STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 66 Hedda
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—¡Y no volváis a meteros en mis asuntos! —les he gritado al salir del hotel, resoplando y con las mejillas ardiendo.

A ver, agradezco de corazón que esos dos se hayan levantado dispuestos a hacer papilla a Oskar en cuanto ha intentado atacarme.

También reconozco que ha sido bastante satisfactorio ver cómo se daban codazos para llegar antes que el otro a darle una paliza a mi ex.

No todas las personas tienen la suerte de contar con dos armarios empotrados que se partirían la cara por ellas.

Sin embargo, esta batalla necesitaba pelearla sola para arrancarme la espinita que llevaba tantos años clavada en el orgullo.

He sido yo quien ha desenmascarado a Oskar delante de sus amigos y ha impedido que me pusiera la mano encima. A diferencia de aquella madrugada en la que llamé a Lars llorando, o de aquel día en que Rowan me quitó a Oskar de encima, hoy no he necesitado que nadie me salvara.

Ya no tengo miedo.

Y me siento de maravilla.

Poco después de que salga del hotel, cuatro hombres se acercan a mí con expresiones que van desde el abatimiento hasta el estupor y la vergüenza.

Harald, Sven, Emil y Michael. Los tres primeros eran amigos de Oskar y poco más que conocidos míos; personas con las que coincidía y a las que, todo hay que admitirlo, no me dolió demasiado perder tras la ruptura.

A Michael, en cambio, lo consideraba un buen amigo.

Él y Katie formaban parte de mi círculo íntimo de Oslo.

Durante mucho tiempo, los cuatros —Oskar incluido— fuimos inseparables.

Compartimos cenas en casa, excursiones de fin de semana y tardes de juegos de mesa, en las que Oskar se enfadaba si perdía y Katie y yo terminábamos riéndonos en la cocina, preparando palomitas y contándonos confidencias.

Por eso, después de huir de Oslo, intenté hablar con ellos.

Primero llamé a Katie, pero ella me colgó y luego me envió un mensaje para decirme que, si bien me tenía muchísimo cariño, me había portado fatal con Oskar.

Me dijo que fui cruel e injusta y que prefería no entrometerse.

Resultó que, para mi antigua amiga, no entrometerse significaba bloquear mi número y todas mis redes sociales, además de hacer como si no me conociera.

No me di por vencida e intenté hablar con Michael. Él fue mucho más directo. Me dijo que no podía seguir siendo amigo de la mujer que le había roto el corazón a su mejor amigo. Ah, y que debería avergonzarme de cómo me había portado con un hombre que siempre había sido maravilloso conmigo.

Me costó mucho asimilar que se pusieran de parte de mi ex sin darme siquiera la opción de explicarme.

Nunca lo entendí. Y, durante mucho tiempo, su rechazo fue una de las pruebas que mi cabeza traicionera utilizó para convencerme de que tal vez Oskar tenía razón y yo estaba siendo demasiado exagerada.

Menos mal que mi terapeuta me ayudó a aceptar que no había sido cruel ni injusta, sino la víctima de un narcisista que consiguió poner a todos en mi contra.

Sven carraspea y rompe el silencio.

—No sé qué decir. Deberíamos haberte escuchado.

—Sí —interviene Harald—. Si nos hubiéramos molestado en conocer tu versión, nos habríamos ahorrado seguir siendo los amigos de ese mentiroso compulsivo.

—Yo también lo siento —añade Emil—. No solo por haberme tragado sus mentiras, sino por todas las cosas injustas que dije sobre ti.

—Que dijimos todos —apunta Sven, frotándose la nuca—. Lo sentimos, Hedda.

—Gracias por decírmelo —contesto sin una pizca de acritud—. Espero que os vaya genial, chicos.

Compartimos un breve apretón de manos y los tres regresan al hotel. Michael no los acompaña. Se queda mirándome como si quisiera que la tierra se lo tragara.

—No sé ni por dónde empezar —admite, rascándose el codo—.

Me acabo de llevar la mayor hostia de realidad de mi vida.

Oskar era mi mejor amigo desde el instituto.

Éramos uña y carne. Y no lo conocía. Todo este tiempo no he tenido ni idea de quién era en realidad.

Mierda, tengo que buscar otro padrino de boda.

Soy incapaz de seguir enfadada con él al verlo tan destrozado. Ahora mismo me recuerda muchísimo a Lars. Son dos hombres obligados a aceptar que el amigo en quien confiaban jamás existió de verdad.

—Lo siento, Michael.

—No, no, por favor, tú no te disculpes —dice atropelladamente—.

Con lo mal que me porté contigo, no sé ni cómo puedes mirarme a la cara.

Te di de lado cuando más me necesitabas.

Siempre me he enorgullecido de ser un buen amigo, ese al que todos pueden llamar cuando lo necesitan. Y a ti te fallé, Hedda.

No lo veo venir. Me toma por sorpresa que dé un paso hacia mí y me envuelva con sus brazos.

Al principio me quedo rígida, pero no me cuesta demasiado ceder y le devuelvo el abrazo.

A lo lejos, diviso a Lars y Rowan. Este último parece estar haciendo un esfuerzo titánico por no venir hasta aquí y aplastarle la cabeza a Michael.

A su lado, Lars lo observa de reojo con una sonrisita, que deja bastante claro que se lo está pasando en grande viéndolo hervir de celos.

Son dos cavernícolas. Mis cavernícolas.

—Me muero de vergüenza por haberte expulsado de nuestras vidas sin querer escuchar tu versión —dice nada más separarnos—.

Katie me pidió en más de una ocasión que te llamáramos, pero le dije que, si te llamaba, lo nuestro se acababa.

La puse entre la espada y la pared. Por eso te bloqueó y no quiso escucharte. Te echa de menos, Hedda.

Su confesión me duele. Saber que Katie quiso acercarse a mí y que él se lo impidió no borra su silencio. Pero tampoco quiero seguir alimentando una herida que Oskar abrió y utilizó para aislarme.

No sé si algún día Katie y yo podremos retomar nuestra amistad, pero lo que sí sé es que no quiero vivir con rencor.

—Entiendo que estabas cegado por las mentiras de Oskar y te pusiste de su lado porque era tu mejor amigo. Y no puedo culparte. Sería hipócrita por mi parte cuando yo también viví absorbida por su falsedad durante tres años —admito con un suspiro—. Llamaré a Katie para ponernos al día.

—Se va a alegrar muchísimo. Y le encantaría que fueras a nuestra boda. —Echa un vistazo por encima del hombro hacia el mal humorado pelirrojo que no nos quita la vista de encima—. Eh…, puedes venir acompañada, si finalmente aceptas la invitación. Sobra decir que Oskar ya no está invitado.

No me molesto en explicarle que Rowan y yo no estamos en ese punto. En realidad, no tengo ni idea de en qué punto estamos.

—Así que aquel día, en el combate, Oskar estaba haciendo de las suyas. Por eso Steel lo atacó.

Sé perfectamente a lo que se refiere. Asiento.

—Rowan fue el primero en darse cuenta de que Oskar me maltrataba. —Me froto de forma instintiva la muñeca amoratada—. De no ser por aquel día, puede que aún siguiera convenciéndome de que si me esforzaba más, si aprendía a no enfadarlo, todo mejoraría entre nosotros.

—Dios. —Se cubre la cara con las manos—.

No puedo creer que todos los que te rodeábamos estuviéramos tan ciegos.

No supimos o no quisimos ver las señales de alarma.

Permíteme que te diga que eres una persona muy fuerte, ¿vale?

—Me sonríe con prudencia—. Y, si algún día te apetece, me encantaría que volvieras a formar parte de mi vida.

Hoy he perdido a quien consideraba un amigo, pero solo era un impostor.

Me encantaría recuperar a una amiga que sí merecía la pena.

Señala con la cabeza a los dos armarios empotrados que lo vigilan con sendas malas caras mientras discuten entre sí.

—Me voy antes de que tus guardaespaldas decidan desquitarse conmigo porque Oskar se ha desmayado. Tienen pinta de querer golpear a alguien y no me apetece ser el afortunado.

Me da la risa.

—Es una decisión sensata.

—Por cierto, es una pasada lo que haces con esas furgonetas. Mi madre te sigue en Instagram y me enseñó tu trabajo. Katie y yo le tenemos echado el ojo a una vieja Sprinter para reformarla después de la boda. Si no te importa, te llamaré para contratarte.

No me lo puedo creer. ¡Otro encargo!

—Claro que no me importa. De hecho, me encantaría. Envíame un email con tus ideas.

—Genial. —Me sonríe una última vez antes de alejarse hacia el hotel. Solo ha dado unos pasos cuando frena, echa otra vistazo a Rowan y me dice—: Está loco por ti. Me alegro muchísimo de que hayas encontrado a un buen hombre, Hedda.

Me quedo observándolo hasta que desaparece en el interior del hotel mientras veo por el rabillo del ojo a Lars darle empujones a Rowan en mi dirección. No sé si me sorprende más que esos dos hayan hecho piña o que mi hermano esté animando a Rowan a venir a por mí.

El caso es que durante mucho tiempo pensé que para seguir adelante tendría que arrancar de raíz cualquier recuerdo de mi vida en Oslo. Sin embargo, después de haber hablado con Michael, soy consciente de que no puedo permitir que mi ex siga ocupando espacio dentro de mí a través del rencor.

A partir de este momento, en mi corazón solo hay hueco para las cosas buenas que me depare la vida.

Y resulta que la vida que he construido en Bjørndal me gusta.

Tengo unos amigos que son mi familia, un negocio de furgonetas camperizadas que empieza a despegar y la sobreprotección de mi hermano, al que adoro con toda mi alma, aunque siga sacándome de mis casillas.

Alzo la vista hacia Rowan justo cuando Lars le da un empujón para que se acerque de una vez a mí. No escucho bien lo que le grita, pero distingo algo relacionado con sus testículos y una moto de nieve. Tuerzo el gesto.

Me parece que prefiero no saberlo.

Rowan se gira hacia mí.

Nos miramos.

Mi corazón se detiene de golpe para, acto seguido, latir con la fuerza de un tambor desbocado. Entonces entiendo que no importa cuánto haya luchado por alejarme de él… Rowan Steel siempre encontrará la forma de abrirse paso hasta mi corazón.

Es inevitable. Estoy perdida e irrevocablemente enamorada de él.

La pregunta es: ¿seré capaz de volver a confiar en él?