STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 64 Rowan
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64 Rowan

He dejado de ir a la cafetería. No porque ya no quiera ver a Hedda ni porque me haya rendido. Dios sabe que esa palabra no tiene ningún significado para mí cuando se trata de ella.

No voy porque no quiero causarle más dolor del que ya le produje. Sé que mi presencia la incomoda, sobre todo después de que se presentara en mi cabaña porque Alice se fue de la lengua.

Solo necesito una cosa de Hedda, y no es precisamente la compasión.

Pero eso no significa que vaya a dejar de verla. Me lo puede quitar todo menos ese privilegio. Mientras respire, siempre encontraré la forma de cuidarla. Incluso si su hermano o el inútil de Magnus creen que me intimidan montando guardia delante de su puerta.

Todos los días aparco tres calles más abajo y subo andando por detrás de las casas hasta el árbol desde que el puedo contemplarla trabajar sin que ella me vea a mí.

Observarla es el único buen momento del día.

Se ha convertido en una necesidad vergonzosa.

Puedo sobrevivir sin comer ni entrenar. Tampoco me asustan las amenazas de Richard de dejarme en la ruina.

Pero no puedo pasar un día entero sin comprobar que ella está bien.

Sí. Ya sé cómo suena. Parezco un acosador.

No estoy orgulloso de ello, pero tampoco voy a fingir que tengo intención de cambiar. Porque la verdad es que nunca existirá un universo en el que yo no me preocupe por ella.

¿No quiere verme? ¿No quiere perdonarme?

¿No quiere saber nada de mí? De acuerdo.

Lo que nunca aceptaré es que no me permita cuidar de ella.

Da igual lo que Hedda o sus putos guardaespaldas opinen al respecto: es mía hasta mi último suspiro.

Y, cuando ya no forme parte de este mundo y mis huesos se hayan convertido en polvo, seguiré encontrando la forma de cuidarla.

Aunque tenga que convertirme en un maldito fantasma para espantar a cualquier gilipollas que se le acerque.

Normalmente, llego justo después de que el capullo de su hermano salga a correr.

Lars tiene una rutina tan militar y predecible que me dan ganas de darle una medalla por ponérmelo tan fácil.

Aunque tiene buenos puños, eso se lo reconozco.

A las cinco y media sale a correr con cara de estar a punto de declarar la guerra a cualquiera que tenga la mala suerte de cruzarse en su camino.

A las cinco y treinta y un minutos, me escondo entre los árboles que rodean el jardín trasero y observo a Hedda trabajar en la furgoneta.

Verla me vuelve loco.

Qué guapa es, joder.

Se recoge el pelo en un moño bajo y algunos mechones castaños caen alrededor de su cara.

Me quedo embobado con su gesto de concentración absoluta mientras tararea alguna canción noruega.

Al final, termina con la frente perlada de sudor y la ropa manchada de pintura y polvo.

Observarla sin poder tocarla es la peor tortura.

Pero yo lo arruiné todo y ahora tengo que pagar consecuencias.

Hoy he llegado más tarde de lo habitual por culpa de los abogados del maldito Richard de los cojones. Por lo visto, uno de los miembros de mi equipo le ha contado que no me estoy preparando para el combate.

Odio a los chivatos.

—El señor Hale ha tenido conocimiento de que ha suspendido sus entrenamientos y ha prescindido unilateralmente de su equipo de preparación para el combate.

—No conozco a ningún señor Hale. Aunque me viene a la cabeza cierto promotor que solo se preocupa de contar billetes y explotar a chavales que saben pegar puñetazos. Si lo ve, mándelo a la mierda de mi parte.

—Le recomiendo que mida sus palabras, señor Steel.

—Y yo le recomiendo que no me llame para amenazarme.

—Su contrato establece unas obligaciones profesionales muy claras. Si usted no se preparada adecuadamente para el combate y su rendimiento se ve afectado por una conducta negligente, el señor Hale está dispuesto a emprender acciones legales.

Sé que no estoy siendo razonable, pero es que de verdad me importa una soberana mierda.

Por primera vez en mi vida, no tengo ánimo para entrenar hasta caer rendido.

Antes tenía una motivación: pagar los estudios de Alice.

Después de la última pelea, transferí a su cuenta dinero de sobra para cubrir la matrícula, el alojamiento y los gastos de los próximos años.

Además, he creado un fondo fiduciario a su nombre del que podrá disponer al cumplir los veintiuno. El futuro de Alice ya está asegurado.

Y sí, le prometí a Hedda que ganaría mi última pelea, pero, ahora que no estamos juntos, no me queda ningún motivo para levantarme cada mañana a sudar la gota gorda. Simplemente no puedo. Me rindo. Estoy agotado. Aunque eso me cueste toda mi fortuna.

Así que me río sin humor, porque las malditas consecuencias no podrían importarme menos.

—Dígale a Richard que puede meterse el contrato por el culo.

—Señor Steel…

—Llevo años haciéndole ganar dinero a costa de que me partan la cara.

He peleado lesionado, enfermo y con puntos que todavía no habían cicatrizado porque a ese hijo de puta le importan más las apuestas que mi vida.

Así que puede ponerse unos guantes, subir él mismo al ring y dejar que otro le reviente los huesos por una vez.

—Esa actitud no hará más que empeorar su situación.

—No sabe lo poco que me importa mi situación.

Cuelgo antes de que pueda contestar. Al infierno. Que me demande.

Lanzo el teléfono al asiento del copiloto y me pellizco el puente de la nariz en un intento por sacarme de encima las ganas de coger un avión hasta Londres, conducir hasta la casa de Richard y derribar su puerta a cabezazos.

Hace una semana, la amenaza de una demanda me habría puesto enfermo.

Ahora, me suda los cojones. Que se quede con todo mi dinero.

Me la pela. Empezaré desde cero. Ya lo hice una vez y puedo volver a hacerlo.

Ahora, lo único que me preocupa es cierta mujer de profundos ojos marrones que no me da ni la hora.

Salgo del coche y avanzo deprisa por el sendero que rodea las casas.

Al doblar la esquina, veo a un hombre de pelo negro que está en la puerta.

Al principio, lo confundo con Magnus y me carcomen los celos, aunque ya sé de sobra que Hedda solo lo ve como un amigo.

Pero el hombre que la tiene sujeta por la muñeca mientras ella le grita que la suelte e intenta zafarse es más bajo y delgado que Magnus.

Ay, me cago en la hostia.

Acelero el paso al reconocer a ese pedazo de escoria. No solo ha metido el pie en el hueco de la puerta para evitar que ella la cierre, sino que ha tomado la terrible decisión de tocarla.

Es. Hombre. Muerto.

Veo puntos negros alrededor de mis ojos. La rabia me explota en la cabeza.

En el ring se me conoce por ser rápido, pero hasta a mí me sorprende lo poco que tardo en cruzar los metros que me separan de ese despojo humano y atraparlo por el cuello. Lo empujo contra la pared como si fuera un saco vacío.

Los bombones que le ha comprado ruedan por el suelo. Aplasto uno de ellos con la suela del zapato. Le sonrío al muy cobarde. Acaba de convertir un día de mierda en un día prometedor.

Lo voy a matar.

—Hola, pedazo de mierda. Qué ganas tenía de verte.

La puta rata tarda medio segundo en reconocerme. Al siguiente, ya está temblando. Por el rabillo del ojo veo que Hedda se frota la muñeca y me mira boquiabierta.

Le ha hecho daño. La furia me corre por las venas y le aprieto el cuello con las manos.

—¿Dónde estabas? ¿Me estabas espiando?

Me encanta ver cómo se pone morado, pero no me gusta ni un pelo la expresión atónita de Hedda cuando me giro hacia ella. No está contenta de verme. Ni siquiera un poquito aliviada de que le haya quitado de encima a este parásito perfumado.

—Puedes decir que yo no soy tu problema —le recuerdo, con un pesar que me destroza por dentro—, pero tú siempre serás el mío.

La mierda con patas que estoy estrangulando emite un gemido ahogado. No puede hacer otra cosa salvo arañarme las manos en un burdo intento por liberarse. Malísima decisión. Le hundo los dedos en el cuello.

Este matón del tres al cuarto no tiene ninguna posibilidad contra mí.

He peleado con tipos que pesaban veinte kilos más que yo, pero a ninguno le tenía tantas ganas como a este cobarde.

Con ellos peleaba por dinero y no tenía ningún problema en estrecharles la mano después del combate, fuese cual fuese el resultado.

Pero a este pedazo de escoria le voy a romper todos los huesos del cuerpo gratis. No lo va a reconocer ni su madre.

Me mira con los ojos desorbitados. Vaya, vaya. Ya no queda nada del ex despechado que ha llamado a la puerta con una caja de bombones y ha tenido la osadía de ponerle sus asquerosas manos encima a mi chica.

—Le prometí a Hedda que la próxima vez que te viera te partiría todos los huesos de las manos —le explico con una calma letal. Al muy idiota se le llenan los ojos de lágrimas. Qué asco—. ¿Empezamos por la izquierda o la derecha?

—Rowan, no —susurra Hedda.

¿No? Y una mierda.

Le ha hecho daño.

Un rápido vistazo a su muñeca enrojecida basta para cabrearme más de lo que ya estoy. Aprieto más el cuello de este bastardo y levanto una mano, que dejo caer contra su cara. El golpe me produce tantísimo placer que le sonrío como un completo desquiciado.

—Hedda, entra en casa.

—No.

—No quiero que veas esto. Va a haber mucha sangre. Y gritos.

Joder, solo le he dado una bofetada y el tío ya está berreando como un maldito crío. Patético.

—Rowan.

—Cierra la puerta, cariño.

—¡Podrías ir a la cárcel por esto!

—Me da igual.

—Si haces eso, jamás te perdonaré.

Mis dedos se separan apenas unos milímetros del cuello de este desperdicio humano. No sé si la he oído bien. Por si acaso, sin soltarlo, giro la cabeza hacia ella.

Esas tres palabras significan el mundo entero para mí: «Jamás te perdonaré».

Es decir, ha pensado en perdonarme. Por minúscula que sea esa posibilidad, no puedo desaprovecharla, así que aflojo el agarre lo justo para que el pedazo de mierda inhale una bocanada de aire.