55 Hedda
Estoy aquí porque Rowan no ha respondido a mi último mensaje.
Me ha extrañado, pues siempre contesta, incluso cuando está entrenando.
Si está ocupado, me envía un escueto «entrenando» o un emoji absurdo de un gorila.
Nunca me deja en visto, así que he terminado preocupándome y he decidido venir en persona para hablar con él sobre Lars.
Me ha sorprendido no ver coches fuera ni a ningún miembro de su staff por aquí.
A esta hora, debería estar preparándose para el combate.
Tengo un nudo en el pecho al sacar la copia de la llave que me dio la semana pasada.
Cada vez que miro el llavero, sonrío como una tonta.
Tiene dos dijes: uno de una media luna con una pequeña cabaña de madera incrustada rodeada por un bosque de coníferas y otro de una autocaravana naranja. Mi color favorito.
Adoro que Rowan sea tan atento a esos pequeños detalles que pasarían desapercibidos para cualquiera.
Lo que no me gusta ni un pelo es la animadversión que existe entre él ni mi hermano.
Ni que los bollos que he horneado con tanto cariño esta mañana para su equipo técnico estén ahora espachurrados en el suelo.
La incredulidad de encontrarme a Lars y a su amigo allanando la casa de Rowan apenas me dura un segundo antes de transformarse en un instinto feroz de protección hacia mi novio. Aprieto los labios al mirar los bollos. Me agacho, cojo uno y se lo lanzo a Lars con todas mis fuerzas.
Por supuesto, mi hermano lo esquiva con esos reflejos militares suyos y el bollo se estampa contra la pared detrás de él.
—¡No puedes colarte en casa de mi novio!
Cuando se trata de defender a los míos, me convierto en una auténtica mamá oso.
Y Rowan Steel es mío, por mucho que a mi hermano le moleste.
Es tan mío como yo soy suya. Tal vez me haya costado aceptar que me he enamorado de él porque arrastraba un miedo profundo a que me hicieran daño tras mi última relación.
Pero ahora confío en Rowan y no pienso permitir que el bruto sobreprotector de mi hermano estropee lo que tenemos. De eso nada.
—No volverás a hornear bollos para ese psicópata.
—¡No llames psicópata a Rowan! ¡El único que parece un desequilibrado eres tú! ¡Has allanado su casa! ¿Te has vuelto loco?
—¡Él está loco! —ruge, gesticulando con furia. A su lado, Arick asiente de brazos cruzados y pongo una mueca. Sigo sin entender qué pinta aquí—. ¡Ese cabrón te está utilizando para llegar hasta mí! ¡Me ha estado investigando!
Me froto el entrecejo.
—Que sea un famoso boxeador no lo convierte en alguien peligroso.
Estás neurótico porque te culpas de no haberme protegido de Oskar —digo con más suavidad—.
Pero tú no tienes la culpa, Lars. Te lo oculté.
Ni siquiera lo sabías. Antes, vivía con miedo a tropezarme con otro narcisista como Oskar, pero el tiempo que he pasado con Rowan me ha demostrado que no todos los hombres son como mi ex.
Y tú no tienes que salvarme de cada situación a la que me enfrente.
Soy una mujer adulta y perfectamente capaz de tomar mis propias decisiones.
—Y una mierda —masculla entre dientes—. Eres mi hermana pequeña y mi responsabilidad. Ya no tienes novio.
Me echo hacia atrás y suelto una risa incrédula.
Es imposible. Ha heredado esa vena testaruda de nuestra madre.
Si algo se le mete entre ceja y ceja, es más fácil arrancarle la cabeza que hacerle cambiar de opinión.
Yo, en cambio, soy más parecida a mi padre, con su carácter tranquilo y mediador.
Pero también tengo un límite y salto si tocan a los míos.
—Estás fatal. —Pongo los brazos en jarras—. Te quiero con todo mi corazón, Lars, pero no me hagas elegir. No eres nadie para prohibirme salir con Rowan.
—Enséñale la capeta —interviene Arick.
En serio, no sé qué narices hace aquí. Ya sé que Lars siente una devoción absoluta hacia él, pero esto es un asunto familiar.
Por mucho que Lars lo considere un hermano, para mí no deja de ser su superior.
Además, todo lo relacionado con el ejército me provoca rechazo porque me aleja de Lars durante meses en los que sufro sin saber si volverá a casa de una pieza.
Así que, aunque Lars hable maravillas de su capitán y diga que es uno de los pocos hombres a los que respeta, ese militar rubio y de gesto desabrido nunca conseguirá agradarme.
Lars recoge los documentos del suelo y me los tiende para que les eche un vistazo. No entiendo nada de lo que ven mis ojos. La mayoría son mapas de carreteras y fotografías de Lars. Muchas fotografías de Lars. También hay algunas de Matti y de nuestros amigos.
—¿A qué viene esto? —pregunto, extrañada—. Son fotos tuyas.
—Exacto.
Contemplo las imágenes con una creciente confusión. Lars corriendo por el bosque, entrando al supermercado, pescando solo en una barca en mitad del lago…
—No entiendo qué significan todas estas fotos.
—Las ha hecho el psicópata de tu novio.
—Pero eso no tiene ningún sentido. ¿Por qué iba Rowan a hacer algo así…?
La frase muere en mis labios al escuchar un coche avanzando por la entrada cubierta de nieve.
Mi primer impulso es echar a correr hacia la puerta para alertar a Rowan.
Sí, mi novio es un boxeador de renombre capaz de tumbar de un puñetazo a un hombre de dos metros.
Lo he visto en primera fila. Igual que también he presenciado cómo Lars se convertía en una máquina de guerra cuando se peleó con varios hombres porque uno de ellos me tocó el culo en un bar.
Mi hermano salió de allí sin un solo rasguño.
Los dos son terriblemente peligrosos y no quiero averiguar quién de ellos ganaría una pelea.
Además, Rowan está solo. Ellos dos son militares entrenados para matar.
Arick descorre la cortina y se asoma un momento a la ventana.
—Es él.
Lars me agarra de inmediato del brazo y tira de mí con brusquedad hasta colocarme detrás de él.
—¡Lars, me haces daño!
—Buen intento, pero no cuela.
Me revuelvo para intentar zafarme, pero está claro que no piensa soltarme. Sus dedos se clavan en mi brazo.
—No entiendo que está pasando —insisto con el corazón desbocado—. Tiene que haber alguna explicación. Rowan también es protector y neurótico cuando se trata de mi seguridad. Igual solo quería investigar mi entorno para asegurarse de que no corro ningún peligro.
Lars se echa a reír de una forma que me calla de golpe.
—Claro, Heds. Y por eso también investigó a Matti y escribió que podría usarla contra mí.
—¿Qué? —susurro.
Rowan jamás haría algo así. Esto es una locura. Me niego a creer que sería capaz de hacerle daño a mi hermano sabiendo lo importante que es para mí. Rowan nunca me heriría a propósito.
—También tiene un puto manual de instrucciones para manipular los frenos de mi coche.
Y anotó la ruta que tomo para ir a pescar los domingos por la mañana —añade Lars, empujándome detrás de él—.
Sí, ya sabes cuál es. Esa carretera solitaria llena de curvas junto al barranco.
Si mi coche se despeñara por ahí, todos pensarían que fue un accidente.
Se me revuelve el estómago. Un sudor helado me empapa la nuca.
No puede ser verdad. Rowan no me haría algo así. Ese no es el hombre que me prepara chocolate caliente, me da masajes en los pies y se despierta en mitad de la noche solo para comprobar que sigo abrazada a él.
—Tu novio quiere matarme, Heds.
Las palabras de Lars me golpean tan fuerte que me cuesta respirar cuando la puerta de la cabaña se abre de par en par.
Dos personas y una bola de pelo negra se detienen en el umbral.
Rowan parece ligeramente sorprendido, pero mantiene la calma mientras sus ojos recorren la escena una fracción de segundo hasta detenerse en mi brazo atrapado entre los dedos de Lars. Y entonces algo oscuro le ensombrece la cara.
Una joven pálida y de larga cabellera pelirroja tiembla entre sus brazos.
Roxie se planta delante de ellos enseñándoles los dientes a Lars y Arick.
—Aparta tus putas manos de mi novia antes de que te las arranque —le espeta Rowan.
Lars me empuja aún más detrás de él.
—Acércate a mi hermana y te meto una bala entre los ojos, Steel.
Se me escapa un gemido de horror al darme cuenta de que Lars y Arick han sacado sus armas y apuntan directamente al pecho de Rowan. Su única reacción es adelantarse un paso para cubrir a la chica, que suela un sollozo ahogado.
Es Alice, su hermana. Solo la he visto en un par de fotos, pero reconozco esas pequitas, los ojos verdes y el cabello cobrizo, idéntico al de Rowan.
Lars me quita la carpeta y se la lanza a Rowan a la cara. Él solo levanta un brazo para desviar el golpe. El otro sigue extendido hacia Alice para mantenerla protegida detrás de sí.
—¡¿Qué coño es todo esto?! —le grita Lars—. ¡¿Por qué me has estado siguiendo y has planeado sabotear mi coche?
Rowan le sostiene la mirada con algo que solo puede ser asco, empuja con suavidad a Alice hacia el porche y le dice:
—Métete en el coche.
A pesar de las lágrimas y el terror absoluto que le cubre la cara, Alice niega con la cabeza y se aferra más a él.
—No… Por favor.
Arick mueve un pie y Roxie reacciona al instante con su leal instinto protector. Se le eriza el lomo y se coloca rígida delante de Rowan y Alice, enseñándole todos los dientes. Parece un lobo dispuesto a arrancarle la garganta a cualquiera que se acerque a su familia.
Las aletas de la nariz de Arick tiemblan al girar el cañón de la pistola hacia Roxie.
—Ordena a tu maldita perra que se esté quieta si no quieres que le pegue un tiro.
El rostro de Alice pierde todo el color.
Parece que ha visto un fantasma. Sus pupilas se dilatan y se lleva una mano a la garganta, como si no pudiera respirar.
Le flaquean tanto las piernas que Rowan tiene que sujetarla por el brazo para evitar que se desplome.
Ha debido ser por la amenaza a Roxie. Eso me enfurece todavía más.
¿De qué va? Roxie solo intenta proteger a su familia.