STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 62 Hedda
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62 Hedda

—Tienes que hacerlo entrar en razón —me suplica Alice.

O, más bien, me lo exige. Se ha plantado en mi casa para decirme que Rowan se niega a entrenar y que ha despedido a todos los miembros de su equipo. Todavía sigo digiriendo la noticia.

Se ha vuelto loco.

Alzo la vista de la taza de té y me encuentro con su expresión desesperada. Me estoy quemando los dedos en la taza, pero no los aparto.

—No es asunto mío —contesto con reticencia—. Ya no estamos juntos.

—Mira, entiendo que estés enfadada…

—Dolida —puntualizo—. Planeaba matar a mi hermano mientras dormía a mi lado todas las noches. ¿Tú serías capaz de confiar en un hombre así?

—No —admite—, pero no he venido a pedirte que lo dejes entrar de nuevo en tu vida.

Eso es algo que solo te corresponde decidir a ti.

Si he venido hasta aquí, es porque tú eres la única capaz de hacerlo entrar en razón.

A mí no me escucha. Ni a sus entrenadores. Ni a los abogados. ¡No escucha a nadie!

—Sobrevaloras la importancia que le da a mi opinión. —Me río con desgana. Si tanto le importase, no me habría mentido.

—Si no pelea, la multa será millonaria. Perderá todo su patrimonio. No lo entiendes. Richard Hale, ese promotor odioso, se la tiene jurada y está deseando destrozarlo. Y Rowan le está dando el motivo perfecto en bandeja. ¡Lo va a perder todo!

Cielo santo, se ha vuelto loco. ¿Acaso ha perdido el juicio? Sé lo mucho que tuvo que trabajar para llegar a lo más alto del boxeo. No puedo creer que vaya a tirarlo todo por la borda.

—¿Por qué hace esto? —pregunto, furiosa—. ¿Para llamar mi atención?

—Me ha pedido que no te dijera nada. Cuando sepa que te lo he contado, se cabreará conmigo, pero me da igual.

Tenía que hacerlo. Nunca había visto a mi hermano tan perdido.

—Se le rompe la voz—. Ya no sale a correr por las mañanas, no entrena y no cocina.

No sigue ninguna de sus rutinas. Se pasa el día encerrado en su habitación mirando el techo, como si esperase que se le cayera encima y terminara con su sufrimiento.

Apenas duerme. Lo escucho caminar por la cabaña a las tres de la mañana y, cuando le pregunto si está bien, me ladra que lo deje en paz.

»Otras noches se queda sentado en el porche durante horas.

Solo se alimenta cuando lo obligo a comer, y únicamente a base de pizza congelada, patatas fritas y otras porquerías de la gasolinera.

Sí, mi hermano, el mismo hombre que de pequeña me obligaba a comer cinco piezas de fruta y me regañaba si no me terminaba las verduras.

¡No lo reconozco! Tengo miedo. —Sostiene su cabeza entre las manos—.

Dentro de una semana me marcho a la universidad y no puedo irme sabiendo que lo dejo así.

»Rowan ha peleado demasiado para sacarnos de ese sitio tan horrible en el que nos criamos. Se ha partido muchos huesos para que yo pudiera tener zapatos nuevos y comida. Renunció a todos sus sueños para que yo pudiera cumplir los míos. Y siento haber venido a molestarte, pero…

Le tomo las manos entre las mías.

—No me molestas, Alice.

—No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo se destruye —dice con un hilo de voz—. Se enfadará conmigo por habértelo contado, pero tampoco podía no hacer nada mientras se hunde. Toda mi vida ha sido él quien me ha cuidado. Creo que ese es el problema. Rowan sabe cuidar de todo el mundo…

—Pero nadie ha cuidado nunca de él —termino por ella.

***

Veinte minutos después, conduzco hacia la cabaña, con Alice en el asiento del copiloto y Roxie en el trasero.

La perra va todo el camino con la cabeza asomada por la ventanilla, a pesar del frío, y mueve el rabo con entusiasmo.

Cree que vamos a volver a ser una familia feliz, pero solo estoy aparcando delante de la cabaña por una razón.

Salgo del coche hecha un basilisco y llamo a su puerta. Rowan tarda unos segundos en abrir.

Dios, tiene un aspecto lamentable.

Viste una camisa arrugada y se frota los ojos. No sé si acaba de despertarse o es que lleva días sin dormir. Al reconocerme, su expresión sombría se ilumina como si el sol le estuviera dando de lleno en la cara. La sonrisa esperanzada que se forma en sus labios me destroza el corazón.

—¿Has venido a darme otra oportunidad?

—No.

La sonrisa se desvanece.

—Me lo temía. —Entrecierra los ojos al ver a Alice detrás de mí. Le lanza una mirada hostil—. Te dije que no se lo contaras.

—Alguien tenía que hacerte entrar en razón. —Su hermana se encoge de hombros—. A mí no me escuchas.

Roxie se lanza encima de Rowan y le planta las patas en el pecho con tanto ímpetu que casi lo tira de espaldas. Él la abraza de inmediato.

—Hola, monstruito.

La perra le lava la cara a lengüetazos mientras Rowan la estrecha entre sus brazos como un padre que lleva meses sin ver a su hija.

No espero invitación y entro en la cabaña. Ya no huele a fregasuelos de pino y hay envoltorios de comida para llevar desperdigados por la encimera. Cuando Rowan entra con Roxie pegada a sus piernas, me detengo en mitad del salón y pongo los brazos en jarras.

Me va a oír.

—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?

—Yo también me alegro de verte. ¿Te apetece beber algo?

—¡No me cambies de tema!

—¿Qué tema?

—¡La pelea!

Va hacia una de las butacas y se deja caer en ella con desgana. Ah, así que esas tenemos. No pienso dejar que se escaquee. Me acerco hasta quedar frente a él.

—Te caerá una demanda millonaria y podrías perder todo tu patrimonio. —Ni se inmuta. Se limita a sostenerme la mirada con apatía—. No puedes no subirte al ring . Si… hace falta, te cogeré de la oreja y te arrastraré yo misma.

Eso parece hacerle gracia durante un instante, hasta que vuelve a adoptar esa expresión cargada de dejadez.

—Nadie ha dicho que no vaya a subir al ring .

Me quedo helada.

—¿Qué? —susurro.

—Claro que voy a pelear.

—Pero has despedido a todo tu equipo.

—Sí.

—¡Shevchenko te va a machacar si no entrenas!

—Probablemente.

—¡Rowan! —me sulfuro—, ¡no puedes dejar que te machaque!

Se limita a quedarse sentado en la butaca. Cualquiera diría que mis gritos le han entrado por un oído y le han salido por el otro. Ahora entiendo por qué su hermana está tan agobiada.

Me entran ganas de arrancarme los pelos o, peor aún, de tirarle de esa mata cobriza y arrastrarlo hacia las pesas, comprarme un silbato y ordenarle que haga un millón de flexiones. O lo que sea que tenga que hacer para prepararse para el combate.

Sin embargo, en lugar de ponerme a gritarle, algo que sé que no serviría de nada, respiro hondo y cuento mentalmente hasta tres.

—Me prometiste que ganarías esa pelea —le reprocho bajito.

Una emoción sombría le cruza la cara.

—Eso fue cuando estábamos juntos.

—No has roto la promesa de las flores.

—Comprarte flores me hace feliz. Entrenar no.

—¿Por qué haces esto? —le pregunto sin entender.

—Porque me da igual que me machaque. No tengo motivación para entrenar. Estoy cansado. Solo quiero acabar con esto cuanto antes.

Suena agotado de verdad. Me confesó que se veía a sí mismo como una bestia que solo servía para destruir y que ser boxeador nunca lo había motivado. Estaba deseando romper el contrato que lo ata a Richard Hale. El problema es que va a hacerlo de la peor forma posible.

—Rowan…

—Si solo has venido para hacerme cambiar de opinión, te ruego que te marches.

Ya es bastante duro saber que estás aquí porque Alice te ha arrastrado hasta mi puerta.

No quiero que te sientas culpable de que vuelvan a partirme la cara.

Asumo toda la responsabilidad de mis actos y te libero de cualquier culpa injusta que puedas sentir.

Soy yo quien te mintió. Soy yo quien lo jodió todo.

Y soy yo quien ha tomado esta decisión. Al menos, esta vez seré el único perjudicado.

Sus palabras no alivian el batiburrillo de nervios que tengo en el estómago.

Una parte de mí esperaba que solo estuviera actuando para chantajearme, pero delante de mí hay un hombre cansado de enfrentarse al mundo con los nudillos y de levantarse después de cada golpe.

Este hombre se ha rendido antes de que suene la campana.

—Quiero que lo reconsideres —insisto.

—No.

—Rowan.

Alza la vista hacia mí y no hay peor vacío que el que encuentro en sus ojos cuando dice:

—Ya no tengo motivos para ganar.

Se me encoge el pecho. Durante un segundo, lo odio por hacerse esto a sí mismo. Por estar sentado delante de mí como si su vida no valiera nada.

—Muy bien. —Me trago el nudo de la garganta—. Lo que te pase no es mi problema. Tú verás.

Estoy mintiendo como una bellaca. Que no sea mi problema no significa que no me duela, pero suelto esas palabras con la esperanza de provocar alguna reacción en él. Al darme cuenta de que continúa en sus trece, me doy media vuelta y salgo de la cabaña.

Alice me sigue con la mirada. Roxie corre detrás de mí y gime al llegar al coche. Se gira, mira hacia la cabaña y luego vuelve a mirarme. Echa a correr hacia la puerta, frena en seco y regresa a mi lado lloriqueando.

No sabe con quién quedarse. Y eso me destruye.

—Ven aquí, pequeña. —Me agacho y extiendo los brazos. Roxie trota hacia mí y la abrazo con fuerza—. Cuida de él. Le haces mucha falta.

Me obligo a soltarla y le doy un último beso entre las orejas. Roxie ladra y da vueltas a mi alrededor, así que no la miro al subirme al coche con los ojos llenos de lágrimas.

Si Rowan está dispuesto a destruirse, no pienso quedarme a verlo.