STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 59 Rowan
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59 Rowan

Han pasado tres días desde la última vez que vi a Hedda. Me dijo que no quería volver a verme. Yo discrepo. Me muero por verla a ella.

He sido paciente. Bueno, todo lo paciente que puedo ser cuando se trata de ella. Le envié varios mensajes, que no sé si llegó a leer antes de bloquearme.

No me gusta que pasen de mí. Esto es una maldita agonía.

Alice se ha quedado con Roxie en la cabaña. Ha intentado detenerme en vano. Dice que Hedda solo necesitaba tiempo, pero llevo setenta y cinco horas sin verla y me estoy volviendo completamente loco.

Además, creo que el espacio está sobrevalorado. Si Hedda quiere enfadarse conmigo, perfecto. Puede odiarme, insultarme y mandarme al infierno todas las veces que quiera. A una corta distancia. No pienso permitir que me aparte de su vida.

Mi hermana dice que soy un cabezota posesivo y un absoluto acosador. Yo prefiero la palabra «persistente».

Unos segundos después de que llame a la puerta, una mujer de pelo negro y tez pálida abre con mala cara. Matti me da un repaso de arriba abajo con una expresión de asco tan natural que parece que acabo de salir arrastrándome de una alcantarilla.

—No deberías estar aquí. Lars ha salido a correr y me ha pedido que me quede para asegurarme de que no hablas con Hedda.

—Se cruza de brazos con una chulería que no me importaría aplastar si no fuera la mejor amiga de mi chica—.

Por una vez, estamos en el mismo barco. Si hace falta, te escupiré en un ojo.

La miro sombríamente.

—No será necesario.

Doy un paso atrás y echo un vistazo al interior de la casa. No hay rastro de Hedda, pero estoy seguro de que nos está escuchando.

—Que salga ella a decírmelo.

Matti apoya la cadera contra la puerta. Normalmente, suelo intimidar a la gente. Ella ni pestañea. He de reconocer que esta mujer los tiene bien puestos.

—Va a ser que no. No quiere ni verte.

Echo un vistazo por encima de ella para comprobar si Hedda está detrás del recibidor, pero Matti, que debe rondar el metro ochenta, se pone de puntillas hasta taparme el ángulo. Si no fuera una mujer, no dudaría en borrarle esa sonrisa de suficiencia de la cara.

—Como vuelva Lars y te vea aquí, va a matarte —me advierte, como si eso tuviera que imponerme lo más mínimo.

—No me iré sin hablar con Hedda. No le tengo miedo a ese Capitán América noruego hiperhormonado.

Suelta un resoplido de risa.

—Qué mote más bueno. Me lo apunto. —Se troncha antes de recomponerse y volver a entrecerrar los ojos—. No estoy aquí por lo que diga ese zoquete, sino por mi amiga. Y ella no te quiere ni ver. Así que largo.

Estira el brazo hacia el aparador, coge algo alargado y de color verde y me apunta directamente a los ojos. Luego me dispara un chorro de agua en toda la cara. Acto seguido, me cierra la puerta en las narices.

Me quedo ahí plantado como un auténtico memo, con la cara y el pelo goteando, mirando el suelo de madera como un completo imbécil.

Ese cabrona acaba de dispararme con una pistola de agua.

Me seco la cara con la manga.

Ahora entiendo por qué Hedda la quiere tanto: es leal hasta la médula. Y eso me plantea otro problema: ¿cómo voy a ganarme a esa mujer? Porque necesito tenerla de aliada si quiero recuperar a Hedda.

Las personas importantes para Hedda también lo son para mí. Bueno, todas no. A excepción del capullo de su hermano.

Me dejo caer en las escaleras del porche y apoyo los codos en las rodillas. No pienso irme a ninguna parte.

Saco el móvil y echo un vistazo al Instagram de Matti.

No porque me interese realmente, sino porque me he propuesto averiguar cosas de ella para saber cómo caerle bien.

Paso las fotos y niego con la cabeza. Es una attention whore de manual a la que le encanta fardar de su relación con ese tal Aksel.

O está ávida de protagonismo, lo cual resulta bastante curioso con ese carácter que se gasta, o, en realidad, necesita demostrarle al mundo lo feliz que es con su novio.

Y las personas que presumen demasiado de sus parejas en redes sociales suelen ser las que más tienen que callar.

Interesante. Sea como sea, me aburre la gente que cuenta su vida por redes sociales.

No puedo creer que, por un momento, me planteara usarla para hacerle daño a Lars.

Menos mal que fui incapaz de tocar a otra mujer después de conocer a Hedda.

Me guardo el móvil en el bolsillo justo cuando un hombre rubio aparece al final del camino. Viene corriendo con una camiseta de manga corta pegada al cuerpo por el sudor. En cuanto se percata de mi presencia, se arranca los auriculares y echa a correr hacia mí con una sonrisa de perturbado.

—Qué ganas te tenía, cabrón.

Lars se abalanza sobre mí antes de que pueda levantarme del todo.

Me agarra del jersey y me estampa el puño en la cara.

El golpe me hace rodar escaleras abajo y aterrizo de espaldas sobre la hierba nevada.

Me limpio la sangre de la boca con el dorso de la mano y me incorporo notando ese pinchazo doloroso en la mejilla.

Lars vuelve a acercarse y yo escupo la sangre sobre la nieve. Pega más fuerte que muchos de los boxeadores a los que me he enfrentado.

—Sabía que volverías.

—¿Por ella? Siempre.

Se abalanza sobre mí y me hunde el puño en el estómago. El golpe me arranca todo el aire de los pulmones. El siguiente puñetazo impacta de lleno en mi nariz.

Escucho un crujido muy feo.

Joder.

Veo las estrellas y me tambaleo contra la barandilla del porche. Lars me sujeta del brazo y su frente golpea la mía. La única reacción por mi parte es un gruñido áspero.

Las heridas de la otra pelea aún no han terminado de curarse y cada puñetazo me duele más que el anterior. No sé cuánto tiempo más aguantaré en pie, pero eso no me impide extender los brazos y alzar la barbilla. La sangre me chorrea por la nariz y por el pómulo.

Que haga conmigo lo que quiera.

Si algo se me ha dado bien toda mi vida, ha sido encajar los golpes. Aprendí de pequeño gracias a las palizas de mi padrastro. Luego, me hice famoso en el ring precisamente por aguantar todo lo que me echaran. Con el entrenamiento adecuado, también aprendí a devolver los golpes.

Así que estoy más que preparado para dejar que Lars Storm me reviente la cara.

Me pega un rodillazo en el costado que me dobla de rodillas. Lars me agarra del cuello del abrigo y me zarandea con furia.

—¿Por qué coño no te defiendes? —me grita.

La cabeza me pesa una tonelada, pero me las apaño para alzarla y mirar sus ojos ardientes.

No puedo abrir el ojo derecho. Noto cómo sangre me resbala hasta el cuello.

Eso no impide que pueda ver hasta el fondo de su alma torturada.

No solo quiere destrozarme; también necesita recibir algún golpe.

Quiere sentir dolor porque sigue culpándose por lo que su capitán le hizo a mi hermana.

Bien. Que siga siendo así. No pienso aliviar su carga.

Me sacude con más violencia cuando esbozo una sonrisa torcida.

—Más quisieras. No pienso tocarte. Aunque te odie con toda mi alma, si tengo que tragarme la rabia que me provocas, lo haré.

Si tengo que fingir durante el resto de mi vida que no quiero matarte, podré vivir con eso.

No porque quiera que me aceptes ni busque tu amistad, sino porque eres importante para Hedda —le aseguro sin aliento—.

Puedes partirme la cara y romperme todos los huesos del cuerpo, pero nunca vas a alejarme de ella.

Lars me suelta de un empujón que me estrella contra la barandilla. Se cruje los nudillos. Sus ojos resplandecen con una emoción violenta. Mi promesa lo ha vuelto completamente loco.

—Acepto el reto. Te romperé algo más que la cara y los huesos hasta que entiendas que mi hermana merece algo mejor que un desequilibrado de mierda obsesionado con ella.

Acto seguido, me lanza un derechazo que me gira la cara hacia el otro lado. El siguiente impacto me clava la espalda contra la barandilla. Apenas tengo tiempo de incorporarme para que siga desquitándose conmigo cuando me estampa una patada en las costillas.

Joder. Creo que me ha roto una. Aun así, me echo a reír. Mal asunto, pues eso lo enfurece aún más.

—¿Qué coño te hace tanta gracia, maldito enfermo? —me grita, fuera de sí.

—Que sigues sin entenderlo.

Mi respuesta termina de hacerlo estallar. Me agarra del pelo con las dos manos y tira de mi cabeza contra su rodilla. El muy bestia me ha reventado la nariz.

Mientras me da una paliza que no olvidaré en la vida y estoy tendido sobre la hierba, con mi sangre pintando el jardín de Hedda, no hago absolutamente nada por defenderme.

Un puñado de costillas rotas, la nariz dislocada y la visión borrosa merecen la pena si así consigo demostrarle a Hedda que jamás volveré a ponerle una mano encima a su hermano.

Si dejarme pegar una paliza es el precio para recuperar a la mujer que amo, pienso pagarlo las veces que haga falta. Aunque Lars Storm termine matándome a golpes.