STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 66 Rowan #2
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66 Rowan #2

Me cago en ese imbécil y en toda su descendencia.

No hace falta que le dé un maldito abrazo para pedirle perdón.

Me pongo de mal humor y cuento hasta diez para no arrancarle la cabeza.

No puedo evitarlo. Me pasa siempre que algún hombre la toca.

Durante nuestra última cita quise apuñalarle la mano al camarero porque le rozó los dedos al entregarle una taza.

Una parte de mí quiere abalanzarse sobre Michael como un animal y arrancarle los brazos para que no pueda volver a envolver con ellos a mi chica.

Es mía. Aunque aún no me haya perdonado.

Si me calmo, es solo porque antes escuché a Michael hablar por teléfono con su prometida.

Se nota que está enamorado de ella. Por si acaso, no le quito la vista de encima hasta que se separa de Hedda.

Noto que Lars me observa de reojo y me vuelvo hacia él. No me gusta un pelo cómo me está mirando.

—¿Tengo monos en la cara?

Lars se quita la gorra y se pasa una mano por el pelo.

—No puedo creer que vaya a decir esto. —Me da un empujoncito casi amistoso con el hombro—. La amas de verdad.

—Con toda mi alma.

Hay cosas que tengo demasiado claras y son irrefutables: los días tienen veinticuatro horas, la auténtica carbonara no lleva nata, el fútbol europeo es mejor que el americano y mi corazón pertenece a Hedda Storm desde la primera vez que posé mis ojos en ella en mitad de aquella pelea.

Lars se cubre la cara con las manos y suelta una carcajada. Luego, echa la cabeza hacia atrás y alza la vista al cielo, como si esperase ayuda divina. Cuando queda claro que no va a recibirla, chasquea la lengua.

—Pedazo de cabrón testarudo. No vas a rendirte hasta que la recuperes.

—Nunca.

Sostiene mi mirada durante un instante que se me hace interminable. Parece debatirse entre darme su bendición o lanzarme de cabeza contra el escaparate del hotel.

—Los últimos acontecimientos me han demostrado que Hedda es perfectamente capaz de cuidar de sí misma. —Señala el interior del local con el pulgar. Desde la puerta acristalada, podemos ver a la sabandija roncando—. Y de pararle los pies a los gilipollas.

—Vamos, que me estás llamando gilipollas.

—Entre otras cosas. —Me sonríe con chulería—.

Pero lo que intento decirte es que no voy a interponerme si mi hermana decide perdonarte.

—Levanta un dedo antes de que yo le diga que me suda los cojones que se interponga o no, porque la única opinión que me importa es la de Hedda—.

Eso no significa que yo te acepte. Ni que vayamos a ser amigos.

O que piense invitarte a tomar una cerveza para limar asperezas.

—Gracias a Dios. Pensé que me ibas a invitar a tus barbacoas de los domingos.

—Qué asco te tengo, joder.

—Genial. El sentimiento es mutuo. Yo quiero ganarme el perdón de Hedda, no el tuyo.

Lars bufa. Y hace algo aún más extraño: me pega un empujón cuando Michael y los demás por fin se largan. Le lanzo una mirada hostil. Puede que me dejara dar una paliza la primera vez, pero más le vale que no cuente con una segunda.

—No esperes un puto abrazo ni que nos pongamos a contar chistes.

Ve a por ella. Cúrratelo. —Me apoya una mano en el hombro antes de que pueda dar un paso—.

Pero una cosa te digo: si le haces daño, te mato.

Si hieres sus sentimientos, aunque sea de forma no intencionada, también te mato.

Si la haces infeliz, te mato, hostia. Y, como le pongas los cuernos o mires a otra, te mato, te desentierro y te vuelvo a matar.

Lo miro ofendido.

—Tienes permiso para matarme si eso llega a suceder.

Cosa que es imposible, porque si ella me da una segunda oportunidad, pasaré el resto de mi vida adorándola, cuidándola y amándola.

—Voy directo a ella, pero me lo pienso mejor y me giro de nuevo hacia él—.

Yo soy fiel y solo tengo ojos para Hedda.

Las demás no me interesan. A ver si te crees que soy un calientabragas como tú que va por ahí follándose a todo lo que se mueve.

Lars me pega otro empujón. Esta vez, bastante más fuerte.

—Lárgate ya, joder. No sé qué te ve mi hermana.

Doy un par de pasos hacia Hedda, pero una idea me arranca una sonrisa maliciosa que no consigo contener.

—Algún día, Lars Storm, cierta mujer pondrá tu vida patas arriba y te arrastrarás por ella como un gusano.

—Sigue soñando.

—No pienso perdérmelo —añado, caminando de espaldas para así disfrutar de su expresión furiosa—. Compraré palomitas, buscaré un sitio en primera fila y puede que incluso me digne a darte algún consejo cuando estés llorando por los rincones porque esa mujer no te hace ni puto caso.

—Antes de aceptar un consejo tuyo, prefiero engancharme los huevos a una moto de nieve y pedirle al primer borracho que pase por allí que acelere.

Me doy un golpecito en la sien con dos dedos.

—Pienso recordarte esa frase llegado el día.

—¡Vete a la mierda, Steel!

Niego con la cabeza y voy directo, ahora sí, hacia la mujer por la que yo sí me arrastraría encantado. No voy a descansar hasta que me deje entrar de nuevo en su vida. Y en su corazón. Si me concede otra oportunidad, pasaré el resto de mi vida demostrándole que puedo ser digno de ella.

Lo preocupante es que, mientras avanzo hacia Hedda, me descubro haciendo un esfuerzo sobrehumano para recordar por qué el bruto de Lars me cae mal.