51 Rowan
Alice camina algo más tranquila a mi lado por las calles del pueblo. Roxie trota unos pasos por delante, olisqueando los montones de nieve acumulados junto a las fachadas de madera.
No debería estar aquí, sino entrenando en la cabaña.
Pero, después de que mi hermana sufriese una crisis de ansiedad, no tuve más remedio que llamar a mis entrenadores para pedirles que se tomaran el día libre.
Han puesto el grito en el cielo porque no debería perder una mañana de entrenamiento a estas alturas y, aunque no les falta razón, los he mandado a la mierda.
Observo de reojo a Alice. Lleva la cabeza metida en un gorro de lana y las manos dentro de unos guantes.
Dice que no soporta el frío de este lugar.
Intenté que nos quedáramos en la cabaña con la esperanza de convencerla de subirse a un avión de regreso a Boston, pero no hubo manera.
Mi hermanita ya no parece la joven frágil que me llamaba a las tantas de la madrugada porque necesitaba oír mi voz.
Ahora mismo está furiosa conmigo y me ha pedido que la llevara a dar un paseo por el pueblo para calmarse.
No estoy preocupado por cruzarme con Hedda.
Sé que hoy ha ido a la ciudad de compras con Matti.
Así que el plan es sencillo: tranquilizar a Alice, mentirle si hace falta y meterla en un avión de vuelta a Estados Unidos para que pueda encargarme del jodido Lars Storm cuando regrese de jugar a ser un héroe de guerra.
No puedo permitir que Alice sepa que Hedda es la hermana de ese bastardo. O, peor aún, que Hedda descubra quién es Alice y el verdadero motivo que me ha traído hasta aquí.
—Este pueblo es precioso —comenta Alice.
Se para a contemplar las casitas de colores frente a la orilla del lago nevado. Tiene razón. A pesar del frío, Bjørndal tiene algo que te arrastra a quedarte. En mi caso, una noruega de profundos ojos castaños que vive en una casita azul con olor a canela y bollos de mantequilla.
Le subo la cremallera del anorak rosa y le remeto la bufanda por el cuello para que no coja una pulmonía.
Roxie empieza a gruñirle a un enorme gato de bosque noruego gris atigrado que se está echando una siesta en un banco.
Alice tira de la correa. Mi perra por fin deja en paz al gato y se pone a escarbar en la hierba hasta mancharse las patas de barro y verdín.
—Déjalo estar, Rowan —suspira mi hermana—. Por favor. No merece la pena.
Finjo no entenderla.
—No sé de qué me hablas.
—Para, Roxie. Te estás poniendo perdida.
—Alice sujeta la correa con ambas manos y se gira hacia mí con la misma expresión decidida que le vi en la cabaña—.
No me tomes por tonta, Rowan. Te dije que era noruego, rubio y militar.
Y que tenía un lunar justo debajo del ojo y un tatuaje de una serpiente enroscada alrededor de una calavera en el antebrazo izquierdo.
Oh, sí. No he olvidado ninguno esos detalles.
Aunque Alice no pronuncia la palabra «violador», eso es exactamente lo que es el hijo de puta de Lars Storm.
Puede que le dijera a mi hermana que lo dejaría estar después de que la policía archivara el caso por falta de pruebas, pero llevo todo este tiempo recopilando información sobre aquella noche.
Recuerdo como si fuera ayer la voz rota de Alice mientras me contaba por teléfono lo que le había sucedido durante su viaje de instituto a Oslo.
Me destrocé los nudillos contra la pared del baño.
No podía concebir que mi hermanita hubiera sido la víctima de un miserable mientras yo dormía a pierna suelta.
Nunca me he perdonado por haberla dejado ir a aquel viaje de fin de curso.
Solo tenía diecisiete años. La violaron con diecisiete putos años, joder.
Por supuesto, gasté una cantidad obscena de dinero en detectives privados.
Pasé meses enteros buscando al militar rubio del lunar bajo el ojo y el tatuaje de la serpiente.
Aquellos dos detalles eran tan precisos que uno de los detectives consiguió dar con él.
Después, me confirmó que Lars había estado en Oslo en esa fecha y también en la misma fiesta a la que acudió mi hermana.
No me costó tomar la decisión de trasladarme a Bjørndal para acabar con él.
Y, cuando descubrí que aquí todos lo tienen por un maldito ciudadano ejemplar, un héroe de guerra de buen corazón que ayuda a sus vecinos con cualquier tarea…
Joder, la rabia me hirvió por debajo de la piel y la sangre me ardió en las venas como veneno caliente.
Tiene suerte de haberse largado a una de sus misiones porque, en cuanto regrese, mi cara será lo último que verá antes de morir.
—No sé cómo te las has apañado para dar con él —continúa Alice—. Bueno, me lo puedo imaginar. Así que te suplico que lo olvides y regreses a Londres.
Volver a Londres ya no es una opción. En este pueblo cubierto de nieve viven las dos personas alrededor de las que ha girado mi vida durante las últimas semanas. Una me ha robado el corazón y la otra se lo apuñaló a mi hermanita.
Fuerzo una sonrisa tranquila; la misma que utilizo delante de los periodistas cuando quiero fingir que no estoy pensando en arrancarle la cabeza a alguien.
—Te estás congelando. —Le doy un pellizco cariñoso en la nariz enrojecida—. ¿Por qué no volvemos a la cabaña y tomamos un chocolate caliente?
—Primero, necesito comprar tampones. Me ha bajado la regla.
Me pregunto cómo ha crecido tan rápido. Me da igual que ya sea una mujer hecha y derecha; para mí, siempre será la niña que usaba dentífrico de fresa y lloraba cuando le desenredaba el pelo.
Asiento hacia la calle principal.
—El supermercado más cercano está a cinco minutos andando.
Seguimos caminando mientras Roxie le ladra a cada pájaro o animal de cuatro patas que se cruza en su camino. A ella también le gusta vivir aquí. Prefiere este clima helado a los días lluviosos de Reino Unido.
—Háblame de tu chica.
Ah, el cambio de tema perfecto. Es una trampa en la que caigo encantado. Hedda es mi tema de conversación favorito y puedo pasarme horas hablando de ella con cualquiera que quiera escucharme.
—Tiene los ojos más bonitos que he visto en mi vida.
Yo pensaba que todas las noruegas eran rubias de ojos azules.
Ella ha heredado la tez bronceada y los ojos chocolate de su madre.
Su familia materna es de la india. Sus ojos…
—no me doy cuenta de que me estoy sujetando el pecho hasta que mi hermana baja la vista hasta la mano que tengo apoyada justo encima del corazón— son de un tono marrón que parece miel caliente cuando les da el sol.
Te juro que son espectaculares. Mis palabras no les hacen justicia.
—Mmm. —Alice se rasca la barbilla—. ¿Cómo te sientes cuando te mira?
—Como un hombre que ha pasado demasiado tiempo perdido en el desierto hasta perder toda esperanza y, de pronto, alguien le ofrece agua.
Alice parpadea. Aprieto un poco más la mano contra mi pecho.
—Hedda no me mira como Rowan Steel. No ve al boxeador.
Ni al campeón. Ni al tío enorme al que todo el mundo teme acercarse.
Es como si atravesara toda esa mierda y pudiera ver al hombre que hay debajo de los golpes y la sangre.
Llevo años sobreviviendo, Alice. Peleando.
Entrenando. Ganando dinero. Rompiéndome los huesos.
Y entonces llega Hedda —suelto una risa incrédula— y me mira como si no estuviera roto.
Como si todavía quedara algo bueno dentro de mí que merece ser salvado.
—Ay, cielo santo. —Alice se echa a reír, se agarra de mi brazo y apoya la cabeza en mi hombro—. Sigue hablándome de ella.
—Le encanta leer. Puede pasarse horas haciéndolo acurrucada bajo varias mantas.
El tiempo se le escapa y ni siquiera se acuerda de comer o de beber.
Me gusta prepararle tazas de té, que suelen enfriarse mientras yo me quedo embobado contemplándola leer.
Ella nunca lo reconocería, pero se le saltan las lágrimas con las escenas en las que mueren animales.
Es amable, considerada y hace que todos se sientan cómodos a su lado. Y es fácil estar en silencio con ella.
Eso es lo que más me enganchó de ella durante los días que pasamos aislados en la cabaña.
Soy un hombre taciturno por naturaleza y hay pocas personas que no me saquen de quicio.
El silencio nunca me había resultado cómodo con nadie precisamente porque no me sentía a gusto en compañía de otras personas.
—Con Hedda, puedo pasarme horas sentado en el sofá leyendo mientras su muslo roza el mío bajo la manta.
A veces, ella pasa las páginas y yo finjo que estoy viendo la televisión cuando, en realidad, me quedo mirándola de reojo porque sé que soy el hombre más afortunado del mundo.
Nunca siento la necesidad de llenar el silencio con palabras.
Simplemente estamos juntos. Y eso basta.
—Alice echa la cabeza hacia atrás y me observa con una sonrisita—.
Roxie la adora. Ya sabes lo desconfiada que es con todo el mundo.
A Hedda, sin embargo, la aceptó desde la primera vez que la vio.
¿Y su dicción del inglés? Aquí todos lo utilizan como segunda lengua, pero Hedda lo pronuncia como si fuera británica de nacimiento.
Es la persona más perfeccionista que conozco.
Y dice que no le gustan las verduras, pero luego se come todo lo que cocino sin rechistar solo porque lo he preparado yo.
Aunque tiene un gusto terrible por el chocolate blanco.
—¡No me digas que ese es su único defecto!
—No tiene ninguno. Es perfecta.
Alice aprieta los labios para no reírse. Le hundo un dedo en el costado para que se trague lo que sea que vaya a decir sobre mi chica.
—Y hace cosas alucinantes con las manos.
—¡Puaj, Rowan! —Me golpea el hombro—. Qué asco. No necesitaba ese dato.
Le despeino el gorro con una mano.
—Me refiero al bricolaje, listilla. Lo aprendió de su padre.
Es una crack de las reformas. Está arreglando la cámper que has visto aparcada frente a la cabaña.
—Hablo de ella como un idiota que está absolutamente jodido y no piensa hacer nada por remediarlo—.
Es trabajadora, perseverante e independiente.
Eso último me saca bastante de quicio porque no suele pedir ayuda y yo solo quiero cuidar de ella.
Pero, al mismo tiempo, creo que es lo que más me vuelve loco.
Porque cada día que pasa, me doy cuenta de que ella jamás me ha necesitado para sostenerse, mientras que yo…
—Bajo la vista hacia la nieve acumulada en mis botas—.
Un día estaba bien solo y, al siguiente, ya no sabía respirar igual cuando ella no estaba cerca.
Lo primero que hago al entrar en una habitación es buscarla.
Y, cuando por fin la encuentro, entiendo que estoy justo donde debo estar.
—Guau —susurra Alice.
—También hay un bombero de mierda rondándola.
—Me encantan los bomberos.
Le tiro del gorro para taparle los ojos y suelta una palabrota.
—Parece que por fin ha entendido el mensaje de que Hedda es mía.
A ver, no me sorprende que ese gilipollas estuviera interesado en ella.
¿Quién no lo estaría? Es preciosa, leal, buena amiga y sabe escuchar.
Prepara bollos a mi equipo técnico y, cada vez que sonríe, alguno de esos idiotas empieza a revolotear a su alrededor.
—La rabia me araña por dentro con solo imaginar a otro hombre tocándola—.
Y me pongo tan celoso que me dan ganas de encerrarla bajo llave para que nadie se le acerque.
—Alice me mira alarmada—. Pero luego recuerdo que no permitiría que se sintiera pequeña por mis putas inseguridades.
El viento agita las copas nevadas de los árboles a nuestro paso.
—Cuando estoy con ella… —el corazón me golpea con fuerza contra las costillas—, siento que soy un hombre mejor.
Alice se queda quieta y tira de mi brazo. Me mira con ternura.
—Te has enamorado de ella.
Tengo un nudo en la garganta del tamaño del fiordo de Trondheim.
—Como un maldito imbécil —contesto con la voz algo ronca—.
He tratado de evitarlo, pero ha sido como intentar recoger toda el agua del fiordo con las manos.
Te juro que quise alejarme de ella, pero resulta que mi corazón es un puto traidor y siempre termina encontrando el camino de vuelta a su lado.
—Jolines. —Alice se seca las lágrimas con los guantes—. Ojalá algún día un hombre me ame así.
—¿Y qué hay de mí? Te quiero, peque. Tú, Roxie y Hedda sois lo mejor que me ha pasado en la vida.
—¡No vale! —Me golpea sin fuerza—. Tú eres mi hermano. Estás obligado a quererme. ¿Piensas quedarte a vivir en Noruega?
Una vez termine con Lars, nada me obligará a quedarme aquí. La respuesta sale de mi boca sin una sola duda.
—Sí.
—¿Sí?
—Voy a retirarme después de la pelea. Colgaré los guantes para siempre.
—¿Hablas en serio?
—Quiero abrir un restaurante en el pueblo.
Anoche se lo confesé a Hedda, después de hacerle el amor. Lo veo con una claridad asombrosa: Roxie, tumbada junto a la chimenea; Hedda, inaugurando su negocio de furgonetas camperizadas; y yo, trabajando en nuestro restaurante.
—Rowan —dice cuando llegamos al supermercado—, no te arruines la vida por mí cuando tienes un futuro tan bonito por delante.
Sus palabras me atraviesan el pecho. No sabe que la mujer de la que me he enamorado es la hermana del hombre al que voy a destruir.
—Vaya, no se permiten perros. —Alice me pasa la correa de Roxie—. Espérame fuera. Solo voy a comprar los tampones.
Las puertas automáticas se abren y una ráfaga de aire caliente me golpea la cara. Mi hermana desaparece dentro del supermercado y Roxie se sienta a mis pies.
Alice cree que todo esto empezó por ella. Al principio, fue así. Solo quería matar al hijo de puta que le destrozó la vida. Pero ahora también lo hago por Hedda. Los hombres como su hermano pudren todo lo que tocan y acaban destruyendo a sus seres queridos.
Hedda no merece sufrir por culpa de su hermano. Por eso lo he preparado todo. Nadie sospechará cuando Lars muera en un trágico accidente. Sí, eso le romperá el corazón a mi chica, pero pienso quedarme a recoger cada pedazo.
Algún día, Lars solo será un triste recuerdo de su vida y Alice podrá respirar tranquila sabiendo que su violador está muerto.
Todos salimos ganando.