66 Rowan
—¡Y no volváis a meteros en mis asuntos! —nos grita Hedda, antes de salir del hotel.
La puerta se cierra tras ella de un portazo.
Bueno, podría haber ido peor. Podría habernos lanzado la copa a nosotros.
Bajo la vista hacia la mierda con patas que está desparramada en el suelo del comedor.
Me fastidia demasiado que se haya desmayado.
¿Cómo se atreve a perder el conocimiento antes de que pudiera darle una paliza?
No he venido hasta aquí para verlo dormir como un puto bebé después de haberle puesto la mano encima a Hedda.
Llegué al hotel antes que ella, dispuesto a darle un escarmiento a esa escoria por haber tenido la osadía de tocarla.
Ni de coña iba a permitir que se fuera de rositas, así que me calé una gorra, me puse unas gafas de sol y me senté a la barra a esperar el momento perfecto para darle una lección.
Una sangrienta, con cicatrices y con final en un hospital.
A ver, ya sé que le hice una promesa a Hedda, pero pensé que no hacía falta que se enterase de que yo le había roto todos los huesos del cuerpo a su exnovio.
¿Qué pasa? Sigo siendo partidario de resolver los problemas a puñetazos.
Y la cara de la mierda con patas tenía todas las papeletas de llevarse unos cuantos.
Sobre todo cuando lo escuché pavonearse delante de sus amigos.
Que si Hedda estaba loca.
Que si era celosa.
Que si la había protegido durante años porque la pobre necesitaba ayuda.
Ya me estaba levantando para estrellarle la jarra de cerveza en la cara justo cuando apareció Lars.
El muy imbécil llevaba una gorra y unas gafas de sol, igual que yo.
Se sentó en el otro extremo de la barra y puso mala cara al reconocerme.
Como si él tuviera más derecho que yo a estar aquí. Típico de él.
Me hizo un corte de mangas. Qué infantil.
Ahí estábamos los dos, disfrazados como un par de subnormales que intentan pasar desapercibidos, no se soportan y tienen un enemigo en común. No nos hizo falta hablar para entender que, por una vez, estábamos en el mismo equipo: Operación Partirle la Cara al Cabrón del Exnovio de Hedda.
Y entonces llegó ella con una carpeta bajo el brazo, la espalda recta y una determinación que hizo que mi corazón se detuviera de golpe. No parecía asustada. Era la misma mujer que me dijo que merecía más y luego me expulsó de su vida sin miramientos.
Una tormenta a punto de arrasar un bosque entero.
Lars se levantó del taburete en cuanto la vio ir directa a la mesa de Oskar, pero le hice un gesto con la mano para que aguardara.
Luego, moví los labios sin emitir ningún sonido: «Espera.
Ella sabe defenderse sola». Resulta que ese zoquete me entendió y se dejó caer de nuevo en el taburete con un resoplido.
Lo demás fue un auténtico espectáculo. No me da vergüenza admitir que se me puso dura mientras la veía destrozar a esa rata mentirosa y manipuladora.
¿Qué pasa? Tengo ojos y polla, soy heterosexual y estoy enamorado de la mujer más preciosa, brillante y valiente del puto planeta.
Claro que me empalmé al verla destruir al hombre que la maltrató durante tres años.
Y, cuando finalmente le quitó lo último que le quedaba —la credibilidad de sus amigos—, me levanté a aplaudir junto al resto de los testigos.
Mi novia es una auténtica pasada. Vale, ya no es mi novia. Pero volverá a serlo algún día. O eso espero.
Hedda se marchó después de desenmascararlo. Michael, el que se va a casar, le dio un puñetazo en la mandíbula a Oskar. No le pegó muy fuerte, todo hay que decirlo, pero al menos le hizo sangre.
Luego, vino mi parte favorita: Hedda le estampó una copa en la sien y le hundió la rodilla en las pelotas.
Bien hecho por mi chica. ¿He dicho ya que estoy enamorado de ella hasta las putas trancas?
No ha nacido ni nacerá otra mujer capaz de hacerme sentir orgullo, deseo y ganas de arrodillarme ante ella al mismo tiempo para jurarle devoción eterna.
Lars y yo, que llevábamos demasiado tiempo conteniendo las ganas de intervenir, nos levantamos a la vez para darle a la sabandija el postre de puñetazos que se merecía.
Iba a empacharse con tanta hostia. Por desgracia, el muy cobarde se desmayó en cuanto nos vio acercarnos.
Así que aquí estamos, mirándolo con una impotencia de cojones.
—No parece que vaya a despertarse —dice Lars con molestia.
—Una lástima.
—Supongo que la lección que le ha dado Hedda no se le va a olvidar en la vida. —Se señala el pecho con orgullo—. ¿Sabes? Fui yo quien le enseñó a dar un buen rodillazo en los huevos.
Pongo los ojos en blanco. El señor «soy militar y sé desmontar un arma en tres segundos» ya estaba tardando en colgarse una medalla.
—Eres el colmo de la humildad.
—Si mi hermanita acaba de dejar a su ex sin descendencia, es gracias a mi magnífica formación de defensa personal.
—¿También le enseñaste a coger una copa y estampársela en la cabeza? —me burlo.
Una sonrisa orgullosa le tira de las comisuras.
—Eso ha sido talento natural. Y mala leche. Le viene de familia.
—No se parece en nada a ti. O no me gustaría tanto.
Lars va a replicar algo, pero entonces escuchamos varios pasos detrás de nosotros. Son los cuatro amigos de la sabandija. El novio va delante, frotándose los nudillos enrojecidos. Al reconocerme, frena en seco y los otros tres chocan contra su espalda.
Michael observa el cuerpo inerte de su antiguo amigo. No sé si va a defenderlo porque, pese a todas las pruebas, tiene pinta de ser un blando y un tibio de tres pares de narices. Quizá todavía le quede algún residuo de lealtad estúpida hacia esa rata. Por si acaso, no pienso esperar a averiguarlo.
Doy un paso atrás, levanto los puños y mi espalda choca contra la de Lars. Él ha adoptado la misma postura combativa que yo.
Quien me iba a decir algún día que este tío tan insoportable y yo acabaríamos espalda con espalda.
—Dos para cada uno —murmura, encantado, flexionando los dedos—. Que empiece la fiesta.
—No pienso dejarte los fáciles —contesto.
—Todos son fáciles, idiota.
—Idiota tú.
—Cómeme los huevos. El gordo es mío.
Harald —creo que se llama así— se da por aludido, pone cara de pavor y retrocede con los brazos en alto. Los demás hacen lo mismo. Joder, qué decepción. Tenía ganas de marcha.
Michael, el novio con cara de mártir que tiene pinta de ser más aburrido que la tabla de multiplicar del cero, echa un último vistazo a Oskar y enrosca el labio superior en una mueca de asco.
—No hemos venido a protegerlo. Podéis hacer con él lo que queráis.
Por mí, como si lo tiráis al lago. Solo vamos a salir para disculparnos con Hedda.
O al menos yo. No puedo hablar por los demás.
—Se pasa una mano por la nuca—. Ella siempre fue una buena amiga para mí.
Cuando rompió con Oskar, intentó decirme que no era la persona que yo creía, pero no quise escucharla y la bloqueé.
Me fie de la palabra de mi amigo porque de verdad confiaba en él. —La última frase le sale áspera.
No siento lástima por ningún hombre que le haya dado la espalda a Hedda en algún momento de su vida. Que le den. Si quiere piedad, que se la pida a san Pedro cuando le llegue su hora.
—Sé lo que es creer que conoces a un amigo y descubrir que todo era una fachada —dice Lars con tono tenso—. Haces bien en disculparte con mi hermana. Arreando. No nos hagáis cambiar de opinión.
Michael y los demás salen en busca de Hedda sin rechistar.
La alusión de Lars a Arick, ese violador de mierda, me golpea en pleno pecho.
Una parte de mí todavía sigue queriendo culparlo, pero la otra se ha ablandado —qué palabra tan repugnante— después de haber hablado con mi hermana.
Ella me ha obligado a mirarlo desde un sitio que no fuera el odio.
Al final, no me ha quedado otra que admitir que, si yo hubiera estado en el lugar de Lars, seguramente tampoco habría desconfiado de mi amigo.
A ver, no tengo amigos, soy un tipo solitario.
Pero, si hubiera admirado a alguien y le debiera la vida, también habría construido mi lealtad a su alrededor.
Lars sale disparado detrás de ellos como un toro de miura. Los vigila con los ojos entrecerrados y, en cuanto Michael se acerca a Hedda, hace el amago de unirse a la conversación.
Carajo, no descansa nunca. Es tan sobreprotector que me deja en pañales. A mí. Ver para creer.
—Déjalos —le ordeno, sujetándolo por el hombro.
—Suéltame, coño.
—Deja que hablen con ella. —Clava la vista en mi mano con una ira que podría derretirme la piel—. No es una niña.
Resopla por la nariz.
—No soy tu puto colega, Steel.
Retiro la mano, aunque no me aparto de su camino.
—¿Vas a interrumpirla?
—No, hostia. Pero tú no lo entiendes. Es mi hermanita. Tengo que protegerla y… —Cierra los ojos al darse cuenta de lo que acaba de decir—. Claro que me entiendes. Me entiendes mejor que nadie. Perdona, tío.
Casi me caigo de espaldas. O lo he oído mal, o Lars Storm acaba de pedirme disculpas. A juzgar por su expresión, él se siente tan incómodo como yo ante este acontecimiento tan insólito.
Carraspeo para aclararme la garganta.
—No pasa nada. Disculpas aceptadas. Y discúlpame tú a mí por haberte confundido con el verdadero culpable —suelto las palabras atropelladamente—. Y por seguir echándotelo en cara después de que se descubriera la verdad. No cargues con ese peso. No te corresponde.
Lars baja la cabeza. De pronto, parece querer que se lo trague la tierra.
—Eh… Las acepto.
—Genial.
—Pues eso.
Nos quedamos en silencio, rebosando incomodidad el uno al lado del otro. Observamos cómo Hedda habla con Michael y los demás. Después de una breve conversación, él se acerca con cautela y la rodea con sus brazos.