Primer epílogo Cuatro meses después Hedda #2
Me quedo mirándolo con una creciente irritación.
Durante años, este hombre confundió mi silencio con obediencia y me tuvo comiendo de la palma de su mano porque sabía que lo necesitaba para labrarme un futuro.
Me encontró con dieciocho años, dispuesto a vender mis puños para alimentar a mi hermana y sacarnos de aquella miseria, y me usó a conciencia.
—Ya no soy el chico de dieciocho años pobre y desesperado del que pudiste aprovecharte.
La sonrisa de Richard se esfuma por completo.
Señalo la puerta que hay detrás de él. Ahí está la vida que quiero. No tiene nada que ver con un documental ni con una serie ni con vender bebidas azucaradas.
—Todo lo que quiero está al otro lado de esa puerta. —La señalo con la cabeza—. Y te estás interponiendo.
Mi antiguo promotor empieza a ponerse rojo. Se le hincha la vena del cuello y sus ojos se entrecierran con rabia.
—Me gusta tu nuevo look , Richie —suelto, dándole una palmadita fuerte en la espalda.
La amenaza velada hace que trague saliva y se lleve una mano temblorosa a la nariz torcida. No tarda ni tres segundos en apartarse de la puerta y alejarse a toda prisa por el pasillo.
—¡Hablaremos cuando se te pase la euforia! —se despide con nerviosismo—. Tienes mi número, hijo.
Por fin. Pensé que iba a tener que romperle la nariz otra vez para que captase el mensaje.
Abro la puerta del camerino y una bola de pelo negro me salta encima. Me agacho con esfuerzo para abrazar a Roxie, que mueve la cola y me llena la cara de babas.
—Hola, sinvergüenza.
Roxie intenta meterme la lengua en la nariz.
—Eh, que me duele hasta existir —me quejo, apartando la cara.
Alice y Hedda se ríen. Mi hermana tiene los ojos rojos y llorosos. Mi chica me sonríe con las manos entrelazadas en el regazo.
—Porfa, déjame verlo —suplica Alice.
Se refiere al cinturón dorado que llevo colgado del hombro. Me lo quito con un gruñido y se lo doy. Mi hermana lo agarra con ambas manos y pone los ojos como platos.
—Guau, pesa un montón. ¿Dónde vas a ponerlo?
—En ningún sitio. Voy a subastarlo.
Alice abre la boca, escandalizada.
—¡No! ¡No puedes subastarlo! Es la prueba de todo lo que has conseguido y de todo lo que has peleado para llegar hasta aquí. Y ahora que te vas a retirar…
—Voy a subastarlo —la corto con firmeza—.
El dinero que saque lo donaré para crear un centro de inserción para los chavales del barrio en el que vivíamos.
Quiero que tengan un sitio donde puedan entrenar, estudiar, comer algo caliente y recibir ayuda legal.
Un refugio donde la gente no los mire como si fueran basura.
Siento la mirada cálida de Hedda en mi cara. A mi hermana se le saltan las lágrimas.
—Es la oportunidad que me habría gustado tener a mí —admito.
Alice baja la vista al cinturón y pasa los dedos por el metal brillante.
—En ese caso —dice, dejándolo sobre la mesa—, me parece la mejor idea.
Me da un abrazo apretado que me arranca un gruñido de dolor.
—Ten cuidado —protesto—. Me duele todo.
Alice resopla contra mi pecho y se aparta negando con la cabeza.
—Seguro que no te quejas tanto cuando tu novia te dé mimitos.
Hedda y yo intercambiamos una de nuestras miradas. El fuego de sus ojos me deja más tocado que los doce asaltos contra Shevchenko.
Alice sigue nuestra mirada y suelta un bufido.
—Vale, lo pillo, pareja de ninfómanos. —Le pone la correa a Roxie y tira de ella hacia la puerta—. Aquí sobramos, Roxanne. ¡No hagáis nada sobre superficies que luego tenga que tocar gente normal!
Nos saca la lengua y se marcha sobornando a Roxie con una galleta.
En cuanto la puerta se cierra, cojo a mi chica por la cintura. Ella suelta un gritito cuando sus pies se despegan del suelo.
—¡Rowan, estás hecho polvo!
—¿Para recibir mimitos tuyos? Nunca, cariño.
—Tu cara llena de cortes y moratones dice lo contrario.
—Esta es mi cara de querer follarte, Ojos Bonitos.
La siento sobre la mesa y me coloco entre sus piernas. Hedda jadea contra mi boca. Sus manos se deslizan por mi cuerpo con infinito cuidado, a pesar de que yo la beso y la muerdo por donde pillo.
Le subo la falda mientras mis dedos ascienden por sus muslos.
Mi futura mujer se aparta con un suspiro trémulo.
—¿No te dolía todo? —me recuerda.
Le muerdo el labio inferior y voy bajando la boca por su mandíbula.
—Rowan…
Le doy un beso en el cuello. Luego, otro. Después, le muerdo la piel debajo de la oreja —su punto débil— y noto cómo se estremece entre mis brazos.
—Tú eres la mejor medicina, cariño.
Hedda suelta una risa entrecortada, pero se le rompe enseguida cuando deslizo las manos por la cara interna de sus muslos. La acaricio por encima de la tela empapada de las bragas y exhala otro suspiro.
—Me parece bonito lo del cinturón —dice con esfuerzo—. Lo de venderlo para darles una oportunidad a los chicos de tu antiguo barrio.
Recorre con los dedos mi pómulo amoratado, el corte de mi ceja y el labio partido. La ternura de mi chica es más efectiva que cualquier analgésico, pues me observa como si quisiera memorizar cada lesión para curarla después con su amor.
—No intentes distraerme, cariño.
Hedda me besa la comisura de la boca.
—Pero te tiene que ver el médico.
—Ya me ha visto.
Aparto sus bragas a un lado y contiene el aliento. Mi dedo anular resbala con facilidad dentro de ella.
—¿Cuánto tiempo?
—Cinco minutos.
—¡Rowan!
—Lo primero es lo primero, nena. Que se espere. Que se esperen todos mientras le hago el amor a mi reina. No podía pensar en otra cosa mientras Shevchenko me machacaba. ¿Por qué crees que he conseguido ganar la pelea? Tú eras mi única motivación. Ahora, quiero mi recompensa.
Hedda apoya la frente en la mía y cierra los ojos. Sus brazos me envuelven por la cintura.
—Eres un buen hombre, Rowan Steel.
Le envuelvo el cuello con la otra mano y me despego un poco para darle un beso en la punta de la nariz.
—Tú me haces ser mejor persona, cariño. El mérito es tuyo.
Me apodero de nuevo de su boca mientras sumo otro dedo al anterior. Mi chica separa más las piernas y siento cómo se me incendia la sangre, aunque tenga los nudillos abiertos y el cuerpo hecho añicos.
—¿Y ahora qué? —pregunta contra mi boca.
No me he separado de ella en los últimos cuatro meses. Me mudé a su casa después de ponerme de rodillas para ganarme su perdón. A Lars le sentó fatal, todo hay que decirlo, pero no le quedó más remedio que aguantarse.
Aunque podría comprarle una mansión en el lugar más exclusivo de Bjørndal, a Hedda le gusta vivir en su antigua casa, así que hemos empezado a reformarla juntos. Para mi chica, ese lugar es su hogar. Y el mío está donde esté ella.
Por desgracia, eso implica soportar al capullo insufrible de mi cuñado cada vez que vuelve de misión y se instala con nosotros.
Ese idiota no entiende el significado de la palabra «intimidad».
¿Te puedes creer que Roxie se tumba en el sofá para hacerle compañía cada vez que se apodera del mando de la tele?
Él dice que el karma me está haciendo pagar por haberle robado a su hermana.
Yo estoy seguro de que soborna a mi perra con beicon, porque nadie en su sano juicio soporta a ese cascarrabias.
Esta noche, cuando estemos en la cama de la suite del hotel, le contaré a Hedda que ya tengo comprador para mi casa de Londres.
También le diré que he encontrado el local perfecto para montar nuestro restaurante en Bjørndal.
Le va a encantar. Tiene grandes ventanales con vistas al fiordo y una cocina enorme.
He decidido llamarlo Hjem —«hogar», en noruego—, porque eso es lo que Hedda significa para mí.
Además, con ayuda de Matti y Anita, dentro de dos semanas le daré una sorpresa perfecta por su cumpleaños.
Ser protagonista de una serie de televisión, grabar un documental o aceptar cualquiera de esas mierdas que Richard intenta venderme no podría interesarme menos.
Yo solo quiero una vida anónima y tranquila en un pueblo congelado de Noruega, casarme con la mujer de la que estoy enamorado, pasear a nuestra perra por el fiordo y levantarme cada mañana en una casa que estamos reconstruyendo con nuestras propias manos.
Y, por supuesto, quiero tener una cantidad indecente de sexo con mi chica todos los días.
—Ahora —murmuro, frotándole el clítoris con el pulgar—, te hago el amor.
Hedda deja escapar el aire y se aferra a mis hombros. Sonrío contra su boca.
—Y luego nos vamos a casa.