54 Lars
La nieve cruje bajo mis botas mientras atravieso el denso bosque de coníferas junto al capitán Nyström. No sabía lo que íbamos a encontrarnos al venir hasta aquí, así que Arick y yo hemos decidido aparcar dos kilómetros más abajo y subir a pie por el bosque.
Que le haya dicho a Hedda que esta noche voy a cenar con Rowan Steel para conocerlo mejor no significa que antes no vaya a investigarlo a conciencia.
Ese boxeador me da mala espina. Parece un maldito psicópata.
Me da igual que mi hermana asegure que la trata como a una reina y se preocupa por ella.
He visto demasiada mierda como militar para no saber que algunos hombres aprenden a parecer decentes mientras esconden cadáveres bajo las tablas del suelo.
Y me he enfrentado a suficientes monstruos como para no reconocer a un potencial sospechoso cuando lo tengo delante.
Rowan Steel oculta algo y no me detendré hasta averiguar de qué se trata. Si Míster Puños de Oro, valorados en cinco millones de libras, cree que puede ser el novio de mi hermana sin que yo le haga un tercer grado, va listo.
Me alegro de que el capitán Arick Nyström se haya ofrecido a acompañarme.
Necesito a alguien a mi lado que sea más objetivo que yo.
Después de verme perder los papeles con la bruja de Matti —esa maldita mujer siempre consigue sacar lo peor de mí—, me preguntó por qué me oponía a que Hedda saliera con Steel, así que le confesé que me da mala espina.
Cuando le conté mis sospechas, no dudó ni un segundo en ofrecerse a acompañarme. Ese es uno de los muchos motivos por los que cualquiera en la Unidad Fenrir lo seguiría hasta el infierno sin pestañear.
La Unidad Fenrir es el escuadrón de operaciones especiales del que soy teniente.
El capitán Nyström es nuestro líder. Me trasladaron a la unidad hace siete años, cuando apenas era un perro rabioso, impulsivo y recién salido del reclutamiento.
Nuestra unidad no aparece en ningún registro oficial.
Somos el grupo al que envían cuando el Gobierno no quiere dejar rastro.
Operaciones encubiertas, extracciones, eliminación de objetivos. No me alisté en el ejército para ser un héroe, sino para huir del pueblo, así que Fenrir me viene como anillo al dedo.
Arick Nyström es el militar en el que aspiro a convertirme algún día.
Mi capitán.
El hombre que me promovió a teniente cuando los altos mandos no apostaban por mí, y el tipo al que seguiría con los ojos cerrados dentro de un edificio en llamas. Además del hombre al que le debo la vida.
Me sacó de una emboscada en Kandahar con una bala atravesándole el hombro y medio pulmón colapsado. Podría haberme abandonado, pero se jugó el pellejo por mí. No estaría aquí de no ser por él. Mis padres tendrían un hijo menos y Hedda estaría llorando mi muerte.
Estoy en deuda con él.
Sobra decir que lo respeto. Hay pocas personas que tengan mi lealtad.
Y mi capitán está en la cúspide de la pirámide.
Antes de aquello, jamás cuestionaba una orden suya, pero, después de que me salvara la vida, empecé a confiar en él a ciegas.
Por eso le pedí que viniera conmigo al pueblo.
Si Magnus no ha podido mantener al maldito Steel alejado de mi hermana, confío en que un buen hombre como Arick pueda ganarse su corazón.
Hace unos meses me confesó que le gustaba mi hermana y le dije que no solo no me interpondría, sino que incluso le hablaría bien a Hedda de él para que le diese una oportunidad.
Mi hermana no merece menos que un hombre íntegro y respetado como Arick. Un auténtico héroe de guerra, de esos que prefieren mancharse de barro antes que colgarse una puta medalla en el pecho.
El resto de nuestra unidad lo tiene en alta estima. Mikkel, Elias, Noah y Viktor —mi otra familia— lo respetan tanto como yo. Nuestro capitán tiene la capacidad de mantener la cabeza fría y tomar decisiones difíciles cuando la situación lo requiere.
El único que no lo soporta es Gunnar. Aunque tampoco me sorprende; es un puto imbécil endiosado que se cree mejor que nadie.
Siempre anda cuchicheando que el capitán no es trigo limpio y que él tiene un sexto sentido para calar a la gente.
Mis cojones. Lo único que Gunar tiene son ganas de ascender a cualquier precio, aunque para ello tenga que echar tierra sobre sus propios compañeros.
—Qué raro —comento al llegar al claro donde se alza la cabaña—. Hedda me dijo que estaría entrenando.
Solo hemos venido a echar un vistazo. No entraba en mis planes allanar una propiedad privada, pero, si Steel no está, nada me impide averiguar qué lo ha traído hasta aquí. No me trago que un boxeador millonario se haya dejado caer por un pueblo perdido de Noruega solo para cazar auroras boreales.
—¿Estás seguro? —pregunta Arick.
—No pienso irme de aquí sin saber qué coño esconde.
Mi capitán se agacha frente a la cerradura para forzarla. La puerta apenas tarda unos segundos en ceder.
—Qué acogedor —murmura Arick al entrar—. El tío es ordenado.
Arrugo la nariz al oler la mezcla a productos de limpieza y chimenea apagada.
Cierro la puerta y recorro el pequeño salón.
Las mantas están dobladas sobre las dos butacas y no hay ni una mota de polvo en la librería.
Todo está en su sitio. Los juguetes de la perra de la que Hedda me ha hablado con tanto cariño están dentro de una cesta de mimbre con su nombre grabado.
El baño huele a desinfectante de pino. Arick abre uno de los cajones y me señala con la cabeza una cesta con productos de higiene femenina.
Frunzo el ceño al ver el champú y el acondicionador de Hedda sobre la balda de la ducha.
También hay dos cepillos de dientes en el vaso del lavabo y dos albornoces colgados en el perchero de la pared.
Solo hay un motivo por el que un hombre permite que una mujer deje sus cosas en su baño.
—Va en serio con ella —suelta Arick.
Me froto la barbilla.
Y una mierda. No mientras yo pueda evitarlo. No me fío de este tío y pienso llegar hasta el fondo del asunto.
Salgo del baño y echo un vistazo por la cocina.
Al abrir el frigorífico, encuentro un montón de verduras, la marca de leche de soja favorita de Hedda y un montón de chocolate blanco.
Me toca los huevos que se lo curre tanto con ella.
No voy a mentir. O de verdad se preocupa por mi hermana, o se la está camelando para luego dejarla tirada.
Y, como resulte ser lo segundo, pienso estrangularlo con mis propias manos por hacer que se ilusione.
Arick empieza a rebuscar en el mueble del televisor y yo voy directo al dormitorio. Está impecable, como el resto de la casa. La ropa, doblada en la cómoda y la cama, sin una sola arruga. Me saca de quicio que el muy gilipollas sea tan meticuloso.
Localizo el portátil al fondo del armario. Lo tiene bien bloqueado, pero no supone ningún obstáculo para mí. Me sorprende que esté limpio y vuelvo a dejarlo donde estaba.
—¿Has encontrado algo interesante? —le pregunto a Arick.
—Nada —contesta desde el salón—. Aparte de que es fanático de la alimentación saludable y un neurótico adicto al orden y al fregasuelos de pino.
Me cago en todo. Mi intuición no puede haberme fallado. Voy a tener que tragarme al cabrón de Rowan Steel hasta en la sopa. Magnus ya me advirtió de que no tenía nada que hacer porque está obsesionado con mi hermana y, por desgracia, ella siente lo mismo.
Y yo sé muy bien los errores que un hombre obsesionado con una mujer es capaz de cometer.
Steel esconde algo y pienso descubrir el qué.
Estoy rebuscando entre sus sudaderas cuando noto que uno de los paneles del fondo del armario sobresale unos milímetros.
Bingo.
Deslizo los dedos por la madera hasta encontrar la ranura y el doble fondo se abre. Dentro hay una carpeta negra.
Salgo al salón con la carpeta y se la muestro a Arick.
—Te lo dije. —Golpeo el marco de la puerta con la carpeta—. Veamos qué esconde el famoso Steel.
Vuelco el contenido sobre la mesa baja del salón. El primero en reaccionar es Arick. Suelta un silbido.
—Pero ¿qué demonios es esto?
Yo tampoco entiendo una mierda.
Hay imágenes mías saliendo a correr por el bosque, otras entrando al supermercado y muchas hechas desde lejos con un teleobjetivo. También hay un plano con mis rutas habituales marcadas, mis horarios, la matrícula y el modelo de mi coche.
—Este tío no está obsesionado con tu hermana, sino contigo. ¿Por qué tiene un manual de tu coche? —Arick va pasando las páginas—. Espera, ¿esto es lo que creo que es? —Me planta unos documentos contra el pecho—. Ha estado investigando cómo manipular los frenos de tu coche.
Que el nuevo novio de tu hermana planee cómo matarte le helaría la sangre a cualquiera, pero lo que me saca de mis casillas no es su retorcido plan.
No, lo que hace que vuelque la mesa de una patada son las fotos de mi gente.
Porque este psicópata ha investigado a Magnus, a Anita, a mis vecinos e incluso al inútil de Aksel.
Y a Matti.
Hay fotos de ella caminando por el pueblo y abrazando a su abuela. Con su melena negra en contraste con esa piel pálida y esos ojos oscuros capaces de sacarme de quicio con una sola mirada. Con esa expresión insufrible que tanto me saca de mis casillas. Joder, es insoportable hasta en las fotos.
Steel ha escrito algo en el borde de una: «Ella es su punto débil. ¿Usarla?».
La furia me sube por el pecho como gasolina ardiendo.
Voy a arrancarle la puta cabeza a Steel. Pero antes lo voy a torturar lentamente hasta que me suplique clemencia por siquiera plantearse usar a Matti para hacerme daño.
Arick está levantando la mesa justo cuando escuchamos girar la cerradura de la entrada.
Me llevo la mano a la pistola que guardo en el cinturón y él hace lo mismo.
Estoy decidido a meterle una bala entre ceja y ceja a ese hijo de perra.
No voy a molestarme en preguntarle por qué me estaba investigando.
—¿Rowan?
Hedda entra en la cabaña cargando una cesta con bollos. Abre los ojos de par en par al reconocernos. Luego pega un grito al ver las armas. La bandeja se le cae de las manos y los bollos ruedan por el suelo. Uno termina chocando contra la bota de Arick.
La sorpresa no tarda en transformarse en enfado.
—¡¿Qué hacéis aquí?! —nos grita, clavando los ojos en mí—. ¡Será posible, Lars! ¡Me prometiste que le darías una oportunidad! ¡Me dijiste que lo dejarías en paz!
¿Qué puedo decir? Los hombres somos todos unos mentirosos de mierda.
Su novio, el primero.