STEEL: Nada puede romperlo… excepto ella 52 Alice
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52 Alice

La calefacción está al máximo y tengo que desabrocharme el anorak, quitarme los guantes y guardármelos en los bolsillos en cuanto entro al supermercado.

No entiendo cómo Rowan ha podido acostumbrarse a vivir en este páramo helado.

Llevo dos camisetas térmicas y un jersey grueso debajo del anorak de plumas y, aun así, me estaba congelando durante el paseo.

Aunque, claro, yo no he perdido el corazón en este pueblo cuyo nombre ni siquiera sé pronunciar.

Si ayer me hubieran dicho que el gruñón arisco e insensible de mi hermano sería capaz de mudarse por amor, no habría dado crédito.

¡Si es el típico hombre alérgico al compromiso del que yo huyo como de la peste!

Lo digo en serio. Cuando mis amigas suspiraban por él y me suplicaban que se lo presentara, yo les aseguraba que no le desearía un novio como mi hermano ni a mi peor enemiga.

Y no porque sea un mal hombre, sino porque siempre ha sido incapaz de sentar la cabeza.

La única relación estable que ha tenido ha sido con los tomates de su huerto, con Roxie y conmigo.

Los primeros no son personas, la segunda es una perrita caprichosa y yo no cuento por razones obvias.

Mi hermano mayor se ha enamorado. Hasta las trancas, a juzgar por la forma en la que habla de Hedda. Y lo peor es que está dispuesto a tirarlo todo por la borda por mi culpa.

Rowan cree que sigo siendo una cría que se chupa el dedo.

Está convencido de que puede esconderme la cosas igual que hacía cuando yo tenía ocho años, el estómago me rugía de hambre y él regresaba a casa con bolsas de comida, asegurando que se las había dado algún vecino.

Años después, entendí que nuestros vecinos eran tan pobres como nosotros y que Rowan aprendió a robar carteras con trece años.

Sé por qué está aquí. Aunque haya intentado convencerme de que necesitaba cambiar de aires para entrenar, ya no puede engañarme. Rowan ha venido a este pueblo a encargarse del hombre que me violó.

Mi hermano mayor nunca ha sabido hacer las cosas a medias.

Cuando mi padre llegaba borracho y empezaba a gritarle a nuestra madre, Rowan se interponía entre ellos para recibir el golpe.

Solo tenía doce años. Cuando nuestra madre desaparecía durante varios días para meterse heroína, Rowan me preparaba cereales rancios sin leche porque decía que así sabían mejor.

Solo tenía dieciocho años cuando se convirtió en mi tutor legal.

Iba a las reuniones del instituto después de los entrenamientos, me ayudaba con los deberes aunque llegara con la cara cubierta de moratones y peleaba en ring s asquerosos para pagarme las clases extraescolares y que pudiera estudiar en aquel colegio privado.

Todo lo que tengo es gracias a mi hermano.

Rowan se hizo boxeador por mí. Se juega la vida en cada pelea porque quiso darme el futuro que él nunca pudo tener. Jamás podré devolverle todo lo que ha hecho por mí.

Y precisamente por eso quiero gritarle.

Estoy furiosa con la policía por no hacer nada, con el juez que archivó el caso por falta de pruebas y conmigo misma por resignarme a empezar de cero en otro continente y encerrar aquel horror en el fondo de mi alma.

Pero, sobre todo, estoy furiosa con Rowan por no olvidar que me violaron y remover cielo y tierra para darle su merecido al culpable.

Estoy furiosa con él por estar dispuesto a destrozarse la vida, y no tengo ni idea de cómo pararle los pies. También estoy triste y cansada de que se sienta responsable de mí y tome decisiones solo para protegerme.

Le pregunto en inglés al cajero dónde están los productos de higiene femenina.

El chico me responde con una sonrisa amable y me indica que están en el tercer pasillo del fondo y que, si necesito ayuda, no dude en pedírsela.

Creo que estaba ligando conmigo y parece majo, pero le di una bofetada al último chico que besé.

No quiero vivir pensando que todos los hombres son iguales, pero no puedo evitarlo.

Me dirijo al pasillo mientras me pregunto si Hedda podría hacer cambiar de opinión a Rowan.

La mujer de la que mi hermano me ha hablado durante diez minutos tal vez consiga lo que yo no he podido.

Nadie excepto Rowan sabe que me violaron.

No se lo conté a mis amigos de Londres ni tampoco a los que he hecho en Boston.

Cuando la gente descubre algo así, deja de mirarte igual. De pronto, empiezan a tratarte como si fueras de cristal y pudieras romperte en cualquier momento. Algunos te observan con lástima y otros, con incomodidad. Y tú acabas sintiéndote reducida a la peor noche de tu vida.

La violación no me define.

Decidí callármelo porque no quería ser solo «la chica a la que violaron». Quería volver a ser Alice. Solo Alice.

Pero tengo tantísimo miedo por mi hermano que estoy dispuesta a compartir esa parte de mi vida con una extraña si así consigo pararle los pies al muy cabezota.

Doblo la esquina del pasillo y cojo dos cajas de tampones para compararlas. Estoy decidiéndome por los que tienen aplicador justo cuando escucho una carcajada masculina a mi espalda.

El sonido me hiela la sangre y, de repente, la temperatura baja de golpe y siento un frío horrible por todo el cuerpo.

No. No puede ser.

Una voz grave y relajada habla en noruego con una mujer. Están justo en el pasillo delantero. Aunque no puedo verlos, reconocería esa voz entre miles de personas. La tengo grabada en la memoria. Me susurra en las pesadillas que me despiertan empapada en sudor en mitad de la noche.

«Todo irá bien».

«Tranquila».

«Lo estás deseando».

Vuelvo a estar en aquella fiesta de Oslo a la que nunca debería haber ido. Me escapé con una amiga después de que los profesores comprobaran que todos estábamos en nuestras habitaciones del hotel. Aún me culpo por aquella decisión. No debería haber ido a aquella discoteca ni haber bebido.

Idiota. Estúpida. Imprudente.

Recuerdo perder a mi amiga de vista y salir del local dando tumbos. Recuerdo que unos brazos fuertes me rodearon la espalda cuando un par de chicos se acercaron a molestarme. Era un hombre rubio, vestido de militar, con un lunar en el pómulo, justo debajo del ojo. Me dijo que iba a llevarme a casa.

Por un momento, me sentí a salvo y dejé que me condujera a su coche.

O, mejor dicho, me dejé arrastrar, pues apenas me tenía en pie.

El hombre que se ofreció a ayudarme parecía amable y protector.

Pero luego me dio una botella de agua con un sabor amargo, me llevó a un lugar que no era la dirección que logré balbucear, me arrancó la ropa mientras yo no podía moverme y me penetró con violencia.

Me drogó y luego me violó. Ojalá no recordara cómo sus manos me sobaban el cuerpo mientras me susurraba aquellas palabras al oído.

«En el fondo te gusta».

«Lloras como una puta».

«Vaya, eres virgen. Quién lo habría dicho con esa carita de zorra».

La caja de tampones resbala de mi mano y cae al suelo. Alguien me toca el hombro y retrocedo de golpe levantado los brazos. Una señora mayor me pregunta algo en noruego. Al ver que no reacciono, me mira con preocupación y cambia al inglés:

—¿Te encuentras bien?

Se me saltan las lágrimas al levantar la cabeza. Ahora estoy justo delante de una estantería medio vacía. Entre los huecos de las cajas puedo ver un uniforme militar y mechones de pelo rubio. Es un gigante enorme. Un monstruo que bromea con una mujer que le toca el brazo. Un brazo tatuado.

Se me revuelve el estómago al distinguir la serpiente alrededor de la calavera.

No. No. No.

Otra vez no.

Por favor, no.

—¿Necesitas ayuda? —insiste la señora—. ¿Quieres que llame a un médico?

Tengo la garganta cerrada y me falta el aire. Mi violador le dice algo en noruego a la mujer y ella se echa a reír. Quiero gritarle que huya. Que no confíe en él. Que le hará lo mismo que me hizo a mí. Pero las palabras no salen de mi boca.

Cuando se alejan hacia la caja, pasan por mi lado y me llega su olor.

El after shave mezclado con colonia me provoca náuseas.

Aquel perfume se me quedó pegado a la piel durante días.

Aún lo siento como una caricia podrida por todo el cuerpo.

Por eso me duché tres veces al llegar al hotel.

No debería haberlo hecho, pues arrastré las pruebas por el desagüe junto con el olor de aquel monstruo.

Pero los agentes que me tomaron declaración, mientras yo no dejaba de sollozar, no entendían que me sentía sucia y que me froté la piel hasta dejármela en carne viva porque no soportaba seguir oliendo a él.

Nunca podré olvidar su olor. El olor del hombre que me violó mientras yo no podía defenderme ni gritar.

Se me revuelve el estómago y echo a correr. Lo veo todo borroso al salir del supermercado y escucho que alguien llamándome a gritos.

—¡Alice!

La voz de Rowan retumba detrás de mí mientras sigo corriendo. No puedo parar. Las lágrimas me ciegan al atravesar un callejón cubierto de hielo y mis botas resbalan sobre el asfalto.

—¡Alice!

Caigo de rodillas entre dos coches y vomito sobre la nieve. Mi cuerpo se sacude con violencia. Vomito y lloro al mismo tiempo.

—Eh, eh, eh… —Rowan me aparta el pelo de la cara—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?

No puedo hablar. Aunque ya no tengo nada en el estómago, las arcadas siguen retorciéndome el cuerpo. Me duele el pecho y tengo las mejillas empapadas de lágrimas y mocos.

No he necesitado verle la cara para saber que era él. Era su voz. Su pelo rubio. El tatuaje. El uniforme militar. Su olor.

Creía que ya había vaciado el estómago hasta que me doblo hacia delante y vuelvo a vomitar. Rowan tiene que sujetarme para que no me derrumbe sobre mi propio vómito.

—E-era él… —sollozo—. Está aquí. Era él…, era él, era él.

Empiezo a llorar sin control. Los brazos rígidos de mi hermano me envuelven contra su pecho.

Rowan no dice nada. Solo noto cómo su respiración se vuelve lenta. Entonces levanto la cabeza y veo algo aterrador en sus ojos.

Ya no parece mi hermano, sino un hombre que acaba de tomar una decisión irreversible. Me aparta el pelo sudado de la cara y dice con una calma inquietante:

—Está muerto.