58 Rowan
Alice tarda casi dos horas en declarar. Tengo que morderme la lengua cada vez que responde a las preguntas de las dos policías que la interrogan.
Mi hermana demuestra una fortaleza inquebrantable mientras rememora con absoluto detalle la noche de su agresión sexual.
Me hierve la sangre al escuchar lo que ese hijo de perra le hizo y me prometo que acabará sufriendo exactamente lo mismo a manos de los peores presos.
Nos acompaña el abogado que he contratado, un tipo que cuesta más que algunas casas del pueblo y tiene fama de ser un pitbull en los juicios.
Más le vale conseguir que ese puto depredador pase el resto de su vida en la cárcel.
Del resto, me encargaré yo. Tengo los contactos y el dinero suficientes para convertir su vida en un infierno dentro de prisión.
Ese bastardo sufrirá entre rejas hasta su último suspiro.
Recibirá palizas a diario y suplicará que lo maten.
Intentará suicidarse, pero me aseguraré de que lo mantengan con vida solo para seguir torturándolo.
Si no he podido tener la venganza que llevaba meses planeando, la conseguiré de otro modo. Al cabo de unas horas, salimos de esa sala de interrogatorios que huele a café recalentado y humedad mientras siento que no es suficiente. Nada compensará el sufrimiento de Alice.
Aunque cuando me dice que necesita ir al servicio y me regala una sonrisa cargada de alivio, entiendo que, algún día, mi hermanita encontrará la paz que su alma necesita para mirar al futuro sin miedo.
Alice es más fuerte de lo que el mundo merece.
Unos minutos después, me impaciento por su tardanza y cruzo el pasillo para preguntarle si va todo bien.
Acelero el paso al ver a ese armario empotrado hablando con ella.
Puede que ese desgraciado con complejo de hermano mayor del año no sea su violador, pero eso no significa que no siga resentido con él.
Las palabras de Hedda aún me escuecen en el pecho: «Él pasará el resto de su vida castigándose por el error de otro hombre».
Me importa un carajo. La dejó con aquel monstruo. Punto.
«La dejó con su capitán, un hombre en el que confiaba ciegamente, para ir a ayudar a su hermana», canturrea la molesta voz de mi conciencia.
Ese pedazo de cabrón hiperprotector solo se salva por eso.
Sé lo que Hedda significa para él y el miedo que tiene de que alguien le haga daño.
Por mucho que me reviente admitirlo, lo odiaría más si la hubiera abandonado la peor noche de su vida.
Eso me hace estar menos furioso con él…, hasta que recuerdo cómo me plantó una pistola en la cabeza y me ordenó que me alejara de ella como si fuera su puto dueño.
Entonces vuelvo a querer arrancarle la tráquea.
A mí nadie me aleja de Hedda. Aunque lleve su sangre.
Mi hermana se alarma al ver mi expresión desquiciada y me sujeta por el brazo antes de que le arranque la cabeza al puto Terminator nórdico.
Con un ojo hinchado y el pómulo roto, Lars tiene un aspecto casi tan lamentable como el mío.
Sonrío con malicia al contemplar el destrozo que le hicieron mis puños en esa cara de héroe vikingo salido de un anuncio militar de colonia cara.
Hace unas horas parecía un dios tallado en granito, y ahora parece ese mismo dios después de que lo atropellara un camión.
Esta versión me gusta más. Dónde va a parar.
Lo reconozco: el cabrón es duro y ya no tengo claro quién saldría victorioso en una pelea, pero eso no significa que no fuera a disfrutarla hasta el último segundo.
En cuanto me ve, se echa hacia delante y alza los puños.
Es una lástima que Alice se interponga entre nosotros para evitar que nos demos de hostias. Él parece necesitarlo tanto como yo.
—¿Qué mierdas haces hablando con mi hermana? —le ladro—. ¿No le has hecho ya bastante daño?
—He sido yo la que ha venido a hablar con él —interviene Alice—, para decirle que no tiene la culpa de que…
—Claro que la tiene —la corto, sin apartar los ojos de Lars—. Espero que la culpa te carcoma por dentro por haberla dejado sola con el violador de tu amigo. Si no hubieras estado tan cegado por tu fanatismo absurdo, habrías visto la basura que se escondía debajo del uniforme militar.
Alice suspira cansada.
—Para ya, Rowan. No lo dices en serio. Sabes que se marchó a ayudar a su hermana. No puedes echarle eso en cara cuando tú habrías hecho exactamente lo mismo por mí.
Su respuesta me deja sin réplica por unos segundos.
Estoy tan jodidamente enamorado de Hedda que agradezco que Lars acudiera a ayudarla aquella noche. Lo que me reconcome no es eso, sino la impotencia de no haber podido matar con mis propias manos al monstruo que hizo daño a mi hermana.
—No te culpo por haber protegido a Hedda —le dejo claro—, sino por no haber dejado a mi hermana lejos de ese canalla. Podrías haberla metido en un Uber conducido por una mujer. O haberla dejado con cualquier otra persona. Pero la dejaste sola con tu puto amigo.
Lars aprieta la mandíbula con tanta fuerza que oigo cómo le rechinan los dientes. Disfruto viendo cómo lo reconcome la culpa.
—¡Pensé que estaba a salvo! —explota Lars—. Y no vuelvas a decir que esa escoria es mi amigo. No lo conocía de verdad y haré todo lo que esté en mi mano para que se pudra en la cárcel. Tienes mi palabra.
—La palabra de un hombre que dejó a mi hermana sola con un violador no vale nada para mí.
—No te la estaba dando a ti, gilipollas egocéntrico.
—Se gira hacia Alice con los ojos llenos de dolor—.
El hombre que te… —Es incapaz de pronunciar la maldita palabra—.
Ese hombre me salvó la vida en el ejército y era mi superior.
Todo este tiempo he estado siguiendo a un farsante.
No lo conocía y te pido disculpas. Jamás pensé que sería capaz de hacer algo así.
—Lo que hizo no es culpa tuya. No te culpo.
—Yo sí, hostia —suelto.
Alice tira de mi brazo hacia la salida.
—Rowan, vámonos. Ya basta.
Me arrastra hacia la puerta mientras Lars y yo seguimos lanzándonos miradas asesinas. Juro por Dios que, si no fuera por mi hermana y porque sé que le rompería todavía más el corazón a Hedda, le arrancaría la garganta de un mordisco.
—Aléjate de mi hermana o atente a las consecuencias —me advierte Lars cuando llegamos a la puerta.
Alice cierra los ojos un segundo. Me clava las uñas en la mano para que me controle. Así que me limito ofrecerle una sonrisa venenosa a ese musculitos nórdico con complejo de perro guardián.
—Me importan una mierda tú y tus putas consecuencias, Storm.