61 Hedda
Rowan no se rinde.
No me envía mensajes ni tampoco intenta acercarse para hablar conmigo, lo cual agradezco porque necesito espacio para ordenar mis sentimientos. Pero eso no significa que haya desistido. No, Rowan Steel es un grandísimo cabezota y está empeñado en formar parte de mi vida.
Durante la última semana, me ha dejado claro que está dispuesto a hacer lo que haga falta para recuperarme.
Brad —el preparador físico casado con Bill, el segundo entrenador— aparcó este lunes la cámper delante de mi casa.
Mi hermano salió con un bate de béisbol, dispuesto a reventarle las ventanas, y tuve que interponerme entre él y la furgoneta antes de que la destrozara.
—¡No te atrevas a tocarla! —le grité—. He trabajado en ella durante semanas.
—¡No vas a reformar la cámper de ese psicópata!
Una vez le conté a Rowan que mi padre me había enseñado a no dejar ningún trabajo a medias.
Su filosofía siempre ha sido sencilla: «Termina todo lo que empiezas».
Por eso sé que Rowan no intenta manipularme al enviarme la furgoneta.
Sabe que no voy a volver a la cabaña, así que me ha facilitado terminar el trabajo.
Me está dando la oportunidad de acabar lo que empecé porque sabe que, de lo contrario, me sentiría frustrada.
Así que ignoro los comentarios del cascarrabias de Lars y sigo trabajando en la cámper cada tarde.
Aunque ya no vaya a recorrer Noruega con Rowan dentro de esa furgoneta, este es mi primer proyecto como profesional y consideraría un fracaso dejarlo a medias.
Además, habíamos llegado a un acuerdo y estaba usando las fotografías del antes y el después para mi cuenta de Instagram: @camperiza.tu.furgo.
Me estaba costando hacer crecer mi comunidad de ciento veinte seguidores y había tenido que suplicarles a mis amigos que compartieran mis posts.
Lo que no esperaba era despertarme esta mañana con miles de seguidores nuevos. Al principio he pensado que se trataba de algún error, hasta que he descubierto que uno de mis reels , el de la reforma de la cocina de la cámper, se hizo viral durante la noche.
Rowan compartió el vídeo. Sí, Rowan, el mismo que no tenía Instagram porque es muy celoso de su intimidad y todo lo relacionado con las redes sociales le produce alergia.
Pero hace tres días se creó una cuenta, y en cuestión de horas ya tenía medio millón de seguidores.
Después de compartir mi reel , todo su equipo hizo lo mismo.
También varios boxeadores famosos con los que se ha enfrentado a lo largo de los años, además de algunos deportistas e influencers del mundo del deporte.
Esta mañana me he despertado con treinta y siete mensajes privados preguntándome presupuestos, dos solicitudes para reformar cámpers completas y una propuesta de colaboración con una marca de accesorios de viaje.
Rowan no me ha llamado ni me ha escrito ni me ha pedido nada a cambio. Sabe lo importante que es esta cuenta para mí y ha decidido ayudarme a hacerla crecer usando toda su influencia para colocar un foco gigante sobre mi sueño.
Ahora me siguen más de doce mil personas.
He estado a punto de darle las gracias, pero me niego a desbloquearlo. Me resulta difícil seguir enfadada con un hombre cuando no deja de hacer cosas bonitas por mí.
Para colmo, hace dos días recibí un enorme ramo de peonías rosas.
No tenía ninguna nota, pero tampoco hacía falta.
Rowan es el único que sabe que son mis flores favoritas y me prometió que siempre tendría flores frescas en casa.
Lo que no esperaba era que mantuviera su promesa después de que rompiera con él.
Ayer por la mañana me desperté con unos ladridos que reconocí de inmediato.
Lars se puso de mal humor cuando dejé que Roxie entrara en casa con aquella cesta colgada de la boca.
Dentro había chocolate blanco y una bolsita de galletas para perros.
No había rastro de Rowan. Desde entonces, Roxie no se ha despegado de mi lado y se ha adueñado del sofá.
Lars no deja de quejarse de que no le gustan los perros y asegura que esta es otra artimaña de mi acosador enfermo, como él llama a Rowan, para ganarse mi perdón.
Pero yo sé que Rowan nunca se separa de Roxie y que debe estar pasándolo fatal sin ella.
Adoro a la perrita y me puede el egoísmo, así que decido quedármela hasta que venga a reclamarla.
Aunque el gruñón de mi hermano no deja de protestar, el otro día lo pillé dándole una chuleta por debajo de la mesa y luego acariciándola cuando creía que no lo veía.
Delante de mí la llama «chucho rabioso», pero esta mañana la ha tapado con una manta y le ha dicho: «No quiero que pases frío, bestia peluda».
Además, el beicon del frigorífico está desapareciendo misteriosamente. En fin, hombres.
Rowan no deja de encontrar formas de quedarse conmigo incluso cuando no está presente. Si hubiera planeado su venganza contra cualquier otra persona, estoy segura de que ya lo habría perdonado. Pero, de todos los seres humanos del planeta, tuvo que señalar a mi hermano.
No me entra en la cabeza que siguiera adelante sabiendo lo importante que Lars es para mí.
Ahora entiendo por qué se quedaba callado cada vez que le hablaba con nostalgia de nuestras anécdotas de infancia.
O por qué parecía tan incómodo cuando se me saltaban las lágrimas al confesarle que me daba pavor recibir un día la noticia de que Lars había fallecido en una misión.
Claro que entiendo que quisiera hacer justicia, lo que no me entra en la cabeza es que lo hiciera a mis espaldas.
Después de aquel viaje recorriendo Noruega, nos habíamos abierto tanto el uno con el otro que llegué a creer que ya no existían secretos entre nosotros.
Pero me mintió. No puedo confiar en alguien capaz de hacerme el peor daño posible.
El odio que lo carcome es más profundo que sus sentimientos por mí.
Durante los últimos tres días se ha dejado caer por la cafetería.
La primera vez que lo vi entrar, casi se me para el corazón.
Todavía tiene la cara llena de moratones y un ojo hinchado.
Al recordar cómo lo dejé tirado en el jardín después de la paliza que le dio Lars, tuve que encerrarme en el almacén porque me entraron unas ganas horribles de llorar.
Aunque que conste que después de aquello llamé a Aksel para que lo llevara al médico.
Rowan nunca intenta acercarse a mí. Simplemente entra, se sienta al fondo y permanece allí una hora exacta durante mi turno.
Matti le sirve el café frío, así que Johan manda a Anita a atenderlo. Esta suspira con dramatismo al regresar a la barra y me dice con pena:
—Es como un perro apaleado que aun así vuelve a tu puerta.
Matti pone los ojos en blanco.
—Pareces una viuda de novela victoriana.
—¡Porque es superromántico! —protesta, haciendo pucheros con los labios—. Míralo, Hedda. Tiene la cara hecha papilla y viene todos los días a verte. Pero tú no le das ni la hora. Eres una perra mala.
—Ni caso —me dice Matti—. Esta solo quiere que lo perdones porque cree que así tendrá una oportunidad con Magnus.
—¡Que no! —Anita le lanza la bayeta a la cara—. Yo daría lo que fuera por que un hombre se arrastrase de ese modo por mí.
—Un hombre que no se llame Magnus Aschroft.
Anita la mira con resentimiento.
—Con razón Lars dice que eres más mala que un bicho.
Como si lo hubiera invocado, en ese momento Lars entra en la cafetería y Matti lo recibe con una mirada asesina.
—Conque soy un mal bicho, ¿eh?
Lars la ignora y pasea la vista por las mesas hasta localizar a Rowan. Cuando lo encuentra, se pasa la lengua por los dientes superiores y lo señala con un dedo.
—Tú. Fuera.
Rowan sigue bebiendo el café como si no hubiera oído una palabra. Johan, nuestro jefe, sale de la barra secándose las manos con un trapo.
—Ni hablar. Esta es mi cafetería y aquí mando yo —le aclara a Lars—. Además, deja buenas propinas y no está armando líos.
—Eres un pesetero —bufa Matti—. Le has alquilado una mesa fija. Ya te vale.
—¡Eso es una acusación gravísima! —replica su tío.
—Esta mañana te escuché decirle a Erik que ibas a remodelar la cafetería con el dinero que cierto boxeador inglés, desesperado por recuperar a su novia, te está pagando por dejarlo entrar aquí.
Su tío se pone rojo y carraspea.
—No sé de qué hablas, Mathilde. Ponte a hornear esos bollos. Ya vas tarde.
Lars se le echa encima.
—¿Cuánto te ha pagado? —le pregunta.
Johan pega un respingo.
—¿Pagarme? ¿Quién? ¿De qué dinero habláis?
Lars señala a Rowan con el pulgar.
—El del boxeador con cara de perro abandonado que está sentado al fondo.
—No sé de qué me hablas.
Johan silba mientras retrocede hacia la barra. Sé que está mintiendo. Se rasca la nariz cada vez que suelta algún embuste.
Intercambio una mirada con Rowan y aprieto los labios.
—Yo solo digo que esto es de película —suspira Anita, abanicándose con la mano—. Dale otra oportunidad, Hedda. Ese hombre te ama.
—No como merezco ser amada. —La frase me deja un sabor amargo en la boca.
Rowan se pone de pie y deja varios billetes sobre la mesa. A simple vista, hay el triple de lo que cuesta un café. Con razón Johan se muestra tan contento cada vez que entra por la puerta. Luego, se dirige a la salida sin hablar con nadie, pero Lars lo encara antes de que salga.
—No pintas nada aquí. Mi hermana ni siquiera te dirige la palabra.
Rowan se gira hacia él. Con el ojo hinchado y varios moratones amarillentos por la mandíbula, no lo mira a él, sino a mí, con un anhelo tan profundo que me produce un cosquilleo por todo el cuerpo.
—Soportaría cualquier cosa solo por verla cinco minutos —le dice a mi hermano.
Me mira fijamente durante unos segundos y luego se marcha.
A mi lado, Anita suelta un gemido ahogado y se lleva la mano a la frente como si fuera a desmayarse. Incluso Matti está callada y con una expresión de lo más blanda para tratarse de ella.
Me quito el delantal y lo dejo en la barra. Apenas he dado tres pasos cuando Lars se interpone en mi camino.
—Déjame.
—No vas a ir detrás de él.
Matti me empuja con el hombro para ocupar mi lugar justo delante de Lars. Se cruza de brazos y me hace un gesto con la cabeza para indicarme que ella se encarga del sargento de mi hermano.
—Apártate de mi camino, Mortilde —le espeta Lars—. No estoy para tus tonterías.
—No te creas que me gusta estar cerca de ti, pero por mi amiga estoy dispuesta a hacer una excepción.
—Si tanto te preocupa tu amiga, deberías impedir que salga a hablar con ese burro.
—Yo aquí solo veo un burro.
—No veo a Aksel por ninguna parte.
—¡Mira que eres insoportable!
Los dejo discutiendo dentro y salgo al aparcamiento. Echo a correr antes de que Rowan se suba al coche y lo detengo con un grito. Tiene mal aspecto, y no me refiero a las marcas de la pelea: la barba desaliñada, profundos surcos oscuros bajo los ojos y el rostro más delgado.
—Roxie está en mi casa —suelto lo primero que se me viene a la cabeza—. ¿No la echas de menos?
—Con toda mi alma —reconoce con una sonrisa triste—. Pero no dejaba de arañar la puerta y de mirar tu foto.
—¿Qué foto?
—La que te hice mientras leías en el sofá sin darte cuenta. La imprimí y la colgué en el frigorífico. Roxie se pasaba horas tumbada delante, lloriqueando, como si esperase que aparecieras por arte de magia para rascarle la barriga.
—Oh.
—Creo que estaba igual de desesperada que yo por volver a verte.
Aprieto los brazos contra el pecho.
No te ablandes. No te ablandes. No te ablandes.
—¿Qué hace falta para que te rindas?
—Cuando se trata de ti, esa palabra no existe para mí.
—Ya te he dicho que no voy a perdonarte.
—No necesito que me perdones para seguir queriéndote.
Bam.
Sus palabras me golpean de lleno en el corazón.
Rowan me mira sin pestañear, se frota el cuello y exhala con fuerza. Da un paso hacia mí, pero, cuando me pongo rígida, deja caer el brazo y retrocede hasta pegar la espalda contra la puerta del coche.
Durante unos segundos, no dice nada. Solo me observa como si estuviera intentando memorizar cada detalle de mi cara y temiera que esta fuera la última vez que va a estar cerca de mí.
—Me dijiste que mis sentimientos por ti son egoístas y mezquinos y que no puedes aceptar que te ame así —dice al fin—.
Tiene gracia, porque llevo días dándole vueltas a tus palabras y he llegado a la peor conclusión posible: tienes razón.
—El viento le desordena los mechones cobrizos de la frente.
Sus ojos brillan con una intensidad que me consume por dentro—.
Mereces algo más que este corazón putrefacto, carcomido por el odio y deformado por la venganza, aunque eso sea lo único que puedo ofrecerte.
No sé querer de otro modo, cariño —reconoce con tono vulnerable—.
Lo que siento por ti trasgrede cualquier límite racional y desafía todas las normas de ese amor sano, equilibrado y desinteresado que a mí nunca me inculcaron.
A mí me criaron a golpes y me enseñaron a destruir para sobrevivir.
»Y luego llegaste tú y tuve la arrogancia de creer que podía hacerte mía y destruir lo que más amas.
Podría rendirme y decirte que encuentres a alguien mejor que yo.
Alguien bueno y decente, capaz de quererte sin rabia y sin esta obsesión enfermiza que me consume las veinticuatro horas del día.
Pero los dos sabemos que mataría a cualquier hombre que se atreviera a respirar cerca de ti —reconoce sin el menor pudor—.
Por eso estoy dispuesto a aprender a quererte sin destruir todo lo que toco.
»Porque tienes razón, Hedda. Mereces más. Lo mereces todo. Y yo he nacido para dártelo, aunque todavía no sepa cómo. Por eso te suplico que me esperes mientras averiguo cómo aprender a merecerte y descubro cómo cuidar tu corazón, porque te juro que no hay nada más valioso para mí en este mundo.
Sus palabras se cuelan entre mis grietas y, por mucho que quiera creerlas, sigue siendo el mismo hombre que me abrazaba por las noches mientras planeaba cómo matar a mi hermano.
No puedo confiar en él.
Rowan me mira con los ojos brillantes de una esperanza tan devastadora que me cuesta sostenerla la mirada. Tamborilea con los dedos sobre la puerta del coche y, al entender que soy incapaz de decir nada, asiente una sola vez antes de abrirla.
Me doy la vuelta y acelero de regreso a la cafetería cuando escucho el motor del coche.
Ojalá pudiera creerlo.