve al infierno, voy con la certeza de que dejo una parte de mí atrás: un heredero, una familia, un amor que nunca merecí pero que recibí igualmente.

Seguiría al lado de Jacques. Sabiendo que, quizás, esta sería la última vez que volvería a casa.

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Veinte por ciento

Hugo Furquim