STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 65 Hedda #3
92%

65 Hedda #3

—Una noche se emborrachó y me confesó que se acostó con ella mientras tú habías ido a pasar el fin de semana con tus padres.

Ella te dejó porque se sentía culpable. Nunca te contó la verdad para no hacerte más daño.

Como era su palabra contra la mía, cuando rompimos, localicé a Ingrid por Facebook para preguntarle si era cierto.

Me lo confirmó y me pidió que te pidiera disculpas en su nombre.

Dice que ha sido el peor error de su vida.

Y el peor polvo —añado, haciéndole otra peineta a Oskar—.

Pagina diecinueve. Mensaje número tres. Ingrid me ha dado permiso para enseñártelo.

Se hace el silencio en el salón. Sus amigos lo miran con expresiones que van desde la furia al asco, pasando por la decepción. Los clientes del hotel que se han enterado de todo murmuran que es un impresentable y un canalla.

—¡Es una zorra mentirosa! —grita Oskar de pronto—. ¡Se lo está inventado todo para dejarme mal! ¡No soporta que la haya dejado atrás! ¡Ni verme feliz!

—¡Que alguien le calle la boca! —interviene una señora de una mesa cercana.

—Mi ex era igual —añade otra mujer—. Reconozco a un narcisista cuando lo tengo delante. Ojalá yo hubiera hecho lo mismo que tú para que todo el mundo viera quién era de verdad. De buena te has librado, muchacha.

—Lo sé —le contesto, orgullosa, con la vista clavada en Oskar—. Ahora saben quién eres. —Miro a sus amigos uno a uno—. Lo que hagáis con esa información es asunto vuestro. A mí me habría gustado que alguien me avisara de cómo era en realidad. Así me habría ahorrado los tres peores años de mi vida.

Algo se rompe en la cara de Oskar. No es tristeza ni arrepentimiento, pues no es una buena persona capaz de responsabilizarse de sus actos. No, lo que brilla en sus ojos es odio.

Michael lo golpea en el hombro con las capturas de pantalla.

—¿Cómo pudiste hacerme esto?

—Michael, no seas gilipollas —bufa Oskar—. Se lo está inventando todo para separarnos.

—Me das asco. Te acostaste con Ingrid.

Oskar se ríe con desprecio. Parece haberse dado cuenta de que ya no le sirve de nada mentir.

—Bueno, sí, ¿y qué? Éramos críos.

—¡Perdí mi trabajo por tu culpa! —Emil le da un empujón.

Oskar resopla.

—No te despidieron por mi culpa, sino por ser un incompetente.

Emil se abalanza sobre él, pero Harald lo frena agarrándolo por el brazo.

—A mí me acusaste de ladrón.

—Ni siquiera me caes bien, Harald —contesta Oskar con desgana—. Pero eso no cambia el hecho de que Hedda está enferma y ha recopilado todas esas pruebas por despecho.

—Aquí el único enfermo eres tú —le suelta Sven—. Intentaste acostarte con mi novia mientras fingías ser mi amigo.

—Ella es una calientapollas. Todo hay que decirlo.

No me quedo a escuchar el resto. Me doy la vuelta y cruzo el comedor con la paz que me produce haberme quitado un gran peso de encima. Ya está. Se acabó. No puede hacerme más daño. Atrás quedó la mujer que se marchó temblando asustada aquella noche.

Detrás de mí estalla un gran alboroto. La discusión sube de categoría. Oigo un golpe. No me giro. No me interesa.

Estoy a punto de salir cuando alguien me agarra del brazo.

—¡Tú, maldita zorra!

Oskar tira de mí con violencia. Tiene sangre en la comisura del labio. Supongo que uno de sus amigos —o examigos— le ha dado un puñetazo.

—¡Me las vas a pagar!

Ni me lo pienso. Antes de que baje la mano hasta mi cara, agarro una de las copas del aparador que tengo justo detrás y se la estrello en la sien. Luego levanto la rodilla contra su entrepierna. Con toda mi fuerza.

Oskar suelta un alarido, se lleva las manos a la cara y se inclina hacia delante. No se ha cortado. La copa le ha dado de plano antes de hacerse pedazos. Pero el rodillazo en los huevos ha bastado para frenarlo.

Me quedo mirándolo boquiabierta.

He sido yo.

No Rowan.

No Lars.

Yo.

Yo acabo de impedir que me ponga una mano encima.

—¡Serás hija de puta! —masculla con los ojos inyectados en sangre—. Esto no se va a quedar así.

Da otro paso hacia mí. Cojo otras dos copas del armario. Ya se las pagaré a Sonja. Si hace falta, se las reviento todas en la cabeza y compro un expositor nuevo.

Oskar se cierne sobre mí, pero, antes de que pueda acercarse más, veo dos sombras levantarse a la vez. Cada una desde un extremo de la barra. Los reconozco cuando avanzan hacia Oskar con idéntica expresión asesina, dándose codazos para llegar el uno antes que el otro.

¡No me lo puedo creer! Han estado ahí todo este tiempo, agazapados, pero al menos me han dejado defenderme sola antes de intervenir. No sé si me entran ganas de abrazarlos o de matarlos.

—¿Te dije o no te dije que sabía defenderse sola? —le suelta Rowan a Lars. Flexiona los puños un par de veces mientras se va acercando a Oskar.

—Estoy orgulloso de ti, Heds —me dice Lars, crujiéndose los nudillos.

Oskar se lleva una mano al pecho. Esos dos no llegan a tocarlo, pues se desploma redondo en el suelo. En serio. ¡Se ha desmayado del susto!

Rowan se inclina sobre él y lo observa con evidente fastidio.

Lars le da un puntapié para comprobar si de verdad está inconsciente.

—Pues sí, se ha desmayado —comenta con decepción.

—Puto cobarde —sisea Rowan.

Los dos resoplan.

Los señalo con un dedo, incapaz de decidir cuál de los dos me irrita más. No entiendo por qué se llevan tan mal si en el fondo son tal para cual: dos cabezotas sobreprotectores a los que adoro con todo mi corazón.

—¡Sois de lo que no hay!