65 Hedda
Pues Oskar volvió a hacer de las suyas.
No habían pasado ni tres horas desde que se marchó de mi casa con el cuello marcado por los dedos de Rowan y la dignidad igual de aplastada que su caja de bombones cuando recibí un mensaje suyo.
Sigo teniéndolo bloqueado, pero, tras leer el wasap de un número desconocido, no me quedó ninguna duda de quién estaba detrás.
Número desconocido: Te arrepentirás de haber sido una zorra conmigo.
Lo leí sentada en el sofá, todavía con la muñeca dolorida y una bolsa de hielo apoyada sobre la piel enrojecida. Durante unos segundos, una voz me ordenó que ignorase el mensaje para no empeorar las cosas. No le hice ni caso.
Le prometí que lo destruiría si se acercaba a mí o intentaba ponerse en contacto conmigo. Soy una mujer de palabra.
Me quedé mirando el mensaje hasta que la pantalla se apagó. Después desbloqueé el móvil, hice una captura y la guardé en la carpeta con el resto de los wasaps, mensajes de Instagram y correos electrónicos amenazantes.
Si Oskar no ha captado la advertencia después de presentarse en mi casa, agarrarme por la muñeca y terminar con Rowan a punto de estrangularlo en mi porche y Lars con ganas de asesinarlo, no me queda más remedio que explicárselo de una forma que jamás olvidará.
Ya lo dice el refrán: quien siembra viento recoge tempestades.
A la tarde siguiente, entro en el pequeño hotel de Bjørndal con una carpeta gruesa bajo el brazo y una determinación que no había sentido desde hacía años.
Lo encuentro al fondo, sentado con sus amigos —los mismos que me dieron de lado—, alrededor de una mesa.
Está de espaldas a mí, gesticulando con los brazos con la arrogancia de un político de alta cuna.
Michael, su mejor amigo, el que se casa dentro de unas semanas, está sentado a su izquierda.
Hubo una época en la que Michael y yo también fuimos buenos amigos.
No le guardo rencor por haber creído las mentiras que Oskar contó sobre mí, pero ha llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa.
Además, a mí también me gustaría saber que mi padrino de boda es una rata traicionera.
—Os juro que esa pirada tiene lo que se merece.
¡No entiendo cómo pude desperdiciar tres años de mi vida con ella!
—Oskar suelta la jarra de cerveza en la mesa con tanta fuerza que la espuma se derrama por el borde—.
¿No os dije que estaba loca? Me la encontré al salir de aquella tienda.
Ni siquiera la saludé. Como ya os conté, no voy buscando problemas y la he evitado desde que rompí con ella.
—Enarco las cejas. Así que esa es la versión que les ha vendido—.
Yo seguí mi camino, pero la muy embustera le dijo a su perro guardián que yo la estaba acosando.
Vaya. Tiene tanta imaginación que me sorprende que sea contable en vez de guionista. Está desperdiciando su talento.
Oskar se baja el cuello del jersey y les muestra las marcas rojas.
—Mirad lo que me hizo la mala bestia de su novio. De buena me libré con ella.
Sus amigos se inclinan hacia delante para examinarlas mejor. Michael chasquea la lengua.
—No tenía a Hedda por alguien así. Deberías denunciarlos.
Michael siempre me cayó bien. Lo considero una buena persona que está cegado por un impostor. No lo culpo, pues a mí también me tuvo engañada durante mucho tiempo. A Oskar le resulta muy fácil convencer a los demás porque lleva toda su vida perfeccionando ese papel de amigo y novio ejemplar.
—Créeme, lo he pensado, pero Hedda no está bien.
Me da pena —continúa Oskar con tono afectado—.
Siempre fue celosa e intensa. Será por su falta de autoestima.
Se veía gorda aunque yo le dijera que estaba estupenda.
—¡Será posible! Es un mentiroso compulsivo—.
Tenía reacciones muy extremas. Se negaba a recibir ayuda profesional.
Si nunca os conté nada y la tapé, fue porque quería protegerla.
—Se lleva una mano al corazón—. La amaba.
No me culpéis por mirar hacia otro lado.
Que me amaba, dice. El mismo hombre que me insultaba hasta hacerme llorar, me montaba escenas de celos y luego me culpaba de mis ataques de ansiedad.
El mismo que me aisló de mis amistades por mi «propio bien» y me convenció de que cualquier hombre que se acercaba a mí quería acostarse conmigo, pero que yo no lo veía porque era idiota y una auténtica guarra.
El mismo que sugirió que me pusiera a dieta porque, según él, me sobraban unos kilos.
—Tal vez no deberíamos haber venido al pueblo —interviene Michael, incómodo—. Quizá ella se lo haya tomado como una provocación. Si sabías que vive aquí…
Oskar se revuelve en la silla como si acabaran de darle un calambrazo.
—¿Y por qué iba a dejar de venir? Bjørndal tiene las mejores rutas de senderismo.
Tú querías pasar tu despedida de soltero en la montaña.
Tío, he venido por ti —le suelta como si se hubiera sacrificado y no hubiera utilizado la despedida de su amigo como excusa para venir al pueblo—.
No voy a dejar de hacer mi vida porque la pirada de mi ex sigue obsesionada conmigo. Es su problema que no me supere.
Sus amigos asienten.
—Perdona —se disculpa Michael—, no pretendía ser desagradecido.
—Tienes razón —añade Sven—, no puedes vivir con miedo a tu ex.
—Exacto. —Oskar se acomoda en la silla como si acabara de ganar un juicio—. Ya bastante he soportado. Me tenía anulado.
Bien. Es mi momento.
Aplaudo mientras me acerco a su mesa. Todos levantan la vista hacia mí. Michael es el primero en reconocerme. La incomodidad se refleja en su cara cuando nuestras miradas se encuentran.
—Qué bien engañados los tienes —le digo a Oskar cuando se vuelve—. Igual que a mí en su día.
Oskar pega un respingo y casi derrama la cerveza, pero se recompone enseguida. Salta de la silla y me señala con un dedo.
—¿Lo veis? ¡Está desquiciada! Me tiene frito. No me deja vivir. No para de mandarme mensajes. Aunque la bloquee, se sigue haciendo cuentas de Instagram para acosarme. Está loca de remate. Pero, como soy un hombre, tengo todas las de perder.
La risa me sale sola. No es una risa nerviosa ni histérica; no, de verdad me hace gracia ver hasta dónde es capaz de llegar con sus mentiras con tal de salvar el culo.
—¿Eso les has contado? —pregunto con una sonrisa tranquila—. Qué mala memoria tienes, Oskar. Fui yo la que tuvo que bloquearte después de huir de madrugada por el miedo que te tenía.
Sven y Michael intercambian una mirada. El resto de sus amigos nos observan en silencio.
—No empieces, Heddie. —Me hace un gesto con la mano para que me largue. Cualquiera diría que el hotel es suyo—. No quiero discutir contigo.
—Qué raro. Ayer te apetecía mucho hablar conmigo.
Primero, cuando llamaste a la puerta de mi casa y me agarraste de la muñeca aunque te pedí que te marcharas.
—Me remango el jersey para enseñarles los moratones—.
Y luego, cuando me escribiste desde un número desconocido para decirme que me arrepentiría de haber sido una zorra contigo.
Michael y los demás se quedan mudos mirando mi muñeca.
Oskar echa un vistazo a sus amigos y se lame los labios para controlarse.
Sé que le encantaría abalanzarse sobre mí: la tensión de su cuerpo inclinado hacia delante y sus puños apretados lo delatan.
Pero tiene público; no le queda más remedio que contenerse.
—Eso es mentira. Estás muy mal, Heddie. Dijiste que habías ido a terapia —intenta usar mis propias palabras en mi contra—. No deberías haberla dejado. Necesitas ayuda. Urgentemente.
—Uy, no te preocupes por mi salud mental. Sigo yendo a terapia.
—Eh… —Michael se levanta y se rasca el brazo—, será mejor que te vayas, Hedda. No queremos problemas.
—Lo que he venido a hacer solo me llevará unos minutos —le contesto sin perder la calma—.
A mí también me tenía tan engañada como a vosotros.
Me parece justo que abráis los ojos. —Abro la carpeta y voy repartiendo una copia de los documentos grapados a todos su amigos.
No quiero que tengan que turnarse para descubrir qué clase de hombre es su querido amigo.
Oskar intenta arrebatármelos, así que le lanzo una copia a la cara—.
Ah, también hay para ti, no te preocupes.
Ya no puede hacer nada para impedirlo. A sus amigos les puede la curiosidad y empiezan a leer el contenido. A él no le queda más remedio que hacer lo mismo. Su rostro va perdiendo el color a medida que reconoce las capturas de pantalla.
Por primera vez, soy yo quien disfruta viendo cómo se le encoge el estómago de miedo. Y este es un tipo de miedo que no requiere de violencia y le arrebatará lo que más valora: el respeto de sus amigos.
Emil frunce el ceño conforme va leyendo.
Harald me observa con desconfianza, pero le vence el interés.
Sven se acerca los documentos a la cara y masculla una palabrota.
Luego se pone las gafas de leer y suelta más tacos.
Michael, que había dejado su copia en la mesa, supongo que por lealtad a su mejor amigo, cambia de opinión al ver las reacciones de sus colegas y la recoge.
Tarda menos de un minuto en levantar la cabeza hacia Oskar. Tiene la cara descompuesta.
—Tío, ¿qué cojones es esto?
Oskar arruga los folios entre sus manos.
—¡Esto es mentira! ¡Lo habrá hecho con inteligencia artificial!
—Ja, más quisieras. Ahí tenéis las conversaciones de WhatsApp en las que Oskar me insultaba —les explico—.
También las de Instagram y Facebook. Cada vez que lo bloqueaba, se creaba otra cuenta para amenazarme.
Y tenéis los mensajes y correos que me enviaba.
He marcado las fechas para que no tengáis que esforzaros demasiado en comprobar que siguió haciéndolo después de que yo terminara con él.
—Esto… —Michael va pasando las páginas—. Esto no puede ser.
—¡Claro que no! ¿Cómo le dais crédito? ¡Está mintiendo!
—Ah, tengo más.