STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 63 Hedda
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63 Hedda

No vuelvo a saber nada de Rowan. Alice no me llama y Roxie tampoco aparece en mi casa con una cesta de chocolate blanco. La única señal de que Rowan sigue pensando en mí son los ramos de peonías rosas que un mensajero deja en mi puerta cada cuatro días.

«No has roto la promesa de las flores».

«Comprarte flores me hace feliz. Entrenar no».

Maldito seas, Rowan Steel. ¿Cómo has podido hacerme tanto daño cuando lo teníamos todo para ser felices?

Por las mañanas, trabajo en la cafetería. Pronto tendré que dejar mi empleo de camarera para ocuparme de los encargos de camperizar furgonetas que he aceptado, pero me comprometí con Johan hasta final de mes y no voy a dejarlo tirado.

En la cafetería pongo mi mejor sonrisa falsa, sirvo café, limpio mesas y finjo que no tengo el corazón roto debajo del delantal.

Por las tardes —mi momento favorito—, me encierro en la cámper con una caja de herramientas.

Transformar esa furgoneta vieja en un lugar habitable, cómodo y moderno no solo me hace sentir realizada, sino que también me devuelve un poco de paz.

O, al menos, funciona hasta que recuerdo que Rowan y yo habíamos planeado un viaje por el sur de Noruega en cuanto terminara de camperizarla.

No ha vuelto a aparecer por la cafetería desde que le dije que lo que le pasara no era mi problema. Johan está consternado y no se corta al quejarse de haber perdido a su mejor cliente. Matti sospecha que planeaba terminar de pagar la hipoteca con las propinas que le dejaba Rowan. En fin.

Anita tampoco lleva demasiado bien la desaparición de Rowan.

Esta mañana, mientras yo colocaba unas tazas limpias, me ha dicho por lo bajo: «Lo has espantado por ser tan orgullosa, perra mala».

Matti dice que no le tenga en cuenta su falta de madurez y que la fase de ser «una adolescente atontada con un hombre fuera de su alcance» se le pasará dentro de poco.

Yo creo que Matti es demasiado optimista. A las pruebas me remito.

A mediodía, Magnus se dejó caer en la cafetería después de terminar su turno de bombero. Anita dejó lo que estaba haciendo y corrió a atenderlo, pero Magnus la ignoró y me pidió que le sirviera un café. Juro que aún puedo escuchar el sonido que hizo el corazón de Anita al romperse.

Magnus no venía solo. Aunque todos sabemos que no se soportan, Søren apareció detrás de él, fue directo a Anita y le dijo con una sonrisa burlona: «Atiéndeme a mí, mocosa».

Anita se puso roja como un tomate, hizo como que no lo había escuchado y huyó a la zona más apartada de la barra para limpiar una superficie que ya estaba limpia.

Søren la observó con los ojos entornados y esa mueca maliciosa que adopta siempre que está tramando una de las suyas.

Magnus se dio cuenta, se bebió el café de un trago, agarró a su hermano de la nuca y le dijo algo al oído.

No pude oírlo, pero Søren soltó una risita por la nariz y le pegó un empujón con el hombro.

Entonces Magnus arrastró a su gemelo fuera de la cafetería e intenté poner la oreja detrás de la puerta para escuchar la discusión, pero Johan me gruñó que la mesa del fondo no se iba a limpiar sola.

Sí, también está resentido conmigo por haber espantado a su mejor cliente.

Tengo que hablar con Matti sobre este giro de los acontecimientos.

Ninguna mujer en su sano juicio querría llamar la atención de Søren Ashcroft.

Es un auténtico psicópata con el aspecto de un ángel de pelo negro.

Aún recuerdo cómo se hizo pasar por Magnus en una de nuestras citas, hace muchos años.

Tuvo la desfachatez de besarme, luego se me quedó mirando con el ceño fruncido y dijo con desdén: «Pues no eres para tanto.

Menuda decepción». Cuando Magnus y Lars lo confrontaron, Søren les dijo con indiferencia: «No es culpa mía que mi hermano tenga mal gusto y ella, poca vista».

Doy gracias por no haber llamado la atención de ese monstruo.

Lo que no agradezco es tener ahora tantos hombres sobreprotectores orbitando a mi alrededor.

Lars, Magnus e incluso Aksel se empeñan en hacer de guardaespaldas por si Rowan vuelve a acercarse a mí.

Les he repetido muchas veces que no hace falta y, sobre todo, que no es asunto suyo. Les da lo mismo.

Sé que Lars le ha pedido a Magnus que me eche un ojo para asegurarse de que Rowan no se acerca a mí. Y también sé que Magnus lo hace de mala gana desde que Rowan lo encerró en aquella despensa.

Aksel, por su parte, pasa todos los días por delante de mi casa con el coche patrulla. Cada vez que Lars lo ve por la ventana de la cocina, murmura con desprecio: «Ahí va Jesucristo con placa». También lo llama «el salvador de los pasos de cebra» o su mote favorito «el boy scout con pistola».

Mi hermano nunca se ha molestado en ocultar que se considera superior a Aksel.

Para él, Aksel solo es un policía local con complejo de salvador en un pueblo tranquilo donde nunca pasa nada, mientras que él es un militar entrenado para sobrevivir en sitios donde cualquier error puede costarte la vida.

Matti dice que Lars se cree con derecho a mirar por encima del hombro a cualquiera que no haya aprendido a dormir con un arma bajo la almohada.

A mí, Aksel me cae bien. Es buena gente y adora a Matti.

Cuando se lo comento a Lars para que deje de criticarlo, mi hermano me mira como si fuera una traidora de la peor calaña.

Me cuesta entender que dos hombres que fueron los mejores amigos en el instituto ahora sean los peores enemigos. Pero supongo que hay heridas que no se cierran solo porque hayan pasado los años.

No me apetece meter los dedos en otra cicatriz ajena cuando aún me escuece la mía, así que sigo trabajando en la cámper.

Ya casi he terminado.

Solo me faltan los últimos retoques: la pintura exterior, los grifos del baño y colocar las ventanas. A media tarde, decido tomarme un descanso y entro en casa para prepararme un té. Al poco tiempo, suena el timbre y suelto el hervidor de agua con un suspiro.

Seguro que es Lars. Ha salido a correr y siempre se olvida las llaves. Da igual cuántas veces le diga que se las guarde en el bolsillo. Mi hermano es capaz de recordar protocolos militares y desmontar un arma con los ojos cerrados, pero para el resto de las cosas mundanas es un puñetero desastre.

—¡Ya voy! ¡Te juro que la próxima vez te dejaré fuera!

Abro la puerta sin mirar. No es Lars ni Magnus. Ni tampoco Matti o Anita. Es la última persona que esperaba encontrar al otro lado.

Oskar.

Mi ex.

El mismo al que no veo desde hace casi un año y al que bloqueé de todas partes.

Está justo ahí, en mi porche, vestido con ese abrigo de lana que le regalé por Navidad.

Sí, el mismo que tardé tres horas en elegir porque el año anterior me recriminó que solo le hacía regalos de mierda.

Por aquel entonces, creía que si querías a una persona con todo tu corazón, podrías conseguir que te quisiera mejor.

Y me está sonriendo de esa forma que me hizo enamorarme de él.

En las manos sostiene una caja de bombones mientras me mira como si tuviera derecho a volver a mi vida después de haberme maltratado psicológicamente.

—Hola, Hedda —me saluda con tono amigable.

Se me hiela la sangre. No es una forma de hablar. Siento que el cuerpo se me enfría de la cabeza a los pies.

Mi nombre en su boca suena sucio. Los dedos se me cierran con tanta fuerza alrededor del pomo que me duelen los nudillos. Empieza a faltarme el aire y le suplico a mi cuerpo que empuje la puerta, pero no puedo moverme. La conmoción me ha dejado petrificada.

Oskar baja la vista hacia la caja de bombones y me ofrece una sonrisa prudente. Si no lo conociera realmente, no me habría dado cuenta de que debajo de esa mueca ensayada se esconde la peor de las intenciones.

—Son para ti.

No sabría decir si es la vergüenza o la rabia lo que me hace recuperar el control de mi cuerpo y soltar el pomo.

Los tres años de menosprecios en los que estuve anulada y me sentí pequeña, no, insignificante emergen a la superficie con tanta fuerza que sujeto la caja de bombones por el enorme lazo y se la estampo en el pecho.

El gesto lo pilla completamente desprevenido y lo hace trastabillar hacia atrás.

Por primera vez en mi vida, me siento preparada para cantarle las cuarenta al hombre que me destruyó la autoestima. Y no necesito a Lars ni a nadie para enfrentarme a él.

—No me gusta el chocolate negro.

Su sonrisa mengua y se le tensan los músculos alrededor de los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre. Prefiero el chocolate blanco.

—¿En serio? —Hay un deje de molestia en su voz—. Primera noticia.

—Lo sabrías si te hubieras molestado en cuidarme en vez de maltratarme.

Rowan lo sabe. Rowan lo sabe todo sobre mí.

Su sonrisa se transforma en una mueca crispada.

—Oye, reconozco que cometí algunos errores, pero nunca te puse la mano encima.

Su respuesta no me sorprende en absoluto.

Claro que se atreve a reducir la violencia a una categoría inocente porque nunca me rompió un hueso.

Aunque sabe de sobra que hay formas de partir a una persona sin tocarla, nunca reconocerá el daño que me hizo.

Para eso tendría que ser capaz de responsabilizarse de sus acciones.

—¿Qué haces aquí? —le espeto, harta de este numerito.

—Estoy alojado en el hotel del pueblo con Michael y los demás.

Es su despedida de soltero, y vamos a hacer una ruta de senderismo por la zona y…

—me mira con ojos de cordero degollado— me han asaltado los recuerdos de lo bien que lo pasamos en el cumpleaños de tu padre. No he podido evitar hacerte una visita.

—¿Te refieres a ese fin de semana en el que no me dirigiste la palabra, salvo delante de mis padres para aparentar que eras el novio perfecto, y me llamaste puta porque estabas convencido de que tenía un lío con el hijo del vecino?

—le recuerdo con acritud—. Por cierto, es gay. Se casó la semana pasada con su novio.

Oskar espachurra la caja entre sus dedos. Por más que lo intenta, no logra ocultar una mueca de irritación.

—Como he dicho, sé que cometí algunos errores —contesta con tono afectado—, y me he dejado caer por aquí para ver cómo estabas.

—Estaba perfectamente bien hasta que te he visto.

Baja la vista como si mis palabras le escocieran.

—Hedda, te echo de menos.

—No. Te. Atrevas —remarco cada palabra y doy un paso al frente para mostrarle que no le tengo miedo—. Ya sé a qué estás jugando.

—No estoy jugando a nada, Heddie, te lo juro.

—Sí, sí lo estás. Y no me llames Heddie, joder. Lo único que siento por ti es una profunda apatía.

—Bueno, yo te veo bastante molesta, todo hay que decirlo.

—Márchate y no vuelvas a molestarme.

—Mira, he venido en son de paz —dice con la expresión de un hombre dolido al que su exnovia no le deja explicarse—.

No quiero que discutamos. He ido a terapia y me ha ayudado a comprender muchas cosas.

Sé que cometí errores, pero tú también. No somos perfectos, ¿eh?

—Enarco las cejas. Dios, vaya morro—. Si estoy aquí, es para pedirte perdón.

—No te creo.

—Estás siendo un poco dura. No te pega nada.

—Y tú sigues siendo el mismo narcisista y manipulador al que abandoné de madrugada porque me daba pánico enfrentarte.

Mírame bien —dibujo un círculo alrededor de mi cara—, ya no soy la misma tonta ingenua a la que podías manipular.

Sé que no has venido a asumir tus errores ni a disculparte, sino a comprobar si todavía tienes algún poder sobre mí.

Un músculo se tensa en su mandíbula. Es casi imperceptible, pero ahí está. He dado en el clavo.

—Estás siendo injusta conmigo.

—Los manipuladores siempre hablan de justicia cuando pierden el control del relato.

No buscan responsabilizarse de sus actos porque carecen de empatía.

Y tú estás aquí para comprobar si aún tienes la capacidad de manipularme.

¡Sorpresa! Te veo tal y como eres, Oskar.

Yo también fui a terapia, gracias a Dios.

—Me parece increíble que hables así de mí después de todo lo que vivimos…

—¡Lo que vivimos casi acaba conmigo! —le grito, a punto de golpearlo.

Pero no soy una persona violenta, así que inspiro hondo y recobro la serenidad para que no pueda tildarme de despechada—.

La vida que tengo ahora me gusta. Estoy orgullosa de todo lo que he conseguido.

Tengo amigos a los que no puedes engañar y un trabajo que me apasiona.

—Oskar desvía sutilmente la vista hacia la cámper y aprieta los dientes—.

No te he echado de menos. No he pensado en ti ni un solo minuto en los últimos meses.

No puedes hacerme daño de ningún modo porque yo te he quitado ese poder. Adiós, Oskar. Vete de mi casa.

Agarro la puerta para cerrarla, pero sus dedos me aprietan la muñeca y mete un pie en el hueco para impedirlo. Oskar tira de mí y acerca su cara enrabietada a la mía.

—Aún no hemos terminado de hablar —dice entre dientes—. No he convencido a esos idiotas de hacer la despedida de soltero en este pueblo de mierda ni me he degradado al venir hasta aquí para que te comportes como una zorra orgullosa conmigo.

Me remuevo para zafarme, pero me tiene sujeta con fuerza.

—¡Suéltame!

En vez de obedecer, hunde los dedos en mi piel hasta que un relámpago de dolor me sube por el brazo.

—Solo quiero que me escuches, hostia.

—¡Que me sueltes!

Levanto el otro brazo para darle un empujón justo cuando una sombra aparece detrás de él.

Un brazo tatuado y musculoso envuelve su cuello y me lo arranca de encima.

Un segundo después, Oskar se estrella de espaldas contra la pared de la fachada.

Los bombones ruedan por las tablas del porche.

Al reconocer al hombre que le aprieta el cuello con las dos manos, Oskar abre los ojos de par en par.

Parece haber visto al mismísimo satanás.

Rowan le sonríe como un completo lunático.

—Hola, pedazo de mierda. Qué ganas tenía de verte.

No sé de dónde ha salido. Me acaricio la muñeca enrojecida y me quedo mirándolo boquiabierta.

—¿Dónde estabas? —le pregunto, atónita—. ¿Me estabas espiando?

Rowan gira la cara hacia mí. No suelta el cuello de Oskar. De hecho, sus manos aprietan y la expresión de mi ex comienza a amoratarse.

—Puedes decir que yo no soy tu problema —me recuerda con amargura—, pero tú siempre serás el mío.