STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 64 Rowan #2
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64 Rowan #2

Hedda está de pie junto a la puerta, mirándome fijamente. Me entran ganas de comérmela a besos. Adoro a esta mujer y sería capaz de prender fuego al puto mundo si ella me lo pidiera.

No sé si está enfadada con él, conmigo o con los dos, pero esas cuatro palabras bastan para que suelte a esta rata y la observe con una esperanza que no me esfuerzo en disimular.

—¿Hay alguna posibilidad de que me perdones?

Hedda aprieta los labios como si no entendiera que mi cerebro haya elegido aferrarse a ese detalle.

—Has dicho que, si lo toco, jamás me perdonarás. Eso significa que hay una pequeña posibilidad de que lo hagas.

—No…, no lo creo, Rowan.

Las comisuras de mis labios se elevan hacia arriba. Es todo lo que necesito para soltar a este desecho y dar un paso atrás.

—No has dicho que no.

—Rowan…

—Me vale.

Atrapo al idiota del abrigo cuando está a punto de alcanzar los escalones del porche. Con el cuello enrojecido y la cara llena de manchas púrpuras, se dobla hacia delante y empieza a toser.

—Es tu puto día de suerte. Dale las gracias a Hedda por salvarte el pellejo.

—G-gracias —balbucea de inmediato.

Hedda pone una mueca.

—Escúchame bien, pedazo de escoria, porque no pienso repetírtelo.

Si para recuperar a mi chica tengo que aguantarme las ganas de darte la paliza que te mereces, lo haré.

—Lo agarro por la nuca y tiro de él hasta mi cara—.

Pero, si vuelves a ponerle un dedo encima o a respirar cerca de ella, te dejaré en una silla de ruedas.

—Le hundo los dedos en el cuello hasta que emite un aullido de dolor—.

No sería la primera vez que dejo parapléjico a alguien. Y a ti te tengo muchísimas ganas.

Se tropieza con sus propios pies cuando lo suelto de un empujón. Tiene la garganta cubierta de marcas rojas y los ojos húmedos, pero, al enderezarse, todavía intenta fingir que le queda algo de dignidad.

—¡¿QUÉ COÑO ESTÁ PASANDO?!

Joder, el que faltaba.

Lars sube los escalones corriendo y levanta el puño hacia mi cara, pero no llega a bajarlo. Sus ojos se clavan en el pedazo de mierda perfumada. Tarda unos segundos en asimilar la escena. Primero, el cuello de Oskar; luego, los bombones; y, por último, la muñeca enrojecida de su hermana.

Me ignora por completo y va directo a por el idiota que está a punto de mearse encima.

Nunca pensé que me alegraría de ver a Lars.

Tal vez yo le haya prometido a Hedda que me mantendría al margen, pero no tengo el menor problema en que su hermano le parta la cara a su exnovio.

Así que me echo a un lado para que se desquite con él.

—Tú —gruñe—, te dije que te mataría si volvías a acercarte a mi hermana.

Lars se cruje los nudillos. Oskar retrocede hasta chocar con la barandilla.

—¡Basta, Lars! —Hedda lo agarra de la camiseta, pero su hermano avanza, arrastrándola con él—. ¡He dicho que ya basta! ¡No quiero que hagas eso! ¡No quiero que ninguno de los dos me defienda de esa forma! ¡No lo necesito!

Lars agarra al idiota por las solapas del abrigo y lo lanza escaleras abajo. El saco de basura rueda por los escalones y aterriza de cara contra la nieve soltando un grito. Me tapo la boca para disimular una sonrisa cuando Hedda me mira de reojo con los ojos entrecerrados.

Hedda se planta delante de su hermano antes de que este pueda bajar del porche.

—Me puedo defender sola —le recrimina, temblando de impotencia—. Ya me quitó muchas cosas: mi autoestima, la seguridad en mí misma, mi amor propio. No me quites tú también eso.

—Cántale las cuarenta después de que yo me ocupe de él —masculla Lars.

Hedda extiende los brazos contra su pecho para impedir que Lars siga caminando.

Él sigue avanzando y la obliga a retroceder con cada paso.

Se me borra la sonrisa. Suficiente. Si Hedda quiere defenderse sola para recuperar el orgullo que ese despojo le arrebató, no seremos nosotros quienes se lo impidamos.

Juré no ponerle una mano encima a su hermano, pero tampoco voy a permitir que la ningunee. Por eso me agacho por debajo de los brazos de Hedda, me planto delante de él y apoyo una mano en su pecho.

Lars me mira como si quisiera arrancarme la cabeza. No me muevo ni un centímetro.

—Apártate —me espeta.

—No.

—Pensé que en esto estábamos en el mismo barco. No sé por qué no has terminado lo que habías empezado, pero ya me encargo yo.

—Hedda ha dicho que puede defenderse sola.

—¡Ese cabrón le hizo daño a mi hermana y ha tenido la desfachatez de volver!

—Ya lo sé, carajo. A mí también me cuesta una barbaridad no matarlo, pero Hedda no merece que ni tú ni yo le arrebatemos el derecho de ponerlo en su sitio.

Puede librar sus batallas sola, ¿no crees?

—Señalo con el pulgar al desecho humano.

Se está poniendo de pie a duras penas—. No la ningunees igual que ha hecho esa basura al venir hasta aquí pensando que ella es débil.

Hedda no tiene ni una pizca de debilidad dentro de ella. Es la hostia de fuerte.

—No he dicho que no lo sea. —Lanza una mirada de disculpa a su hermana y otra de molestia a mi mano. La dejo caer tras cerciorarme de que ha entrado en razón—. Lo siento, Heds. No pretendía subestimarte.

Lars y yo nos cruzamos de brazos mientras observamos a Hedda recoger los bombones y meterlos en la caja. Nos miramos de soslayo. Ambos ponemos mala cara.

—Dime que daba la casualidad de que pasabas por aquí cuando has visto a ese cabrón —me suelta en voz baja, sin quitarle los ojos de encima al bastardo.

—Y un carajo pasaba por aquí. Más quisieras.

Estaba protegiendo a Hedda. No importa cuántas veces me amenaces o me des una paliza: nunca podrás alejarme de ella —le advierto—.

Métete esto en la cabeza: mientras yo respire, nadie va a hacerle daño sin tener que pasar antes por mí.

Y eso te incluye a ti si vuelves a decidir qué es lo mejor para ella sin escucharla.

—Vamos, que estabas espiándola como un maldito acosador.

—Semántica.

—Qué hijo de puta estás hecho.

—Tú estabas corriendo cuando ese miserable ha llamado a su puerta.

—¿Esperas que te dé las gracias?

—Me conformo con que no te interpongas en mi camino cuando ella decida perdonarme.

—Y una puta mierda te va a perdonar.

—Hace cinco minutos ha dicho que jamás me perdonaría si tocaba a esa basura. Eso significa que, antes de que intentara estrangularlo, todavía contemplaba esa posibilidad. —Le sonrío con suficiencia—. Yo me quedo con esa parte.

—Estás mal de la cabeza. Eso no significa un carajo.

—Vamos a ser cuñados lo quieras o no. Para ti, soy Steel. Nada de Rowan. No te tomes confianzas conmigo.

—La última paliza que te di debió causarte daños cerebrales irreversibles si de verdad crees que voy a aceptar que un desequilibrado que se esconde detrás de los árboles para espiar a mi hermana entre en mi familia.

Sonrío de medio lado.

—Me diste una paliza solo porque no me defendí. No te vengas arriba.

—¿Te quieres defender ahora? —me reta, con los ojos brillantes de emoción.

—Eso heriría los sentimientos de mi chica. Paso.

—No es tu chica. —Me enseña los dientes—. No es nada tuyo.

—Bah, ya te harás a la idea. Torres más altas han caído.

Está a punto de decir algo más, pero los dos dejamos de sostenernos la mirada al ver que Hedda se acerca a ese gusano, que ya ha conseguido ponerse de pie.

Mantenemos los brazos tensos, dispuestos a pulverizarle todos los huesos a ese miserable como se atreva a importunar a Hedda.

Ella le dice algo que no alcanzamos a oír desde aquí. Luego señala su coche.

Está furiosa.

Jodidamente preciosa.

Desprende fortaleza.

—Si vuelves a llamar a mi puerta o a intentar ponerte en contacto conmigo, destruiré tu reputación —dice ahora con tono más firme, lo bastante alto como para que podamos escucharla—.

Ya no te tengo miedo. Te destruiré si vuelves a acercarte a mí o te pones en contacto conmigo.

Tus amigos van a saber quién eres. Tu familia también.

Arruinaré tu reputación. Te quitaré todo lo que te importa.

—Nos señala con la cabeza—. Y la próxima vez, no los detendré.

Hedda le planta la caja de bombones en el pecho con tanta fuerza que él casi se cae de espaldas.

—Llévate tus malditos bombones. No quiero nada de ti.

Lars suelta el aire por la nariz.

Yo sonrío con orgullo.

Oskar se dirige a toda prisa hacia su coche y abre la puerta con manos temblorosas.

Los bombones se le caen al suelo. Se agacha a recoger la caja y la lanza con rabia al asiento del copiloto.

Por fin parece lo que realmente es: la clase de hombre mediocre que necesitaba hacer pequeña a una mujer maravillosa para poder sentirse grande.

Cualquier ser humano con dos dedos de frente pisaría el acelerador sin mirar atrás, pero los tipejos como él siempre necesitan lanzar la última piedra después de esconderse detrás de un muro.

Por eso, cuando ya tiene las puertas cerradas y el motor encendido, baja la ventanilla y se atreve a asomar la cabeza.

—¡Esa mala bestia por la que me has cambiado acabará cansándose de ti! —le grita a Hedda con la cara roja—. ¡Ya verás! ¡Te cambiará por otra en cuanto se aburra! ¡Y tu hermano la palmará un día de estos y no tendrás quien te defienda!

Lars y yo damos un paso al mismo tiempo hacia el coche. Hedda ni siquiera pestañea. Se limita a mirarlo con una indiferencia absoluta y a darse la vuelta. Su reacción saca de sus casillas a su ex más que cualquier insulto. No le queda más remedio que pisar el acelerador.

—No te ha perdonado —me gruñe Lars cuando su hermana se encierra en la casa.

Hedda acaba de impedir que vaya a la cárcel por matar a un hombre. Para mí, está clarísimo: aún le importo.

—Todavía no. Pero, si a tu hermana aún le preocupa que me convierta en el monstruo que todos creen que soy, es porque no me ha dado por perdido. Y antes necesitaba mucho menos para luchar por ella.

Lars menea la cabeza.

—Eres imposible, hostia.

Me llevo dos dedos a la sien para hacerle un saludo militar.

—Hasta la próxima, cuñado.