STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella Segundo epílogo Dos semanas después Hedda
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Segundo epílogo Dos semanas después Hedda

—¿Me puedo quitar ya la venda?

—Aún no, pesada.

—Odio que me vendes los ojos.

—No decías lo mismo anoche —me recuerda con tonillo burlón.

La piel se me calienta al recordar lo que hicimos unas horas antes.

—Eres lo peor.

La risa grave de Rowan me hace cosquillas en la nuca. Me tiene agarrada por la cintura con una mano y, con la otra, me guía por un terreno irregular que reconozco demasiado bien bajo las botas. Además, el olor a tierra mojada, coníferas y madera húmeda es inconfundible.

Me pregunto por qué me habrá traído a la cabaña. Ha intentado despistarme al dar varias vueltas, pero me conozco las carreteras de Bjørndal como la palma de mi mano. Unos pasos después, tira de mi mano para que me detenga.

—Ya estamos —me dice.

Me quedo quieta. Él se coloca detrás de mí y me quita la venda.

Parpadeo varias veces para acostumbrarme a la luz gris de la mañana.

El cielo está encapotado, cargado de nubes bajas que ocultan las montañas.

La cabaña en la que nos quedamos aislados está delante de nosotros, con el mismo tejado cubierto de torvtak .

Es como si no hubiera pasado el tiempo, salvo por el cartel de la entrada, justo encima del dintel de la puerta.

Hjulhjem fra Hedda Storm

Debajo, en letras más pequeñas, está la traducción en inglés: «Hogar sobre ruedas, por Hedda Storm».

Es el nombre que se me ocurrió hace un mes mientras estaba tirada en el suelo del garaje de nuestra casa, con las manos llenas de grasa.

Hjulhjem . Hogar sobre ruedas en noruego. Le dije a Rowan que así llamaría a mi taller de furgonetas camperizadas.

Hasta ahora he estado trabajando en el garaje de nuestra casa, con las herramientas apiladas de cualquier manera y tropezándome cada dos por tres con Roxie. Después de gastarme todos mis ahorros en dos furgonetas, estaba reinvirtiendo los beneficios para alquilar un taller en condiciones.

Pero Rowan ha acelerado el proceso.

—Todo ha quedado según los planos de tu cuaderno. —Me abre la puerta de la cabaña.

Me quedo sin palabras al entrar.

Rowan ha convertido el interior de la vieja cabaña en una estancia limpia, luminosa y funcional.

Ha derribado la habitación para crear un espacio diáfano con el baño al fondo.

En el centro hay una mesa enorme de madera con mis diseños: las medidas de la primera cámper que hice para Rowan, los bocetos de la furgoneta de Michael y Katie, y las ideas en las que he estado trabajando estos últimos meses.

En la pared de enfrente hay muestras de materiales: maderas claras, telas impermeables, tiradores, suelos vinílicos, miniazulejos y colores de pintura. Está todo ordenado y etiquetado, tal como le conté que me gustaría tenerlo el día que lograra abrir mi propio taller.

En la otra pared hay una estantería llena de cajas transparentes con bisagras, tornillos, cables y todas las herramientas que suelo utilizar.

Al otro lado, el rincón que diseñé para los clientes: dos sillones, la mesa con la cafetera, una lámpara de pie y varias fotos enmarcadas de mis primeras camperizaciones.

Incluso hay una maqueta de la furgoneta de Rowan, aparcada a la orilla del fiordo.

Me echo a reír al coger la figurita de una mini-Roxie. Es perfecta.

Sobre la pared hay una placa: «Todo hogar empieza con unas manos que no se rinden». Es la frase favorita de mi padre.

Cada vez que una tubería se me resistía o una puerta no encajaba, me la repetía a mí misma. Rowan me ha escuchado pronunciarla demasiadas veces para luchar contra la frustración.

—Matti y Anita me han ayudado. Y Lars —añade de mala gana—. Aunque no le des mucho crédito a ese ceporro o se pondrá insoportable.

Ahora entiendo en qué ha estado ocupado las últimas semanas.

Siempre que le preguntaba, me ponía alguna excusa ridícula.

Una tarde incluso fui al restaurante pensando que lo encontraría allí, y me puse de los nervios al no dar con él.

En fin, ya sé que no me estaba engañando.

Solo estaba siendo el novio absolutamente atento y devoto al que me tiene acostumbrada.

—Aún no has visto el exterior.

Rowan no sabe amar de forma pequeña. Eso está claro.

Donde antes había un terreno irregular, cubierto de malas hierbas y barro, ahora hay un parking de grava compactada con capacidad para ocho vehículos.

También hay una zona delimitada para los clientes que vengan a dejar o recoger su cámper y un espacio más apartado, junto a las coníferas, para los vehículos terminados.

A la derecha de la cabaña hay una estructura de madera sostenida por un tejado de vigas.

Está abierta por los lados, con espacio suficiente para maniobrar con una furgoneta.

De los laterales cuelgan cortinas industriales transparentes, enrolladas ahora, listas para cerrarse cuando llegue el mal tiempo. Debajo cabe una furgoneta.

En el interior del taller hay un banco de trabajo, paneles perforados con herramientas colgadas, un compresor, una sierra, taladros y tomas de corriente por todas partes.

Además, por supuesto, de calefactores industriales para el invierno.

También ha instalado un sistema de poleas colgado de una de las vigas del techo para levantar muebles sin esfuerzo.

Me pongo a dar saltitos de emoción mientras lo voy inspeccionando todo. Es absolutamente perfecto. El taller de mis sueños.

—Los albañiles que contraté han trabajado según los planos de tu cuaderno, aunque si hay algo que no te guste, pueden modificarlo sin problema —dice detrás de mí. Señala la esquina junto al banco de trabajo. Hay una cama con el nombre de Roxie bordado—. El rincón de tu ayudante.

—Oh. —Me llevo una mano al corazón—. Esto es todo lo que te dije que me gustaría tener.

—¿Te gusta?

—¡Y tanto! —Doy una vuelta sobre mí misma. No puedo creer que lo haya hecho realidad, aunque tampoco sé de qué me sorprendo—. Rowan…

—No vayas a decir que es demasiado.

Camino hasta él, le pongo las manos en el pecho y lo beso. De inmediato, me rodea por la cintura y se apodera de mi boca con absoluta codicia. Me alejo un poco para mirarlo a los ojos y le acaricio con los dedos la cicatriz que le cruza el ojo izquierdo.

—Es perfecto —admito, emocionada.

—¡Sorpresa! —gritan varias voces detrás de nosotros.

—¡Felicidades!

—¡Idos a un hotel!

—Tío, todavía no estáis casados. Aparta las manos de mi hermana —gruñe Lars—. Es demasiado joven para darme un sobrino.

Lars, Matti, Anita, Johan y varios vecinos del pueblo sostienen una pancarta de cumpleaños.

Al lado de mi hermano está Magnus. Al verlo, Rowan lo fulmina con la mirada y me pasa un brazo posesivo alrededor de los hombros.

A Rowan no le ha quedado más remedio que tolerar su presencia, pues Lars pasa bastante tiempo en nuestra casa y, a veces, invita a su mejor amigo.

La verdad es que Rowan ha aceptado muchas cosas por amor: vivir en el pueblo, reformar nuestra casa o soportar a mi hermano sentado entre nosotros en el sofá solo para molestarlo. Pero estoy segura de que tolerar a Magnus Ashcroft sigue siendo la prueba más dura de todas para él.

—¡Feliz cumpleaños! —gritan mis amigas.

Matti y Anita me espachurran en un abrazo. Roxie corre a tumbarse en su cama como si creyera que se la van a quitar.

—Te dije que no te estaba poniendo los cuernos, tonta. —Matti me da un codazo.

—Así que vosotras también estabais en el ajo.

—¿Creías que te engañaba con otra? —replica Rowan con tono ofendido.

— Nop —digo con la boca pequeña—. Simplemente me preguntaba por qué salías de la habitación para hablar por teléfono o a dónde ibas todas las tardes sin dejar que te acompañara.

—Alguien tenía que aconsejarle sobre el color de las paredes —apunta Mattti—. Este hombre quería pintarlo todo de gris oscuro. ¡Qué horror!

Mis amigos me rodean para felicitarme. Roxie se pavonea delante de todos para recibir mimos. Magnus felicita a Rowan por el buen trabajo. Creo escuchar a mi novio gruñirle algo parecido a un «gracias», pero tampoco tengo demasiada fe.

Mis padres aún no conocen en persona a Rowan, aunque ya han hablado con él por videollamada y vendrán de visita el próximo mes.

Ya lo adoran. Rowan se ha empeñado en aprender noruego, aunque le he dicho que no hace falta, pues aquí casi todo el mundo habla inglés.

Pero está tan dispuesto a adaptarse al pueblo que me he convertido en su profesora particular.

Y he de decir que es un alumno muy aplicado.

Sobre todo, lo motivan mis recompensas después de cada examen aprobado.

Soy absolutamente feliz.

Rowan y Lars siguen discutiendo cada dos por tres. Nada grave. Rowan lo llama parásito militar y Lars lo llama boxeador jubilado. Rowan lo pincha diciéndole que le ha robado a su hermana y Lars lo provoca diciéndole que Roxie lo prefiere a él.

Hablando de Lars, lo veo acercarse a Matti justo cuando ella va a encenderse un cigarro junto a la zona de los refrescos.

Mi amiga sostiene el mechero entre los dedos, concentrada en proteger la llama del viento, cuando Lars aparece por detrás y le arranca el cigarro de la boca antes de que pueda prenderlo.

Luego lo tira al suelo y lo aplasta con la bota.

Rowan aparece a mi lado, observa la escena, chasquea la lengua y me da un sándwich de pan casero de centeno con salmón ahumado, pepino, mantequilla de hierbas y una salsa de mostaza dulce. Es la especialidad de Ylva, la abuela de Matti.

Matti se vuelve furiosa hacia Lars.

—¿Por qué has hecho eso? —le recrimina.

Mi hermano le dedica una sonrisita maliciosa.

—Para molestarte.

—Lo de esos dos es digno de estudio —comenta Rowan.

Matti manda a mi hermano a la mierda y saca otro cigarro del paquete. Entonces Lars se lo quita de la mano y lo lanza al cubo de agua con hielo donde flotan las latas de refresco.

—Hueles peor que un cenicero —le dice Lars, olfateándola con asco y arrugando la nariz—. De nada.

—¡Pero tú de qué coño vas! —le grita Matti.

Lars ya se está alejando tan campante. Cuando pasa por nuestro lado, Rowan le pregunta:

—¿Por qué la molestas?