65 Hedda #2
Saco el móvil y les enseño el vídeo de la cámara que instalé en mi casa al poco de mudarme.
Sabía que Oskar acabaría regresando tarde o temprano.
Les muestro la pantalla y le hago un gesto a Sonja, la dueña del hotel, para que también reproduzca el vídeo en el televisor del salón.
No quiero que nadie se pierda ningún detalle.
—Es de ayer. Os ha dicho que nos encontramos por casualidad en una tienda y que fingió no verme, pero la realidad es que vino a mi casa después de haber pasado meses enviándome esos mensajes.
Oskar aparece en la pantalla. Se ve cómo me agarra la muñeca con violencia y luego se le escucha decir, alto y claro:
—No he convencido a esos idiotas de hacer la despedida de soltero en este pueblo de mierda ni me he degradado al venir hasta aquí para que te comportes como una zorra orgullosa conmigo.
Después le grito que me suelte y el vídeo se corta antes de que Rowan aparezca para estrangularlo. No soy tonta.
—¿Nos ha llamado idiotas? —se indigna Sven.
— Sip , eso iba por vosotros. —Asiento—. Ah, Michael, te interesan especialmente las capturas de WhatsApp en las que me acusa de serle infiel contigo. Estaba celoso de ti. Pensaba que nos acostábamos.
Michael, que sigue mirando la cara rabiosa de Oskar congelada en la pantalla, se queda aún más petrificado.
—¿De mí? —le pregunta, dolido—. Pero si soy tu mejor amigo. Yo jamás te haría algo así.
—El fin de semana del cumpleaños de su padre, Oskar pasó dos días sin dirigirme la palabra porque tú me diste un abrazo —le cuento—.
Después, cuando volvimos a casa, me llamó puta y me preguntó cuánto tiempo llevaba acostándome contigo a sus espaldas.
Página doce. Tercer mensaje. Léelo, te interesa.
Y, si no te fías de las capturas, no tengo ningún problema en enseñarte mi teléfono.
—¡Lo que estás haciendo es ilegal! —brama Oskar—. Te voy a denunciar.
—Ah, ¿sí? Hazlo. —Me miro las uñas—. A ver quién sale perdiendo cuando le enseñe a la policía el vídeo de cómo me agredes. O tus mensajes de acoso.
—¡Que te calles, joder!
—¿Por qué? ¿Te avergüenza que sepan cómo eres? A mí me habría ahorrado bastante sufrimiento que alguien me hubiera contado la clase de persona que eres.
Sus amigos hojean las páginas cada vez más deprisa. Cómo han cambiado las tornas. Hace unos minutos rodeaban a su amigo como si fuera el líder de una secta postapocalíptica, y ahora se van alejando de él como si pudiera contagiarles la lepra.
—¡TODO ES FALSO! ¡ES UNA MENTIROSA!
—Oskar —dice Michael con una voz helada que nunca le había oído—, déjalo ya, ¿quieres?
—No pasa nada —intervengo—. Para admitir lo que hizo, debería tener algo parecido a una conciencia.
Oskar da un paso hacia mí con los puños apretados. Esta vez no retrocedo. Levanto la barbilla y agarro la carpeta, dispuesta a estrellársela en la cara como se atreva a tocarme. No es necesario. Al tercer paso, Michael se interpone entre nosotros.
—Sí, eso —ruge Oskar—, aléjala de mí antes de que…
—La estoy protegiendo de ti —le aclara Michael con frialdad—. Ningún hombre que se precie le levanta la mano a una mujer.
—Desde luego —lo secunda Sven, plantándose a su lado.
—Vas a tener que pasar por encima de todos nosotros para tocarla. —Emil se pone a mi lado y se cruza de brazos—. No sé cómo no se te cae la cara de vergüenza.
Oskar los mira sin dar crédito. Parece a punto de sufrir un infarto. Pero yo aún no he terminado. Como Emil está a mi lado, decido empezar por él.
—Emil, ¿recuerdas el correo anónimo que recibió tu jefe con aquellas hojas de cálculo del presupuesto interno? Las que parecían demostrar que habías filtrado información de la empresa a la competencia.
—Sí. Me despidieron por aquello.
—Pues ahí tienes al culpable. —Señalo a Oskar con la cabeza—. Lo envío él. Me lo contó tras emborracharse. Dijo que te lo merecías por haberlo dejado en ridículo delante de vuestro jefe durante una cena. La única prueba que tengo es mi palabra, pero me parece justo que lo sepas.
—¡ESTÁ MINTIENDO!
—¡Serás hijo de puta! —Emil se abalanza sobre él y sus otros amigos tienen que frenarlo—. ¡Y encima me consolaste y me dijiste que contara contigo para lo que me hiciera falta!
—¡Que se lo está inventando, joder!
—¿Sí? ¿Y cómo puede saber los detalles? —replica Emil—. Yo nunca le conté a nadie por qué me despidieron. Firmé un acuerdo de confidencialidad tras el despido porque tenía todas las de perder. ¡Ni siquiera mi familia lo sabe!
Oskar abre la boca, pero no es capaz de inventarse otra mentira para salir airoso. Lo dejo con su cara de pez fuera del agua y me centro en Sven.
—Maja no te dejó por aquella discusión tonta del bar.
Rompió contigo porque Oskar la llamó para decirle que habías ido al cumpleaños de tu exnovia mientras ella estaba fuera visitando a sus padres.
Y la convenció de que seguías colado por ella.
Tampoco tengo pruebas, pero puedes llamar a Maja para que te lo confirme.
Sven frunce el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque estaba delante cuando hizo la llamada —explico—.
Le pregunté por qué estaba metiéndose en vuestra relación y me dijo que solo quería abrirle los ojos a ella.
Que no se merecía salir con un cerdo infiel como tú.
Lo que no te contó fue que llevaba meses intentando acostarse con Maja.
Yo me enteré después de que rompierais porque Maja estaba arrepentida y me envió los mensajes.
Tal vez ahora esté preparada para enseñártelos.
—¡ERES UNA ZORRA MENTIROSA! —escupe Oskar, fuera de sí.
Lo ignoro. Cuando intenta acercarse a mí, Michael le planta una mano en el pecho y le dice con absoluta claridad:
—No.
Miro a Harald. El pobre está esperando su turno con gesto horrorizado. Normal, aquí hay para todos. Yo no he sido la única víctima de Oskar.
—¿Recuerdas cuando te acusaron de haber robado dinero de la cuenta del club de escalada?
—Harald no responde. Solo asiente—. Oskar envió el anónimo al presidente.
Fue él quien le pidió que revisara las cuentas porque sabía que habías sacado dinero para reservar un alojamiento y habías perdido el recibo pertinente.
Sabía que parecerías sospecho hasta que presentaras la factura.
Fue al principio de que empezáramos a salir.
Por aquel entonces, me tenía tan engatusada que lo creí cuando te acusó.
No fue hasta mucho después de que rompiera con él cuando me enteré de que eras inocente.
—¡Pero serás cabrón! —le ladra Harald—. ¡Perdí a muchos amigos por aquel malentendido!
—¡Nada de lo que está diciendo es verdad! —se defiende Oskar—. ¡Está loca!
Ya nadie lo escucha.
Michael me mira antes de que abra la boca. Sabe que es su turno.
—¿Recuerdas aquella mudanza a la que Oskar no pudo acompañarte porque dijo que se había quedado inmovilizado por el lumbago?
—Sí. —Suspira—. Déjame adivinar: no tenía lumbago.
—Se fue a hacer piragüismo con su primo.
Estaba muerto de celos porque tú habías conseguido una casa mejor que la suya.
Por eso no fue a ayudarte. No dejaba de repetir que no entendía por qué te iba mejor que a él si eras un inútil que no había terminado la universidad.
Y hablando de la universidad… ¿Te acuerdas de Ingrid?
La novia que tenías en segundo de carrera.
Michael se pasa una mano por la barbilla.
—Cierra la puta boca, Hedda —me advierte Oskar, con la mandíbula apretada.
—No me da la gana. —Le hago una peineta—. Tú a mí no vuelves a mandarme callar.
—¿Qué pasa con Ingrid? —exige saber Michael, cada vez más tenso.
No aparto los ojos de Oskar cuando contesto. A lo mejor soy un poquito mala persona por disfrutar el momento.