STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella Primer epílogo Cuatro meses después Hedda
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Primer epílogo Cuatro meses después Hedda

—No puedo seguir mirando —gime Alice, cubriéndose la cara con las manos. Luego separa los dedos para espiar la pelea y pega un grito cuando Schevchenko lanza un puñetazo directo al rostro de Rowan—. Por eso nunca vengo a sus peleas. Lo paso fatal.

La entiendo. Ver pelear a Rowan desde la primera fila no es emocionante. Ni de lejos. Es una auténtica tortura.

Cada vez que el otro boxeador lo golpea, el corazón se me encoge y me entran ganas de vomitar.

Estoy sentada en el ringside , junto a la esquina de Rowan, con Alice a mi derecha, Anita al lado de ella y Matti pegada a Lars, a mi izquierda. Estamos tan cerca del ring que puedo oír el impacto de cada golpe contra la carne y las órdenes que ladran los entrenadores desde sus esquinas.

Ahora mismo, Schevchenko tiene a Rowan acorralado contra las cuerdas.

Me muerdo los carrillos para no gritar que detengan la pelea. Se supone que estoy aquí para animarlo, no para ponerme en plan novia intensa y dramática.

El ucraniano descarga un golpe tras otro contra sus costillas. Rowan levanta los puños para protegerse la cara y encaja cada impacto con la mandíbula apretada. Una pátina de sudor le cubre el pecho y resbala por los tatuajes de sus brazos. Observo con horror la sangre que le mancha la boca.

Alice aprieta la mano de Anita. Las dos parecen a punto de desmayarse.

Matti suelta un chillido ahogado y esconde la cara en el pecho de Lars cuando Schevchenko le suelta un derechazo a Rowan que le gira la cabeza hacia el otro lado.

Lars casi se cae del asiento. Tiene los brazos rígidos contra los costados y mira con los ojos entrecerrados a la mujer que se abraza a él.

Parece que preferiría ir a la guerra antes que devolverle el abrazo.

—No puedo mirar —murmura Matti.

Mi hermano carraspea. Al darse cuenta de a quién está abrazando, Matti se despega de él y se sienta muy erguida en la silla.

—Ups, con la emoción del momento, te he confundido con Anita —se disculpa con las mejillas encendidas.

—Que no vuelva a pasar —le espeta mi hermano.

Matti aprieta los labios y se pega un poco más a su prima.

—Descuida.

Menudo cuadro de animadores.

Así no le servimos de ayuda. Y este hombre, al que le están partiendo la cara, no ha dejado de apoyarme durante los últimos meses. Para Rowan, mis sueños son tan importantes como los suyos. Pero aquí estoy yo, temblando como un pajarito porque no soporto que le hagan daño.

Schevchenko vuelve a golpearlo. Mi novio retrocede contra las cuerdas. A mi lado, Anita se tapa la cara otra vez.

En estos últimos meses he investigado sobre boxeo y le he pedido a Rowan que me explique las reglas.

También suelo tener charlas con Bill y Brad para que me pongan al día.

Según ellos, durante un combate hay momentos en los que un boxeador deja de escuchar a su entrenador.

A veces, solo necesita una voz familiar que le recuerde que todavía queda alguien creyendo en él cuando los demás lo dan por perdido.

Rowan siempre ha creído en mí y nunca me ha permitido dudar de mi talento. Ahora me toca a mí ser ese apoyo para él.

Me levanto de un salto.

—¡Rowan, sal de ahí! —grito a pleno pulmón—. ¡Vamos, muévete! ¡Muéstrales quién eres y de qué estás hecho!

Alice baja las manos y se pone de pie.

—¡Sí, eso! ¡Atácalo! —lo anima.

—¡Sal de ahí! —Aplaudo con fuerza—. ¡Puedes hacerlo! ¡Muévete!

Rowan me lanza una mirada fugaz por encima de los guantes. A pesar del ruido del estadio, mi hombre siempre me escucha. Sus ojos encuentran los míos y una sonrisa le curva apenas las comisuras.

Schevchenko lanza otro golpe, pero esta vez Rowan lo esquiva y el puño del ucraniano golpea el aire. Entonces Rowan le hunde el suyo en el costado.

El estadio entero se viene arriba.

Schevchenko se dobla apenas un instante, pero Rowan no le da tregua. Le castiga el hígado con una sucesión de golpes brutales.

—¡Sí! —grito, saltando y aplaudiendo como una loca—. ¡Eso es! ¡Dale! ¡Pégale, Rowan!

Anita y Matti se levantan para animarlo.

—¡Machácalo! —chilla Matti, completamente eufórica—. ¡Ese es nuestro chico!

—¿Nuestro chico? —rumia Lars.

Matti le da un codazo.

—¡Vamos, Steel! ¡Así se hace! —lo anima Anita, justo cuando Rowan consigue arrinconar a Schevchenko contra las cuerdas.

Lars resopla a mi lado.

—Fantástico. Acabo de perder doscientos pavos.

Giro la cabeza hacia él de golpe y le retuerzo la piel del brazo de un pellizco, con tanta fuerza que casi se le saltan los ojos.

—¡Ay, joder, Heds!

—¿HAS APOSTADO POR EL OTRO EN VEZ DE POR MI NOVIO? —le recrimino, indignada.

—Los comentaristas le daban la victoria a Schevchenko —se justifica, alejándose de mí—. Los periodistas especializados y las casas de apuestas también.

Lo miro como si acabara de confesarme que sacrifica cabras bajo la luna llena.

—Eres idiota.

—Soy realista.

Devuelvo la mirada al ring . Rowan acaba de descargar un puñetazo brutal contra la cara de Schevchenko.

Y otro. Y otro más. No deja de castigar al ucraniano, que intenta cubrirse mientras Rowan lo mantiene encerrado contra las cuerdas.

Rowan le cae encima como una tormenta de acero, músculos y promesas cumplidas.

El público ruge enardecido.

Contemplo a Rowan con los ojos brillantes de orgullo.

—Ellos no lo entienden —le digo a Lars.

—¿Qué no entienden?

Rowan derriba a Schevchenko de un puñetazo en la mandíbula. El ucraniano cae sobre la lona y, mientras el árbitro empieza la cuenta atrás, mi novio me busca entre el público y me sonríe con la cara amoratada y cubierta de sangre.

Le devuelvo la sonrisa y formo un corazón con las manos.

—No podía perder —contesto, sin dejar de mirar a Rowan—. Me prometió que ganaría.

***

Rowan

Me duele hasta el alma.

Menos mal que este ha sido mi último combate.

He dado una rueda de prensa rápida a petición de mis entrenadores. A los cuatro minutos, he anunciado oficialmente mi retirada y me he levantado, dando por zanjada la ronda de preguntas. Bill y Brad se han encargado de frenar a los periodistas y abrirme paso para que pudiera largarme.

Ya está. Se acabó.

Soy oficialmente un boxeador retirado. Por fin puedo empezar la vida que siempre quise y…

—¡Hijo, menuda pelea! —Richard me intercepta al final del pasillo.

No sé cómo se las apaña, pero este tipo siempre encuentra la forma de aparecer justo cuando menos quiero verlo.

Tiene la nariz algo torcida. Sé que tuvieron que operarlo dos veces después de que se la rompiera hace varios meses. Y también sé que el segundo cirujano le prometió que apenas se notaría. Por lo visto, le mintió. Tengo que averiguar quién es para enviarle una postal de agradecimiento y un cheque.

—¡Siempre confié en ti! —Se acerca como si fuéramos viejos amigos y no me hubiera echado encima a los perros de sus abogados—. Por eso te estuve presionando para que te preparases debidamente para la gran pelea de tu vida.

Juro que venía de muy buen humor, pero ya me está haciendo perder la paciencia. Tengo un corte en el labio, me arde el pómulo izquierdo y mis costillas protestan con cada respiración. Aun así, no me importaría volver a partirle la nariz.

—Estaba equivocado. —Levanta las manos al ver mi expresión crispada—.

¡ Mea culpa ! Es evidente que tu novia te hace mucho bien.

Te mantiene motivado. ¡Ahora eres el campeón mundial de los pesos pesados!

Mírate, tienes un futuro prometedor por delante.

Y yo puedo ayudarte a sacarle el máximo partido.

Lo miro con los ojos entrecerrados. Cualquiera diría que no le ha llegado el burofax que mi abogado le envió hace una semana para rescindir nuestro contrato.

—Te he conseguido un anuncio para Gatorade. Dos millones de libras por una campaña internacional. ¿Qué te parece? Y eso es solo el principio.

Me parece que me está tocando los huevos a base de bien. Pero le prometí a Hedda que no volvería a meterme en una pelea, ni dentro ni fuera del ring , así que me aparto el pelo sudado de la cara e inspiro una bocanada de aire.

Lo que sea por complacer a mi chica.

—Richard —digo con tono tirante—, aparta de mi camino.

—¡Espera, aún no lo has escuchado todo! —Va a tocarme el hombro, pero se lo piensa mejor y deja caer la mano. Sabia decisión—. Nike y Adidas se están peleando para que seas su cara visible. Puedo hacerte ganar una cantidad obscena de dinero.

—Me he retirado.

—Sí, sí. Todos hemos visto esa rueda de prensa. —Pone mala cara y se rasca la nariz torcida con cuidado—. Pero no tiene por qué acabar así. Estás en la cima, hijo. Nadie se retira en la cima.

—Yo sí.

—Sabía que dirías eso, pero, si insistes en retirarte, también puedo trabajar con ello.

Puedo convertirte en uno de esos deportistas retirados que dan conferencias para chavales, firman libros, acuden a eventos benéficos y cobran cinco cifras por contar cómo llegaron a lo más alto.

Podrías escribir un libro y participar en una serie de televisión.

¡No tendrías que dar un palo al agua en tu vida!

—Su entusiasmo me provoca acidez de estómago—.

Yo me llevaría una pequeña comisión, claro está. Nos vamos a hacer de oro.

—Una serie de televisión.

Richard interpreta mi tono estupefacto como una muestra de interés, porque además de gilipollas, también es optimista.

—¡Exacto! Te puedo convertir en una estrella.

Tengo una oferta estratosférica de Netflix para hacer un documental sobre tu vida.

Desde tu complicada infancia en Londres hasta el título mundial.

Drama, superación, barrio duro, chico convertido en leyenda.

¡Les encanta esa mierda! —Se ríe solo—. Y Amazon está preparando una serie de boxeo con Tom Hardy.

Quieren que hagas de coprotagonista. ¿Qué te parece?