STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 67 Hedda
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67 Hedda

Nunca había visto a Rowan tan nervioso.

Siempre va por la vida con esa mezcla de seguridad en sí mismo y absoluta indiferencia por el mundo. Ahora, sin embargo, avanza hacia mí con las manos metidas en los bolsillos del anorak y una vulnerabilidad tan tierna en los ojos que algo dentro de mí empieza a derretirse.

A lo lejos, Lars lo observa con los ojos entrecerrados y una media sonrisa que me deja patidifusa.

—¿Ahora sois amigos? —le pregunto a Rowan en cuanto se detiene frente a mí.

—¡Antes se seca todo el agua del fiordo, me coso los cojones al mástil de un barco y me dejo arrastrar por una tormenta que hacerme amigo de ese mindundi! —brama Lars desde la otra punta.

Varios clientes que salen del hotel en ese momento se detienen escandalizados a mirar a mi hermano.

Yo cierro los ojos un segundo. No sé para qué he preguntado.

Rowan apenas se inmuta.

—Digamos que hemos llegado al acuerdo de soportarnos porque ambos te queremos demasiado como para hacerte sufrir con nuestra enemistad.

—¡LE HE DICHO QUE NO ME INTERPONDRÉ! —vocifera Lars—. ¡Estoy cansado de que te quedes mirando las fotos de vuestro viaje con cara de pena! ¡Y de que te levantes de madrugada para leer vuestras antiguas conversaciones de WhatsApp!

Noto cómo toda la sangre me sube a las mejillas. Menudo traidor.

—¡Lars! —le riño.

Rowan esboza una sonrisita traviesa y esperanzada.

—¿Eso haces?

Me rasco el codo y le hago un gesto a mi hermano para que se largue de una puñetera vez. Aquí no se le ha perdido nada. Lars, por supuesto, niega con vehemencia, cruza los brazos sobre el pecho y apoya un pie y un hombro en el tronco del árbol.

En serio, le suplico al karma que se eche novia pronto solo para que me deje en paz y descargue toda esa sobreprotección sobre la pobre mujer. No la conozco, pero ya me apiado de ella.

—¡NO PIENSO IRME! ¿CÓMO VOY A DARLE UNA PALIZA SI DECIDES NO PERDONARLO?

Rowan y yo resoplamos a la vez.

—Pues nada —dice—. Tenemos público.

Suelto una carcajada. Rowan se queda pasmado. Literalmente. Me mira con los ojos muy abiertos y las manos le tiemblan al sacarlas de los bolsillos.

—¿Qué… qué pasa? —pregunto sin poder dejar de reír.

Acorta la distancia que nos separa y veo cómo le baja la nuez por la garganta cuando levanta una mano despacio, como si temiera que un movimiento brusco pudiera espantarme. Sus nudillos me rozan la mejilla con delicadeza al apartarme un mechón de la cara.

—Tu risa —murmura, acariciándome la cara de un modo que me estremece de los pies a la cabeza—. Hacía demasiado que no la escuchaba. Es mi sonido favorito.

Levanto una mano para apartar la suya. Aún hay un muro entre nosotros y tenemos una conversación pendiente.

No tiene derecho a mirarme así, a tocarme así, a hacerme sentir así.

Sin embargo, en cuanto mis dedos tocan los suyos, una descarga de energía ardiente baja por mi columna y me derrumbo sin remedio.

¿A quién pretendo engañar?

Lo he echado de menos.

Cielo santo, cuánto lo he echado de menos.

He añorado sus caricias, su voz llamándome Ojos Bonitos, despertar abrazada a él, la forma en que me miraba cuando creía que no me daba cuenta, su cara enterrada entre mis piernas y sus manos alrededor de mi cuello mientras me llamaba «suya» y me provocaba los orgasmos más intensos y alucinantes que he tenido nunca.

Comprender que llevo semanas luchando contra un imposible hace que me piquen los ojos y tenga que parpadear con fuerza para contener las lágrimas. Rowan me coloca la otra mano en la cara, acunándome con sus palmas con una ternura que termina de destrozarme.

—Lo sé, Ojazos, lo sé.

—¿Qué sabes?

—Que tienes miedo. Que me echas de menos y odias echarme de menos porque fui yo quien te hizo daño. —Sus pulgares acarician mis mejillas—. No voy a volver a romperte el corazón. Si me lo entregas, te juro que lo protegeré hasta mi último suspiro. No hay nada de igual valor para mí.

Apoya su frente contra la mía y me estrecha entre sus brazos. Nunca me he sentido tan amada ni tan protegida como en los brazos de este hombre.

—Por favor, Hedda. —Sus labios se posan en mi frente—. Por favor, cariño.

Me besa los párpados cerrados. Su boca desciende hasta mi mejilla. Luego, hasta la punta de la nariz.

—Por favor, dame una oportunidad.

Mi cuerpo tiembla bajo sus besos. Sus labios no dejan un solo rincón de mi rostro sin recorrer. Se me escapa un suspiro al abrir los ojos.

—¿Y qué hay de tu corazón?

Rowan se aparta un poco para mirarme.

—Mi corazón, cariño, ha sido tuyo desde la primera vez que te vi.

Puede que en aquel momento no estuviera preparado para aceptarlo, pero no tuve la menor posibilidad después de conocerte.

Arrasaste con los cimientos sobre los que había construido mi vida y ahora no tengo la menor idea de cómo seguir adelante sin ti.

Estás en todas partes, cariño. En los planes de futuro que yo arruiné por no haber sido sincero contigo.

En el pasado al que me aferro porque me niego a aceptar una vida en la que lo único que me quede de ti sean los recuerdos.

Y en cada rincón de esa cabaña que sigue oliendo a ti.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que me seca las lágrimas con los pulgares.

—Te echo de menos, Rowan —confieso al fin—. Te echo muchísimo de menos. Pero tengo miedo.

—Yo también estoy cagado de miedo. No, qué coño, estoy aterrorizado.

Me acojona que mis mentiras te parezcan más grandes que el amor que siento por ti.

Pero la verdad es que… —traga saliva— te amo más de lo que jamás creí posible amar a otra persona que no llevara mi sangre.

Y si tengo que suplicar, si tengo que ponerme de rodillas para rogarte una oportunidad…

—clava una rodilla en el suelo y se me escapa un gemido ahogado—, para así demostrarte que mentirte fue el mayor error de mi vida y que daría todo lo que tengo para volver atrás y empezar de cero…

entonces —su otra rodilla toca el suelo— entonces aquí me tienes, cariño.

Dejo de respirar.

Ay. Mi. Madre.

Rowan Steel acaba de arrodillarse delante de mí.

El hombre más orgulloso y terco que he conocido se ha puesto de rodillas para suplicarme otra oportunidad. A la vista de todos. Delante de mi hermano y de los clientes que entran y salen del hotel y se quedan mirándolo atónitos.

—¿Qué…? —Tiro de sus manos para levantarlo, pero él no se mueve ni un centímetro—. Rowan, no hagas eso. No hace falta que te arrodilles. ¡Vamos, levántate!

Niega con la cabeza. Entrelaza nuestras manos.

—Nos están mirando —susurro—. Todos te están viendo arrodillado, Rowan.

—Pues que miren.

—No hace falta que supliques.

—He pasado toda mi vida creyendo que solo los hombres débiles suplican —reconoce, acariciándome los nudillos—. Tú eres la única persona de este mundo por la que me arrodillo, Hedda. Soy lo bastante hombre para reconocer, de rodillas delante de ti, que te necesito más que a mi puto orgullo.

Se lleva mis manos a su boca y las besa con absoluta devoción.

Me muerdo el labio inferior.

Quiero matarlo por ser tan cabezota y, al mismo tiempo, quiero arroparlo y proteger la parte más vulnerable de él, esa que acaba de poner a mis pies delante de mi hermano y de todos esos desconocidos.

Rowan Steel, el hombre que jamás baja la cabeza ante nadie, está arrodillado frente a mí sin importarle quién lo vea. Y el corazón se me deshace al entender que, para él, suplicarme otra oportunidad no es perder su orgullo, sino elegirme a mí por encima de él.

—Te amo, Hedda Storm. Estoy enamorado de tu resiliencia, de esas manos con las que arreglas cosas que parecían rotas y de lo jodidamente fuerte que eres.

Amo tu corazón noble, la lealtad que demuestras hacia los tuyos y cómo quieres a Roxie.

Amo tu risa, las caras que pones cuando lees y la forma en que me haces querer tener una vida que no se limite a sobrevivir.

Lo amor todo de ti, cariño —se declara. Apoya la frente en mis manos unos segundos y, cuando vuelve a alzar la vista, veo una honestidad tan profunda en sus ojos que no dudo de él.

Ya no—. Sé que no soy el mejor hombre y que he cometido muchísimos errores, pero, cuando estoy contigo, me haces mejor.

Cuando estoy contigo, me gusta la persona que soy.

Y quiero seguir esforzándome durante el resto de mi vida para ser la mejor versión de mí mismo. El hombre que mereces.

Estoy tan perpleja que ni siquiera me salen las palabras. Si nos vieran, Matti y Anita me echarían la bronca por no decir nada. Pero aún estoy digiriendo que este hombre me ame tanto como para haberse arrodillado por mí.

Le dije que merecía más… Y él me lo ha dado todo.

—Solo te pido una oportunidad para pasar el resto de mi vida compensándote por el daño que te hice. —Al ver que guardo silencio, su expresión se resquebraja al dar por hecho que mi silencio significa una rechazo—. Aunque si nunca me perdonas, me temo que seguiré queriéndote igualmente.

—Te había perdonado antes de que te pusieras de rodillas, tonto —consigo decir por fin.

Tiro de sus manos para obligarlo a levantarse y estrello mis labios contra los suyos.

Rowan suelta un gruñido grave, lleno de hambre y alivio. Sus manos se apoyan en el centro de mi espalda y me aprietan contra su pecho. Me está besando como si llevara días ahogándose y yo fuera su oxígeno.

Hundo los dedos en el pelo de la nuca y abro la boca para que nuestras lenguas se enreden. Rowan me sujeta por la cintura y pego un gritito cuando mis pies dejan de tocar el suelo. Me aferro a sus hombros, riéndome a la vez que nos besamos.

—Nunca vuelvas a mentirme, Rowan Steel —digo, pegada a sus labios.

Me da otro beso largo, hambriento y apasionado.

—Te doy mi palabra, cariño.

Me besa el pelo. La comisura de los labios. Luego, me mira como si no creyera que fuera real.

—¿Y Roxie? —pregunto de pronto—. La echo muchísimo de menos.

—No quería que me descubrieran en el hotel, así que la dejé en el coche. Con la ventanilla bajada y una bolsa de chuches —aclara—. Le dije que esperase allí hasta que yo la llamara.

Se mete dos dedos en la boca y silba. Unos segundos después, escuchamos un ladrido entusiasta y una bola de pelo negro aparece trotando desde el aparcamiento. Roxie lleva un gigantesco lazo rojo en la cabeza y sostiene en la boca un ramo de peonías rosas, algo maltrecho por la carrera.

Me agacho para coger el ramo y ella me lame la cara en cuanto la abrazo.

—¡Roxie! Mi niña preciosa. Te he echado de menos.

Ella ladra y me llena la barbilla de babas. Está monísima con el lazo rojo. Tengo que sacudirle algunos pétalos de la cabeza que se le han quedado enganchados en el pelo. Y pensar que hubo un tiempo en el que le tenía pánico y no quería que se me acercara…

Entierro la nariz en las flores. Luego, reparo en el ramo, el lazo rojo y en la expresión absolutamente satisfecha de Rowan. Lo fulmino con la mirada.

—¡Lo tenías todo planeado!

—¿El qué? ¿Recuperarte? —replica, con la satisfacción descarada de quien sabe que acaba de ganar la batalla más importante de todas—.

Cariño, no he pensado en otra cosa desde que me dejaste.

Estaba seguro de que esa sabandija no te dejaría en paz y de que tú vendrías al hotel.

Yo solo me dejé caer por aquí por si necesitabas ayuda.

Una lástima que se desmayara como un puto cobarde antes de que pudiera partirle los dientes.

—No vas a romperle los dientes a nadie.

—Ya veremos cuando se despierte. Por cierto, se me puso dura como una roca al verte darle su merecido.

Le doy un golpecito en el brazo con el ramo.

—¡Eres imposible!

—Y tú estabas guapísima cuando le diste un rodillazo en los huevos. A mí no me engañas. Te va un poco la violencia. Eres mi alma gemela, nena.

—Hablando de violencia, más te vale prepararte como Dios manda para la pelea contra Schevchenko.

Rowan se cuadra.

—A sus órdenes, mi reina.

Roxie sale disparada ladrando. Al verla, Rowan frunce el ceño.

—¿A dónde va?

Sé quién es su próximo objetivo antes de que llegue hasta él.

Lars sigue con la espalda apoyada en el árbol.

Se pasa una mano por debajo de los ojos.

Lo he visto emocionarse cuando Rowan se ha puesto de rodillas, pero no admitiría ni muerto que se estaba enjugando las lágrimas.

Igual que he visto en más de una ocasión cómo acariciaba a Roxie o le daba beicon a escondidas mientras aseguraba que no pensaba consentir a «ese caballo peludo con babas».

A mi hermano le encanta hacerse el duro, pero en el fondo es un blando.

Roxie corre hacia él moviendo el rabo. Al verla, Lars levanta los brazos y pone mala cara.

—Ni se te ocurra, bestia peluda.

Rowan se queda tieso a mi lado.

—¿Ese inútil acaba de llamar bestia peluda a mi perra? —pone el grito en el cielo.

—No llames inútil a mi hermano. —Le pellizco el brazo.

Roxie le planta las patas delanteras en el pecho a Lars, con tanta emoción que lo empuja contra el árbol y le arranca un gruñido. Mi hermano suelta una maldición y trata de apartar su enorme cabeza mientras ella le lame la cara sin piedad.

—¡Dile a tu bestia que deje de lamerme como si fuera un maldito helado! —le grita a Rowan.

Este le hace una peineta.

—Menuda traidora —masculla—. Yo la alimento, le compro chuches y la dejo dormir en mi cama, y me lo paga yendo directa a los brazos de ese imbécil. ¿Qué? No lo he llamado inútil.

—Siempre se le ha dado bien relacionarse con el género femenino —me burlo—. Y tienes que admitir que los animales detectan a las personas de buen corazón.

—No digo que no tenga buen fondo. Lo que digo es que tiene una piedra dentro del cráneo y la utiliza para embestir paredes.

—¡Os estoy escuchando! —ruge mi hermano, mientras Roxie vuelve a lamerle la barbilla—. ¡Y alguien va a morir como no apartéis a esta bola de pelo de mi cara!

Me echo a reír otra vez. Cuando vuelvo la vista hacia Rowan, él ya no está mirando a Lars ni a Roxie.

Me mira a mí.

Solo a mí.

Su pecho cálido se pega a mi espalda, me aparta el pelo del cuello y su boca desciende desde mi mandíbula a la clavícula, arrancándome un suspiro de placer tras otro.

—Di que eres mía.

Hace unos minutos, sin ir más lejos, esa frase habría encendido todas mis alarmas. Pero confío en él después de que se haya puesto de rodillas y me haya abierto su corazón.

Puedo ser suya sin dejar de ser mía.

Me giro entre sus brazos y le acaricio la barba con los dedos.

—Soy tuya, Rowan. Y tú eres mío.

Sus labios me rozan la sien. Luego, acuna mi rostro entre sus manos y me mira a los ojos con un amor tan puro que me desarma.

—Tuyo hasta la eternidad, cariño.